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Chapter 64 by bla12
¿Qué pasa el lunes?
Tienen que recibir el paquete
El lunes por la mañana, un mensaje de Elara iluminó la tablet que Lilith había dejado olvidada: "Estudio cerrado por mantenimiento eléctrico. Aprovechen el día de descanso. Magi, repasa los archivos de la sesión 54. Celia, que descanse."
Era una orden disfrazada de benevolencia. El encierro voluntario se prolongaba. Magi pasó la mañana revisando las fotos del Coleccionista en la pantalla de alta definición del salón, estudiando su propio desmoronamiento como un técnico estudia un manual. Celia dormitaba en el sofá, el chal como un capullo gris.
El silencio fue roto, de forma brutal, por el timbre de la puerta principal a las dos de la tarde.
Un carillón estridente y prolongado cortó el aire como un cuchillo. Celia se incorporó de golpe, los ojos desorbitados por el pánico. Magi, sin embargo, no sintió el más mínimo escalofrío. La desnudez ya se había convertido en su armadura dentro de esa casa; había asimilado que la piel expuesta era solo piel.
Se acercó a la pantalla de seguridad integrada en la pared con paso tranquilo. Un hombre con uniforme de mensajería, sudoroso y con una tablet en la mano, esperaba impaciente en el umbral. Sostenía una caja rectangular y plana, del tamaño de un cuadro grande.
—Es el repartidor —dijo Magi, su voz plana y pragmática—. El paquete. El regalo de Lilith.
—¡No podemos abrir! —Celia se levantó de un salto, envolviéndose tan apretadamente en la manta de lana que casi tropieza—. ¡Míranos, Magi! ¡No podemos dejar que nos vea así!
Magi se giró hacia ella. Podría haber ido sola, despachar al hombre en diez segundos y dejar a Celia escondida en el salón. Hubiera sido lo más fácil. Pero al verla temblando, consumida por una vergüenza que las estaba destruyendo por dentro, tomó una decisión. Si iban a sobrevivir a las reglas de Lilith, Celia tenía que enfrentar la realidad de la casa.
—Voy a abrir —declaró Magi con firmeza—. Y tú vas a venir conmigo.
—¡Estás loca! —chilló Celia, retrocediendo.
—Escúchame —Magi acortó la distancia entre ambas y la miró a los ojos con una intensidad que no admitía réplicas—. Lilith quiere que vivamos aterrorizadas de nuestra propia sombra. No le voy a dar el gusto de sentirme humillada, y tú vas a dejar de actuar como una presa asustada. Suelta el chal y acompáñame.
Temblando de pies a cabeza, y bajo la mirada inquebrantable de Magi, Celia aflojó los dedos. La pesada lana cayó al suelo de mármol con un susurro sordo. Se quedó allí, completamente expuesta, abrazándose a sí misma por puro instinto.
Magi la tomó del brazo y la arrastró hacia el vestíbulo. Sin embargo, cuando Magi alcanzó el pomo, el pánico de Celia fue más fuerte que su obediencia. Soltando un pequeño gemido, se encogió y se ocultó rápidamente detrás del cuerpo de Magi, utilizando su espalda desnuda como único escudo contra el mundo exterior.
Magi no abrió la puerta de par en par, pero tampoco intentó usar la madera para ocultarse ella misma. Abrió la pesada hoja lo justo para plantarse en el hueco. El aire caliente de la ciudad entró en el vestíbulo climatizado como una bofetada.
El repartidor, un hombre de unos cuarenta años con una barba de varios días y una gorra de béisbol manchada de sudor, alzó la vista de su tablet. Las palabras murieron en su boca.
Sus ojos se abrieron de par en par al encontrarse de frente con la desnudez impasible de Magi. Su mirada la barrió de arriba abajo con descaro y, al inclinarse un poco, descubrió a la segunda mujer, encogida y temblorosa, asomando apenas por detrás del hombro de Magi. La expresión de sorpresa del hombre dio paso a una lenta y lasciva sonrisa.
—Vaya... —murmuró, su voz rasposa—. Buenas tardes, señoritas. Espero no estar interrumpiendo algo... divertido.
Celia cerró los ojos con fuerza y apretó el rostro contra la espalda de Magi, incapaz de sostener la humillación, pero Magi no se encogió. Se quedó plantada en el umbral, con los hombros rectos, sosteniéndole la mirada al hombre con una frialdad absoluta. Su cuerpo estaba expuesto, pero su actitud era la de alguien intocable.
—El paquete —exigió Magi, extendiendo una mano firme, sin un ápice de tensión en la voz.
El hombre parpadeó, descolocado por la absoluta falta de vergüenza de aquella mujer frente a él. Alargó la caja, pero intentó retenerla un segundo más, rozando intencionadamente los dedos de Magi.
—Parece que se les ha estropeado la calefacción, ¿eh? —comentó, con un guiño burdo, intentando recuperar el control de la situación—. Buen método para estar cómodas. A mí no me molesta, la verdad.
Magi no se sonrojó ni apartó la mano. Tiró de la caja con brusquedad, arrebatándosela.
—La tablet para firmar —ordenó.
El hombre se la ofreció, intentando estirar el cuello para ver mejor a la mujer que se escondía detrás. Magi garabateó una firma rápida, le devolvió el dispositivo y, sin añadir una sola palabra, le cerró la puerta en las narices. El pestillo hizo un clic definitivo.
En cuanto la madera las separó del exterior, Celia se desplomó en el suelo, rompiendo a llorar con un sollozo seco y áspero que le desgarró la garganta.
—¿Lo has visto? —gimió, enterrando el rostro en las manos—. Nos miró como... como si fuéramos putas. Es horrible, Magi, es horrible.
Magi la miró desde arriba. Sentía lástima por ella, pero sabía que la exposición era necesaria para romper esa burbuja de terror. No se detuvo a consolarla; su mente ya estaba enfocada en la caja de cartón blanco que sostenía. "El regalo para que se diviertan".
Caminó hacia la isla de la cocina. Celia, aún sollozando, se levantó torpemente y la siguió de lejos. Ambas se quedaron mirando el paquete.
Magi, con un movimiento rápido y decisivo, rasgó el precinto y abrió la tapa.
Dentro, sobre un lecho de seda negra, yacía el objeto: un consolador de silicona de doble penetración, de color morado intenso, con terminaciones ergonómicas y un panel de control mínimo. Era elegante, caro y completamente explícito.
Celia lanzó un grito ahogado y se apartó un paso.
—Es… es de Lilith —murmuró Magi. No había pudor en su voz, sino una profunda y fría repugnancia.
—Un juguete… para que… nosotras… —Celia no pudo terminar la frase. La idea era tan invasiva, tan calculada, que superaba incluso la humillación de la puerta.
—Ella cree que esto es un juego. Cree que con esto nos va a quebrar y nos va a poner a actuar para ella, incluso cuando no está —dijo Magi, con una mueca de desprecio.
Sin dudarlo, tomó la caja. No lo hizo con asco por el objeto en sí, sino por lo que representaba. Recorrió con la mirada el salón y se dirigió a un pequeño armario empotrado cerca del cine en casa, usado para guardar cables y baterías de repuesto. Abrió la puerta, arrojó el paquete dentro sin miramientos, y giró la llave con fuerza.
—Ahí se queda —sentenció Magi, volviéndose hacia Celia con una expresión de hielo—. Acabamos de demostrar que podemos dar la cara ante cualquiera. No vamos a jugar a su juego a puerta cerrada.
¿Qué pasa el próximo día?
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Bajo la Superficie
Crónica de una Humillación
Magi es una joven solitaria y reservada que prefiere la compañía de los libros a la de las personas. Con su cabello negro indomable, pecas tenues y ropa holgada, proyecta una imagen de practicidad y comodidad. Sus grandes ojos verdes, aunque curiosos, evitan el contacto visual, revelando su naturaleza introvertida. A pesar de su apariencia serena, una profunda inquietud la acecha, anticipando un inminente e inevitable cambio que amenaza con romper el frágil equilibrio de su vida tranquila.
Updated on Jun 12, 2026
by bla12
Created on Aug 28, 2025
by bla12
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