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Chapter 43 by bla12 bla12

¿Qué hace Magi?

Tiene que ir al departamento 3B

La puerta de su apartamento se cerró tras ella con un clic suave. La oscuridad y el silencio la envolvieron, tan familiares como opresivos. Magi se dejó caer sobre la madera, la frente apoyada en la superficie fría, intentando que el latido de su corazón se calmara. El viaje en autobús, la reflexión sobre las fotos, la nota... todo giraba en su cabeza como un torbellino nauseabundo.

Sacó el sobre del bolsillo. Lo abrió de nuevo, sus dedos recorriendo las palabras pulcras y calculadas. "Acceso prioritario... recopilar ciertas secuencias... una ventaja para usted..." No era una nota, era un anzuelo. Y ella, exhausta, humillada y acorralada, estaba a punto de morderlo.

No encendió la luz. Se deslizó por la puerta hasta el suelo del recibidor, abrazando sus rodillas. ¿Qué era peor? ¿La amenaza explícita de May o esta oferta envenenada de ayuda de un viejo que espiaba sus miserias a través de una pantalla? Al menos con May sabía a qué atenerse. El señor Evans era una incógnita, y las incógnitas, en su mundo, siempre terminaban mal.

Pero la necesidad de saber, de tener, aunque fuera una migaja de control, de entender hasta dónde llegaba la red que la atrapaba, fue más fuerte que el instinto de esconderse. Con un suspiro que le quemó el pecho, se levantó. Salió de nuevo a el pasillo, cerró su puerta y se plantó frente a la del 3B.

La madera oscura pareció absorber la poca luz del pasillo. Un felpudo impecable con un caniche bordado esperaba. Alzó la mano. Dudó. Su nudillo estuvo a centímetros de la madera, temblando. ¿Qué demonios estaba haciendo?

Golpeó. Suave al principio, casi un roce. Luego, con más fuerza, un sonido seco que resonó en el silencio sepulcral del piso.

Desde dentro, se oyeron pasos lentos, arrastrados, el clic de un cerrojo. La puerta se abrió solo unos centímetros. El señor Evans apareció en la rendija, sus ojos claros y agrandados por las gafas la observaron desde la penumbra de su salón. Olía a colonia vintage y a galletas de mantequilla.

—Señorita Magi —dijo, y su voz sonó áspera, como si no la usara a menudo. No pareció sorprendido.

—Señor Evans —logró articular ella, con la voz más firme de lo que sentía—. Recibí su nota.

Él asintió lentamente, un movimiento pausado y deliberado. Sus ojos no se despegaban de ella, estudiándola con una intensidad que resultaba incómoda.

—Sí —murmuró—. Temía que se perdiera entre el correo basura. —Hizo una pausa, y su mirada se desvió por un instante hacia el pasillo vacío antes de regresar a ella—. ¿Quiere... pasar? Solo un momento—. añadió, con un atisbo de lo que pretendía ser una sonrisa cordial, pero que solo consiguió parecer tensa.

Magi asintió, un movimiento seco de la cabeza. Cruzar ese umbral era adentrarse en lo desconocido, pero ya estaba tan perdida que un riesgo más apenas importaba.

El señor Evans abrió la puerta lo justo para que ella pudiera pasar y luego la cerró tras de sí con el mismo cuidado con que había abierto.

¿Cuál es la propuesta?

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