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Chapter 42 by bla12 bla12

¿Cómo termina el día?

Con una nota

May las dejó en el vestuario con la misma ceremonia con la que se despide a un instrumento después de un concierto: sin una palabra, solo con un gesto despectivo de la mano que decía "han cumplido, pueden desaparecer". El silencio, tras el bombardeo de órdenes e insultos, era tan denso que parecía vibrar.

Se vistieron con sus ropas civiles. El tacto del algodón áspero de sus jeans sobre la piel sensibilizada por las tiras elásticas del microbikini fue un recordatorio grotesco de la normalidad perdida. Cada prenda les quedaba como un disfraz prestado, demasiado grande para las criaturas en que se habían convertido.

La caminata hasta la parada del autobús fue un trance. La ciudad, iluminada por farolas anaranjadas, parecía un decorado vacío. Magi se hundió en un asiento al fondo del vehículo casi vacío, apoyando la frente sobre el vidrio frío de la ventanilla. El runrún del motor llenó el vacío que May había dejado en su cabeza, y entonces los pensamientos, como jauría contenida, irrumpieron.

No pensó en Alexander Vance. Esa herida, aunque profunda, era personal. Pensó en las fotos. En los flashes. En el click-click-click obsesivo de la cámara. May no solo tenía su sumisión. Ahora tenía un registro. Imágenes en alta resolución de cada ángulo de su humillación, de cada posesión forzada, de cada sonrisa vacía. Esas fotos eran más poderosas que cualquier uniforme o cualquier amenaza. Eran prueba. Eran material de chantaje eterno. Eran la garantía de que, incluso si encontraba la fuerza para huir, su imagen, su cuerpo convertido en obscenidad, la perseguiría para siempre. Un suspiro tembloroso escapó de sus labios. May ya no solo controlaba su presente; había hipotecado su futuro.

El autobús se detuvo cerca de su edificio. Bajó con movimientos lentos, como si cada paso requiriera un esfuerzo sobrehumano. Al entrar en el vestíbulo, la calidez artificial del lugar le golpeó el rostro. Fue entonces cuando lo vio. Pegado con cinta adhesiva a la puerta de su buzón, sobresaliendo entre la publicidad y los folletos de pizza, un sobre blanco y rectangular, demasiado formal, demasiado fuera de lugar.

No tenía nombre. Solo el número de su apartamento: 3A.

Una punzada de ansiedad, aguda y familiar, le recorrió el estómago. Con dedos que le temblaban levemente, lo despegó y lo abrió. Dentro, una hoja de papel blanco, doblada en dos. La letra era temblorosa, de edad, meticulosa pero con trazos inseguros, escrita con un bolígrafo azul.

Estimada vecina,

Sé que lo ocurrido anoche trasciende la mera incomodidad. He sido testigo de situaciones que, lejos de ser casuales, parecen integrar un patrón de vulnerabilidad del que usted es el centro.

Dado mi cargo en el consejo de propietarios, dispongo de acceso prioritario al sistema de vigilancia del edificio. Esto me ha permitido recopilar ciertas... secuencias de video que podrían resultar de su interés.

No me mueve la curiosidad malsana, sino la obligación cívica. Le propongo una reunión discreta para evaluar si mi poder puede constituir una ventaja para usted en las circunstancias que atraviesa.

Atentamente,

R. Evans (3B)

Magi dejó caer la mano, el papel pesando como una roca. R. Evans. El señor Evans. El viejo del caniche, el del rubor y la mirada esquiva. La nota no sonaba a la preocupación titubeante de un anciano. Sonaba a un ultimátum elegantemente envenenado.

"Acceso prioritario... recopilar ciertas secuencias... podría resultar de su interés."

Cada palabra estaba elegida para no amenazar abiertamente, pero para dejar claro que él sabía. Y que lo que sabía estaba grabado. No era una oferta de ayuda; era una negociación. Él tenía mercancía—imágenes de su desnudez, de su vergüenza, de sus idas y venidas—y se ofrecía a... ¿venderla? ¿O a usarla para algo?

Miró hacia el ascensor, luego hacia la escalera. Su apartamento ya no era un refugio. Era el epicentro de un nuevo frente de batalla. May tenía el poder de la humillación presente y futura. El señor Evans, el viejo silencioso del 3B, parecía tener el poder del pasado reciente, grabado y almacenado.

Y en medio, ella. Magi. Acorralada por dos flancos. Con la certeza de que su vida, incluso fuera del acuario, era un escenario vigilado. Y que su libertad, si es que alguna vez existió, tenía un precio que alguien más estaba dispuesto a pagar… o a cobrar.

¿Qué hace Magi?

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