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Chapter 18 by bla12 bla12

¿Qué hace Magi?

Se rinde

Derrotada y sintiendo que cada fibra de su voluntad se había quebrado, Magi asintió en silencio. Regresó al vestuario con pasos mecánicos, el crujido del cuero sintético de la minifalda sonando como una burla con cada movimiento. Recogió su cartera, usándola como un escudo inútil frente a su cuerpo, sosteniéndola contra su pecho como si con eso pudiera ocultar el escote que el sujetador realzaba tan obscenamente.

El trayecto hasta la parada del bus fue una marcha a través de un campo de minas de miradas. Los faros de los coches iluminaban sus piernas desnudas como si fueran focos de un escenario no deseado. Los silbidos y comentarios bajos de los hombres la seguían como un zumbido constante. Al subir al bus, el conductor le lanzó una mirada lasciva y lenta, evaluándola de arriba abajo antes de aceptar su tarifa con una sonrisa lenta que le hizo querer desaparecer.

El verdadero infierno comenzó cuando el bus se llenó hasta los topes. Magi quedó atrapada en el pasillo, aplastada entre cuerpos sudorosos. Cada curva y frenazo era una nueva humillación: la microfalda se le subía irremediablemente, exponiendo la delgada tira de la tanga que se le clavaba en la piel. Para mantener el equilibrio, tuvo que soltar su preciada cartera y agarrarse a un pasamanos sobre su cabeza, una pose que arqueaba su cuerpo y elevaba su busto, poniendo el escote profundamente en exhibición para cualquiera que estuviera a su altura.

Fue entonces cuando un hombre mayor, apretado contra su espalda, comenzó a "perder el equilibrio" con cada movimiento del bus, frotando su entrepierna contra sus nalgas con una insistencia que no podía ser accidental. Magi intentó moverse, pero la multitud era una trampa de carne. Su respiración se aceleró, atrapada entre los cuerpos y el calor asfixiante. —Disculpe—, murmuró el hombre con una voz ronca justo detrás de su oreja, su aliento caliente en su nuca, —está muy lleno—. Sus manos, que supuestamente se agarraban a un asiento cercano, "resbalaron" y se posaron en sus caderas, manteniéndola en su lugar.

Desde el otro lado, un grupo de jóvenes universitarios en la parte trasera no le quitaba ojo, grabando la escena con sus teléfonos discretamente y riéndose entre ellos. Uno de ellos, con una sonrisa arrogante, se abrió paso hasta ella. —Oye, princesa, se te cayó esto—, dijo, alargando un billete doblado. Magi, aturdida por el pánico y la sensación de las manos del hombre a sus espaldas, negó con la cabeza. —No es mío.

—Claro que sí, — insistió el joven, alzando la voz para que otros pasajeros lo oyeran. —Para el taxi, ¿no? Con lo que estás trabajando esta noche, seguro que necesitas un extra—. Las risas estallaron a su alrededor. Él intentó deslizar el billete en su escote. Al esquivarlo, Magi se aplastó aún más contra el hombre detrás de ella, quien aprovechó para apretar sus manos contra sus caderas.

El viaje se convirtió en una eternidad de manos "accidentales" que rozaban sus muslos, de miradas que recorrían cada centímetro de su cuerpo atrapado, de risas ahogadas y el calor vergonzante de sentir cómo su propia piel respondía con escalofríos de repulsión a cada contacto no deseado. Era un objeto, un juguete para la multitud, completamente a merced de sus tocamientos y sus burlas.

Cuando las puertas finalmente se abrieron en su parada, se liberó de la multitud como si escapara de una pesadilla, sintiendo que las miradas y las sonrisas la seguían hasta la acera. Corrió las dos calles que la separaban de su casa, con la sensación de que las manos invisibles y las risas aún la perseguían, grabadas en su piel.

Al cruzar por fin la puerta de su apartamento, corrió directo al baño. Al cerrar la puerta, miró su reflejo en el espejo empañado: la falda corta, el pelo revuelto, los ojos vacíos. Con manos que empezaron a temblar de nuevo, se quitó la ropa como si estuviera contaminada y se metió bajo el chorro de agua casi hirviendo. Se restregó con una esponja áspera, frotándose la piel hasta enrojecerla, intentando raspar no la suciedad, sino el día entero. Lloró en silencio, no solo por la humillación, sino por la extraña que ahora habitaba su piel y que había aprendido a obedecer.

¿Qué pasa al día siguiente?

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