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SD

Chapter 2 by K45

Capitulo 1

El eco de los murmullos en el pasillo principal del edificio de arquitectura seguía sintiéndose como un zumbido molesto en mis oídos. Habían pasado ya tres semanas desde la tarde en que Dania decidió que era buena idea convertir mi declaración en el espectáculo del semestre, riéndose en mi cara frente a media facultad mientras su amiga Kendra grababa la escena con el teléfono en alto, asegurándose de que cada ángulo de mi humillación quedara registrado para la posteridad. Aguanté la mirada en aquel momento, me tragué el orgullo que me quemaba por dentro y me di la vuelta sin decir una sola palabra, caminando con la frente en alto a pesar de que sentía los ojos de decenas de desconocidos clavados en mi espalda. Desde entonces, el ambiente en la universidad se había vuelto francamente insoportable; las risitas ahogadas cuando pasaba cerca de las bancas del jardín, los comentarios con voz socarrona que soltaban algunos imbéciles al verme entrar al salón y las miradas de burla descarada de Kendra y Dania se habían convertido en mi rutina diaria. Pero yo simplemente apretaba los dientes, respiraba hondo y me dedicaba a lo mío, negándome rotundamente a darles el gusto de verme caer o perder los estribos.

Apreté el paso de regreso a la colonia, sintiendo la mochila pesada sobre los hombros mientras cruzaba el portón de metal del patio de la enorme casa familiar. Era una propiedad verdaderamente espaciosa, de dos pisos bien distribuidos y varios cuartos, donde vivíamos prácticamente todos apretados pero acomodados: mi cuñada Zarela y su hija Vianey, mis dos hermanas menores, Odalis y Drusila, y yo. Mi hermano mayor, Baldomero, casi nunca estaba presente en el día a día; su trabajo en la compañía de logística lo mantenía en viajes constantes de ciudad en ciudad por semanas enteras, así que la casa solía mantenerse con un ajetreo constante de mujeres de distintas edades, pero sin una figura de autoridad fija la mayor parte del tiempo.

Antes de subir las escaleras de la entrada principal de mi hogar, me desvié por el camino de tierra que llevaba hacia la propiedad contigua. Llevaba en las manos un recipiente térmico de color azul que quemaba ligeramente las palmas de mis manos, lleno hasta el tope con guisado caliente que Zarela había preparado para la comida.

El viejo Ananías vivía completamente solo en esa casona desgastada, con la pintura fachada cayéndose a pedazos por la humedad y un jardín descuidado que parecía una selva en miniatura. A sus setenta y tres años, la gran mayoría de las personas del vecindario lo tachaban de estar completamente loco o lo tachaban abiertamente de viejo rancio y pervertido por la forma tan descarada e incómoda en que se le quedaba viendo a cualquier mujer que pasara frente a su cerca. Pero conmigo las cosas siempre habían sido distintas. Desde que yo era un muchacho, me había tomado el tiempo de visitarlo casi todos los días, de llevarle el almuerzo o la cena para que no se alimentara solo de latas, de sentarme en su sala maloliente a ver la televisión con él y escuchar pacientemente sus historias exageradas de juventud. En el fondo, me daba lástima la soledad en la que se pudría, y él me tenía un afecto genuino por ser el único ser humano que no lo trataba como a un apestado.

Empujé la puerta de entrada, que como de costumbre estaba entreabierta y sin seguro, y me adentré en la penumbra sofocante de su estancia, donde el olor a polvo viejo y a café cargado flotaba en el aire.

—¿Ananías? Le traje la comida, todavía está caliente —anuncié alzando la voz para hacerme oír por encima del ruido de la televisión, dejando la bandeja sobre la mesita de centro atestada de periódicos atrasados.

El anciano estaba acomodado en su sillón reclinable de cuero raído, ajustándose los lentes de armazón grueso sobre la nariz arrugada. Al verme, sonrió de lado, dejando al descubierto una dentadura desgastada y manchada por los años de tabaco, mientras presionaba el control remoto para apagar el televisor de pantalla plana.

—Kennet, muchacho... Sabía que no ibas a dejar que este viejo se muriera de hambre —dijo con esa voz rasposa y carrasposa tan característica suya, estirando los brazos para acomodarse—. Ven, siéntate un momento. Traes la jeta arrastrando otra vez. ¿Siguen los imbecilitos de tu facultad jodiendo con lo de la otra vez?

Me dejé caer en el sofá de al lado, apoyando los codos sobre las rodillas y pasándome las manos por la cara con un suspiro pesado que me salió desde el fondo del pecho.

—Lo de siempre, Ananías. La misma historia de todos los días —respondí con amargura—. No les doy el gusto de verme molesto, pero ya cansa. Parece que no tienen otra cosa que hacer más que recordar cómo me batearon frente a todo el mundo.

Ananías soltó una carcajada seca, un sonido rasposo que terminó convirtiéndose en una breve tos convulsiva. Se limpió los labios con el dorso de la mano y me miró fijamente desde atrás de sus micas gruesas, con una chispita extraña y anormalmente viva brillando en el fondo de sus ojos oscuros.

—Eres demasiado noble para tu propio bien, Kennet. Aguantas y aguantas como un santo... pero todo en esta vida tiene un límite —dijo el viejo, inclinándose hacia mí con lentitud, apoyando las manos venosas sobre sus rodillas—. Esas muchachitas se pasaron de listas contigo. Especialmente la tal Dania y la lagartona de su amiga Kendra. No tienen idea de la clase de estupidez que cometieron.

—Ya da igual, Ananías. La verdad es que no hay nada que yo pueda hacer al respecto, más que aguantarme y esperar a que se les olvide —murmuré, encogiéndome de hombros sin ganas de seguir rumiando la misma frustración.

—Ahí es donde te equivocas rotundamente, muchacho —dijo Ananías, bajando la voz hasta convertirla en un murmullo denso, rasposo y cargado de una malicia casi infantil—. Hay algo que nunca le he contado a ningún alma en este mundo, Kennet. Ni a mi propia familia cuando vivía. Pero tú te has portado conmigo como si fueras de mi sangre, me alimentas y me cuidas, y me da un coraje encendido verte con la cabeza agachada por culpa de un par de chiquillas caprichosas.

Lo miré con el ceño fruncido, esperando que estuviera a punto de salirme con alguna de sus anécdotas inventadas sobre sus tiempos en el ejército o alguna fantasía extraña de las suyas.

—Escúchame bien —continuó el anciano, alzando un dedo índice tembloroso pero firme para enfatizar sus palabras—. Este viejo feo que ves aquí tiene un regalo. Una habilidad... un talento que desafía a la misma naturaleza. Puedo meterme en la cabeza de las personas. Puedo poseer el cuerpo de quien a mí se me dé la regalada gana.

Solté un bufido seco y puse los ojos en blanco, recargándome contra el respaldo gastado del sillón.

—Por favor, Ananías. ¿Otra vez con sus historias raras? Se nota que hoy no se ha tomado sus medicinas para la presión —ironicé, haciendo un ademán despectivo con la mano.

—¡No estoy loco ni chocheando, carajo! —exclamó el viejo con una vehemencia que me tomó por sorpresa, golpeando el descansabrazos con el puño cerrado—. ¡Te estoy hablando completamente en serio, Kennet! Puedo meterme en cualquier cuerpo que yo elija, tomar el control total de sus músculos, de sus cuerdas vocales, de sus sentidos. Hacer lo que se me dé la gana mientras estoy adentro y, cuando decido salirme, la persona jamás se da cuenta de lo que pasó. Su propia mente rellena los huecos de la memoria y quedan rotundamente convencidos de que todo lo que hicieron durante la posesión lo hicieron por voluntad propia, como si hubiera sido su propia idea más profunda y oscura.

Se me quedó viendo fijamente, esperando una reacción de asombro que no llegó. Yo solo me limité a mirarlo con lástima y cierta molestia, pensando que la demencia senil le estaba empezando a calar hondo en la cabeza.

—Ajá, sí... Claro que sí, Ananías —respondí en tono condescendiente, cruzándome de brazos—. Y si es un poder tan increíble, ¿por qué no andas volando o haciéndote millonario?

—¡Porque tiene sus reglas y sus límites, ignorante! —rezongó el anciano, ajustándose el cuello de la camisa gastada—. No es como en las películas. Para empezar, tengo que estar viendo físicamente al cuerpo que quiero poseer con mis propios ojos. Si la persona no está a mi alcance visual, si hay una pared de por medio o si no la tengo enfrente, no puedo hacer nada. La línea de visión es obligatoria. Además, solo puedo controlar a una persona a la vez. No puedo andar manejando dos cuerpos al mismo tiempo como marionetas.

Hizo una pausa para recuperar el aliento, respirando con dificultad por la agitación de su propio discurso, antes de continuar señalándome con el dedo.

—Puedo saltar de un cuerpo a otro en cadena, eso sí. Salgo de uno y entro al siguiente al instante si lo tengo a la vista. Pero mi cuerpo viejo no aguanta tanto ajetreo mental; tengo un límite estricto de ocho posesiones consecutivas. Si intento hacer un noveno salto sin haberme tomado un buen descanso para recuperar energías, mi mente no aguanta el tirón y me desplomo desmayado en el acto.

Me quedé observándolo en silencio durante unos segundos. La precisión absurda con la que detallaba las "reglas" de su supuesta habilidad era impresionante, pero solo servía para preocuparme más por su estado mental.

—Mire, Ananías, ya en serio... Tómese sus medicinas para la cabeza o de verdad le va a ir muy mal —le dije con voz firme, levantándome del sillón y señalando la caja de pastillas que estaba sobre la repisa junto a la televisión—. Si sigue diciendo estas barbaridades a la gente de la calle, van a venir a encerrarlo en un manicomio y yo no voy a poder meter las manos por usted. Deje de decir estupideces y cómase la comida antes de que se le enfríe.

Ananías me miró desde abajo, sin la menor pizca de ofensa en el rostro. En lugar de enojarse por mi tono, esbozó una sonrisa lenta, amplia y profundamente perversa que me puso los pelos de la nuca de punta. Sus ojos brillaron con una malicia oscura que nunca antes le había visto.

—Piensa lo que quieras, Kennet. Piensa que este viejo está loco —murmuró con una vocecita baja, casi ronca, mientras tomaba la cuchara para servirse un poco del guisado—. Ya te darás cuenta solito de si hablo en serio o no. A los viejos como yo no se nos escapa nada, y mucho menos cuando se trata de devolver un favor a quien se lo merece.

—Sí, sí, lo que usted diga. Mañana vengo a ver cómo sigue —respondió tajante, dándome la vuelta para dirigirme a la salida sin querer engancharme más en su locura.

Salí de la casa de Ananías sacudiéndome el malestar que me había dejado aquella conversación tan surrealista. Atravesé el patio a pasos agigantados y regresé a la calidez de mi propia casa. Al cruzar el umbral, el aroma a desinfectante con aroma a pino y a comida casera me recibió de golpe. En la amplia sala de estar, mi cuñada Zarela, de treinta y dos años, estaba doblando una montaña de ropa limpia sobre la mesa del comedor. Era una mujer madura, de carácter tranquilo pero firme, que siempre trataba de mantener el orden en el hogar mientras mi hermano Baldomero andaba fuera haciendo viajes de trabajo.

—¿Le dejaste la comida al vecino, Kennet? —preguntó Zarela sin levantar la vista de las camisas que doblaba con destreza.

—Sí, Zarela. Ya se la dejé —contesté, apoyándome un momento contra el marco de la puerta—. Aunque la verdad el viejo está cada día más desvariando. Me salió con un cuento chino de que tiene poderes para controlar mentes. De plano creo que ya le está afectando la soledad.

Zarela soltó una leve risita amarga y negó con la cabeza mientras acomodaba un pila de pantalones.

—Ese señor siempre ha tenido un aire rarísimo, Kennet. Ni te enganches con sus desvaríos. Bastante tienes ya con lo de tu facultad como para estarte preocupando por las locuras de un anciano. Por cierto, tu sobrina Vianey estuvo preguntando por ti hace un rato.

Asentí en silencio. Vianey tenía diecinueve años, solo dos menos que yo, y al ser prácticamente de la misma generación, teníamos una relación bastante cercana y de confianza, casi como si fuéramos hermanos en lugar de tío y sobrina. Subí las escaleras de madera que chirriaban bajo mis pies y me crucé en el pasillo del segundo piso con mi hermana menor, Odalis, de veinte años, quien salía de su habitación secándose el cabello con una toalla tras haberse bañado.

—Hola, Kennet —me saludó con un gesto desinteresado pero amable—. ¿Cómo te fue hoy en la universidad? ¿Siguen los pesados de siempre molestando?

—Lo mismo de siempre, Odalis. Nada nuevo bajo el sol —respondí cansado, pasándola de largo para dirigirra a mi propia recámara.

Desde el cuarto del fondo, la puerta de Drusila, de dieciocho años, estaba entreabierta. Alcancé a verla sentada en su escritorio, concentrada frente a su computadora con los audífonos puestos. La tranquilidad de mi casa contrastaba enormemente con el caos mental que me producía pensar en el día siguiente. Me encerré en mi habitación, tiré la mochila a un costado del escritorio y me dejé caer de espaldas sobre la cama, mirando el techo blanco con los brazos cruzados detrás de la cabeza.

La imagen de Dania riéndose de mí en la explanada principal volvía a proyectarse en mi mente con una claridad hiriente. A su lado, Kendra sostenía el teléfono celular con una sonrisa burlona, encendiendo la pantalla para asegurarse de que el video quedara bien grabado. La humillación pública era algo difícil de digerir, sobre todo cuando sabía perfectamente que yo no les había hecho nada para merecer semejante trato. Había sido sincero, me le había declarado a la chica que me gustaba y ella había decidido usar mis sentimientos como material de comedia para ganar popularidad entre los universitarios. Aguantar en silencio era la única opción que me quedaba si no quería convertir el problema en una bola de nieve más grande, pero el rencor y la impotencia se acumulaban en mi pecho como un nudo apretado que no me dejaba respirar agusto.

"Una pérdida de tiempo", me dije a mí mismo, tratando de apartar esos pensamientos de mi mente. Traté de enfocarme en los planos que tenía que entregar para la materia de diseño estructural del viernes, pero las palabras de Ananías no dejaban de darme vueltas en la cabeza como un eco molesto. ¿Por qué un viejo de setenta y tres años se inventaría una mentira tan elaborada y específica? ¿Posesión corporal? ¿Línea de visión? ¿Un límite de ocho saltos consecutivos antes de caer desmayado? Todo sonaba tan absurdamente estructurado que rozaba lo ridículo. "Está loco", me repetí con firmeza. "Es solo la chochez de un anciano pervertido que pasa demasiado tiempo solo viendo televisión".

Traté de conciliar el sueño temprano, pero la noche se me hizo eterna. Daba vueltas en la cama de un lado a otro, sintiendo el calor sofocante de la recámara mientras las imágenes de la facultad y las risas de Kendra y Dania se mezclaban con la mirada perversa que Ananías me había dedicado antes de irme. Cuando por fin logré pegarme a las sábanas y conciliar un sueño pesado, ya faltaban pocas horas para que sonara la alarma del despertador.

A la mañana siguiente, el sol matutino entraba con fuerza por la ventana de mi cuarto. Me levanté con el cuerpo molido y la cabeza pesada. Me vestí mecánicamente con un pantalón de mezclilla oscuro, una playera gris y mis tenis gastados. Bajé a la cocina, donde Zarela ya estaba preparando el desayuno mientras Vianey se servía una taza de café a la prisa, luciendo su mochila de la universidad sobre el hombro.

—Buenos días, Kennet —me saludó Vianey, dándome un sorbo a su taza—. Te ves fatal. ¿Tampoco pudiste dormir bien?

—Algo así —respondí sirviéndome un vaso con agua fría—. Tuve pesadillas raras toda la noche.

—Es el estrés de la escuela —intervino Zarela desde la estufa, volteando un par de huevos en la sartén—. Tienes que relajarte, muchacho. No te dejes consumir por las tonterías de la gente.

Desayuné a la prisa, sin muchas ganas, simplemente cumpliendo con el trámite para no salir con el estómago vacío. A las ocho de la mañana en punto, salí de la casa y encaré el trayecto hacia la parada del autobús que me llevaría directo a la universidad. Al pasar frente a la casa de Ananías, eché una mirada rápida hacia la ventana de su sala. Las cortinas estaban completamente cerradas y no había señal alguna de movimiento en el patio. "Seguro sigue durmiendo el viejo loco", pensé para mis adentros, sintiendo una extraña mezcla de alivio y ligera lástima por él.

El trayecto en el transporte público fue el mismo de siempre: apretujado entre la multitud, sintiendo el bamboleo del camión y tratando de concentrarme en la música que salía de mis audífonos para aislarme del mundo exterior. Sin embargo, al bajarme en la parada más cercana al campus universitario, una opresión familiar me volvió a golpear el estómago. Cruzar el portón de la facultad era como entrar a un campo minado donde cada esquina guardaba el potencial de un nuevo murmullo o una risita a mis espaldas.

Caminé por el sendero arbolado que conducía hacia el edificio de arquitectura. Las áreas verdes estaban repletas de estudiantes sentados en el pasto, conversando en grupos, estudiando o simplemente perdiendo el tiempo antes de sus primeras clases. A la distancia, cerca de la cafetería central, alcancé a divisar a lo lejos la figura de Kendra. Estaba de pie junto a una de las mesas de concreto, luciendo una falda corta y una blusa ajustada que llamaban la atención de varios de los chicos que pasaban por ahí. Reía estrepitosamente mientras revisaba su teléfono celular, probablemente mostrando el último chisme de la mañana a los compañeros que la rodeaban.

Apreté los puños dentro de los bolsillos de mi sudadera y desvié la mirada hacia el suelo, acelerando el paso para no cruzarme en su camino. No tenía la menor intención de propiciar otro encuentro incómodo. "Solo aguanta un año más", me repetí como un mantra mientras subía las escaleras de concreto del edificio A. "Solo enfócate en tus materias y olvídate de todo lo demás".

Lo que yo no sabía en ese momento, mientras caminaba a paso firme hacia el salón de clases ignorando a todo el mundo a mi alrededor, era que a pocos metros de la entrada del campus, sentado en la banca de un parque público con vista directa hacia la cafetería universitaria, un viejo de setenta y tres años con lentes gruesos y una sonrisa maliciosa en los labios observaba fijamente la figura de Kendra, esperando pacientemente el momento exacto para clavarle la mirada y poner a prueba las reglas de su habilidad.

Subí los tres tramos de escaleras hasta el tercer piso del edificio de arquitectura, sintiendo cómo las piernas me pesaban más de la cuenta. El pasillo del pabellón A estaba repleto de alumnos que iban y venían cargando maquetas de cartón pluma, tubos de planos y carpetas gruesas. Al pasar junto al grupo de alumnos de quinto semestre, escuché una risita apagada y el codazo disimulado que uno le dio a su compañero para señalarme con la mirada. Apreté los dientes, mantuve la vista fija al frente y crucé la puerta del taller de diseño estructural sin cambiar el ritmo de mis pasos. Me acomodé en uno de los restiradores del fondo, pegado a la ventana que daba hacia el patio central, tiré la mochila en el suelo y me puse a desenrollar las láminas de solapamiento para evitar cualquier tipo de contacto visual con los demás.

Desde la altura del tercer piso, la ventana me ofrecía una vista panorámica excelente de toda la explanada principal de la universidad. Podía ver las jardineras de concreto, los senderos adoquinados y el área de la cafetería al aire libre. La figura de Kendra destacaba entre la multitud por su blusa ajustada y su postura despreocupada. Estaba recargada contra la barra de la cafetería, balanceando una de sus piernas mientras conversaba con dos muchachos del equipo de fútbol de la facultad. Se reía de forma escandalosa, echando la cabeza hacia atrás con esa actitud autosuficiente que siempre la había caracterizado. A su lado, unos metros más allá, acababa de llegar Dania, caminando con esa elegancia fingida que solía desplegar cuando sabía que todos los ojos del pasillo estaban puestos en ella.

Ajusté la regla T sobre la mesa de dibujo, pero mis ojos volvieron involuntariamente a la ventana. Fue entonces cuando me percaté de un detalle fuera de lugar. Al otro lado de la reja perimetral de la facultad, en la banqueta de la calle pública por donde pasaban los camiones, había una banca de hierro fundido bajo la sombra de un ficus gigantesco. Y sentado en esa banca, vistiendo una chamarra gastada de color café y sus inconfundibles lentes de armazón grueso, estaba el viejo Ananías.

Se me congeló la sangre en las venas durante un segundo.

—No puede ser... —murmuré para mí mismo, pegando el rostro al cristal de la ventana.

El anciano estaba completamente inmóvil, sentado con las manos apoyadas sobre los muslos, con la cabeza ligeramente inclinada hacia arriba. A pesar de la distancia, la dirección de su mirada era inconfundible: tenía los ojos clavados de manera fija, obsesiva e ininterrumpida en la figura de Kendra, quien seguía de espaldas a la reja, riéndose junto a la barra de licuados. Me quedé helado viendo la escena desde la altura. Me pareció una locura absoluta. El viejo de verdad se había tomado el trabajo de caminar las seis cuadras desde la colonia hasta la facultad solo para pararse a espiar a las muchachas como un vil pervertido. Sentí un bochorno helado recorrer mi espalda; si alguien se daba cuenta de que ese anciano me conocía o si la seguridad del campus lo sacaba a empujones por andar de mirón, la humillación me iba a salpicar de lleno a mí otra vez.

Iba a apartarme del ventanal para bajar corriendo a correrlo antes de que causara un problema, pero en ese preciso instante ocurrió algo que me paró el corazón de golpe.

Abajo, en la cafetería, Kendra dejó de reírse a mitad de una carcajada. Fue un cambio tan drástico y repentino que hasta los dos chicos con los que hablaba se le quedaron viendo con cara de extrañamiento. La chica se quedó completamente rígida, con el vaso de plástico a medio camino de la boca. Sus hombros se tensaron, su cuello se puso rígido y sus ojos, que un segundo antes brillaban con burla, se quedaron mirando fijamente hacia la nada, totalmente vacíos de expresión. Fueron solo dos o tres segundos de una inmovilidad absoluta, casi escalofriante, como si alguien hubiera presionado el botón de pausa en su cuerpo.

De pronto, Kendra parpadeó despacio. Pero la forma en que volvió a moverse ya no era la de ella.

Sus hombros se cayeron levemente con una pesadez extraña, torpe, encorvándose de una manera brutalmente familiar. Se pasó la mano por el rostro con un gesto pesado, raspándose la mejilla con los nudillos exactamente con la misma costumbre rústica que tenía Ananías cuando se despertaba en su sillón. Miró sus propias manos —sus uñas pintadas de rojo, sus dedos delgados— y las abrió y cerró un par de veces con una fascinación grotesca, como si estuviera probando unos guantes que no le quedaban. Luego, la chica giró lentamente el rostro hacia la reja exterior, buscando la banca del ficus.

Alcé la vista hacia la calle pública. La banca de hierro estaba ocupada por el cuerpo de Ananías, pero el anciano ya no estaba erguido. Su cabeza había caído pesadamente hacia adelante, sobre su pecho, y sus brazos colgaban flojos a los costados de su tronco, como si se hubiera quedado dormido de golpe o le hubiera dado un ataque al corazón en plena vía pública.

Un sudor frío me bajó por la nuca. El estómago se me apretó con tanta fuerza que sentí náuseas reales.

—No... no es cierto —susurré, agarrándome del borde del restirador con las manos temblorosas—. Es una coincidencia. Es una maldita coincidencia.

Kendra —o lo que sea que estuviera dentro del cuerpo de Kendra— soltó una sonrisa que me revolvió las tripas. No era la sonrisa coqueta o burlona que la chica ponía siempre. Era una mueca asimétrica, rasposa, una sonrisa torcida y perversa que pertenecía sin lugar a dudas a la cara arrugada de mi vecino. Sus amigos le preguntaron algo, preocupados por su cambio repentino de actitud, pero la chica simplemente los ignoró por completo. Se dio la media vuelta con pasos torpes y pesados, arrastrando ligeramente la suela de sus sandalias sobre el pavimento como si no supiera calcular la distancia del piso, y empezó a caminar en dirección a Dania.

Dania estaba de pie cerca de las escaleras del edificio B, revisando su cosmetiquera. Kendra se le acercó por la espalda. Vi desde mi ventana cómo la chica poseída estiraba la mano y, con una desfachatez abrumadora y totalmente impropia de su relación habitual, le daba una nalgada sonora y abierta a Dania en pleno pasillo público.

El golpe se escuchó fino hasta la explanada. Dania dio un brinco del susto, soltó el espejo de mano que llevaba y se volteó hecha un demonio, con el rostro encendido de rabia y vergüenza.

—¡¿Qué te pasa, estúpida?! —alcancé a oír que gritaba Dania desde abajo, sobándose el glúteo con la mano—. ¡¿Estás loca o qué te pica?!

Pero Kendra no se disculpó. En lugar de eso, dio un paso al frente, acorralando a Dania contra la pared de concreto del edificio. La cara de Kendra estaba a escasos centímetros de la de su amiga. Vi cómo la chica poseída alzaba la mano y, con una lentitud descarada y morbosa, le pasaba las yemas de los dedos por el mentón a Dania, bajando por la clavícula hasta presionar levemente el centro de su pecho sobre la blusa.

—Cálmate, chiquita... —dijo Kendra con una voz que, aunque salía de sus cuerdas vocales femeninas, tenía una entonación pausada, ronca y babosa que me hizo dar un paso atrás en la ventana—. No te pongo violenta. Si apenas estamos empezando a divertirnos.

Dania se quedó de piedra. La confusión en su rostro superaba por mucho a la rabia. Nadie en la facultad actuaba así, y mucho menos su mejor amiga en medio del patio a las diez de la mañana.

—Kendra, suéltame, estás rara... me estás asustando —murmuró Dania, tratando de empujarla por los hombros.

Pero Ananías, usando el cuerpo joven y firme de Kendra, no se movió un solo centímetro. Se inclinó hacia adelante y le pegó los labios al cuello a Dania, dándole un beso húmedo y pesado justo en la vena yugular, mientras le metía la mano por debajo de la cintura de la falda, apretándole la cadera con una fuerza desmedida. Dania soltó un jadeo ahogado de pura sorpresa y placer involuntario; el contraste entre el horror de la situación y la estimulación física directa la dejó completamente paralizada, con la espalda pegada a la pared de ladrillos.

Ananías la tomó del mentón y le plantó un beso sucio, profundo y húmedo en la boca, metiéndole la lengua sin pedir permiso mientras la apretaba contra la pared. Se separó apenas unos milímetros, respirando agitadamente.

Entonces, ante la mirada atónita de todos los presentes en la explanada, Kendra alzó la voz. Su tono de voz era claro, alto y proyectado para que resonara por toda la plaza central.

—¡Me lamento tanto! —exclamó Kendra en voz alta, dramática y desgarradora, mientras las lágrimas empezaban a brotar de sus ojos por el actuar de Ananías dentro de su cuerpo—. ¡Me lamento profundamente de haber sido parte de la humillación de Kennet! ¡Él no se merecía nada de eso! ¡Kennet es un hombre maravilloso, noble y no merecía que lo tratáramos así!

Los estudiantes que caminaban por el patio se detuvieron en seco. El murmullo general cesó de golpe; decenas de miradas se clavaron de inmediato en la escena. Dania la miraba con la boca abierta, incapaz de procesar las palabras que salían de la boca de su mejor amiga.

—¡Fui obligada por Dania! —continuó gritando Kendra a los cuatro vientos, señalando con el índice el rostro pálido de Dania—. ¡Me obligó a grabar ese video y a burlarme de él! Si no lo hacía, amenazó con publicar una foto mía cagando al aire libre donde se me veía todo el culo y mi caca... ¡Iba a ser la hazme reir de toda la facultad! ¡Por eso lo hice, por puro miedo!

Un jadeo colectivo recorrió la explanada. Los murmullos estallaron de inmediato entre los grupos de alumnos. Desde mi ventana en el tercer piso, me quedé helado, sintiendo que la mandíbula casi se me caía al suelo. Estaba completamente sorprendido; el viejo no solo estaba controlando el cuerpo de Kendra para alterar la situación, sino que estaba usando la voz de la chica para destruir la reputación de Dania y limpiar mi nombre de la manera más bizarra y escandalosa posible.

Kendra volvió a girar la vista hacia el tercer piso, fijando sus ojos directamente en la ventana donde yo me encontraba paralizado. Se puso las manos sobre el pecho, apretándose los senos por encima de la tela con una desesperación fingida y grotesca.

—¡Pero la verdad es que yo siento un amor enorme por Kennet! —gritó Kendra para que todos la escucharan, con la voz entrecortada por suspiros teatrales—. ¡Es un buen hombre! ¡No merece ser tratado mal por nadie! ¡Me siento tan mal por dentro! ¡Me duele el alma porque sé que Kennet ahora no querrá meter su pene dentro de mi vagina! ¡Mi vagina se pone tan triste solo de pensarlo!

El silencio que siguió a esa declaración fue abrumador. Todos los universitarios de la explanada se quedaron en un shock absoluto. Chicos con las maquetas en la mano, profesores que caminaban por el pasillo y los mismos futbolistas con los que hablaba minutos antes miraban a Kendra como si le hubiera salido una segunda cabeza. Nadie podía creer el nivel de vulgaridad y confesión explícita que la chica más cotizada de la carrera estaba soltando a mitad del campus.

Dania, con el rostro enrojecido por la humillación y el pánico, intentó taparle la boca a Kendra.

—¡Kendra, cállate! ¡¿Qué demonios te pasa?! ¡Estás demente! —gritó Dania al borde del colapso.

Pero Kendra le apartó la mano de un manotazo brusco y volvió a clavar la mirada en mi ventana, alzando los brazos hacia mí en un gesto de súplica descarado.

—¡Te pido disculpas por todo lo que te hice, Kennet! —continuó proclamando a viva voz, mientras se pasaba las manos por las caderas y se acariciaba los muslos frente a la multitud atónita—. ¡Perdóname, por favor! ¡Te juro que a partir de hoy mi cuerpo, mis pechos, mi vagina y todo de mí serán tuyos como un pago mínimo por el daño que te hice! ¡Soy completamente tuya cuando me quieras tomar!

Dania se quedó temblando, rodeada por los murmullos de decenas de alumnos que ya habían sacado sus teléfonos celulares para grabar la confesión. La cara de Dania era un poema de terror puro; la historia del Chantaje de la foto y la rendición explícita de Kendra la dejaban a ella como la villana más despreciable del lugar.

Kendra rompió el momento dándole un tirón violento a la muñeca de Dania, aprisionándola otra vez contra su costado.

—Vámonos, chiquita —le susurró Kendra al oído a Dania, volviendo a usar ese tono rasposo y perverso de Ananías, mientras le daba un apretón firme en la cadera—. Tenemos una visita que hacer.

Kendra empezó a arrastrar a Dania por el sendero principal, alejándose de la cafetería y dirigiéndose a toda prisa hacia la salida del campus. Dania intentaba protestar débilmente, pero la fuerza física del cuerpo de Kendra, movido por la determinación de Ananías, la arrastraba sin darle margen de maniobra.

Salí del taller de diseño como un alma que lleva el diablo, dejando tiradas mis láminas de dibujo, la regla T y la mochila sobre el restirador. No me importó el profesor que me gritó desde la mesa de entrega ni los compañeros que se hicieron a un lado alarmados al verme correr por el pasillo. Bajé las escaleras de tres en tres, tropezando en el último descanso y apoyando la mano en la pared para no irme de cabeza contra el suelo.

Salí atropelladamente a la explanada principal. El aire fresco de la mañana me golpeó el rostro, pero no me sirvió para calmar el torbellino de emociones que me quemaba el pecho. Corrí hacia la reja perimetral y crucé el torniquete de la entrada a toda prisa, saliendo a la calle pública.

Giré hacia la izquierda, buscando desesperadamente la banca de hierro bajo el ficus.

Ahí estaba el cuerpo de Ananías. El anciano seguía desplomado sobre el respaldo de metal, con la cabeza caída de lado y la boca ligeramente abierta, luciendo exactamente como un viejo que se había quedado dormido al sol o que había sufrido un colapso en plena calle. Dos señoras que pasaban con sus bolsas del mandado se le quedaron viendo con desconfianza, pero siguieron de largo sin acercarse.

Me acerqué a la banca con los puños apretados y el pulso desbocado.

—¡Ananías! —le siseé en voz baja pero con furia, agarrándolo del hombro de la chamarra y sacudiéndolo con fuerza—. ¡Ananías, despierte! ¡Despierte, carajo!

El cuerpo del viejo estaba fofo, pesado, totalmente inerte bajo mi agarre. Sus brazos balanceaban sin vida a los costados y la piel de su rostro se veía pálida, casi fría. Le tomé la muñeca con dedos temblorosos y sentí un pulso sumamente lento, débil y pausado, como el de un animal que ha entrado en una hibernación profunda. No había nadie adentro de esa cáscara de carne arrugada. La mente que movía ese cuerpo estaba a un par de cuadras de aquí, caminando en los tacones de una universitaria de veintiún años y arrastrando a su amiga hacia la colonia.

Solté al viejo con una mezcla de horror, asco y absoluta fascinación, echándome hacia atrás.

A lo lejos, en la esquina donde cruzaban los autobuses urbanos hacia la zona residencial, alcancé a ver a Kendra y a Dania. Kendra llevaba a Dania abrazada por la cintura, pegándola bruscamente contra su costado mientras caminaban a paso veloz. La mano de Kendra no dejaba de acariciarle la cadera a Dania por encima de la tela de la falda, descarada, pública y provocativamente, manteniendo a la otra chica sumisa y confundida bajo el poder de su toque físico.

Se dirigían directamente hacia mi casa.

El sudor helado me empapó la playera. La mente se me llenó de preguntas enloquecidas. El viejo había dicho que tenía un límite de ocho saltos consecutivos antes de que su mente colapsara y cayera desmayado de verdad. Llevaba una sola posesión: Kendra. Pero para controlar a Dania de la misma manera tendría que saltar de un cuerpo al otro, estando a tiro de vista. ¿Y qué pretendía hacer cuando llegaran a la colonia? ¿Ponerlas a ambas en mi sala? ¿Forzarlas a participar en algo así en la casa donde vivían mi cuñada Zarela, mi sobrina Vianey y mis hermanas Odalis y Drusila?

La sola idea de que aquel viejo pervertido metiera esa podredumbre dentro de mi hogar, cruzando el umbral donde mi familia cenaba todas las noches, me revolvió las entrañas. Pero al mismo tiempo, la escena de recién todavía retumbaba en mis oídos: la confesión pública, la humillación total de Dania, las palabras explícitas de Kendra ofreciéndose como pago ante toda la facultad. La venganza que el viejo me había prometido no era una fantasía de mentiras; era una realidad cruda, escandalosa y descontrolada que apenas estaba comenzando.

Me quedé parado en la banqueta, mirando el cuerpo inerte de Ananías tirado en la banca de hierro y luego la esquina por donde las dos muchachas acababan de desaparecer. Corrí tras ellas a paso apresurado, sintiendo que acababa de cruzar una línea de la que jamás de los jamases iba a poder regresar.

El impulso de mis piernas me llevó a cruzar la calle a toda prisa, esquivando el tráfico pesado de la avenida mientras no le quitaba la vista de encima al par de muchachas que avanzaban por la banqueta. Sin embargo, antes de que pudiera dar alcance a Kendra y a Dania, vi cómo Kendra se detenía en seco justo en la esquina de la parada de autobuses. Se giró despacio hacia atrás, mirando sobre su hombro con los ojos muy abiertos, fijando la vista exactamente en la banca de hierro bajo el ficus donde yo me encontraba parado junto al cuerpo inerte de Ananías.

En ese preciso instante, la cabeza del anciano dio un sacudón violento.

Ananías soltó un inhalación profunda y ruidosa, como la de alguien que emerge a la superficie tras haber estado a punto de ahogarse en el fondo de una alberca. Sus párpados se abrieron de golpe, dejando ver unos ojos rojos y desorbitados que tardaron un par de segundos en enfocar el entorno. El viejo parpadeó con pesadez, se pasó la mano temblorosa por la boca para limpiarse un hilo de saliva y soltó un gemido rancio mientras intentaba erguirse en la banca de metal.

Me abalancé sobre él antes de que terminara de acomodarse, sujetándolo con fuerza por las solapas de su chamarra café.

—¡¿Qué carajos fue todo eso, Ananías?! —le exigi en un susurro lleno de rabia y alteración, acercando mi rostro al suyo para que nadie en la calle nos escuchara—. ¡Se volvió completamente loco! ¡Salió a gritar barbaridad y media a mitad del patio! ¡Mencionó cosas asquerosas frente a toda la facultad! ¡¿Qué le pasa por la cabeza?!

El anciano no se inmutó por mi agarre. En lugar de eso, esbozó esa sonrisa lenta, cínica y desgastada que me provocaba un escalofrío en la nuca. Exhaló un aliento pesado a tabaco y me dio unas palmaditas suaves en la mano con la que lo sujetaba.

—Cálmate, Kennet... Cálmate, muchacho —raspó su voz, acomodándose los lentes sobre el puente de la nariz—. Te dije que este viejo no decía mentiras. Te dije que te iba a dar tu revancha, ¿o no? Solo estaba preparando el terreno como te prometí.

—¡Usted no preparó nada, armó un circo grotesco! —le recriminé, apretando los puños—. ¡Dijo barbaridades explícitas en voz alta! ¡Mencionó cosas de su cuerpo, de su vagina, de mi pene... frente a cientos de estudiantes! ¡¿Tiene idea del problema en el que nos va a meter?!

—Nadie te va a meter en nada, tonto —dijo el viejo, soltando una risita seca—. Mira hacia allá.

Desvié la mirada hacia la esquina. Para mi sorpresa, Kendra no había seguido su camino. Al haber quedado liberada de la posesión en cuanto el viejo regresó a su propio cuerpo, la chica se había quedado parada a mitad de la banqueta, luciendo completamente desorientada. Se tocó la cabeza, parpadeó con confusión y luego volvió a mirar hacia donde estábamos nosotros. Al verme a mí parado junto a un anciano cansado en la banca, una ola de falsa culpa y falsos recuerdos —inyectados por la habilidad de Ananías— pareció reordenarse dentro de su mente. La regla del poder había hecho su trabajo: la mente de Kendra había rellenado los Huecos, convenciéndola de que todo el escándalo, los gritos y las confesiones que acaba de hacer en la facultad habían sido producto de su propia voluntad y de un arrepentimiento genuino.

Kendra tomó a Dania con firmeza del brazo y se dio la vuelta, caminando a paso apresurado de regreso hacia la banca.

—Ahí vienen —murmuró Ananías a mi lado, recargándose en el respaldo de la banca como si solo fuera un espectador cansado—. Observa y aprende, Kennet.

Dania venía hecha un mar de nervios, con la cara pálida y los ojos desorbitados, tratando de soltarse del agarre de su amiga.

—¡Kendra, por favor, vámonos! —le suplicaba Dania entre sollozos ahogados—. ¡Todo el mundo nos vio! ¡Dijiste cosas horribles de mí y de ti misma! ¡Vamos al médico o a tu casa, estás mal!

Pero Kendra la ignoró por completo. Al llegar frente a la banca donde estábamos Ananías y yo, se soltó de Dania y, sin dudarlo un solo segundo, se dejó caer de rodillas directamente sobre el pavimento sucio de la banqueta, justo a mis pies.

Me quedé helado, dando un paso hacia atrás por la impresión.

—Kennet... por favor —dijo Kendra con la voz quebrada por el llanto, alzando el rostro hacia mí. Las lágrimas le corrían por las mejillas, arruinándole el maquillaje, pero sus ojos reflejaban una devoción desmedida y ciega—. Perdóname. Te lo suplico de rodillas, perdóname por haberme burlado de ti esa tarde. No me retracto de nada de lo que dije allá adentro. ¡Todo lo que grité en la explanada es la pura verdad!

—Kendra, levántate, estás haciendo un espectáculo... —intenté decir, sintiendo las miradas de los transeúntes sobre nosotros.

—¡No me voy a levantar hasta que me perdones! —interrumpió ella con desesperación, juntando las manos en actitud de ruego—. Fui una miserable por prestarme al juego de Dania. Ella me amenazó con esa foto horrible para obligarme, pero yo debí haber defendido a un hombre tan bueno como tú. Mi cuerpo es tuyo, Kennet. Mis pechos, mi vagina, todo de mí está a tu disposición para cuando quieras tomarme y usarme como quieras. Es lo mínimo que puedo hacer para pagar mi culpa.

Miré a Dania, que estaba de pie a un lado con las manos en la cabeza, mirando a su mejor amiga arrodillada en la calle como si estuviera viendo una pesadilla de la cual no podía despertar.

—¡Pídale perdón tú también, Dania! —le gritó Kendra desde el suelo, volteando a verla con rabia—. ¡Pídete perdón a Kennet por la porquería de persona que fuiste con él! ¡Discúpate ahora mismo!

Dania retrocedió un paso, negando con la cabeza con frenesí, con el orgullo y la soberbia intactos a pesar del miedo.

—¡Jamás! —chilló Dania con la voz aguda y llena de veneno—. ¡Tú te volviste loca, Kendra, pero yo no! ¡Yo no le voy a pedir perdón a este perdedor por nada! ¡Es un muerto de hambre y me da asco!

El viejo Ananías, sentado a mi lado, soltó un chasquido de lengua fastidiado.

—Qué chiquilla tan maleducada... —murmuró el anciano en voz muy baja, solo para que yo lo escuchara—. Le falta una lección de humildad.

Vi cómo Ananías clavaba la mirada fijamente en los ojos de Dania. No pasaron ni dos segundos. De repente, el cuerpo de Ananías volvió a desplomarse hacia adelante en la banca de hierro, quedando completamente inerte y sin vida, con los brazos colgando como un muñeco de trapo.

Al mismo tiempo, Dania dejó de hablar a mitad de su insulto. Sus ojos se pusieron en blanco por un instante y su cuerpo se volvió flojo, cayendo inconsciente hacia adelante. Estuve a punto de estirar las manos para atajarla y evitar que se golpeara contra el piso, pero antes de que tocara el suelo, el cuerpo de Dania dio un sacudón brusco. Sus articulaciones se tensaron, sus pies se afianzaron sobre el pavimento y recuperó el equilibrio de una manera torpe pero firme.

Dania parpadeó despacio. Se pasó la mano por el rostro con ese mismo gesto rústico de rasparse la mejilla con los nudillos que pertenecía inequívocamente al viejo. Miró sus propias piernas delgadas, su falda corta y sus manos con uñas arregladas, soltando un suspiro rasposo que salió de sus labios femeninos.

Ananías estaba ahora dentro del cuerpo de Dania.

La chica poseída dio un paso hacia mí. La expresión de su rostro había cambiado por completo; ya no era la mirada altanera y despectiva de la estudiante popular, sino la mueca perversa, burlona y babosa del anciano de setenta y tres años.

—Vaya, vaya... Qué cómodo está este cuerpecito —dijo Dania —o Ananías usando su voz— con un tono pausado y socarrón que me revolvió el estómago.

Se me acercó hasta quedar a centímetros de mi pecho. Estiró la mano y me tomó del cuello de la playera, acercando su cara a la mía con una desfachatez abrumadora.

—Kendra tiene toda la razón del mundo, Kennet —proclamó la voz de Dania, lo suficientemente alto para que Kendra, que seguía arrodillada, la escuchara perfectamente—. Me equivocado rotundamente contigo. Fui una maldita arpía orgullosa que no supo valorar al verdadero hombre que tenía enfrente. Por favor... perdóname tú también.

Me quedé mudo. Ver el rostro de la chica que me había humillado hace tres semanas pidiéndome perdón con la mente del viejo controlando cada uno de sus movimientos era una experiencia completamente surrealista.

—Todo lo mío es tuyo a partir de este momento —continuó Dania, pasándose las manos por la cintura y acariciándose los muslos sobre la tela de la falda con una lentitud morbosa—. Si tú quieres, puedo cuidar de este viejo feo que está ahí tirado en la banca para repartirme el dolor contigo y ayudarte en lo que necesites. Y si tú lo deseas... puedo ser exactamente lo que tú quieras que sea. Mi vagina, mis pechos, mi boca, todo mi cuerpo está a tu servicio para que me uses como mejor te plazca. Lo único que le pido a la vida es que tu hermoso y gran pene penetre mi vagina hasta el fondo para limpiar toda la culpa que llevo dentro.

Kendra, desde el suelo, asintió con vehemencia a las palabras de su amiga, llorando de emoción al ver que Dania "por fin entraba en razón".

—¡Sí, Kennet! —intervino Kendra desde sus rodillas—. ¡Las dos seremos tuyas! ¡Nos repartiremos para satisfacerte en todo lo que pidas!

El nivel de vulgaridad y sometimiento era absoluto. Dania —Ananías— me sonrió con complicidad, me guiñó un ojo descaradamente y luego clavó la vista en el cuerpo inerte del viejo que yacía en la banca.

En un abrir y cerrar de ojos, la mirada de Dania volvió a ponerse vaga por un microsegundo. El viejo abandonó su cuerpo en un salto limpio, regresando a su propia carcasa de carne arrugada.

El cuerpo de Ananías en la banca dio un brinco, soltando un tosido ruidoso mientras el anciano recuperaba el conocimiento, llevándose las manos al pecho para tomar aire. Había ejecutado dos posesiones seguidas de las ocho que tenía como límite antes de desmayarse, y se le notaba ligeramente agitado, pero la satisfacción en su cara era innegable.

Mientras tanto, en la banqueta, el efecto de la habilidad terminó de asentarse en la mente de Dania. Al recuperar el control de sus propios músculos, la reescritura de sus recuerdos actuó de inmediato. La mente de Dania, alterada por el poder de Ananías, quedó convencida de que ella misma había tomado la decisión de arrepentirse, de humillarse y de ofrecerse a mí para enmendar el daño que me había causado.

Vi con asombro cómo la chica más orgullosa y cotizada de la facultad de arquitectura perdía toda la postura. Las piernas le temblaron, los ojos se le llenaron de lágrimas reales de vergüenza y culpabilidad, y se dejó caer de rodillas justo al lado de Kendra, sobre el pavimento sucio de la calle.

Dania pegó las palmas de sus manos contra el suelo, agachando la cabeza frente a mis tenis gastados.

—Es verdad... —sollozó Dania, con la voz quebrada por un llanto amargo y sincero—. Es completamente verdad todo lo que dije, Kennet. Fui una basura contigo... Fui una arpía cruel que solo quería llamar la atención a costa de tus sentimientos. Por favor, no me mires con ese asco... Te juro que todo lo que dije es verdad. Mi cuerpo, mis pechos, mi vagina... todo de mí es tuyo si con eso logras perdonarme algún día. Haré lo que tú me pidas, me uniré con Kendra para lo que quieras, pero no me rechaces...

Las dos muchachas estaban ahí, arrodilladas en la banqueta a mitad de la vía pública, llorando y suplicando por mi perdón y por mi atención física, completamente quebradas por la falsa culpa que la habilidad del viejo les había sembrado en el cerebro.

Me quedé parado frente a ellas, sintiendo cómo el pulso me retumbaba en los oídos. La humillación pública que había sufrido semanas atrás acababa de ser borrada de un plumazo, reemplazada por una escena de sometimiento tan radical que me costaba trabajo asimilarla.

A mi lado, el viejo Ananías se levantó despacio de la banca de hierro, sobándose la espalda con una mueca de dolor artrítico. Se me acercó a paso lento, me dio una palmadita en el hombro y me susurró al oído con esa vocecita rasposa y llena de malicia:

—Te lo dije, Kennet... Este viejo no promete cosas en vano. Ahora las dos están listas, convencidas y deseosas de cumplirte cualquier capricho. Van a ir a donde tú les digas y van a hacer lo que tú les pidas pensando que fue su propia idea. ¿Qué quieres hacer con ellas ahora, muchacho?

Miré a Kendra y a Dania, que me observaban desde el suelo con ojos suplicantes, esperando ansiosas una sola palabra o una orden de mi parte para empezar a reparar el daño de la manera más explícita y servil posible.

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