Busca algo decente que ponerte
La cita
Busqué una camisa negra decente y unos baqueros a juego. Todavía no sabía quién podría ser la mujer que con la que llevaba cinco días hablando y que ahora mismo tenía la llave de mi entrepierna.
El sitio no estaba mal, parecía un lugar familiar con largas mesas cubiertas con manteles a cuadros y con paredes de cartón piedra que imitaban una bodega. No parecía excesivamente caro, lo cual agradecí. Pedí una mesa para dos y me puse a esperar con el estómago revuelto y una ansiedad que no paraba. El camararo se acercó y me preguntó que quería. Supuse que estando en un Italiano lo lógico sería pedir vino, así que decidí esperar tomandome un vino. Miré el reloj y ví que la hora había pasado por cinco minutos.
Para distraerme me puse a leer la carta.
-¿Ves algo que te guste?-dijo una voz delante mío. Delante de mí una chica se sentaba en la mesa. La reconocí al instante, era la pelirroja del otro día, con una sonrisa de oreja a oreja.

-¿Eres Myrina?-pregunté con un nudo en la garganta.
-Ya hemos pasado, es Reina Myrina y solo en el chat. Un nick. Llamame Elisabeth
-Eres hermosa Elisabeth.-respondí simplemente.
-¿A la altura de tus fantasías?
-Eras una de ellas-contesté simplemente- aunque por cómo hablabas parecías mayor.
-¿Vamos pidiendo?-Dijo ella clavándome la mirada con una sonrisa.
-Como desees-concedí haciendo un gesto al camarero.
La cena fue bastante forzada al comienzo, aunque el vino se encargó de facilitar las cosas. Ella le preguntó por su vida antes del bar y de por qué empezó a llevar el aparato en la polla. Y entre bromas la cena fue continuando. Cuando nos sirvieron la comida noté algo en mi pantalón. Sus zapatos me estaban acariciando la pierna por debajo del mantel. Elisabeth se mordía el labio mientras me clavaba sus ojos azules. Intenté seguir la conversación como si nada, hablando de intereses pero seguía subiendo por mi pierna. Cuando llegó a la altura del muslo retiró el zapato y siguió acariciándome con el pie descalzo. Mi encerrado pene intentaba escapar de la jaula. Creo que se me debió notar algo en la cara porque un camarero se acercó y me preguntó si me encontraba bien. Cuando le despaché educadamente ella soltó una cajarcajada. Me encantó. Su risa. Era clara y honesta.
-De verdad, voy a echar de menos jugando contigo. -Me dijo con una sonrisa de oreja a oreja.
-Hubiera sido mejor que me lo hubieras pedido.
-¿Y me hubieras dejado encerrarte?
-No, pero hubieramos jugado a algo distinto.-contesté.
-No lo sé. Eres algo mono cuando te frustras.
-Sabes, nunca hubiera pensado que te iba esto cuando te ví en le bar por primera vez. No pareces el tipo.
-No me iba. Al menos no particularmente- Dijste antes de explicarle por qué decidiste usar un aparato de castidad.
-Déjame que recapitule. Tenías un líbido tan alto que no podías estudiar y acabas perdiendo las llaves a manos de una desconocida a la que resulta que le excita idea de tener el control completo de tus genitales. Chico, eres gafe. Aunque lo que es a mí me acaba de tocar la lotería. Ve pidiendo la cuenta y te espero fuera. -Dijo levantándose y saliendo del restaurante.
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