What's next?
Capítulo 2
Al día siguiente, la luz del sol entró filtrándose entre las cortinas de la habitación. Claus abrió los ojos despacio, estirando los brazos sobre la cama revuelta. Al girarse, notó que el lugar a su lado estaba vacío; Clarissa ya no se encontraba ahí. Solo quedaba el aroma dulce de su perfume en las sábanas y una leve arruga en la almohada como rastro de la noche anterior.
Se levantó de la cama vestida únicamente con un pantalón de descanso y caminó descalzo por el pasillo en busca del sanitario. Al llegar al baño del corredor, encontró la puerta entreabierta. Sin dudarlo, empujó la madera suavemente.
Allí estaba Clarissa, sentada en la taza del inodoro, despeinada por el sueño y con la camiseta doblada hacia arriba. Al verlo entrar, no mostró la menor incomodidad o vergüenza; simplemente le dedicó una sonrisa complacida, acostumbrada a la falta absoluta de privacidad entre ellos.
Claus se acercó sin decir una palabra. Se inclinó sobre ella, le tomó el rostro con una mano y le dio un beso profundo en los labios. Con la otra mano, se desvió hacia su pecho, amoldando los dedos alrededor de su seno por encima de la tela fina de la camiseta, apretando con firmeza.
Clarissa soltó un ligero gemido contra sus labios, inclinando la cabeza hacia atrás para darle mejor acceso mientras sus manos se apoyaban en los muslos de Claus.
—Oye... ¿por qué ahorita? —dijo ella entre respiraciones cortas, mirándolo con los ojos entrecerrados y una sonrisa maliciosa—. Déjame terminar, me limpio rápido y tenemos sexo, ¿sí? No me pones las cosas fáciles en la mañana.
—Apúrate entonces —respondió Claus con voz baja, soltándole el pecho pero manteniéndose a centímetros de su rostro.
Clarissa terminó de prisa, tomó papel, se limpió con agilidad y se puso de pie en un solo movimiento. Antes de que pudiera acomodarse la ropa interior, Claus la tomó por la cintura, la giró sobre el lavabo y le bajó la prenda hasta las rodillas. La levantó ligeramente para acomodarla contra el borde del mueble de mármol.
—Claus, espera... mamá y papá están abajo —susurró ella, aunque su cuerpo ya se amoldaba a la posición con una urgencia evidente.
Sin darle tiempo a responder, Claus se liberó del pantalón y la penetró de un solo impulso firme.
Clarissa ahogó un grito de sorpresa pegando la palma de su mano contra su propia boca. Sus ojos se abrieron de par en par mientras sus caderas respondían instintivamente al embate, echándose hacia atrás para recibirlo con más profundidad. El sonido de los cuerpos chocando en el espacio cerrado del baño se volvió constante, acompañado por el roce de la ropa y la respiración agitada de ambos.
Claus la sujetó con fuerza de las caderas, marcando un ritmo acelerado y seco. Clarissa mantenía la mano presionada con firmeza sobre sus labios para sofocar los gemidos que intentaban escapársele con cada estocada. Su espalda se arqueaba y sus nudillos estaban blancos por la presión de contenerse. La adrenalina de la prisa y el riesgo de ser escuchados abajo aceleró el desenlace; en cuestión de dos minutos, el cuerpo de Clarissa comenzó a temblar en espasmos involuntarios, apretando intensamente a Claus en su interior.
Sintiendo la contracción de ella, Claus dio un par de empujones finales y se vació por completo dentro de su hermana, dejando escapar un suspiro pesado contra su hombro.
Permanecieron inmóviles unos segundos hasta que la respiración de ambos se niveló. Claus se retiró despacio, se acomodó la ropa y salió del baño sin agregar nada más, dejando a Clarissa ajustándose la lencería mientras le dirigía una última mirada llena de complicidad desde el espejo.
Claus bajó las escaleras con el teléfono sostenido en la mano derecha. Al llegar a la planta baja, el olor a café recién hecho y tostadas llenaba el ambiente de la cocina. En la mesa del comedor estaban sus padres, listos para desayunar.
Clara terminaba de servir un par de platos, vistiendo una bata elegante, mientras Clement revisaba una tablet de forma metódica, tomando un sorbo de su taza sin prestar demasiada atención a su entorno.
Claus se detuvo un segundo en el marco de la puerta. Una idea cruzó su mente, empujada por la curiosidad de llevar la alteración de la realidad a un nivel mucho más drástico dentro del núcleo del hogar. Sacó el teléfono en silencio, desbloqueó la interfaz de Reality Role Swap y buscó el perfil de su padre, Clement.
Entró en el apartado de vínculos legales y emocionales de Clement. La app mostraba: Esposo de Clara.
Claus seleccionó el parámetro de reasignación. Editó el estado de Clement, eliminando su rol de esposo, y luego abrió el perfil de Clara. Cambió su estado de Esposa de Clement a Esposa de Claus, configurando la relación para que el historial reflejara que el matrimonio entre él y su madre se había celebrado tan pronto como él alcanzó la mayoría de edad.
Presionó Confirmar Swap.
El teléfono emitió un imperceptible pulso térmico en su mano. Al instante, la decoración del salón cambió de manera sutil pero irrefutable. En la pared principal del comedor, la foto de bodas de sus padres ya no existía; en su lugar, colgaba un cuadro de gran tamaño con un marco dorado donde aparecía Claus, vestido con un traje oscuro, sonriendo al lado de Clara, quien llevaba un vestido de novia blanco de corte elegante.
Antes de que Claus pudiera asimilar del todo el impacto visual del marco, Clara dejó la jarra de café en la mesa, se giró hacia él con un rostro iluminado por la calidez y caminó a su encuentro.
Al llegar a su lado, lo tomó con delicadeza por las mejillas y le plantó un beso apasionado en la boca, sosteniendo el contacto durante varios segundos frente a la mesa.
—Buenos días, querido —dijo Clara al separarse, acariciándole el cuello con una familiaridad absoluta—. Aquí está tu desayuno, tal como te gusta. Solo espero que hoy me cumplas con tener sexo como la vez anterior... me dejaste con ganas de más.
En ese preciso momento, Clarissa terminaba de bajar las escaleras. Al escuchar el comentario de su madre mientras entraba a la cocina, rodó los ojos y soltó una risa ligera.
—Ya, mamá, no andes diciendo eso en la mesa, qué pena —reclamó Clarissa, acercándose a tomar una tostada del plato central sin darle mayor importancia al asunto.
Claus se quedó congelado en su sitio. Desvió la mirada hacia su padre. Clement continuaba sentado en la cabecera de la mesa, masticando su tostada y pasando la página en la pantalla de su tablet con absoluta indiferencia. No había un solo rastro de molestia, celos o tensión en su postura; para él, la escena entre su hijo y Clara era el orden natural de las cosas.
Tratando de procesar la nueva lógica de la casa, Claus miró a Clara a los ojos.
—¿Mamá...? —alcanzó a pronunciar Claus.
Clara frunció el ceño levemente, formando un pequeño pliegue en su frente mientras lo miraba con una mezcla de coquetería y reproche.
—Querido, por favor... sabes perfectamente que no me gusta que me llames "mamá" —dijo ella, apoyando sus manos en los hombros de Claus y ajustándole el cuello de la camiseta—. Me gusta mucho mejor que me llames "mi amor" o algo así. Es que cuando me dices "mamá" me haces sentir como si fuera una mala madre por haberme casado contigo.
—Pero... ¿y papá? —preguntó Claus, señalando con la cabeza hacia el hombre sentado a unos metros.
Clara soltó una risita suave, tapándose la boca con la mano como si Claus hubiera dicho una ocurrencia absurda.
—Ah, ya está... —respondió ella, mirando a Clement de reojo con un gesto de total desinterés—. ¿Por qué preguntas por él?
—¿No sientes nada por él? —insistió Claus, queriendo escuchar la explicación que la app había construido para justificar semejante estructura familiar.
Clara volvió a reírse, negando con la cabeza mientras se acomodaba un mechón de cabello detrás de la oreja.
—¿Por tu padre? Por favor, mi amado, sabes muy bien que tu padre y yo nunca nos quisimos ni sentimos nada el uno por el otro. Solo tuvimos sexo unas cuantas veces por mero morbo cuando éramos más jóvenes, y de ahí naciste tú y luego tu hermana. Nos juntamos en esta casa únicamente para criarlos a ustedes dos, nada más, no por otra cosa.
Clara se acercó más a él, tomando sus manos entre las suyas y mirándolo con una devoción brillante en los ojos.
—Pero tú, mi amor... todavía me acuerdo tan bien de cuando cumpliste tus dieciocho años. Ya te querías casar conmigo, estabas tan decidido... Y nos casamos. Fue uno de los mejores días de mi vida haber firmado esos papeles y haberme casado con el amor de mi vida.
Claus sintió un choque mental profundo. La naturalidad con la que Clara describía haber esperado a que su propio hijo cumpliera la mayoría de edad para formalizar un matrimonio legal era escalofriante por su absoluta perfección. No había rastros de culpa ni de secreto; era una historia pública y aceptada dentro y fuera de la casa.
Miró por encima del hombro de Clara hacia Clement, quien acababa de apagar su tablet y levantaba su taza de café.
—¿Y tú, papá? —preguntó Claus directamente—. ¿No sientes nada al respecto?
Clement alzó la mirada, tranquilo, con una expresión completamente despejada de cualquier conflicto.
—¿Por qué debería sentir algo por alguien a quien no amo? —respondió Clement con voz pausada y lógica—. Como ya te dijo tu esposa, lo de nosotros nunca fue una relación romántica. Solo tuvimos sexo en su momento. Aun así, los quiero mucho a ti y a tu hermana, pero mi papel aquí siempre ha sido el de acompañar la crianza. Tú eres el hombre de la casa ahora, Claus; siempre lo has sido desde que se casaron.
Clement tomó un último trago de café, se levantó de la mesa, recogió su maletín y le dio un palmadita afectuosa a Claus en el hombro al pasar a su lado.
—Nos vemos en la tarde. Que tengan buen día —dijo el padre, saliendo por la puerta principal como si hubiera sido la conversación más rutinaria del mundo.
El silencio que siguió en la cocina solo fue interrumpido por el sonido de la cafetera. Claus permaneció de pie, sintiendo el peso de la mano de Clara que ahora se deslizaba suavemente por su cintura, pegando su cadera a la de él.
—Bueno, mi amor... ya que tu padre se fue a trabajar y Clarissa se va a ir pronto a sus clases... —murmuró Clara cerca de su oído, dejando caer la bata de seda levemente sobre uno de sus hombros—, creo que tenemos la mañana libre para nosotros en nuestra habitación.
Al revisar de nuevo su teléfono por debajo del borde de la mesa, Claus vio cómo la pantalla de Reality Role Swap mostraba los nuevos registros de mensajes en su aplicación de mensajería: conversaciones de años atrás con Clara discutiendo los preparativos de la boda, fotos de la luna de miel guardadas en la nube, y las notificaciones bancarias de la cuenta conjunta que ambos compartían como matrimonio.
El pasado se había amoldado una vez más sin dejar una sola fisura, convirtiendo a Claus en el dueño y esposo legítimo dentro de la estructura de su propio hogar.
Clarissa terminó de tomar su café de un solo trago, recogió su mochila del sillón del comedor y caminó hacia la entrada. Antes de cruzar el marco de la puerta, se giró hacia Claus con una sonrisa socarrona y una mirada de complicidad que no intentó ocultar frente a Clara.
—Me voy a la facultad. No hagan demasiado ruido que los vecinos los van a escuchar otra vez —dijo Clarissa en tono de burla, guiñándole un ojo a Claus antes de salir y cerrar la puerta con un chasquido firme.
El sonido del pestillo al encajar resonó en la planta baja, dejando a Claus a solas con Clara en la cocina. El espacio se volvió instantáneamente más íntimo, cargado de una tensión expectante que parecía flotar en el aire con la misma densidad que el vapor del café recién filtrado.
Clara no perdió un solo segundo. En cuanto la puerta de la calle se cerró, rodeó el cuello de Claus con ambos brazos, poniéndose de puntillas para presionar todo su cuerpo contra el de él. La bata de seda que llevaba se abrió de par en par en la parte frontal, revelando que debajo solo llevaba un conjunto de lencería de encaje transparente de color borgoña que contrastaba con su piel clara.
—Al fin a solas, mi vida —susurró Clara, pegando sus labios al cuello de Claus y dejando un beso húmedo justo debajo de su mandíbula—. No sabes lo mucho que esperé a que todos se fueran. Desde que me desperté esta mañana solo podía pensar en ti, en cómo me tocas cuando estamos solos en nuestro cuarto.
Claus la sujetó por la cintura con firmeza instintiva, sintiendo la suave calidez de sus caderas y la textura de la seda entre sus dedos. La experiencia de ver a su madre comportándose como una esposa completamente devota y hambrienta de su atención física continuaba generando un choque brutal con sus recuerdos originales, pero la contundencia de la realidad reescrita anulaba cualquier intento de duda.
Para ella, para la ley, para los registros digitales en su teléfono y para el cuadro colgado a pocos metros de distancia, ellos eran una pareja casada desde hacía tres años.
—¿Tanto me extrañabas? —preguntó Claus, dejando que su voz adoptara un matiz de autoridad madura, disfrutando del absoluto control que el rol le otorgaba.
—Sabes que sí, mi amor. Soy adicta a ti desde el primer día que me hiciste tuya —respondió Clara con los ojos entreabiertos, subiendo una mano para acariciarle el cabello mientras apretaba su pelvis contra la de él—. Vamos arriba. Quiero que me hagas sentir que soy tu esposa en nuestra cama, no aquí en la cocina.
Sin esperar respuesta, Clara lo tomó de la mano y comenzó a guiarlo hacia las escaleras. Claus la siguió subiendo los escalones, observando el movimiento de sus caderas bajo la seda fluida. Al llegar a la planta alta, Clara lo llevó directamente a la habitación principal —la que en su memoria original pertenecía a sus padres—, pero que ahora estaba redecorada con fotos de ellos dos juntos: retratos en la playa, cuadros de sus aniversarios y ropa de ambos compartiendo el mismo vestidor.
En cuanto entraron, Clara cerró la puerta con seguro y se quitó la bata de un solo movimiento, dejándola caer al suelo. Se giró hacia Claus completamente dispuesta, con una mirada cargada de sometimiento y deseo implícito.
—Hazme lo que quieras, mi amor. Soy completamente tuya —murmuró, recostándose de espaldas sobre el amplio colchón y abriendo las piernas ligeramente en una invitación que no dejaba lugar a la imaginación.
Claus caminó hacia la cama despacio, desabrochando su cinturón. La sensación de poder que recorría sus venas era absoluta. Se despojó de la ropa y se posicionó sobre ella. Clara soltó un suspiro tembloroso en cuanto sintió el peso del cuerpo de Claus presionando el suyo. Sus manos buscaron de inmediato los brazos de él, clavando las uñas con delicadeza en sus bíceps mientras acomodaba sus caderas para facilitarle el acceso.
—Te amo tanto, Claus... Gracias por haber sido tan valiente de proponerme esto cuando cumpliste dieciocho —susurró ella con la voz entrecortada, buscando sus labios para un beso largo y profundo.
Claus no respondió con palabras; en su lugar, se alineó con su entrada y se empujó hacia adentro con un movimiento decidido y constante.
El gemido de Clara fue agudo y prolongado, resonando en las cuatro paredes de la habitación. Arqueó la espalda por completo, pegando el pecho al de Claus mientras sus piernas se enredaban con fuerza alrededor de su cintura. La estrechez de su cuerpo y la intensa lubricación que ya poseía demostraban la veracidad de sus palabras: había estado esperándolo con una urgencia acumulada durante horas.
Claus comenzó a marcar un ritmo seco y profundo, disfrutando del sonido del choque de sus cuerpos y de la expresión de rendición absoluta en el rostro de Clara. Cada embestida hacía que los cabellos oscuros de ella se esparcieran sobre la almohada mientras su pecho subía y bajaba aceleradamente. No había ninguna reserva, ningún rastro de pudor materno; era una mujer entregada en cuerpo y alma a su esposo, respondiendo a cada cambio de intensidad con gemidos roncos y súplicas murmuradas cerca de su oído.
—Así... sí, mi amor... más fuerte... —pedía Clara entre respiraciones cortadas, apretando sus manos contra las nalgas de Claus para empujarlo aún más adentro de ella—. Eres el único hombre que me hace sentir así... Mírame mientras me tomas, por favor...
Claus sostuvo su mirada, observando cómo los ojos de Clara brillaban con una mezcla de éxtasis y adoración genuina. Aceleró el ritmo de sus caderas, incrementando la fuerza de cada golpe. La cama de matrimonio crujía levemente bajo el impulso constante, acompañando la cadencia de la escena. Clara empezó a perder el control de sus movimientos, sacudiéndose en espasmos leves a medida que el clímax se aproximaba a gran velocidad.
—Claus... me voy a venir... mi amor, vente conmigo... —jadeó ella, apretando los dientes y cubriéndose la boca con el antebrazo para sofocar el grito que amenazaba con salir de su garganta.
Sintiendo las contracciones musculares de Clara envolviéndolo con fuerza, Claus dio tres estocadas finales y profundas antes de llegar al límite, vaciándose copiosamente dentro de ella. Clara soltó una larga exhalación temblorosa, aferrándose al cuello de Claus con todas sus fuerzas mientras ambos se dejaban caer sobre el colchón, sudorosos y jadeantes.
Permanecieron abrazados durante largos minutos en el silencio de la habitación. Clara apoyó la cabeza en el pecho de Claus, trazando círculos invisibles sobre su piel con la yema del dedo, completamente satisfecha y en paz.
—Eres perfecto —murmuró ella con voz adormilada—. Voy a preparar algo especial para la cena de esta noche para celebrar que cumplimos otro mes de casados.
—Me parece bien —respondió Claus, acariciándole la espalda con desapego calculado mientras la observaba cerrar los ojos y dejarse llevar por el sueño.
Aprovechando que Clara se había quedado dormida a su lado, Claus se zafó con cuidado de sus brazos, se levantó de la cama y caminó en silencio hacia el baño privado de la habitación. Se vistió con ropa limpia y sacó el teléfono del bolsillo.
Desbloqueó la pantalla y abrió Reality Role Swap.
La interfaz mostraba la lista de cambios activos en el nodo doméstico:
Sujeto 1: Clarissa (19 años) — Rol: Hermana / Pareja sexual dependiente (Estable)
Sujeto 2: Clara (43 años) — Rol: Esposa / Sumisión afectiva-sexual absoluta (Estable)
Sujeto 3: Clement (46 años) — Rol: Proveedor secundario / Indiferencia relacional (Estable)
Claus sonrió con frialdad al ver la efectividad del sistema. El entorno doméstico estaba completamente bajo su control, pero la aplicación ofrecía un alcance prácticamente ilimitado. La casa era solo el comienzo; el mundo exterior estaba lleno de posibilidades que esperaban ser modificadas a su antojo.
Decidió salir a dar una caminata por el vecindario para despejar la mente y probar el alcance de la reescritura en espacios públicos. Bajó las escaleras sin hacer ruido, cruzó la sala y salió a la calle. El aire fresco de la mañana le sentó bien. Mientras caminaba por la acera de la avenida principal, notó cómo varios detalles del entorno urbano también se habían ajustado levemente para respaldar su nuevo estatus legal: los vecinos que pasaban a su lado lo saludaban con asentimientos de cabeza respetuosos, tratándolo como a un hombre de familia adulto y asentado, en lugar de como a un simple estudiante universitario.
Mientras caminaba frente al parque central del vecindario, su atención fue atraída por una figura conocida que caminaba en dirección opuesta.
Se trataba de Elena (40 años), la madre de su mejor amigo de la infancia y vecina de la cuadra desde hacía años. Elena era una mujer atractiva, de figura madura y estilizada, que siempre había mantenido una postura distante, elegante y estrictamente formal con todo el mundo en el barrio. Llevaba puesto un conjunto deportivo ajustado que resaltaba sus curvas mientras caminaba a paso ligero con unos auriculares puestos.
Claus se detuvo a un lado del sendero de adoquines, sacó el teléfono y abrió el buscador biométrico de la aplicación. Apuntó la cámara del dispositivo discretamente hacia ella a través de la función de escaneo a distancia.
Al instante, el sistema reconoció el rostro y desplegó la ficha de datos:
Sujeto detectado: Elena (40 años)
Rol actual: Vecina / Conocida casual / Interacción neutral-formal
Filtro de edad: Aprobado (+18)
Claus contempló las opciones en el panel de reasignación. Podía convertirla en una simple amante clandestina, en una sirvienta sumisa o en alguien que dependiera financieramente de él. Sin embargo, se le ocurrió una idea más retorcida y divertida para experimentar con las dinámicas sociales del vecindario.
Accedió al menú de alteración de la memoria histórica y seleccionó el parámetro de reescritura: cambió su rol de Vecina distante a Amante obsesiva secreta desde hace dos años / Deuda de gratitud financiera y sexual.
Configuró los detalles adicionales en el editor de texto de la aplicación:
1. Elena cree firmemente que Claus le prestó una suma enorme de dinero hace dos años para salvar su casa de un embargo, dinero que ella no pudo pagar en efectivo.
2. Como acuerdo de pago, ella aceptó entregarle su cuerpo incondicionalmente en cualquier lugar y momento que Claus lo exigiera, manteniendo el secreto absoluto frente a su propia familia y vecinos.
3. El historial de mensajería, transferencias y registros fotográficos privados de sus encuentros anteriores debe generarse de forma retroactiva en ambos dispositivos.
Claus revisó los parámetros cuidadosamente para asegurarse de que no hubiera fallos en la lógica y presionó el botón dorado en la parte inferior: Confirmar Swap.
La pantalla emitió un breve parpadeo. A unos diez metros de distancia, Elena se detuvo en seco en medio del sendero. Se quitó los auriculares despacio, se llevó una mano al pecho y respiró agitadamente, como si una oleada de recuerdos intensos acabara de inundar su mente de golpe.
Giró la cabeza buscando a su alrededor hasta que sus ojos se cruzaron con los de Claus. Su expresión reservada y madura se disolvió instantáneamente, reemplazada por una mirada de nerviosismo sumiso y una devoción contenida que hacía temblar sus labios.
Elena se acomodó el cabello detrás de la oreja con dedos temblorosos, ajustó la chaqueta de su conjunto deportivo para marcar más su escote y caminó apresuradamente hacia donde estaba Claus, mirando a ambos lados de la calle para asegurarse de que nadie del vecindario la estuviera observando.
Al llegar frente a él, se detuvo a menos de un paso de distancia, agachando levemente la cabeza en una postura de clara subordinación.
—Claus... no esperaba verte aquí a estas horas —murmuró ella con la voz baja y agitada, cargada de una sensualidad reprimida—. Pensé que estarías en tu casa con tu esposa.
Claus cruzó los brazos sobre el pecho, mirándola desde arriba con una calma dominante que la hizo ponerse aún más nerviosa.
—Estaba dando un paseo, Elena —respondió él con tono frío—. Pero parece que tú estabas distraída.
Elena tragó saliva, juntando las manos frente a su cintura en un gesto de disculpa inmediata.
—Lo siento, mi amor... es que estaba pensando justo en ti —confesó ella en un susurro, acercándose un milímetro más para que nadie en el parque pudiera escucharla—. Ayer no me llamaste y me pasé toda la noche revisando los mensajes que me enviaste el mes pasado... Pensé que estabas molesto conmigo porque la semana pasada no pude darte lo que me pediste cuando fuiste a mi casa.
Claus sacó el teléfono de su bolsillo y simuló revisar su pantalla. Al abrir la aplicación de mensajes, vio cómo la lista se había actualizado automáticamente. Había un nuevo chat fijado en la parte superior con el nombre de Elena.
Al deslizar hacia arriba en la conversación, encontró cientos de mensajes acumulados durante los últimos veinticuatro meses: fotos íntimas que Elena le enviaba desde su dormitorio mientras su propio esposo trabajaba, notas de voz suplicándole que no le cobrara la cuota del mes en dinero sino "de la otra forma", y ubicaciones de moteles discretos en las afueras de la ciudad a los que habían acudido juntos según el nuevo registro histórico.
—No estaba molesto —dijo Claus, guardando el móvil y clavando la mirada en los ojos de ella—. Solo he estado ocupado. Pero ya que te encuentro aquí... me debes lo de esta semana.
El rostro de Elena se encendió en un rubor intenso, pero en lugar de indignarse o negarse, un destello de excitación culpable brilló en sus ojos.
—Aquí no, Claus... por favor, hay gente caminando por el parque —suplicó ella en un murmullo tembloroso, aunque sus manos buscaron disimuladamente la mano de él para presionar sus dedos contra su muslo—. Si alguien nos ve, mi esposo se va a enterar y sabes que perdería todo... Pero el taller del fondo del jardín de mi casa está solo en este momento. Mi esposo no regresa hasta la noche.
—Camina adelante —ordenó Claus sin rodeos, dándole una suave palmadita en la cadera que la hizo dar un pequeño salto de sorpresa.
—Sí, mi amo... como tú digas —respondió Elena de inmediato, acatando la orden sin la menor resistencia.
Se dio la vuelta y comenzó a caminar a paso ligero de regreso hacia su casa, asegurándose de que Claus la siguiera a pocos pasos de distancia. Mientras la observaba avanzar, Claus deslizó el pulgar por la pantalla de Reality Role Swap, comprobando la perfecta estabilidad del nuevo enlace en el mapa de relaciones de la ciudad.
El poder de la aplicación no tenía límites. No importaba la posición social, la edad o el carácter previo de las personas que lo rodearan: una simple selección en la pantalla bastaba para reescribir la historia, la materia y la mente de cualquier persona, transformando sus vidas pasadas en una red invisible tejida exclusivamente para su propio placer y beneficio.
Al llegar a la entrada posterior de la propiedad de Elena, ella abrió la cerca de madera con prisa, haciéndole una seña para que entrara al pequeño taller de herramientas del fondo. Claus cruzó el umbral y escuchó el sonido de la puerta al cerrarse con llave tras de sí, listo para cosechar los frutos de su última modificación.
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