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Chapter 95 by bla12 bla12

¿Qué pasa en su departamento?

Vuelve al apartamento de Evans

El largo y cruel espectáculo había terminado. Lara, Cloe, Julia y Sofía se apresuraron a la sala de vestuario para quitarse lo que quedaba de sus atuendos de exposición. La seda de Sofía, las gasas de Julia y el látex rasgado de Cloe fueron rápidamente desechados.

Por suerte, May no tuvo una de sus ideas retorcidas sobre la ropa para volver a casa de las chicas esa noche. La humillación se limitó a la arena del acuario. Aliviadas, pudieron ponerse sus ropas normales: jeans gastados, sudaderas holgadas o vestidos sencillos. La ropa de calle se sentía como una armadura, una capa de anonimato que el evento les había negado.

Magi se duchó rápidamente en las duchas privadas de la coordinación. La sensación del agua sobre su piel desnuda se sentía extraña después de haber pasado horas expuesta como un símbolo. Se puso su propia ropa y salió del acuario por la entrada de servicio, donde la noche era fría y silenciosa, contrastando con el calor y el ruido de la fiesta.

Al llegar a su pequeño departamento, el silencio la envolvió. Dejó caer su mochila y se quedó parada en el centro de la sala, sintiendo el peso de la jornada. Fue entonces cuando un pensamiento se coló en su mente, agudo y punzante: tenía que ir a visitar a Evans.

Hacía días que no iba a verlo, sumergida en los preparativos del evento de Sofía y la planificación de May. Pero ahora, tras la "noche del taxi", la dinámica había cambiado. Evans ya no era solo el vecino que pagaba por limpiar; era el hombre que le había abierto la puerta cuando estaba desnuda y aterrorizada. El hombre que la había visto en su punto más bajo y la había recogido. Esa deuda pesaba más que cualquier contrato.

Rápidamente se quitó su ropa de calle y se vistió con lo mismo que la última vez: únicamente el delantal blanco corto y limpio que era su uniforme de sumisión personal para él. Se ató la tela, verificó que no llevase nada más que las llaves y salió del departamento envuelta en un abrigo largo para cruzar el pasillo, sintiendo que caminaba hacia una sentencia.

La puerta del apartamento de Evans cedió con su familiar chirrido. Magi se deslizó dentro, cerrándola tras de sí.

El estudio estaba en penumbra, oliendo a trementina y óleo. Evans estaba de espaldas, frente a un lienzo. No se giró al escucharla.

—Creí que te habías olvidado de la dirección —dijo, su voz áspera y cargada de tensión.

Magi avanzó hacia el centro del estudio. El delantal blanco corto apenas le daba seguridad ante el juicio implícito de su espalda.

—He estado... ocupada —murmuró.

Evans finalmente se giró. Sus ojos, tras las gafas gruesas, brillaron con una mezcla de ira y posesión. La recorrió de arriba abajo, deteniéndose en su postura sumisa.

—Ocupada —repitió con desdén—. ¿Ocupada buscando otros taxis a medianoche?

Magi se congeló. El golpe fue bajo y preciso.

Evans se acercó lentamente, limpiándose las manos manchadas de pintura con un trapo, invadiendo su espacio personal hasta que pudo oler la trementina en él.

—Parece que tienes memoria corta, Magi. ¿Ya olvidaste quién te recogió de la acera cuando eras poco más que un animal temblando de frío? —Su voz bajó a un susurro peligroso—. ¿Olvidaste quién te dio cobijo, café y una cama segura cuando el mundo te había escupido?

—No... no lo he olvidado —susurró ella, bajando la cabeza.

—Bien —dijo él, levantando la barbilla de Magi con un dedo frío para obligarla a mirarlo—. Porque esa noche no fue caridad. Fue una inversión. Te salvé de la basura, Magi. Y lo que se rescata de la basura, pertenece a quien lo encuentra.

La soltó con un gesto brusco, como si le molestara el contacto, y volvió a su caballete.

—Ahora, paga tu parte. El polvo ha ganado terreno mientras jugabas a ser importante en el acuario. Empieza por los estantes. Usa el plumero de plumas de avestruz.

Magi obedeció al instante, el recordatorio de su deuda ardiendo en su pecho. Tomó el plumero y comenzó a limpiar mecánicamente. Evans la había salvado, sí, pero solo para asegurarse de que nadie más pudiera romper su juguete antes que él.

Mientras limpiaba una repisa alta, estirándose de modo que el delantal apenas la cubría, Evans habló de nuevo, su tono ahora falsamente casual, pero con el filo de una navaja.

—Todo esto es demasiado para una sola persona. Este desorden... Podría usar ayuda extra. —Hizo una pausa, pintando un trazo en el lienzo—. Quiero que me consigas a alguien. Una amiga, quizá. Alguien como la chica nueva de la que todos hablan... esa tal Sofía.

Magi se detuvo en seco.

—Te la encargo —continuó Evans, sin mirarla, sabiendo que tenía el control total—. Es tu responsabilidad traerla. Considéralo un pago a cuenta por la seguridad que te proporcioné. Cuantas más manos, más rápido se limpia.

Magi apretó el mango del plumero. Había sobrevivido al taxi gracias a él, y ahora él usaba esa salvación como moneda de cambio para comprar a Sofía.

—Sí —susurró, la palabra sabiendo a traición absoluta—. La traeré.

—Perfecto —cerró Evans—. Ahora sigue limpiando. Y hazlo bien. Recuerda que siempre puedes volver a la calle, pero ahí fuera no hay nadie esperándote con una manta. Solo yo.

Magi apretó el plumero hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Había sobrevivido al acuario. Pero aquí, en la aparente seguridad del estudio de Evans, había cometido su propia traición. Había aceptado un encargo y puesto un nombre, una posibilidad, en el radar de otro depredador. Y supo, con una certeza fría y familiar, que la limpieza de hoy no había eliminado ninguna mancha; solo había añadido una nueva y más oscura a su propia conciencia.

¿Qué pasa el próximo día?

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