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Chapter 37 by bla12 bla12

¿Cómo sigue el juego?

Con una distracción no pensada

El susurro de Magi flotó en el aire cargado de la habitación, un desafío frágil y calculado. La sonrisa forzada le tensaba los músculos faciales, pero mantuvo la mirada en los ojos de Adrián, buscando en ellos un destello de la lujuria que indicara que su distracción estaba funcionando.

Por un momento, él no se movió. Solo la observó, su rostro era una máscara de piedra pulida. Luego, lentamente, una sonrisa diferente se dibujó en sus labios. No era la sonrisa lasciva y posesiva de antes, sino algo más frío, más evaluador. Era la sonrisa de un hombre que veía una jugada interesante y decidía seguir el juego, por ahora.

—Tienes razón —dijo, su voz un hilo sedoso que casi la hizo saltar—. Las acciones siempre son más elocuentes.

Pero en lugar de invitarla a bailar, él se movió. Con una rapidez sorprendente, se inclinó hacia adelante. Su mano no buscó su muñeca, sino el cinturón de la bata de felpa que ella llevaba puesta.

—Pero esta tela... es un obstáculo —murmuró, sus dedos encontrando el lazo del cinturón.

Magi contuvo la respiración, paralizada. Sus propios dedos se crisparon, queriendo detenerlo, pero la advertencia en sus ojos la mantuvo inmóvil. Este no era el juego de seducción que ella había intentado iniciar. Esto era una reclamación.

Con movimientos lentos y deliberados, Adrián desató el cinturón y lo deslizó. La bata de felpa se separó y cayó abierta, revelando su cuerpo completamente desnudo debajo. Magi sintió el aire frío de la habitación contra su piel recién expuesta, un contraste brutal con el calor que emanaba de él.

—Quiero ver —dijo él, su voz un poco más ronca—. La intensidad de la que hablas. Sin filtros.

Él no la tocó. Simplemente se reclinó de nuevo, sus ojos recorriendo su torso desnudo con la misma intensidad clínica y hambrienta.

—Ahora —ordenó, su mirada fija en ella—. Baila.

Magi sintió que toda la sangre abandonaba su rostro. Ya no había pretexto, no había capa de felpa que ocultara su vulnerabilidad. El espectáculo que él demandaba era crudo, expuesto. Con la bata abierta o sin ella, cada movimiento sería una obscenidad.

Pero no había elección. Con un temblor que recorrió todo su cuerpo, Magi comenzó a moverse. Era un baile torpe y desgarrador, los hombros tensos, los brazos cruzados instintivamente sobre el estómago antes de forzarlos a separarse, a seguir el ritmo imaginario.

Adrián la observaba, inmóvil, y ella podía ver cómo su respiración se hacía un poco más profunda, cómo sus ojos se oscurecían. Su distracción estaba funcionando, pero a un costo que la hacía sentir náuseas.

—Más cerca —murmuró, y esta vez su voz sonaba gruesa.

Magi, sintiendo que cada fibra de su ser se rebelaba, dio un paso hacia adelante. La proximidad era insoportable. Podía sentir el calor de su cuerpo, oler el coñac en su aliento.

Fue entonces cuando su mano se alzó. No para tocarla, sino para agarrar la bata por los faldones abiertos. Con un tirón suave pero firme, la atrajo hacia sí, hasta que ella cayó de rodillas en la alfombra, entre sus piernas. La bata, todavía colgando de sus hombros, ahora la enmarcaba como una ofrenda.

—Mejor —susurró él, mirándola desde arriba, su expresión una mezcla de triunfo y lujuria—. Ahora... así me gusta.

Magi, de rodillas, con su cuerpo al descubierto, supo que había perdido completamente el control. El espectáculo ya no era suyo para dirigirlo. Solo le quedaba actuar, interpretar el papel de "Magda" hasta el amargo final, mientras por dentro, la verdadera Magi se encogía en un rincón oscuro, avergonzada y rota. El precio de la distracción había sido su dignidad, expuesta sin tela.

El aire en la habitación era espeso, cargado de la electricidad de la sumisión forzada y el poder desnudo. Magi, arrodillada en la alfombra, sentía el peso de la mirada de Adrián como una mano física apretándole la nuca. Cada latido de su corazón era un martillazo de vergüenza en sus oídos. Él se inclinaba hacia ella, su aliento caliente contra su rostro, la promesa de una humillación aún mayor brillando en sus ojos. Él la esperaba, su cuerpo tenso en anticipación.

Magi sintió el contacto de la tela de sus pantalones en su mejilla. El nudo en su estómago se intensificó, pero su mente, ahora separada, sabía lo que él demandaba. Extendió una mano temblorosa y sus dedos rozaron el botón de la bragueta del pantalón de Adrián. Estaba a punto de desabrochárselo, de consumar el acto de sumisión, cuando...

Fue en ese preciso instante cuando el teléfono móvil de Adrián, abandonado en la mesa de centro, estalló en una vibración insistente y aguda, seguida de un tono de llamada estridente y urgente que cortó la tensión como un cuchillo.

Adrián se congeló. Una maldición sorda escapó de sus labios. La lujuria en su rostro se disipó, reemplazada por un rápido destello de irritación y luego, de inmediato, por una alerta tensa. Retiró la mano que se cernía sobre el hombro de Magi y se enderezó de golpe.

—Espera —ordenó bruscamente, aunque la orden era innecesaria. Magi estaba paralizada, con la mano todavía cerca del pantalón de él, su mente registrando el alivio brutal.

Él se levantó del sofá y cogió el teléfono. Miró la pantalla y su expresión se endureció.

—Diga —escupió en el teléfono, su voz ahora cortante y profesional, un cambio tan abrupto que resultó desorientador.

Magi, aún arrodillada, se envolvió instintivamente con los faldones abiertos de la bata, tratando de recuperar una pizca de decencia. Observó cómo la espalda de Adrián se tensaba mientras escuchaba.

—¿Cuándo? —preguntó, su voz baja pero cargada de urgencia—. ¿Y la contramedida? No, eso no es aceptable. Espérame allí. Voy en quince minutos.

Colgó. Se giró hacia Magi, pero ya no la veía a ella. Sus ojos miraban a través de ella, preocupados con la crisis que acababa de estallar en el otro extremo de la línea.

—La noche se terminó —anunció, su tono era ahora impersonal, eficiente, como si estuviera cancelando una reunión de negocios—. Tengo un asunto urgente que atender.

Se acercó a un armario empotrado, lo abrió y sacó de prisa un pantalón de jogging negro y una sudadera gris, ambos caros y sencillos. Los arrojó sobre el brazo del sofá, cerca de Magi.

—Ponte eso. Mi chófer te llevará a tu casa —dijo, mientras él mismo se dirigía hacia lo que parecía ser su dormitorio, probablemente a cambiarse—. La ropa me la devuelves otro día.

Magi, temblorosa, se puso de pie. Las piernas le flaqueaban. La repentina change of events la había dejado aturdida. ¿Se iba? ¿Así, de repente? ¿Salvada por una llamada telefónica?

No se lo pensó dos veces. Con dedos que apenas respondían, se quitó la bata de felpa, sintiendo un alivio agridulce al desprenderse de su olor y su tacto. Se puso el pantalón de jogging, que le quedaba enorme, y se subió la sudadera, cuya tela suave y anónima se sintió como un escudo después de la exposición. La sudadera olía a detergente caro, a neutral.

Para cuando Adrián salió del dormitorio, ya vestido con un traje informal pero elegante, Magi estaba lista, con la ropa holgada colgando de su cuerpo, sintiéndose como una niña que se ha puesto la ropa de su padre.

Él la evaluó con una mirada rápida, indiferente.

—El coche está abajo. Te acompañará a la puerta —dijo, ajustándose el cuello de la camisa. Ni una palabra sobre lo que acababa de pasar, ni una disculpa, ni un comentario. El episodio había sido borrado, reemplazado por un asunto más importante.

Abrió la puerta del ático y la guió hasta el ascensor. El viaje descendente fue silencioso. Adrián miraba su reflejo en las puertas de acero pulido, su mente claramente en otra parte. Magi se mantenía pegada a la esquina opuesta, deseando ser invisible.

En el vestíbulo, el mismo chófer impasible de antes esperaba junto al coche negro. Adrián ni siquiera se despidió. Simplemente le hizo una seña al chófer, dio media vuelta y se dirigió hacia un BMW deportivo estacionado cerca, arrancando el motor con un rugido.

Magi se metió en la parte trasera del coche negro. Cuando la puerta se cerró, encapsulándola en el silencio, un sollozo seco y tembloroso escapó finalmente de sus labios. No era de alivio, ni de alegría. Era la liberación de una tensión tan extrema que había dejado marcas en su alma. Había sido rescatada, sí, pero no por un héroe, sino por la inconveniencia de una emergencia. Se había salvado, pero se sentía más usada, más rota y **** que nunca. Y lo peor era que sabía que esto no había terminado. La mirada de Adrián al despedirla no había sido un adiós, sino un "hasta luego". La ropa que llevaba puesta era solo un préstamo. La deuda, sin embargo, seguía pendiente.

¿Qué pasa el día siguiente?

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