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Chapter 35 by bla12 bla12

¿Qué pasa el próximo día?

Vestirse para una nueva sesión

El aire en el estudio olía a incienso caro, una nota amaderada y pesada que pretendía crear un ambiente de falsa espiritualidad. Magi se detuvo en la entrada, sintiendo cómo ese aroma se le pegaba a la ropa, otra capa más de la farsa.

Elara estaba en el centro del set, que había sido transformado. Fondos de terciopelo oscuro reemplazaban las paredes blancas. En el centro, colgando de un perchero de ébano, estaba la prenda.

No era transparente. Era todo lo contrario.

—Magi, justo a tiempo. Hoy exploramos 'La armadura ****' —anunció Elara con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. La paradoja de sentirse expuesto incluso cuando se está cubierto.

Señaló la prenda. Era un vestido, pero no uno cualquiera. Estaba confeccionado con una seda fina y ligera, de un color rojo oscuro, casi granate, tan intenso que parecía absorber la luz. Sin embargo, estaba cortado de una manera que era una burla a la cobertura. Los laterales, desde la axila hasta la cadera, estaban completamente abiertos, sostenidos apenas por finos cordones de cuero que se anudarían al costado. El escote era profundo, en forma de 'V' que llegaba hasta el esternón, y la espalda estaba descubierta casi por completo. Pero lo más llamativo era el tejido: la seda, aunque densa, estaba perforada por cientos de pequeños ojales o agujeros circulares distribuidos uniformemente, como un diseño de broderie o un patrón de lunares diminutos y precisos. Estos orificios eran especialmente numerosos y densos sobre el área de los senos y se extendían sutilmente en la parte delantera de la falda, cerca de la entrepierna.

—El tejido te protegerá —dijo Elara, descolgando el vestido. Era ingrávido, la seda tenía una fluidez etérea—. Pero también delimitará. Cada orificio en el patrón es una ventana, ¿ves? La piel asomará a través de ellos. Como una prisión de tela que en vez de ocultar, enfatiza lo que guarda.

Magi tocó la prenda. La seda era fría y suave bajo sus dedos. Los pequeños orificios eran incontables. A través de ellos se verían puntos de su piel, como un mosaico de carne y tela.

—Póntelo. Quiero ver cómo se ajustan los puntos. La luz lateral hoy es clave —ordenó Elara, señalando un foco que proyectaba una luz dura y rasante.

No hubo discusión. Magi se desvistió, sintiendo el velo de terciopelo a sus espaldas como el forro de un ataúd. Poner el vestido fue un proceso sencillo. La seda ligera se deslizó sobre su piel como una segunda piel. Tuvo que anudar los cordones de cuero en sus costados, que tiraron de la tela ajustándola a su torso, haciendo que los orificios se estiraran y se distorsionaran levemente, prometiendo revelar más de lo que mostraban, especialmente en el busto y el bajo vientre. La espalda quedó completamente expuesta al aire frío del estudio.

Elara se acercó y, con dedos expertos, ajustó uno de los nudos.

—Mejor. Así la tela se tensiona sobre el abdomen. Los puntos se abren un poco más. Justo lo que queremos. Leo encendió la luz lateral. El haz de luz blanca y dura barrió el vestido. Y entonces, la magia perversa de Elara cobró vida. La luz no iluminó la seda granate. Se coló a través de los cientos de pequeños orificios, creando un patrón de puntos de luz brillante sobre la piel de Magi que subyacía debajo. Desde la distancia, no parecía un vestido, sino una piel tatuada con un patrón luminoso, o una armadura hecha de pura luz y sombra que se pegaba a su cuerpo.

—Excelente —murmuró Leo, el click de su cámara rompiendo el silencio.

Elara sonrió, pero esta vez la sonrisa fue fría y afilada.

—Muy bien, Magi. Ahora el giro. La luz lateral de un estudio es demasiado controlada. Esta 'armadura' necesita la luz cruda del mundo. Nos vamos. La sesión es en exteriores.

Magi sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado. Su estómago se revolvió. —¿Fuera? Elara, ¿así vestida? —Preguntó, sintiendo que los puntos de luz sobre su piel de repente se convertían en miradas ajenas. El vestido, que antes era una pieza de arte en un set privado, se sentía ahora como un traje de locura para ser exhibido.

—Exacto —confirmó Elara, disfrutando de la incomodidad de Magi—. La vulnerabilidad solo existe cuando el control es imperfecto. Queremos que el mundo vea cómo esta red de luz y tela te define. Leo ya tiene el coche en la puerta.

Magi se sintió atrapada. Cada paso hacia la salida sería una agonía. El vestido era ingrávido, casi imperceptible. Cada paso hacía que la seda se moviera con ella, y los puntos de luz bailaban sobre su estómago, sus costillas, sus laterales, su pecho como insectos de fuego posándose sobre su piel. Se sentía envuelta, sí, pero no protegida. Delimitada. Como un mapa de su propio cuerpo, con cada territorio marcado por un punto de luz.

—Camina —ordenó Elara, ahora con un tono de urgencia—. La seda es ligera, se moverá con fluidez. Quiero ver cómo juega la luz del día con el movimiento. Magi caminó. La idea de girar en una calle abierta con la tela ligera arremolinándose alrededor de sus piernas, los orificios exponiendo parches de su cuerpo y los puntos de luz visibles para cualquiera, era profundamente desorientadora.

—Ahora detente. De frente. Manos en la tela, en el vientre. Como si trataras de cubrirte los orificios, pero sin poder. Magi obedeció. Puso sus manos sobre el denso tejido perforado en su bajo vientre, cerca de donde el patrón de orificios se intensificaba. Sus dedos taparon algunos agujeros, pero la luz se filtró por otros, creando nuevos patrones sobre sus nudillos. La sensación era de una vulnerabilidad aumentada: estaba tocando la "armadura", pero solo sentía la propia piel que pretendía proteger.

Click-clack. Click-clack. Leo estaba disparando, ya imaginando las fotos con el fondo urbano.

Elara observaba, con los brazos cruzados.

—Lo ves, ¿Magi? —dijo, casi para sí misma—. No se trata de enseñar o esconder. Se trata de controlar lo que se revela. Cada orificio es una decisión mía. Cada punto de luz, una palabra que yo elijo. Tú solo eres la página en blanco donde escribo. Magi cerró los ojos por un segundo, pero los puntos de luz seguían bailando bajo sus párpados, quemándole la retina. El vestido, ligero y opaco, no era un refugio. Era la prisión más sofisticada en la que había estado. Una jaula de seda y luz que convertía su cuerpo en un espectáculo de sombras controladas. Y ahora, esa jaula iba a ser transportada al escrutinio público, haciéndola anhelar, con una vergüenza nueva, la simple y cruda desnudez que al menos era honesta.

¿Cómo va la sesión?

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