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Chapter 11 by bla12 bla12

¿Cómo sigue su entrenamiento?

Su uniforme requiere tratamiento especial

La rutina se había convertido en una pesadilla cíclica. Vestir el uniforme ajustado y la ropa interior obscena cada mañana era un acto de autonegación que le robaba un pedazo de alma. Magi lo hacía con los ojos vidriosos, automatizada, intentando desconectar su mente del cuerpo que vestía esas prendas.

Al final de otra jornada agotadora, la Suboficial Costa anunció una nueva "medida de cohesión y servicio".

—Cadete Rojas —llamó, señalándola con la mirada—. Su uniforme requiere un mantenimiento especial. Por su... composición particular. El cadete Novoa se encargará de su lavado esta semana. Es parte de su instrucción.

Novoa era un recluta joven, de sonrisa fácil y mirada ambiciosa, que siempre buscaba congraciarse con los superiores y ganarse la aceptación de los más veteranos. Al oír la orden, lanzó una mirada rápida y cómplice a su compañero, que respondió con un guiño casi imperceptible.

Magi sintió un nuevo escalofrío. Entregar su uniforme, esa extensión grotesca de su humillación, a uno de ellos era como entregar las llaves de su propia cámara de tortura. Pero negarse era imposible.

—Sí, Suboficial —murmuró, evitando toda mirada.

Al final del día, con movimientos torpes, se encerró en un baño y se cambió con alivio y vergüenza, volviendo a su ropa de civil. Dobló el uniforme ajustado y el conjunto de encaje con dedos que le temblaban y se los entregó a Novoa en el vestuario. El cadete los tomó con una sonrisa burlona.

—No se preocupe, libritos. Le devolveré su equipamiento impecable. Brillante.

La noche fue intranquila. Magi presentía la trampa, el siguiente acto en esta función diseñada para romperla.

A la mañana siguiente, se dirigió a la taquilla con el corazón encogido. Novoa ya estaba allí, de pie junto a ella, con una expresión de falsa preocupación que no ocultaba su satisfacción. La Suboficial Costa observaba desde unos metros de distancia, con sus brazos cruzados y su mirada inexpresiva.

—Cadete Rojas, un pequeño problema —dijo Novoa, abriendo su taquilla con dramatismo.

Dentro, colgado del gancho, estaba su uniforme. O lo que quedaba de él.

La camisa, una vez de un azul oscuro tenso, estaba desteñida en parches irregulares, con manchas blanquecinas de lejía que formaban un patrón grotesco. El pantalón estaba encogido, aún más pequeño de lo que ya era, con las costuras torcidas y arrugado de manera irreversible. Parecía la ropa de un payaso triste y vulgar. El conjunto de encaje negro, colgado con pinzas diminutas, estaba rígido, blanqueado y tieso, irreconocible y destruido.

—Hubo un error con el blanqueador —explicó Novoa, encogiéndose de hombros con una sonrisa que delataba su mentira—. Una lástima.

Magi sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Esto era nuevo. Esto era peor. Ya no era solo usar algo humillante; era no tener nada que ponerse.

La Suboficial Costa se acercó lentamente. Examinó los restos del uniforme arruinado con una mirada crítica.

—Un desastre —declaró con frialdad—. Negligencia total, cadete Novoa. Tendrá sus consecuencias. —Novoa asintió, fingiendo contrición, pero su sonrisa no se desvaneció del todo. Luego, Costa se volvió hacia Magi—. En cuanto a usted, cadete Rojas. Tiene una formación en diez minutos. El reglamento es claro: solo se puede acceder a las instalaciones de formación con el uniforme reglamentario en condiciones.

Hizo una pausa deliberada, dejando que el silencio se llenara de horror.

—No tenemos existencias de su... talla especial. Y solicitar una nueva llevaría días. —Sus ojos, fríos como el acero, se clavaron en los de Magi—. Pero la institución debe adaptarse. Tenemos una solución temporal.

Costa hizo una seña a Novoa, quien, con una sonrisa de oreja a oreja, sacó de una bolsa de papel marrón otra prenda y la colgó en el gancho, junto a los harapos blanqueados.

Era un uniforme, pero no uno cualquiera. Era el uniforme de la Unidad de Relaciones Públicas y Protocolo de la academia. Un traje de chaqueta y falda para mujer. La chaqueta era de un rosa pálido casi blanco, absurdamente ceñida y corta. La camisa que debía ir debajo era de seda sintética blanca, tan fina que era prácticamente transparente. Y la falda... la falda era de un azul oscuro, pero era tan corta y ajustada que apenas sería más larga que una cinta ancha. No había medias opacas que la acompañaran, solo unos calcetines cortos ridículos.

—Como ve, es un uniforme reglamentario —dijo Costa con voz neutra—. De otra división, pero reglamentario al fin. Es esta... o nada. O, por supuesto, puede ausentarse de la formación. Lo que constituiría una falta grave, dada la naturaleza de su periodo de prueba.

La elección era clara, y no era una elección. Ausentarse era arriesgar el puesto, el sueldo, su única cuerda de salvación. Presentarse con eso...

Magi miró el uniforme rosa. Parecía el disfraz de una azafata de una línea aérea de bajo coste. Era humillantemente femenino, sexualizado y completamente opuesto a la imagen severa y funcional de un cadete.

—Diez minutos, cadete —sentenció Costa—. No tolero retrasos. —Novoa no pudo contener una risa ahogada antes de marcharse.

Magi se encerró en un cubículo, sosteniendo el uniforme rosa. Las lágrimas acudieron a sus ojos, pero las contuvo. No había tiempo para llorar. Se vistió con dedos entumecidas. La falda se le subió hasta medio muslo, tan ajustada que le dificultaba el movimiento. La camisa transparente dejaba ver con claridad el sostén deportivo sencillo que llevaba debajo, otro elemento que ahora se sentía indecente. La chaqueta rosa le apretaba en los hombros y le quedaba corta, dejando al descubierto su cintura con cada movimiento.

Al mirarse en el espejo, vio a una extraña. Una parodia vulgar de mujer, un objeto de burla sexualizado. No había rastro de la cadete que aspiraba a ser. Solo una muñeca vestida para el escarnio público.

Salió del vestuario. El silencio que generó su aparición fue aún más ensordecedor que las risas. Las miradas de sus compañeros, sobre todo de los hombres, eran como manos que le recorrían el cuerpo. La Suboficial Costa la evaluó de arriba abajo.

—Adecuado —dijo, sin un ápice de ironía, como si la vistiera para una feria—. Al menos los colores son claros. No se manchará tanto.

Magi caminó hacia su lugar, sintiendo cómo el aire frío le lamía las piernas desnudas, cómo cada mirada era un alfilerazo en su piel. La humillación ya no era solo por torpeza o pobreza. Ahora era por su género, por su cuerpo, convertido en un espectáculo deliberado y aprobado por la autoridad. Era el elogio del verdugo, vestido de rosa.

¿Cómo sigue el entrenamiento con su nuevo uniforme?

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