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Chapter 12 by bla12 bla12

¿Cómo sigue el entrenamiento con su nuevo uniforme?

Nuevo calentamiento revelador

Caminar hasta la formación fue una agonía de autoconciencia. Magi sentía el roce de la falda ajustada subiéndose con cada paso, el aire frío mordiendo sus muslos desnudos. La chaqueta rosa, corta y ceñida, le constreñía los brazos y la respiración. Cada mirada de sus compañeros era un haz de luz cegadora que la exponía, recorriendo las líneas de su cuerpo enfatizadas por la tela elástica y reveladas por la transparencia de la blusa. No había donde esconderse. El uniforme rosa era un foco que gritaba su humillación.

La Suboficial Costa no perdió tiempo.

—¡Calentamiento dinámico! ¡Todos! ¡Vamos! ¡Quiero ver energía! —voceó, y su mirada se posó en Magi como un halcón—. Eso incluye a todos los miembros de la academia.

El calentamiento fue una tortura diseñada por un sádico con sentido de la oportunidad. Saltos de tijera. La falda, ya de por sí corta, se convertía en una invitación obscena con cada salto. Magi intentó contenerla con una mano, pero la voz de Costa tronó:

—¡Cadete Rojas! ¡Las manos libres y en posición! ¿O cree que esto es un desfile de modas?

Las risas estallaron, ya sin disimulo. Magi, con el rostro en llamas, dejó de sujetarse la falda. Con cada salto, el aire silbaba bajo la tela, y sentía las miradas fijas en sus piernas, en la línea de su ropa interior que se delataba inevitablemente.

Luego vinieron las flexiones. Al apoyarse en el frío asfalto, la blusa transparente se arremolinó alrededor de su torso, revelando no solo la forma de su sostén, sino la piel de su estómago. Al subir, la chaqueta rosa se remetía, exponiendo aún más. El sudor comenzó a pegar la blusa a su espalda, haciendo la tela aún más translúcida.

Pero el verdadero suplicio fueron los ejercicios de agilidad. Carreras de ida y vuelta, donde la falda se le enrollaba en las caderas, obligándola a detenerse a bajarla cada pocos metros, bajo las burlas de "¡Date prisa, rosita!" y "¡Corre, que se te ve el tesoro!". Y el colmo: los ejercicios de gateo bajo una red de camuflaje.

—¡Cadete Rojas! ¡Demuéstreme su agilidad! —ordenó Costa, señalando la red tendida a escasos centímetros del suelo.

Magi se quedó paralizada. Gatear. Con esa falda. Era una orden deliberadamente obscena.

—¿Algún problema, cadete? —preguntó Costa, con una ceja arqueada—. ¿Su uniforme le impide cumplir con su deber?

El mensaje era claro: su deber era ser humillada.

—No, Suboficial —murmuró, con la voz quebrada.

Se arrodilló, sintiendo la gravilla del suelo bajo sus palmas. Luego, empezó a arrastrarse. La falda, inexorablemente, se retrajo hasta su cintura, exponiendo completamente sus glúteos y sus piernas, enfundados en la ropa interior práctica que ahora parecía tan ****. Las risas y los silbidos llenaron el aire. Algunos cadetes dejaron de hacer sus ejercicios para observar el espectáculo. Magi avanzó a ciegas, las lágrimas de rabia y vergüenza nublando su vista, sintiendo cada piedra, cada mirada, como un cuchillo en la piel. El roce de la red sobre su espalda era el toque final de una violación consentida institucionalmente.

Al salir al otro lado, se incorporó de golpe, tirando de la falda hacia abajo con un movimiento brusco y torpe. Su respiración era entrecortada, el uniforme rosa estaba manchado de tierra y sudor, pegado a su cuerpo de manera repulsiva.

Costa se acercó.

—Su técnica de gateo es deplorable, cadete. Falta de coordinación. Pero ha demostrado... determinación —dijo, y su mirada fría recorrió el cuerpo sudoroso y tembloroso de Magi—. Mañana, repasaremos el ejercicio. Con el mismo uniforme. Hasta que la técnica sea perfecta.

La sentencia cayó sobre ella como una losa. No era el final. Era solo el primer acto de una nueva y más sádica representación.

El resto del entrenamiento transcurrió en un desenfoque de vergüenza. Cada orden, cada movimiento, era coreografiado para maximizar su exposición. Cuando por fin sonó el silbato de finalización, Magi estaba destruida. Física y emocionalmente. El uniforme rosa, antes una prenda ridícula, era ahora un estandarte de su degradación, una segunda piel sudoroso y sucio que llevaba pegada la evidencia de su humillación pública.

Caminó hacia los vestuarios, las miradas ya no eran solo de burla; algunas eran de lástima, otras de un morbo indisimulado. Pero la mayoría eran de indiferencia. Se había convertido en un espectáculo habitual.

Al encerrarse en un cubículo, por fin, se dejó caer sobre la taza del váter, enterró la cara en sus manos y lloró en silencio. No por el dolor físico, sino por la sistemática y meticulosa destrucción de su persona. Ya no era Magi, la estudiante de libros. Era la cadete rosa, el chiste viviente, la ofrenda cuyo sacrificio diario alimentaba la crueldad de Costa y la cohesión del grupo a su costa.

Y lo peor era que sabía que al día siguiente, tendría que volver a vestir el rosa.

¿Qué pasa al otro día?

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