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Chapter 8 by bla12 bla12

¿Qué pasa al día siguiente?

Broma de uniforme

La humillación del pantalón roto se había convertido en un rumor sordo que recorría los pasillos de la academia. Magi lo sentía en las miradas que se desviaban rápidamente, en los susurros que cesaban cuando se acercaba. Había aprendido a moverse como una sombra, a mimetizarse con las paredes, a completar sus tareas con una eficiencia silenciosa y anónima que, por fin, parecía mantenerla fuera del foco de la Suboficial Costa.

El pequeño consuelo de su rutina era el ritual de la taquilla. Un momento de falsa normalidad al comenzar y terminar el día. Introdujo la llave en la cerradura de su taquilla asignada, en el vestuario de mujeres, con la esperanza de que hoy no hubiera más sorpresas.

Pero la llave giró con una facilidad extraña, como si la cerradura hubiera sido forzada. Un golpe seco, casi inaudible, resonó en el interior metálico cuando abrió la puerta.

Y allí, colgado del gancho donde siempre dejaba su uniforme holgado y áspero, había otro.

Este no era el suyo.

Este uniforme era varias tallas más pequeño. Azul oscuro, casi negro, de una tela que no era la habitual mezcla áspera de poliéster, sino un material más delgado, más elástico, que prometía adherirse al cuerpo como una segunda piel. Los pantalones, doblados con una precisión militar, parecían tener una pierna tan ancha como su muslo. La camisa, diminuta, tenía los botones tensionados como si estuvieran a punto de saltar.

Y, colocado con una meticulosidad obscena sobre la pequeña repisa interior, había un conjunto de ropa interior. No era de algodón práctico, sino de encaje negro y seda sintética, ajustado, diminuto, consistente en un tanga y un sostén que parecían hechos para una muñeca. Era claramente varias tallas más pequeño que lo que ella usaba.

Magi se quedó paralizada, la mano aún en la perilla de la taquilla. El aire a su alrededor pareció espesarse. No había nota, ni mensaje. Solo el uniforme y esa prenda íntima, colocados allí como una burla silenciosa y perversa. Un acto de malicia premeditada que iba más allá del bochorno: era una violación profunda, una intromisión en su intimidad más absoluta. Alguien había entrado en su taquilla. Alguien había robado su uniforme, su única y miserable armadura y lo había reemplazado con esto.

Una ola de calor le subió por el cuello. No era la vergüenza caliente de la exposición, sino la ira fría de la violación. Su espacio, ya de por sí reducido e inseguro, había sido profanado.

—¿Problemas, Rojas? —la voz de la Suboficial Costa cortó el aire desde la entrada del vestuario. Se acercaba, sus botas resonando sobre las baldosas. ¿Cuánto tiempo llevaba observando?

Magi no pudo articular palabra. Solo señaló con una mano temblorosa el interior de la taquilla, su mirada fija en el conjunto negro que yacía allí como una serpiente.

Costa se asomó. Su rostro, por una fracción de segundo, mostró algo que podía ser sorpresa. Luego, se endureció en una máscara de implacable disciplina.

—Parece que alguien cree que necesita un ajuste de imagen integral —dijo, con un tono neutro que resultaba más aterrador que un grito—. Las bromas entre compañeros son una forma de cohesión, cadete. Y a veces, una lección de higiene personal.

—No es una broma, Suboficial —logró decir Magi, con la voz quebrada—. Me han robado mi uniforme. Y esto… esto no es mío.

—¿Robado? —arqueó una ceja Costa—. Veo un uniforme en su taquilla. Y su ropa interior de recambio, me imagino. El reglamento exige que vista el uniforme asignado para la formación. Todo el uniforme. Incluyendo la ropa interior reglamentaria, si es la que se le ha provisto. No especifica marcas o comodidad, cadete. Especifica obediencia. ¿Está claro?

Magi la miró, horrorizada. No podía ser en serio. ¿Ropa interior reglamentaria?

—Pero… esto… no puedo…

—La adaptabilidad es una virtud clave en esta profesión —replicó Costa, sin pestañear—. Supongo que el mensaje de su… admirador… es que debe aprender a encajar. De una manera u otra. En todos los aspectos. Tiene cinco minutos para vestirse. El patio de formación no espera. Y cadete —añadió, justo antes de darse la vuelta—, asegúrese de que todo es lo que debe ser. Revisaré la presentación personal.

Y con eso, dio media vuelta y se marchó, dejando a Magi sola con el eco de sus palabras y el uniforme-burla y la prenda íntima colgados frente a ella como instrumentos de tortura.

La tentación de rebelarse, de negarse, fue un impulso feroz y breve. Pero las facturas apiladas en su mesa, la beca perdida, la implacabilidad de Costa… eran cadenas demasiado pesadas. Con dedos entumecidas por la rabia y la humillación, tomó el conjunto negro. La seda sintética era fría y hostil al tacto.

Vestirse fue una tortura lenta y grotesca. La ropa interior se le clavó en la piel, ajustándose de una manera tan íntima y opresiva que le cortó la respiración. Luego vino el uniforme. El pantalón se le subió con dificultad, apretándole las caderas y los muslos como una serpiente constrictora, la tela fina ofreciendo cero protección contra la sensación del tanga que se le hundía. La costura de la entrepierna se tensó de manera alarmante. La camisa fue lo peor. Cada botón fue una batalla, el tejido se estiró al límite sobre su pecho y su espalda, delineando cada curva, cada contorno de su cuerpo, y la forma del pequeño sostén de encaje, con una precisión obscena. El material delgado y elástico no dejaba nada a la imaginación. Se sentía embutida, expuesta, convertida en un objeto por dentro y por fuera.

Al mirarse en el espejo, una extraña le surgió del estómago. No se reconocía. La figura que devolvía el cristal era la de una desconocida vulgar y sexualizada, vestida con un disfraz de policía que era una parodia perversa. El uniforme, símbolo de autoridad y respeto, había sido transformado en un instrumento de humillación. Y debajo, la otra piel, la oculta, era aún más humillante.

Su caminata desde el vestuario hasta el patio de formación fue un calvario. El roce de la tela elástica contra su piel, demasiado ajustada, era constante y opresivo. Cada paso que daba sentía la presión de la ropa interior, cómo el pantalón tiraba de ella, cómo la camisa le oprimía el pecho al respirar.

Las reacciones de sus compañeros fueron inmediatas. Un silbido bajo, ahogado en una tos fingida. Una mirada burlona que recorrió su cuerpo de arriba abajo. Rojas no dijo nada, solo la miró con una sonrisa amplia y satisfecha que decía más que mil palabras.

La Suboficial Costa, al verla llegar, no hizo ningún comentario sobre la ropa interior, pero su mirada escrutadora recorrió cada centímetro del uniforme, buscando y encontrando cualquier posible fallo en la "presentación personal". Solo anotó algo en su tablilla con un gesto seco.

—Cadete Rojas. Se le ve… eficiente —fue todo lo que dijo, cargando la palabra con un desprecio infinito—. Únase a la formación.

Magi ocupó su lugar, sintiendo cómo todas las miradas se clavaban en ella. Ya no era la cadete torpe o la becaria pobre. Ahora era un chiste sucio, un espectáculo ambulante, por fuera y por dentro. El uniforme ajustado y la prenda íntima no eran solo ropa; eran un mensaje claro: su cuerpo, su intimidad, su propia piel, eran algo que debía ser contenido, controlado, remodelado y, sobre todo, ridiculizado. Y ella, una vez más, no había tenido más remedio que aceptarlo.

¿Cómo va el día con el nuevo uniforme?

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