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Chapter 51 by bla12 bla12

¿Qué pasa al día siguiente?

No encuentra ropa

La luz del amanecer se filtró entre las cortinas automáticas de la suite. Magi despertó con un sobresalto, desorientada, en el sofá de cuero blanco donde se había desplomado horas antes. Durante unos segundos, esperó que todo hubiera sido un sueño, una pesadilla vívida y cruel. Pero entonces, el tacto frío del cuero contra su espalda desnuda y el peso de la toalla aún húmeda alrededor de sus hombros la devolvieron a la realidad.

No era un sueño.

El silencio era absoluto, roto solo por el zumbido casi imperceptible del aire acondicionado. Se incorporó con esfuerzo, sintiendo cada músculo dolorido, cada recuerdo de la noche anterior incrustado en su piel como una cicatriz fresca. Su mirada cayó primero sobre el sobre de papel pergamino, todavía allí, sobre la mesa de centro, intacto. Parecía más grueso de lo que recordaba, más pesado. Una parte de ella quiso arrojarlo por el ventanal, ver cómo los billetes se esparcían sobre la ciudad indiferente. Pero otra parte, más práctica y ya resignada, sabía que ese dinero era ahora una extensión de su supervivencia.

Un bip suave pero insistente rompió el hechizo de silencio. Era su teléfono, casi descargado, vibrando sobre la alfombra. Lo tomó con dedos que parecían de algodón.

La pantalla se iluminó, mostrando un mensaje de May.

«Buen trabajo anoche. Valence está satisfecho. Eso tiene un valor incalculable. Preséntate al acuario al mediodía. No llegues tarde.»

No había un "por favor", ni un "espero que estés bien". Solo órdenes. ¿Qué más podrían quitarme?, pensó.

Con un suspiro tembloroso, se dirigió al baño. La suite era tan grande que el trayecto le pareció interminable. Cada paso sobre la fría losa reforzaba su desnudez, su vulnerabilidad.

Bajo el chorro de agua casi hirviendo de la ducha de lluvia, intentó borrarlo todo. Se restregó con la esponja áspera que colgaba del dispensador, frotándose la piel hasta enrojecerla, como si pudiera lavar la memoria del tacto del latex, del frío de la mirada de Valence, del sonido de la cámara. El vapor llenó el baño, empañando los enormes espejos, ocultando su reflejo. Por un momento, solo existió el calor y el ruido del agua, un refugio temporal y engañoso.

Cuando salió, envuelta en una toalla grande y esponjosa que olía a un perfume ajeno y caro, se sintió ligeramente más humana, pero terriblemente expuesta. Necesitaba su ropa. Necesitaba sus jeans, su sudadera. Necesitaba capas de tela que la separaran del mundo.

Regresó al salón principal, donde había dejado su bolso la noche anterior. No estaba. Revisó el vestidor, el recibidor. Nada. Un nudo de pánico comenzó a formarse en su estómago. Abrió todos los cajones del armario empotrado: vacíos. Revisó detrás de los sofás, bajo la cama de la habitación principal. Solo encontró más silencio y espacio vacío.

No había ropa. Ni la suya, ni de repuesto, ni una bata olvidada. Solo el vestido de noche negro, tirado en un rincón como la piel mudada de una serpiente, y la lencería de encaje, un recordatorio cruel y diminuto sobre la alfombra.

Se quedó de pie en el centro de la suite, agarrando la toalla con fuerza contra su pecho, sintiendo cómo el pánico frío y familiar comenzaba a trepar por su garganta. Estaba atrapada. Envuelta en una toalla, en una jaula de lujo, sin nada propio que ponerse.

Con dedos temblorosos, tomó el teléfono interno de la suite. Marcó el número de recepción, su corazón martilleando contra las costillas.

—Buenos días, suite Penthouse 4 —dijo una voz femenina, impecablemente profesional.

—Hola… yo… —Magi tragó saliva, forzando su voz a sonar avergonzada pero casual—. Tuve un pequeño accidente con una botella de vino. Mi ropa está… inservible. ¿Habría posibilidad de que me presten algo para poder salir? Algo simple, lo que sea.

Un silencio breve del otro lado. Magi sintió que se sofocaba.

—Por supuesto, señorita. Enviamos a alguien de lavandería de inmediato.

Diez minutos interminables después, llamaron suavemente a la puerta. Magi se abrochó la toalla con fuerza y abrió lo justo para asomarse. Una mujer de uniforme de lavandería, con una sonrisa cansada pero amable, le tendió una bolsa de plástico.

—Aquí tiene. Son prendas limpias, del personal. Espero que le sirvan.

—Gracias —murmuró Magi, sintiendo el rubor quemarle las mejillas.

—No hay de qué. Sucede más a menudo de lo que cree —dijo la mujer, pero su mirada recorrió rápidamente la suite lujosa detrás de Magi y luego su figura envuelta en la toalla. No era una mirada de juicio, sino de curiosidad… y un poco de lástima. Magi supo, de inmediato, que la mujer no se creía la historia del vino.

Cerrada la puerta, vació la bolsa. Era un uniforme de lavandería: unos pants holgados de color grisáceo y una camiseta de algodón áspero con el logotipo discreto del hotel. No había ropa interior. Vestirse con esas prendas ásperas y anónimas fue una humillación extraña. No era la exposición forzada del acuario, sino una invisibilidad deliberada. Se sentía como una fantasma, como una empleada más en el engranaje de un lugar que nunca sería suyo. Al salir del hotel, evitó cruzar la mirada con ningún empleado. Sabía que su secreto era débil, que esa historia frágil podía romperse con un solo murmuro.

Caminó hacia el acuario bajo la luz cruda del mediodía, sintiendo que cada paso era más pesado que el anterior. Llevaba puesta la piel que otros habían elegido para ella: la de una empleada anónima o la de una mercancía de lujo. Ambas eran ajena. Ambas eran jaulas.

Al doblar la esquina y ver la imponente fachada del acuario, supo que la noche en el Grand Bay no había sido un episodio aislado. Había sido una lección. Y la lección era simple: no importaba qué ropa llevara, porque debajo, siempre estaría desnuda.

La puerta de servicio estaba abierta. Esperándola.

¿Qué pasa en el acuario?

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