More fun
Want to support CHYOA?
Disable your Ad Blocker! Thanks :)

Chapter 35 by bla12 bla12

¿Qué pasa el próximo día?

Limpieza

El despertar fue un regreso lento y doloroso a un cuerpo que ya no le pertenecía. Magi abrió los ojos a la luz gris que se filtraba por la persiana de su apartamento, y por un instante bendito, no supo dónde estaba ni por qué cada músculo le gritaba de dolor. Luego, la memoria cayó sobre su pecho como una losa: el agua fría, las manos vendadas, los dedos presionando su bajo vientre, la voz clínica del hombre dictando su veredicto—Humana.

Un escalofrío recorrió su espina dorsal, tan violento que tuvo que sentarse en la cama, abrazándose a sí misma. Se miró las manos. Esperaba ver marcas, suciedad, algo que delatara la violación de la noche anterior. Pero estaban limpias. Solo el recuerdo persistía, grabado en su piel como un tatuaje invisible.

El viaje en autobús al acuario fue un trance. Ya no se encogía en el asiento. Se sentaba recta, mirando por la ventana sin ver los edificios que pasaban. La sensación de las argollas de metal en sus caderas era un fantasma que la seguía, un peso frío que no se desprendía. Notó que ya no cruzaba los brazos sobre el pecho de manera defensiva. Los dejaba caer a los lados, como si ocultarse ya no importara. La normalización, comprendió con un horror silencioso, no era una rendición consciente; era una necrosis del alma que avanzaba lenta, matando partes de ella sin que pudiera hacer nada para detenerla.

Al llegar, el casillero del vestuario común no guardaba sorpresas hoy. Solo su uniforme diminuto, doblado con la misma precisión militar de siempre. Se lo puso con los movimientos automatizados de una monja vistiendo sus hábitos. La tela áspera ya no le producía indignación. Era solo ropa. El disfraz para su papel de hoy.

La jornada de trabajo fue un espectro de normalidad. Limpió vidrios, respondió preguntas de turistas con una sonrisa vacía, alimentó a los peces payaso. Un niño señaló sus shorts y preguntó en voz alta: "Mamá, ¿por qué la señorita lleva tan poca ropa?". La madre lo calló con un susurro avergonzado y arrastró al niño lejos. Magi los siguió con la mirada, pero no sintió rubor. Solo una lejanía absurda, como si observara la escena desde muy lejos.

A la hora del almuerzo, se sentó sola en un rincón de la cafetería del personal. Cloe estaba en otra mesa, hundida sobre su bandeja, comiendo sin apetito. Sus miradas se encontraron una vez, brevemente. No hubo complicidad, ni siquiera reconocimiento. Solo el vacío compartido de dos extrañas que habían sobrevivido al mismo naufragio y ya no tenían nada que decirse. Lara, como era habitual, no estaba por ningún lado.

Fue entonces cuando May apareció en la puerta de la cafetería. No buscó a nadie con la mirada. Simplemente alzó ligeramente la mano e hizo un gesto con dos dedos. Un gesto pequeño, casi discreto, pero que cortó el murmullo de la sala como un cuchillo.

Magi lo vio. Y su cuerpo reaccionó antes que su mente. Se puso de pie, dejando la comida a medio terminar. No hubo pensamiento, no hubo debate interno. Su cuerpo simplemente obedeció. Cloe, en la otra mesa, también se levantó, su expresión una máscara de resignación cansada.

May no esperó. Giró sobre sus tacones y comenzó a caminar. Magi y Cloe la siguieron a una distancia de unos pasos, como dos sombras. No hubo necesidad de palabras. El mensaje del gesto era claro: La diversión ha terminado. Es hora de trabajar de nuevo.

May no las llevó a la sala blanca de preparación. En su lugar, descendieron por una escalera de servicio que Magi solo había usado una vez, hacia los niveles inferiores donde se encontraban los tanques de filtración y mantenimiento. El aire era más frío aquí, y olía a aceite de motor y agua saturada de ozono.

—Hoy no hay espectáculo para invitados —dijo May por encima del hombro, su voz cortando el runrún de las máquinas—. Hoy es trabajo de verdad. Mantenimiento profundo del tanque de tiburones. Se han detectado algas resistentes en los vidrios interiores. Necesitamos una limpieza manual.

Se detuvo frente a una compuerta de acero. Señaló hacia unos ganchos en la pared. Colgaban tres bikinis. No eran de escamas o vinilo, sino simples triángulos de tela elástica y ajustada, de colores sólidos y baratos: rojo para Magi, verde para Cloe, azul para Lara. Al lado, había esponjas abrasivas y rasquetas de metal.

—Se necesitan movimientos precisos. Flexibilidad — dijo May, como si explicara una obviedad —. Los trajes estándar son demasiado voluminosos.

No había emoción en su voz. Era una instrucción técnica. Eso era lo más humillante: la normalidad con la que se decretaba su exposición.

Magi se quitó su uniforme diminuto—que ahora sentía casi como una armadura—y se puso el bikini rojo. Las tiras finas se clavaron en sus hombros. El triángulo superior apenas contenía sus pechos. Cloe, con el verde, intentó en vano ajustar las tiras para cubrirse un poco más. Lara, la más resignada, se enfundó el azul sin pestañear.

—Las herramientas —indicó May, entregándoles a cada una una esponja áspera y una rasqueta con mango largo—. Tienen una hora. Los tiburones están sedados, pero no subestimen el tiempo. El sedante pierde efecto.

May había dado las instrucciones con voz clínica y se había marchado, dejando tras de sí un silencio cargado de ominosa libertad.

La compuerta metálica se cerró tras ella con un chasquido definitivo. Estaban solas. Por primera vez en semanas, no había miradas que las evaluaran, ni órdenes que cumplir al instante. Solo el runrún de la maquinaria y la tarea imposible por delante.

El trabajo fue una batalla perdida desde el inicio. Magi se inclinó para raspar una costra de alga de un sensor y el tirante superior cedió, dejando su pecho al descubierto. Maldijo entre dientes, ajustándolo con dedos torpes y mojados. La esponja resbalaba, pesada e inútil. El bikini se convertía en una segunda piel de miseria, empapada y transparente.

Cloe, al intentar alcanzar un alga bajo la plataforma, se arrodilló en el charco de agua salada. La tela verde se pegó a su piel, dejando todo al descubierto. Con un grito de frustración, arrojó la rasqueta al agua.

—¡Es inútil! ¡Esta porquería no sirve para nada!

Su voz resonó en la cámara vacía. No había nadie a quien impresionar, nadie a quien desafiar. Solo la tarea. Magi la miró, y en sus ojos no había reproche, sino un entendimiento profundo y amargo. El bikini no era una prenda; era el último símbolo de una modestia que solo les estorbaba.

—Entonces quítatelo —dijo Magi, su voz ronca por el esfuerzo y la sal—. ¿A quién pretendemos engañar?

Cloe la miró, al principio con incredulidad, luego con una rabia que se transformó en un resplandor de lucidez horrible. Con movimientos bruscos, se desató el top y luego el bottom, arrojando las prendas empapadas contra la pared de acero. Se quedó allí, de pie, desnuda y temblorosa, salpicada de agua sucia y restos de algas. Respiró hondo, como si fuera la primera bocanada de aire limpio en semanas.

Lara, al verlas, no dijo nada. Simplemente se encogió de hombros, como si siempre hubiera sabido que terminaría así. Dejó su herramienta a un lado y se despojó del bikini azul con la misma naturalidad con la que se quitaría unos guantes. Continuó su trabajo, imperturbable, frotando el vidrio con la esponja directamente sobre su piel.

Magi fue la última. Desató los nudos del bikini rojo con dedos que apenas temblaban. La tela húmeda se desprendió y cayó con un chapuzón insignificante. La desnudez no fue un acto de liberación, sino de rendición. Era la admisión final de que su cuerpo ya no le pertenecía, ni siquiera para ocultarlo. Era una herramienta, un instrumento para la tarea. Y las herramientas no necesitan ropa.

Trabajaron en silencio, sus cuerpos desnudos brillando bajo las luces halógenas, frotando, raspando, limpiando. La piel se enrojeció por el esfuerzo y el agua fría. No había pudor, no había vergüenza. Había una terrible y práctica familiaridad. Se pasaban las herramientas sin mirarse, se apartaban para dejar espacio, como obreras en una línea de montaje surrealista.

Cuando terminaron, la capa de algas había desaparecido. Los sensores brillaban bajo el agua. Se miraron. No había triunfo en sus ojos, solo un vacío profundo

¿Qué pasa cuando vuelve May?

Want to support CHYOA?
Disable your Ad Blocker! Thanks :)