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Chapter 34 by bla12 bla12

¿Cómo continua el evento?

El estanque de los sentidos

El aire cambió bruscamente al cruzar la última puerta. El rugido de la cascada se apagó como por arte de magia, sustituido por un silencio denso y cargado de electricidad estática. La cámara era circular, de paredes de acrílico impecable, iluminada por una luz blanca y fría que no dejaba sombras ni rincones donde esconderse. En el centro, la piscina de agua cristalina parecía un espejo roto por el suave movimiento de las rayas, que se deslizaban como sombras vivas, sus alas aterciopeladas rozando la superficie con una quietud aterradora.

—El estanque de contacto —anunció May, y su voz, ahora metálica y precisa, resonó en el espacio estéril—. La fase final de la observación. Aquí, la teoría se confirma con el tacto.

Los empujó suavemente hacia el agua. El frío fue un shock tan violento que a Magi se le cortó la respiración. Un gemido ahogado escapó de los labios de Cloe, cuyo cuerpo se estremeció convulsivamente. Solo Lara permaneció impasible, sumergiéndose con la resignación de un pez volviendo al agua. El nivel les llegaba justo por la cintura, haciendo que las plumas de Cloe flotaran como algas muertas y pegando el vinilo de Lara a sus curvas con una precisión obscena. Las rayas, curiosas, comenzaron a circular alrededor de ellas, sus contactos suaves e impersonales, un contraste brutal con lo que se avecinaba.

—Mantengan la inmovilidad —ordenó May, su voz un cuchillo en la quietud—. Cualquier movimiento brusco alterará a los especímenes. Y no queremos eso, ¿verdad?

Los miembros se agruparon en el borde, formando un semicírculo de trajes caros y miradas ávidas. May sacó varias vendas de seda negra.

—Para esta fase, la vista es un sentido engañoso. El tacto no miente. ¿Voluntarios para el ejercicio de comparación?

Tres hombres dieron un paso al frente. May les vendó los ojos con una ceremonia que resultaba obscena.

—El juego es simple —explicó, mientras los otros miembros observaban con la intensidad de científicos en un experimento crucial—. Palparán bajo el agua. Deberán identificar, solo mediante el tacto, si lo que tocan es una raya… o uno de nuestros otros especímenes. Gana quien más aciertos tenga. Textura, temperatura, firmeza. Todo es data.

Las manos vendadas descendieron al agua como serpientes. Eran manos limpias, de uñas perfectas, manos que probablemente firmaban cheques con seis ceros, convertidas ahora en instrumentos de análisis frío y violento.

Para Magi, la espera fue una agonía. Sintió primero el roce sedoso de una raya contra su pierna. Un alivio breve. Luego, unos dedos. Humanos. Exploratorios. Recorrieron su pantorrilla con una lentitud deliberada, subieron por la parte posterior de su muslo, palpando el músculo tenso. La mano se detuvo un momento en la costura de su bikini de escamas, comparando la textura metálica y fría con la suavidad gelatinosa del animal. Magi contuvo la respiración, mirando fijamente al vacío. Pero la mano no se retiró. Ascendió más, saliendo un momento del agua para luego sumergirse de nuevo más arriba, hasta el agua poco profunda que cubría su vientre. Los dedos, fríos a pesar del agua, se posaron con firmeza técnica justo por debajo de su ombligo, en la planicie baja de su abdomen. Presionaron suavemente, evaluando la firmeza de sus músculos, la estructura debajo de la piel. Un territorio íntimo, ****, ahora convertido en un dato. Magi apretó los puños bajo el agua, sintiendo cómo las argollas de sus caderas ****ían su carne.

—Más firme… y más fría que la raya. Estructura ósea subyacente. Humana —declaró la voz del hombre, con una seguridad clínica que heló la sangre de Magi.

A Cloe, los dedos le buscaron el pie descalzo, luego el tobillo, un tacto casi médico. Luego se deslizaron por la áspera piel sintética del taparrabos que flotaba alrededor de sus caderas como una hoja muerta.

—Textura artificial, rugosa. No es animal. Es la del pantano —dijo otra voz, mientras esos mismos dedos presionaban para sentir el hueso ilíaco de su cadera debajo de la piel y el falso pelaje, marcando su posesión con una palpación fría.

Pero fue lo que sucedió con Lara lo que encapsuló toda la perversión del acto. La tercera mano no titubeó. Se deslizó por el vinilo de su muslo con aprecio por la lisidad del material, luego ascendió por su costado con determinación. Y entonces, con una naturalidad aterradora, se posó sobre uno de sus senos. La mano no agarró, no manoseó con crudeza. Lo palpó con curiosidad técnica, la palma plana contra la curva, los dedos evaluando la forma y la firmeza debajo del vinilo mojado y frío. Comparó la resistencia elástica de su carne con la contextura gelatinosa de una raya que pasaba cerca en ese mismo instante. Lara no se inmutó, pero su respiración, hasta entonces imperceptible, se contuvo por un segundo perfecto. Bajo la luz blanca, su pecho apenas se elevó.

—Similar suavidad en el material de cobertura… pero la forma es esférica y la resistencia es orgánica, elástica. Claramente mamífero. Espécimen L-07 —concluyó la tercera voz, con el tono satisfecho de quien resuelve un problema complejo.

Un murmullo de interés, casi de admiración, recorrió al resto de los miembros. Risas sofocadas, no de diversión, sino de fascinación pervertida.

May sonreía, su mirada recorriendo a sus "especímenes" con orgullo de creadora. Todos sabían perfectamente lo que estaban tocando. La verdadera prueba, el verdadero espectáculo, era la sumisión absoluta de las chicas a ser palpadas, comparadas y catalogadas como objetos en un experimento grotesco.

Finalmente, May dio por terminado el ejercicio. Declaró un empate técnico. Las sacó del agua. Salieron tiritando violentamente, no solo por el frío que les calaba los huesos, sino por una humillación tan profunda que había traspasado lo meramente sexual para volverse algo clínico, una disección en vivo. La pintura fluorescente se corría sobre sus pieles formando manchas grotescas y llorosas.

¿Qué pasa el próximo día?

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