More fun
Want to support CHYOA?
Disable your Ad Blocker! Thanks :)

Chapter 111 by bla12 bla12

What's next?

Magi invita a Sofia a su departamento

El día había sido larguísimo. Cada orden dada, cada mirada de dependencia recibida, había añadido un peso invisible a los hombros de Magi. Cuando las luces principales del acuario se apagaron, señalando el cierre, un silencio fatigado se instaló entre las cinco mujeres. Lara se marchó primero, con su andar seguro, pero ahora vacío. Cloe murmuró un "hasta mañana" casi imperceptible antes de escabullirse. Julia simplemente se esfumó entre las sombras de los pasillos.

Sofia se quedó un momento más, frotándose la muñeca vendada con gesto ausente. Magi la observó. La rabia de Sofia se había transformado en una tensión resignada, una especie de tregua cansada. Era la que más cerca estaba de entender la farsa, y por eso, la más peligrosa. También, la que más necesitaba un gesto, cualquier gesto, que no fuera parte del mecanismo de humillación.

—Sofia —dijo Magi, y su propia voz sonó extraña, demasiado suave en la penumbra—. Este día ha sido… largo. ¿Te apetece salir de aquí? Podríamos ir a mi casa. Tomar algo. Relajarnos un poco, lejos de… esto.

Sofia la miró con desconfianza, sus ojos entrecerrados escudriñando el rostro de Magi en busca de la trampa.

—¿A tu casa? —repitió, como si las palabras no tuvieran sentido.

—Sí. Para no estar aquí —respondió Magi, con un encogimiento de hombros que pretendía ser casual—. Para hablar de algo que no sea pH o raciones de pescado. Solo un rato.

Hubo un largo silencio. La necesidad de normalidad, por falsa que fuera, era un anzuelo poderoso. Sofia, a pesar de su recelo, asintió lentamente. Un destello de algo que no fuera resignación brilló en sus ojos: un cansancio tan profundo que aceptaba incluso esta oferta dudosa.

—Vale —aceptó, con voz ronca—. Un rato.

El trayecto hasta el apartamento de Magi fue incómodo y silencioso. Caminaron bajo la luz amarillenta de las farolas, dos fantasmas en un mundo al que ya no pertenecían. Al llegar, Magi abrió la puerta con una llave que le pesaba en la mano.

El apartamento estaba igual que siempre: pequeño, desordenado, lleno de libros polvorientos. Sofia miró alrededor con una expresión de nostalgia dolorida antes de hundirse en el sofá, como si sus huesos por fin cedieran.

Magi sirvió dos vasos de vino barato. Por un momento, solo el sonido del líquido al caer llenó el espacio. Se sentó frente a ella. El silencio no era cómodo, pero era real. No había cámaras, ni micrófonos, ni clientes.

Fue entonces cuando sonaron unos golpes suaves, casi tímidos, en la puerta. Sofia se puso tensa de inmediato, su mirada perdio el atisbo de relajación.

—¿Esperabas a alguien? —preguntó, su desconfianza regresando.

—No —mintió Magi, yendo a abrir—. Debe ser el señor Evans, mi vecino.

Abrió la puerta. Allí estaba el señor Evans, con su sonrisa benigna y falsa. Sus ojos brillaron con un interés demasiado agudo al posarse en Sofía.

—Buenas noches, Magi. Oh, veo que tienes compañía —dijo, entrando sin ser invitado—. No quiero molestar.

—No molesta —mintió Magi de nuevo, con la garganta seca—. Sofía, este es el señor Evans. Señor Evans, Sofía, una compañera del trabajo.

Sofía no se levantó. Asintió con la cabeza, una cortesía glacial.

Evans se sentó en el sillón, dominando la pequeña habitación. No hizo preguntas triviales. Se acomodó, cruzó las piernas y miró a Sofía con una fijeza perturbadora, como si estuviera recordando algo lejano.

—Sabes, Sofía —comenzó Evans, su voz suave y rasposa llenando el silencio—, me recuerdas mucho a una gata que tuve hace años. Una pequeña cosa callejera que encontré temblando bajo la lluvia, justo frente a este edificio.

Sofía se tensó, sintiendo el subtexto en cada palabra, pero no pudo apartar la mirada.

—Estaba sucia, hambrienta y llena de miedo —continuó Evans, saboreando el recuerdo—. Al principio, cuando la subí a mi casa, se resistía. Bufaba, arañaba los muebles, intentaba escapar por las ventanas. No entendía que la calle solo le ofrecía frío y peligro. No comprendía que mi apartamento, aunque cerrado, era su salvación.

Evans hizo una pausa, tomando un sorbo imaginario de aire, sus ojos clavados en los de la joven.

—Tuve que ser... firme. Enseñarle. Le di comida, le di calor, pero también le enseñé disciplina. Le enseñé que la libertad es un concepto sobrevalorado cuando tienes el estómago vacío y frío en los huesos. —Sonrió levemente, una mueca que heló la sangre de Magi—. Le tomó tiempo, pero finalmente entendió. Dejó de arañar. Dejó de intentar huir. Aprendió a quedarse quieta en mi regazo, a esperar su comida, a agradecer el techo. Aprendió que su lugar, su único lugar seguro, era conmigo. Se volvió... exquisitamente dócil.

El silencio que siguió fue espeso y tóxico. La anécdota no era sobre un animal; era una profecía. Evans no estaba contando una historia; estaba describiendo el proceso de doma que planeaba para ella.

Sofía palideció hasta parecer de cera. Entendió perfectamente. No era una invitada; era la gata callejera que acababan de meter en la casa.

Finalmente, Evans se levantó, alisándose la bata.

—Bueno, no quiero entretenerlas más. Ha sido un placer, Sofía. Espero volver a verte por aquí... muy pronto. —Se volvió hacia Magi—. Magi, ya sabes dónde estoy si necesitas... cualquier cosa. O si tu amiga necesita refugio de la lluvia.

Su mirada se encontró con la de Magi, cargada de significado y complicidad forzada.

Cuando la puerta se cerró, el silencio que quedó fue más elocuente que cualquier grito. Sofía se levantó lentamente. No hubo reclamo, ni acusación, ni mirada de traición. Solo un vacío infinito en sus ojos, como si algo en su interior se hubiera apagado para siempre al escuchar la historia de la gata.

Recogió su chaqueta, se la puso con movimientos lentos y deliberados, y caminó hacia la puerta. Al pasar junto a Magi, se detuvo un instante. No la miró. Sus palabras no fueron un reproche, sino una constatación, un susurro plano y sin vida:

—Ya veo.

Y salió, cerrando la puerta sin ruido.

Magi se quedó sola, rodeada por el silencio de su apartamento. El "ya veo" de Sofía resonó más fuerte que cualquier insulto. No había ira, solo la aceptación definitiva de que no había salvación, ni siquiera en un gesto que parecía humano. Magi había usado el último resquicio de su humanidad como carnada, y Evans había cerrado la trampa con una historia sobre un gato roto.

¿Qué pasa después del encuentro con Evans?

Want to support CHYOA?
Disable your Ad Blocker! Thanks :)