Hipnosis
No es real
Nota de la autora: Hola de nuevo, esta es mi historia con la ayuda de Lyra (una IA). Todos los personajes son mayores de edad y esta historia también contiene errores, así que pido disculpas de antemano. ¡Espero que la disfruten! :)
Historia escrita en español
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Author's Note: Hello again! This is my story, written with the help of Lyra (an AI). All characters are age legals, and this story also contains errors, so I apologize in advance. I hope you enjoy it! :)
Story written in Spanish
Capítulo 1
El aire en el departamento olía a humedad, perfume barato de vainilla y al calor sofocante del mediodía.
Stefany estaba de pie frente al espejo del armario, ajustándose la tira del brasier mientras miraba su teléfono. En la cama matrimonial, desparramado entre las sábanas revueltas, Lucas de 21 años, descansaba la cabeza sobre un par de almohadas gruesas. Tenía el torso desnudo y la mirada fija en el techo, disfrutando del silencio a medias.
La puerta de la recámara se abrió de golpe sin pedir permiso. Isabella entró con una toalla enrollada en el cabello, vistiendo apenas una camiseta floja que penas le cubría los muslos. Venía renegando con el celular en la mano.
—Oye, Stef, la lavadora otra vez se tragó el detergente y... —Isabella se frenó en seco al ver a Lucas tirado en la cama, mirándole las piernas sin el menor disimulo—. Ah, sigues aquí. Pensé que ya te habías ido a tu clase.
—Se canceló el profesor —dijo Lucas con voz perezosa, esbozando una sonrisa tranquila sin moverse un centímetro.
—Ajá, qué conveniente —resopló Isabella, aunque en lugar de salir, dio dos pasos hacia adentro y se recargó contra el marco de la puerta, cruzándose de brazos—. Stefany, dile a tu novio que deje de verme así. Desde la mañana anda con una actitud insoportable.
Stefany ni siquiera volteó del todo; solo se aplicó un poco de labial frente al espejo y soltó una risita ahogada.
—Ay, Isa, no te hagas la delicada. Ya sabes cómo es Lucas. Aparte, tú andas caminando en paños menores por todo el departamento, ¿qué querías que hiciera?
—¡Es mi cuarto también! —protestó Isabella, pero sus ojos terminaron bajando inevitablemente hacia el vientre plano de Lucas—. Lo que me revienta es que el muy cínico me dijo en la cocina que me tenía 'bajo control mental' y que por eso no le decía nada por estar en bóxer en la sala. ¡Se cree el rey del mundo el imbécil!
Lucas se acomodó sobre los codos, disfrutando el tono irritado con el que ella intentaba encubrir la tensión que le recorría el cuerpo.
—No es un juego, Isa. Sabes bien que te dije unas palabras, te miré fijamente y desde ayer tu cabeza no puede parar de justificar el querer estar cerca de mí. La hipnosis es real.
—¡Cállate la boca, Lucas, de verdad! —contestó Isabella, soltando un resoplido de pura frustración mientras caminaba hacia la cama, a pie firme, hasta quedar a medio metro de él—. La hipnosis es una de programas de televisión. Si no te he corrido a patadas es porque estás guapo, Stefany no es celosa y la verdad me das un buen taco de ojo, punto. No te des créditos que no te corresponden.
—Totalmente —intervino Sofía saliendo del baño, secándose las manos con una toalla pequeña. Llevaba unos shorts deportivos extremadamente cortos y el cabello recogido en una coleta alta—. Lucas tiene esa manía de creer que es un maestro de la manipulación. A mí me salió con la misma pendejada el martes, diciendo que me había 'programado' para que le preparara el café. Le hice el café porque se me dio la gana y punto.
—¿Ven? —dijo Isabella mirando a Sofía como buscando respaldo, aunque ya se había sentado en el borde del colchón, muy cerca de las piernas de Lucas—. Se aprovecha de que aquí somos abiertas con el tema y que no nos hacemos del rogar si hay ganas, para inventarse su fantasía de control.
Stefany caminó desde el espejo y se dejó caer al lado de Lucas, pasando una pierna sobre la cintura de él y apoyando el mentón en su pecho. Miró a sus dos compañeras con una mezcla de diversión y desinterés.
—Dejen que se lo crea, niñas. Si a él le sirve decir que nos tiene hipnotizadas para sentirse más hombre, a mí me da igual. Al fin y al cabo, si a las tres nos acomoda la situación y el muchacho cumple, que piense lo que quiera.
—Eso sí —admitió Sofía, acercándose a la cama y soltando la toalla en la silla del escritorio. Se inclinó ligeramente sobre Lucas, dejando que su escote quedara a pocos centímetros de su rostro—. Pero que no sea mamón. A ver, 'gran hipnotizador', si tanto me tienes bajo tu control, ¿por qué no haces que te traiga un vaso de agua ahorita?
—Porque no quiero un vaso de agua —contestó Lucas con una calma absoluta, deslizando una mano suavemente por el muslo desnudo de Isabella, quien ni siquiera intentó quitarlo, solo soltó un leve respingo—. Lo que quiero es que dejen de hablar tanto.
Isabella sintió la mano de Lucas apretarle la piel con firmeza. Un calor súbito le subió por el cuello, poniéndole las mejillas rojas. Miró a Stefany, esperando que su amiga dijera algo, pero Stefany solo le dio un beso perezoso a Lucas en el cuello y se acomodó mejor sobre él.
—Ves lo que te digo, Isa —murmuró Stefany con la voz ya algo agitada—. Dile que se calle la boca, pero no lo quites. Sabes que a ti también te trae con ganas desde la mañana.
—Es un idiota... —musitó Isabella, respirando más rápido mientras se inclinaba sobre la cama, atrapada en esa extraña certeza de que todo lo que estaba a punto de hacer era, sin duda alguna, 100% decisión suya.
La respiración de Isabella se volvió más pesada en cuestión de segundos. Aunque sus labios pronunciaban protestas, sus manos reaccionaron de forma completamente opuesta: se apoyaron a ambos lados de los hombros de Lucas sobre el colchón, buscando equilibrio. La toalla que llevaba en la cabeza terminó por resbalarse, dejando caer sobre sus hombros un par de mechones aún húmedos que despedían aroma a champú de frutas.
—De verdad no entiendo por qué te aguantamos esto —murmuró Isabella, inclinándose un poco más hacia él. Su mirada oscilaba entre los ojos tranquilamente confiados de Lucas y la boca de Stefany, que continuaba dejando besos perezosos a lo largo de la mandíbula de su novio—. Eres un descarado, ¿lo sabes? Un descarado total.
—Pero aquí estás, Isa —respondió Lucas sin elevar la voz, manteniendo esa cadencia pausada y firme que parecía retumbarle directamente en los oídos a la chica. Su mano ascendió lentamente por el muslo descubierto de Isabella, colándose por debajo de la tela delgada de su camiseta—. Si no quisieras estar aquí, ya te habrías ido a tu habitación a vestirte. Nadie te está sujetando.
—¡Claro que no me estás sujetando! —recalcó ella de inmediato, alzando el mentón con orgullo, aunque soltó un pequeño gemido cuando los dedos de él rozaron la parte interna de sus piernas—. Me quedo porque me da la gana. Porque si a Stefany no le importa compartirte un rato, yo no voy a ser la puritana del departamento. Pero ni te creas esa estupidez de que me convenciste con tus 'palabras mágicas'. Hago esto porque tú estás bueno y a mí me hacía falta desestresarme, nada más.
Desde el otro extremo de la cama, Sofía observaba la escena con los brazos cruzados debajo del pecho, lo que acentuaba su escote. Una sonrisa burlona se dibuja en sus labios, pero en el fondo de sus pupilas había una chispa de impaciencia que no podía disimular. Dio dos pasos lentos hacia la cama, sintiendo la alfombra suave bajo sus pies descalzos.
—Mírenla, la que decía que la lavadora no funcionaba —dijo Sofía, dejando escapar una risita raspada—. No tardaste ni dos minutos en terminar arriba de él, Isa. Deberías tener un poco más de orgullo y no darle el gusto tan rápido.
—Tú cállate, Sofía —respondió Isabella sin apartar los ojos de Lucas, cuyos dedos ya apretaban su cadera con fuerza—. Como si tú no estuvieras a punto de quitarte los shorts para meterte también. Todas sabemos perfectamente a qué entraste al cuarto.
—Yo entré a secarme las manos —se justificó Sofía con una frescura ensayada, aunque al mismo tiempo se sentaba en el otro borde del colchón, flexionando una pierna para acomodarse al lado del torso de Lucas—. Pero ya que estamos aquí y que este idiota insiste en su fantasía de que nos tiene dominadas, hay que enseñarle cómo funciona la realidad. A ver, Lucas... si de verdad nos tienes 'hipnotizadas', ordéname que me vaya. A ver si puedo o no.
Lucas giró levemente la cabeza hacia Sofía. Stefany, amoldada contra su costado, soltó una risa ahogada que vibró contra el pecho de su novio.
—No te voy a ordenar que te vayas, Sofi —dijo Lucas suavemente—. Porque la sugestión no funciona expulsando a la gente. Funciona haciendo que te quedes exactamente donde estás, convencida de que cada centímetro que te acercas a mí es una idea brillante que se te ocurrió a ti sola.
—Eres insoportable —refutó Sofía, lanzándole una mirada cargada de fastidio que se desvaneció en cuanto extendió la mano para acariciar el abdomen marcado de Lucas—. Un engreído de primera. Lo peor de todo es que sabes perfectamente cómo moverte para que no nos importe lo mamón que eres.
Stefany se incorporó ligeramente, apoyando los codos sobre el pecho de Lucas. Tenía el cabello un poco revuelto y el labial sutilmente corrido. Miró a Sofía y luego a Isabella con absoluta naturalidad, como si la escena no fuera más que la rutina diaria de cuatro personas compartiendo un espacio reducidísimo.
—Ya dejen de discutir con él, niñas —intervino Stefany, pasándole la mano a Lucas por el cabello para peinarlo hacia atrás—. Saben que entre más le responden, más se lo cree. Además, si nos ponemos a pelear nos vamos a tardar todo el día y yo tengo que entregar un reporte a las cinco. Si lo vamos a hacer, hay que aprovechar el tiempo.
—Stefany tiene razón —coincidió Isabella, aflojando los hombros y dejando que el calor del cuerpo de Lucas la envolviera por completo—. Pero que le quede claro que hoy lo hago porque yo quiero. Si mañana no tengo ganas, no hay jueguito mental que le vaya a funcionar.
Lucas no respondió con palabras. En lugar de eso, tiró con firmeza de la cadera de Isabella, obligándola a desmarcarse de su postura defensiva y a sentarse directamente sobre su regazo. Isabella soltó un jadeo sorprendido que intentó ahogar de inmediato, pero sus manos buscaron instintivamente los hombros desnudos de Lucas para sujetarse. La camiseta floja que llevaba puesta se deslizó por uno de sus hombros, dejando al descubierto la piel pálida de su espalda.
—¿Ves? —murmuró Lucas, mirándola directamente a los ojos desde abajo—. Ni siquiera intentas quitarte.
—Porque no quiero —repitió ella con tozudez, aunque su voz sonaba cada vez más grave y entrecortada—. Estás caliente, yo estoy caliente. Es biología básica, Lucas. No le busques tres pies al gato.
Sofía no esperó más. Sin decir una sola palabra, se inclinó hacia adelante y buscó los labios de Lucas con vehemencia, interrumpiendo cualquier otra objeción. Fue un beso húmedo, directo y hambriento que Lucas respondió sin prisa, manipulando la nuca de Sofía con una mano mientras la otra continuaba explorando la cintura de Isabella.
Stefany observaba la escena a pocos centímetros, respirando con agitación. La vista de sus dos compañeras de cuarto entregadas por completo al cuerpo de su novio no le provocaba la menor punzada de celos; en su mente, completamente moldeada por la sugestión invisible de Lucas, todo aquello no era más que un acuerdo conveniente, moderno y sumamente entretenido entre adultas jóvenes que compartían renta.
—Sofía, no te comas todo el pastel tú sola —bromeó Stefany, dándole un leve golpe en el muslo a su amiga cuando esta se separó de Lucas para tomar aire.
—Él empezó —reclamó Sofía con el labio inferior brilloso, ajustándose la coleta que amenazaba con deshacerse—. Además, alguien tiene que quitarle lo engreído a besos.
Isabella, sintiendo cómo la presencia de Lucas la dominaba por completo a nivel físico, comenzó a quitarse la camiseta por la cabeza sin la menor timidez. La prenda cayó a un lado del colchón, revelando su figura esbelta. El aire acondicionado del departamento apenas alcanzaba a enfriar la habitación, y la piel de los cuatro empezaba a cubrirse de una fina capa de sudor que volvía los roces aún más intensos.
—Stef, pásame la almohada de allá atrás —pidió Isabella, acomodándose sobre Lucas mientras él guiaba sus movimientos con manos firmes en sus caderas—. Este cínico no se va a salir con la suya diciendo que nos domina, pero de que sabe lo que hace, lo sabe.
—Te lo dije desde el primer día que se quedó a dormir aquí —respondió Stefany, alcanzándole la almohada a su amiga y acomodándose a su vez detrás de Lucas, rodeándole el cuello con los brazos para besarle el lóbulo de la oreja—. Lucas es terco con sus cuentos de hipnosis, pero no te va a defraudar.
—Más le vale —susurró Isabella, dejándose llevar por la embestida inicial mientras un gemido hondo se le escapaba entre los dientes, perdiéndose en el murmullo constante del ventilador de techo que giraba cansino sobre sus cabezas.
Sofía se reacomodó en la cama, acercándose a la espalda de Isabella para acariciarle la cintura mientras ambas compartían el ritmo que Lucas imponía desde abajo. La conversación entre ellas continuó de manera surrealista, entrelazando gemidos de placer con protestas absurdas sobre la falsa habilidad de Lucas.
—Es que... ah... de verdad cree que... que con mirarnos fijamente a los ojos... mmm... nos cambia el chip —decía Isabella con la voz rota, echando la cabeza hacia atrás sobre el hombro de Stefany, quien la sostenía con una sonrisa complaciente.
—Déjalo que lo crea, Isa —respondió Stefany, dándole un beso en la mejilla sudada a su compañera—. Lo importante es que no pare. Lucas, no te detengas.
—Ni pensaba hacerlo —contestó él, manteniendo un ritmo constante que enviaba ondas de choque a través de la cama.
Sofía, incapaz de mantenerse como mera espectadora por más tiempo, se quitó los shorts deportivos de un solo tironazo y se acomodó al lado de ellos, buscando la boca de Stefany mientras las manos de Lucas se repartían entre el cuerpo de Isabella y las caderas de Sofía. La habitación se transformó en un espacio de piel contra piel, donde las tres chicas actuaban bajo la absoluta convicción de que estaban ejecutando un acto de libertad y complicidad femenina, cuando en realidad cada caricia, cada suspiro y cada concesión era el resultado directo de la orden implícita que Lucas les había grabado en la mente días atrás.
—¿Ves como sí es cierto, Kennedy? —gritó de pronto Stefany hacia la mesa de noche, donde su teléfono celular pantalla arriba mantenía una llamada activa en altavoz desde hacía diez minutos.
Desde el pequeño altavoz del dispositivo, la voz distorsionada de su amiga Kennedy resonó con una mezcla de shock e incredulidad absoluta.
—¿¡Stefany!? ¿¡De verdad estás dejando que Lucas se folle a Isabella y a Sofía en la misma cama mientras tú estás ahí!? ¿¡Se volvieron locas todas en ese departamento!?
Stefany soltó una carcajada limpia y fresca, acomodándose un mechón húmedo detrás de la oreja mientras el sonido de los cuerpos al impactar llenaba el fondo de la llamada.
—¡Kennedy, ya te explicamos! —respondió Stefany al teléfono, alzando la voz por encima de los gemidos de Isabella—. Lucas sale con la mamada de que nos hipnotizó a las tres para que seamos sus 'zorritas de uso libre' o no sé qué pendejada. Pero la hipnosis no existe, tú sabes que eso es cuento de viejas. Simplemente nos llevamos muy bien, hace calor y a todas nos gusta. ¿Por qué le íbamos a decir que no?
—¡Es una locura! —gritaba Kennedy del otro lado de la línea—. ¡Hace una semana Sofía no podía ni ver a Lucas porque decía que era un ególatra insoportable! ¡Y ahora me dices que están haciendo un trío... bueno, un trío con cuatro personas!
—¡Es que sigue siendo un ególatra insoportable! —intervino Sofía, alzando la cabeza desde el hombro de Lucas para gritarle al teléfono antes de soltar un gemido agudo cuando él la apretó con más fuerza—. ¡Es un idiota! ¡Pero está muy bueno, Kennedy! ¡Si vinieras a ver no estarías criticando tanto!
—¡Están completamente mal de la cabeza! —exclamó Kennedy, aunque se notaba el tono de curiosidad morbosa en su voz—. ¡Voy para allá ahora mismo, necesito ver qué carajos les dio de tomar ese tipo!
—Trae sodas si vas a venir —contestó Isabella con la respiración entrecortada, apretando las sábanas con ambas manos mientras llegaba a un clímax intenso que le hizo arquear la espalda por completo—. Y dile a este imbécil cuando llegues que su hipnosis es una mierda.
—¡Llego en quince minutos! —sentenció Kennedy antes de colgar de golpe.
La llamada se cortó, dejando únicamente el sonido pesado de la respiración compartida en la recámara. Lucas sonrió para sus adentros, sintiendo el latido acelerado del corazón de Isabella contra su pecho y la presión suave del cuerpo de Sofía a su costado. Stefany se inclinó para darle un beso tierno en los labios, completamente ajena a la red invisible que las mantenía a todas atadas a la voluntad de su novio.
—Ves lo que provocas, mi amor —dijo Stefany con tono mimado, acariciándole la mejilla a Lucas—. Ahora Kennedy va a venir a molestarnos con lo mismo. Vas a tener que aguantarla a ella también diciendo que la intentas manipular.
—No me molesta en absoluto —respondió Lucas, deslizando las manos por la espalda de las dos chicas para atraerlas hacia él en un abrazo apretado—. Entre más vengan a comprobar que la hipnosis no existe, mejor la vamos a pasar todos en este cuarto.
Isabella suspiró, dejando caer la cabeza cansada sobre el hombro de Lucas, sintiendo una calidez reconfortante recorrerle las extremidades. A pesar del cansancio físico y del desorden en la habitación, en su mente no había la menor duda ni el menor remordimiento: estaba exactamente donde quería estar, haciendo exactamente lo que deseaba hacer, protegida por la perfecta y absoluta ilusión de su propio libre albedrío.
El timbre del departamento sonó dos veces, un chasquido metálico y seco que retumbó en el pasillo exterior.
Stefany fue la primera en moverse. Se despegó de Lucas con la piel reluciente de sudor y la respiración todavía un poco agitada, buscando a tientas la bata de seda rosa que colgaba del respaldo de la silla. Se la puso sin molestarse en abrocharla del todo, dejando al descubierto la curva del vientre y la mitad del pecho mientras caminaba descalza hacia la entrada del departamento.
—¡Ya voy, no rompas el timbre! —gritó Stefany con voz risueña, pasándose los dedos por el cabello desordenado para medio peinarse.
En la cama, Isabella se dejó caer de espaldas sobre las almohadas revueltas, tapándose los ojos con el antebrazo. Tenía las mejillas encendidas y los muslos temblando ligeramente por el esfuerzo. A su lado, Sofía se acomodó de lado, apoyando la cabeza en la cadera de Lucas mientras jugaba de forma distraída con los vellos del pecho del muchacho.
—Apuesto a que Kennedy viene armada con algún sermón de los suyos —murmuró Sofía con una risita ahogada, mirando a Lucas desde abajo—. Es una santita persignada. Seguro piensa que nos pusiste alguna sustancia en la bebida o que nos tienes bajo el efecto de un culto.
—Que piense lo que quiera —contestó Lucas con voz serena, recargándose contra la cabecera de la cama de madera. Su mano descendió por la espalda desnuda de Sofía, trazando la línea de la espina dorsal hasta la cadera—. Al final, la gente siempre busca explicaciones raras para las cosas sencillas.
—¡Exacto! —exclamó Isabella desde la almohada, descubriéndose la cara para lanzar una mirada de pura exasperación a la pared—. Eso es lo que me revienta de la gente fuera de este departamento. Ven a tres mujeres independientes disfrutando de su cuerpo y de su vida sexual sin prejuicios, y lo primero que dicen es '¡oh no, seguro las manipularon!'. Me da un coraje tremendo.
—Bueno, pero es que tú tampoco ayudas, Lucas —añadió Sofía, dándole un pellizco suave en la costilla—. Tú eres el primero que andas alimentando esa narrativa con tus bromitas de 'las miré fijo a los ojos y las programé'. Si fueras un poco menos ególatra, nadie diría nada.
—No son bromitas, Sofi —respondió Lucas, manteniendo la mirada fija en ella con una intensidad neutra, casi clínica—. La orden sigue ahí. Cada pensamiento que tienen justificando estar aquí conmigo, cada explicación 'lógica' sobre su independencia o el calor del departamento, es la prueba de que el nudo en su mente está bien amarrado.
Sofía soltó una carcajada fuerte, echando la cabeza hacia atrás sobre las piernas de Lucas.
—¡Es que eres genial! De verdad te admiro la capacidad de sostener una mentira con esa cara de póker —dijo ella, alzándose un poco para besarle la barbilla con brusquedad—. Eres un imbécil arrogante, Lucas. Pero me fascina cómo te ves cuando te crees tu propio cuento.
La puerta principal del departamento se abrió y se cerró con un golpe sordo. De inmediato, los pasos apresurados de unos tacones bajos resonaron sobre el piso de cerámica, acompañados por el tono agitado de la voz de Kennedy.
—...¡es que no puedo creerlo, Stefany! De verdad vine manejando como loca porque pensaba que estabas bromeando o que estaban ebrias —decía Kennedy mientras avanzaba por el pasillo hacia la recámara—. O sea, ¿Sofía e Isabella? ¿Las mismas que la semana pasada se quejaban de que Lucas dejaba la tapa del baño levantada y que era un flojo?
—¡Oye, lo de la tapa del baño sigue siendo verdad! —gritó Isabella desde la cama, incorporándose un poco sobre los codos.
Stefany apareció de nuevo en el marco de la puerta de la habitación, sosteniendo una lata de soda fría contra su cuello para refrescarse. Detrás de ella venía Kennedy. Vestía un pantalón de vestir oscuro y una blusa blanca de oficina, cargando un bolso grande de cuero en el hombro. Se frenó en seco en el umbral, con la boca ligeramente abierta y los ojos desorbitados al asimilar la escena.
El cuarto era un caos de sábanas desordenadas, ropa tirada en el suelo y el olor inequívoco del sexo reciente. En el centro de todo, Lucas descansaba como un soberano en su trono, escoltado por Isabella y Sofía, ambas sin ropa y completamente desinhibidas ante la presencia de la recién llegada.
—Dios mío... —susurró Kennedy, llevándose una mano a la boca mientras sus mejillas se teñían de un rojo intenso—. No estaban exagerando. De verdad están... todas aquí.
—Te lo dijimos por teléfono, tonta —dijo Stefany, dándole un sorbo a su soda y recargándose en el marco del armario—. Pasa y cierra la puerta, que el aire acondicionado se sale.
Kennedy dio dos pasos dubitativos hacia el interior, mirando la escena como si estuviera presenciando un accidente en cadena. Su mirada se cruzó por un segundo con la de Lucas, quien no hizo el menor intento por cubrirse ni por cambiar de postura.
—Lucas... ¿qué les hiciste? —preguntó Kennedy con la voz temblorosa, ajustándose la tira del bolso sobre el hombro como si fuera un escudo—. Esto no es normal. Stefany es tu novia. Isabella y Sofía son sus amigas de toda la vida. Ellas jamás hubieran aceptado algo así en circunstancias normales.
Isabella resopló con fuerza, sentándose cruzada de piernas en la cama y cubriéndose apenas la ingle con una esquina de la sábana.
—A ver, Kennedy, bájale dos rayitas a tu drama de telenovela —dijo Isabella con molestia palpable—. Nadie me hizo nada. Tengo 21 años, tomo mis propias decisiones y si decido acostarme con el novio de mi amiga en nuestra propia casa porque el tipo está buenísimo y nos llevamos bien, es mi puto problema. No necesito que vengas a rescatarme de nada.
—¡Pero Isabella! —protestó Kennedy, señalándola con un dedo tembloroso—. ¡Tú tenías novio hasta hace un mes! ¡Tú decías que la monogamia era súper importante para ti!
—Las personas cambian de opinión, Kennedy —intervino Sofía de manera pausada, acomodándose el cabello en una coleta más firme mientras miraba a su amiga desde la cama—. Nos dimos cuenta de que estábamos siendo muy cerradas. Además, Stefany no tiene problema con esto. ¿Verdad, Stef?
—Ninguno —confirmó Stefany con una sonrisa serena desde la esquina del cuarto—. Me conviene más. Lucas está feliz, las chicas están felices y a mí no me toca cargarlo todo solita. Es un arreglo moderno. Lo que pasa es que tú vives atrapada en el siglo pasado, Kennedy.
Kennedy miraba a las tres chicas de manera alterna, sintiendo una desconexión aterradora entre lo que escuchaba y lo que veía. La lógica de sus amigas sonaba extrañamente articulada, fluida y convencida, pero el comportamiento desafiaba cualquier norma de su historial personal.
—Es por lo que dijo en la llamada... —murmuró Kennedy, fijando sus ojos en Lucas con una mezcla de enojo y desconfianza profunda—. Dijiste algo sobre hipnosis. Tú les metiste esa idea en la cabeza.
Lucas dejó soltar una pequeña sonrisa de lado, apoyando la espalda contra la madera de la cama y cruzando los brazos sobre el torso.
—Yo no les metí ninguna idea, Kennedy —dijo Lucas con su voz suave y pausada—. Ellas mismas te lo están diciendo. Te están dando razones perfectas, lógicas e impecables de por qué están aquí. Si tú no quieres creerles que lo hacen por su propia voluntad, ese es tu problema de percepción, no el de ellas.
—¡Exacto! —exclamó Isabella, dándole un golpe a la sábana con la palma de la mano—. Este idiota insiste en que tiene un 'poder mental' y que me miró fijamente el lunes para hacerme su esclava. ¡Me da tanta risa! Si supiera que solo lo dejo estar conmigo porque me fascina cómo se mueve y porque tenía ganas desde hace semanas, se le caería el teatro en un segundo.
—Es una defensa psicológica —dijo Kennedy, tratando de aplicar la lógica que le quedaba—. La mente busca justificar lo que no puede explicar. Si las hipnotizaste o las sugestionaste de alguna forma, sus mentes van a crear una historia donde ellas tienen el control para no sentirse violadas o manipuladas. ¡Es un mecanismo de supervivencia!
La habitación se quedó en silencio por dos segundos, antes de que Stefany, Sofía e Isabella estallaran en una carcajada colectiva al mismo tiempo. El sonido resonó en las paredes de la recámara, una risa limpia, natural y cargada de genuina burla.
—¡Dios mío, Kennedy! —dijo Sofía secándose una lágrima de la esquina del ojo—. Te encanta teorizar todo, ¿verdad? Pareces psicóloga de TikTok. Nombra una sola prueba de que estemos 'hipnotizadas'. Una sola.
—Pues... el hecho de que estén desnudas en la cama con el novio de Stefany mientras ella se toma una soda tan tranquila —dijo Kennedy, cruzándose de brazos y manteniendo una postura rígida.
—Eso se llama no tener tabúes, tonta —respondió Stefany, caminando hacia la cama y dejándose caer al lado de Lucas de nuevo, pasándole un brazo por los hombros—. Nosotras somos abiertas. No tenemos la culpa de que tú seas una reprimida que necesita una explicación científica cada vez que ve a la gente disfrutando de su sexualidad.
Kennedy apretó los labios. Sentía la cabeza caliente. La certeza de sus amigas era tan sólida, tan aplastante, que por un segundo llegó a dudar de su propio juicio. ¿Y si de verdad eran simplemente un grupo de jóvenes adultas desinhibidas que habían decidido compartir a la misma pareja sin drama? ¿Y si la obsesión de Lucas con la 'hipnosis' era solo una fantasía de rol inofensiva que ellas le seguían para mantener el juego divertido?
—A ver, Kennedy —dijo Lucas, interrumpiendo el flujo de pensamientos de la chica. Su voz sonaba más cercana de lo que esperaba. Había cambiado de posición en la cama, quedando sentado en el borde, con los pies descalzos sobre la alfombra y la mirada clavada directamente en el rostro de ella—. Ven aquí un momento.
Kennedy dio un paso hacia atrás de manera instintiva, apretando la correa de su bolso.
—No voy a acercarme a ti —dijo ella con firmeza.
—No seas infantil —intervino Isabella desde la cama, rodando los ojos—. No te va a comer. Además, si tanto miedo tienes de su 'superpoder de hipnosis', ven y demuestra que no funciona contigo. Si te da miedo acercarte, es porque en el fondo le tienes fe a sus cuentos.
—No le tengo fe a nada —contestó Kennedy con orgullo herido.
Dio tres pasos hacia adelante hasta quedar a un metro de Lucas. El muchacho la miró de abajo hacia arriba, sosteniendo el contacto visual sin parpadear. La luz que entraba por la ventana entreabierta se reflejaba en los ojos de Lucas de una forma extrañamente fija, serena, pesada.
—Mírame bien, Kennedy —dijo Lucas con esa cadencia pausada, bajando la frecuencia de su voz apenas un tono—. Tú crees que eres distinta a ellas. Crees que tu mente es fuerte, que tu lógica de oficina y tus libros de psicología te protegen de lo que pasa en esta habitación.
Kennedy intentó desviarle la mirada para demostrar desinterés, pero descubrió que el movimiento de sus propios cuellos se sentía torpe, pesado. La mirada de Lucas parecía actuar como un ancla visual que no le permitía parpadear con facilidad.
—Yo no creo nada, yo sé que... —empezó a decir Kennedy, pero la voz se le trabó un segundo en la garganta.
—Tú sabes que este departamento es sofocante —continuó Lucas, sin elevar el volumen, dejando que las palabras cayeran con la precisión de gotas de agua sobre una superficie quieta—. Sabes que el aire afuera está hirviendo y que la blusa te aprieta en los hombros. Y sobre todo, sabes que si te quedas aquí discutiendo, es únicamente porque tenías curiosidad de ver qué se sentía estar en el lugar de Isabella y Sofía.
—Eso... eso no es verdad —murmuró Kennedy. Sin embargo, sintió una repentina ola de calor recorrerle la nuca. La blusa de lana sintética de pronto se sentía absurdamente pesada, asfixiante sobre la piel húmeda.
—Claro que es verdad —intervino Stefany, estirando la mano desde la cama para tocar el ruedo del pantalón de Kennedy—. Siempre has sido una curiosa, Ken. Desde la universidad. Te encanta hacerte la difícil, pero en cuanto ves que nos la estamos pasando bien, te mueres de ganas de meterte.
—No es así... —repitió Kennedy, pero sus dedos, casi de forma autónoma, bajaron hacia los botones de su blusa blanca. La razón le decía que debía dar media vuelta y salir corriendo por la puerta principal, pero una corriente lógica nueva, tibia y sumamente convincente comenzó a filtrarse por los rincones de su cerebro: 'Es verdad, el aire acondicionado de la sala está apagado. Hace demasiado calor aquí adentro. Desabrocharse dos botones no significa nada. Es lo más inteligente para estar cómoda mientras les explico por qué están equivocadas'.
Con dedos torpes, desabrochó el primer botón. Luego el segundo.
Sofía soltó una sonrisa victoriosa desde el fondo de la cama, recargando el mentón en el hombro de Isabella.
—¿Ven lo que les digo? —susurró Sofía—. No tardó ni cinco minutos en buscar un pretexto para quitarse la ropa. Todas la gente que viene aquí sale con el mismo cuento de la moral, pero al final la lógica del calor y la comodidad le gana a cualquiera.
—Totalmente —admitió Isabella, viendo cómo Kennedy dejaba caer el bolso de cuero al suelo con un chasquido pesado y comenzaba a descalzarse los zapatos de tacón—. Es que es imposible resistirse cuando el ambiente se pone así. Pero que le quede claro a Lucas: Kennedy se está desvistiendo porque ELLA tiene calor, no por su jueguito de las miradas.
—Obviamente —dijo Lucas, sonriendo con absoluta calma mientras observaba a Kennedy quitarse la blusa con gestos pausados, buscando acomodarse en la orilla de la cama con la misma certeza implantada que las demás—. Cada quien está aquí por sus propias y muy lógicas razones. Nadie las obliga a nada.
Kennedy se sentó en el colchón al lado de Lucas, sintiendo la firmeza del cuerpo desnudo del muchacho contra su muslo vestido. Tenía el corazón latiéndole a mil por hora, pero en su mente ya no había pánico, solo una extraña, tibia y absoluta racionalización: 'Solo me estoy acomodando. Es normal querer estar cómoda con tus amigas. La hipnosis no existe, es una estupidez. Estoy haciendo esto porque yo quiero'.
—Eres un mamón, Lucas... —susurró Kennedy, buscando la boca de él con una mezcla de frustración y deseo reprimido que estalló de golpe—. Un mamón insoportable... pero tienes suerte de que el departamento sea tan pequeño y no tengamos a dónde más ir.
Lucas la recibió en sus brazos, cerrando el círculo perfecto mientras Stefany, Sofía e Isabella se acomodaban a su alrededor en una coreografía de piel y complacencia, amarradas para siempre a la hermosa y perfecta mentira de su propio libre albedrío.
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