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Capitulo 2
La tarde avanzaba sin prisa en el departamento y la luz dorada de la última hora se filtraba por las persianas a medio cerrar, dibujando franjas de sombra y calor sobre la alfombra. El rumor constante del ventilador de techo parecía ser el único pulso en la habitación, mientras en la cama la tensión inicial había dado paso a un letargo denso, casi magnético, donde cada movimiento se volvía pesado y deliberado.
Kennedy estaba tendida de espaldas, con el cabello desparramado sobre la almohada y el rostro encendido. Respiraba de forma irregular, sintiendo todavía la vibración del calor en la piel. Tenía la blusa tirada en el suelo junto a los zapatos de oficina, y aunque su mente intentaba armar un inventario lógico de todo lo que había pasado en la última media hora, cada idea terminaba aterrizando en la misma conclusión cómoda y reconfortante.
—De verdad no puedo creer que haya terminado así —murmuró Kennedy con la voz rasposa, llevándose el dorso de la mano a la frente sudada—. Vine literalmente a sacarlas de aquí... a decirles que esto era una locura.
A su lado, Stefany soltó una risita baja, apoyando el mentón en el hombro de Kennedy mientras le acariciaba el brazo con la punta de las uñas.
—Te lo dijimos desde el principio, Ken. Te encanta hacerte la difícil y poner cara de jueza, pero en el fondo sabías que tenías ganas. Te hacía falta relajarte un poco, trabajas demasiado.
—No es eso —protestó Kennedy, aunque no hizo el menor ademán de apartar a Stefany ni de levantarse de la cama—. Es que el calor en este pasillo era insoportable. Además, si ustedes tres están de acuerdo y la están pasando bien, no tenía ningún sentido que yo fuera la única santita persignada amargándoles la tarde. Simplemente me pareció lo más maduro sumarme y ya.
Desde la cabecera, donde estaba recargado con los brazos tras la nuca, Lucas esbozó una sonrisa imperceptible. Escuchar a Kennedy hilar exactamente los mismos argumentos que Isabella y Sofía habían usado antes era la confirmación perfecta del trabajo bien hecho. La sugestión no requería cadenas ni trances visibles; bastaba con plantar una semilla de certeza en el lugar correcto para que la propia mente de la víctima construyera la jaula y le pusiera cerrojo por dentro, convencida de que estaba abriendo una puerta.
—¿Ves? —dijo Sofía, que estaba sentada en el suelo, de espaldas a la cama, pintándose las uñas de los pies con un esmalte rojo—. Te tardaste veinte minutos en inventar tu propia excusa para quitarte la ropa. Al menos Isabella y yo somos más honestas y aceptamos que lo hacemos porque Lucas está bueno.
—¡Oigan, yo no inventé ninguna excusa! —saltó Kennedy, incorporándose sobre los codos y mirando a Sofía con el ceño fruncido—. Dije la verdad. Hacía calor, la situación se dio de forma espontánea y yo tomé la decisión libre de participar. No empieces con tus jueguitos de palabras.
—Nadie está jugando, Ken —intervino Isabella desde el otro extremo, estirándose como un gato antes de abrazar una de las almohadas—. Lo que pasa es que a todas nos da un poco de coraje que este imbécil siga ahí parado, creyendo que nos tiene bajo algún tipo de 'hechizo' o mamada de la televisión. A mí lo que me molesta no es acostarme con él, es su actitud de todopoderoso.
Lucas bajó los brazos y se inclinó hacia adelante, mirando a las cuatro chicas con esa serenidad clínica que tanto las irritaba y las atraía a la vez.
—No es una actitud, Isa. Sabes bien que si estuvieras actuando por tu cuenta, jamás habrías dejado que me quedara a dormir aquí el primer día. Tu lógica normal te habría dicho que era una falta de respeto para Stefany.
Isabella resopló con fuerza, tirándole un cojín pequeño directamente a la cara, aunque Lucas lo esquivó con un movimiento rápido de cabeza.
—¡Eres un descarado! —gritó ella, sentándose de golpe con las piernas cruzadas—. Dejé que te quedaras porque Stefany me lo pidió amablemente y porque no soy una celosa neurótica. Si fuera la amargada que tú crees, te habría sacado a patadas a la calle. Me quedé porque se me dio la gana, punto. Tu 'hipnosis' es una chaqueta mental que te haces para sentirte el rey del departamento.
—Totalmente —apoyó Stefany, pasándole la mano a Lucas por el muslo para apretarlo con cariño—. Mi amor, te queremos mucho y sabes que la pasamos increíble contigo, pero de verdad ya bájale dos rayitas a tus cuentos de sci-fi. Nosotras somos mujeres jóvenes, liberales y nos llevamos bien. No necesitamos que nos 'programes' para querer pasar un buen rato.
—Exacto —agregó Kennedy, terminando de soltarse el cabello para acomodárselo sobre los hombros—. La mente humana no funciona como una computadora a la que le metes un código. Lo que pasa aquí es un fenómeno social de complicidad y deseo compartido. Si tú quieres llamarlo 'hipnosis' para alimentar tu ego masculino, allá tú, pero no nos pidas que nos creamos tu fantasía.
Lucas contempló el escenario con una fascinación silenciosa. Era una obra de arte invisible. Las cuatro estaban perfectamente alienadas de la realidad, pero su alienación era tan completa que se manifestaba como una defensa feroz de su propia autonomía. Ninguna de ellas podía ver la contradicción entre sus valores pasados y sus actos presentes porque la sugestión había reescrito el filtro con el que juzgaban sus propias acciones. En sus mentes, siempre habían sido así; siempre habían querido esto.
—Está bien —dijo Lucas alzando las manos en señal de rendición simulada—. Si ustedes dicen que es por su propia voluntad y por el calor, no voy a llevarles la contraria. Pero supongo que, ya que todas están tan convencidas de su independencia, no tienen problema con que nos quedemos aquí el resto de la tarde.
—A mí no me mires, yo no tengo nada que hacer hasta las seis —dijo Sofía, soplando sobre sus uñas recién pintadas para que se secaran rápido—. Además, el aire de la sala sigue descompuesto y allá afuera no se puede estar.
—Yo tengo que entregar un reporte —recordó Stefany, aunque no hizo el menor intento de moverse de la cama, acomodando su cabeza directamente en el regazo de Lucas—. Pero puedo mandarlo más tarde. Total, si ya perdimos la mitad del día, qué más da perder un par de horas más.
—Yo debería irme a mi casa... —murmuró Kennedy, aunque sus manos buscaban a tientas la sábana para cubrirse ligeramente, sintiendo el calor del cuerpo de Isabella a su lado—. Pero la verdad es que el tráfico a esta hora es una pesadilla. Prefiero quedarme un rato más aquí platicando y ver en qué termina esto.
—Ven lo que les digo —sonrió Lucas, pasando sus dedos por el cabello de Stefany mientras miraba de reojo a Isabella—. Todas tienen una razón impecable para no irse de este cuarto.
—¡Cállate la boca, Lucas! —protestó Isabella por enésima vez en la tarde, aunque se inclinó hacia él para darle un beso corto y agresivo en los labios antes de dejarse caer de nuevo sobre las almohadas—. Eres insoportable, de verdad. Insoportable.
El grupo se acomodó de nuevo en el espacio reducido de la recámara. La conversación fluyó durante la hora siguiente entre risas, quejas sobre la universidad, planes para el fin de semana y breves pausas donde el deseo volvía a ganar terreno de forma natural, sin prisa y sin espacio para las dudas.
Cada toque, cada concesión y cada suspiro era recibido por las chicas como una manifestación de su propia libertad recién descubierta, una prueba de lo "abiertas" y "modernas" que eran. Mientras tanto, en el centro de aquel pequeño universo distorsionado, Lucas mantenía el control absoluto en las sombras, sabiendo que la prisionera más firme es aquella que está absolutamente convencida de que posee la llave de su propia celda.
La tarde cedió el paso a una penumbra densa. El sol terminó de ocultarse tras el horizonte, dejando apenas un fulgor azulado que se filtraba entre los resquicios de las persianas. En la recámara, nadie se molestó en encender la luz. La única iluminación provenía del brillo intermitente de la pantalla del celular de Stefany, que reposaba sobre la alfombra recibiendo notificaciones desatendidas.
El aire en la habitación se sentía denso, impregnado de ese calor persistente que la noche no lograba disipar. Kennedy estaba echada sobre el costado izquierdo de la cama, descansando el mentón sobre la palma de su mano. Tenía la mirada perdida en las sombras del techo, mientras los dedos de la otra mano trazaban líneas invisibles sobre la sábana revuelta.
—Sigo pensando en mi trabajo —murmuró Kennedy, rompiendo el largo silencio con una voz que sonaba grave y rasposa por el cansancio—. Mi jefe me envió tres correos desde las cuatro. Se supone que yo era la persona responsable en el proyecto de esta semana.
Sofía, que estaba acomodada cerca de los pies de la cama con una pierna doblada y la otra colgando hacia el suelo, dejó escapar una risita ahogada antes de responder.
—Ay, Kennedy, ya vas a empezar con tus culpas de empleada del mes. Mañana inventas que se fue la luz en tu zona o que se te descompuso la máquina. Nadie se va a morir porque te hayas tomado unas horas para ti.
—No es culpa, Sofía —se justificó Kennedy de inmediato, girando la cabeza para mirarla a través de la penumbra—. Es simple sentido de la responsabilidad. Lo que pasa es que a mí me extraña de mí misma haber mandado todo a la mierda tan rápido. Yo no soy así. Si me quedé, fue únicamente porque la plática estaba interesante y porque el ambiente aquí adentro terminó sofocándome tanto que me dio flojera vestirme y salir a pelear con el tráfico.
—Claro, Ken —dijo Stefany desde el centro del colchón, acomodándose mejor contra el torso de Lucas, a quien usaba como almohada—. Di que fue por el tráfico y por la flojera. Si eso te ayuda a no sentirte mal por haberte descocado un rato con nosotros, nosotras te seguimos el cuento.
—¡No es ningún cuento! —reclamó Kennedy, alzando un poco la voz para hacerse oír sobre el murmullo continuo del ventilador—. Es la explicación más lógica. ¿O qué? ¿Vas a salir tú también con la babosada de que Lucas me miró fijamente y me dobló la voluntad como si fuera un muñeco de trapo? Por favor, Stefany, ten un poco de criterio.
Stefany soltó una carcajada suave que hizo vibrar el pecho de Lucas. Le pasó una mano por las costillas a su novio antes de contestarle a su amiga.
—Yo no he dicho nada de eso. Sabes perfectamente que yo soy la primera en decirle a Lucas que sus teorías de hipnosis son una mamada para inflarle el ego. Si te quedaste es porque quisiste, igual que nosotras tres. Pero me da risa cómo necesitas armar todo un ensayo justificativo para aceptar que tenías ganas de estar aquí.
Lucas no decía nada. Mantenía la mirada fija en el techo, sintiendo el peso combinado de los cuerpos de las chicas a su alrededor. Escuchar cómo construían y defendían sus propias narrativas era la parte más fascinante del proceso. La sugestión profunda no destruía el intelecto ni la capacidad de razonar de la víctima; al contrario, utilizaba esa misma inteligencia para fabricar argumentos impecables que blindaran la ilusión. Entre más inteligentes eran, más elaboradas y convincentes resultaban las excusas que creaban para justificar su sometimiento.
Isabella, que había estado callada en una esquina de la cama abrazada a sus rodillas, suspiró profundamente y se pasó la mano por la cara.
—A mí ya me está dando hambre —anunció Isabella, cambiando de tema de forma tajante—. Y no pienso cocinar. Si Lucas cree que por tenernos aquí descansando le vamos a hacer la cena, está muy equivocado.
—Nadie les ha pedido que cocinen —dijo Lucas con voz tranquila, rompiendo su silencio. Su tono pausado pareció llamar la atención de las cuatro de inmediato—. Si tienen hambre, podemos pedir una pizza o algo rápido.
—No, no, no —interrumpió Isabella, señalándolo en la oscuridad con un dedo acusador—. Ni me mires con esa cara de santito. Ya te vi las intenciones. Crees que porque estamos todas aquí en tu cama nos vas a traer como sirvientas o nos vas a ordenar qué comer. Si pedimos pizza es porque A MÍ se me antoja la pizza, no porque tú lo sugieras.
—Isabella, tranquilízate —pidió Sofía, soltando un resoplido exasperado—. Nadie está diciendo que nos vas a servir. Lucas solo dijo de pedir comida. Te pones a la defensiva por unas pendejadas que de verdad asustan. Pareces paranoica.
—¡No soy paranoica! —se defendió Isabella, acomodándose el cabello detrás de las orejas con ademanes bruscos—. Lo que pasa es que me molesta la vibra con la que dice las cosas. Siempre habla como si supiera algo que nosotras no. Como si tuviera el control de la habitación. Me choca esa actitud de manipulador de quinta.
—Pues si tanto te choca, vestirte e irte a tu cuarto te toma diez segundos —comentó Stefany con indiferencia, estirando el brazo para alcanzar su teléfono de la alfombra—. La puerta está a tres pasos. Nadie te tiene amarrada a las cobijas, Isa.
Isabella se quedó en silencio un momento. Miró la puerta de la habitación, que permanecía entreabierta dejando ver la oscuridad del pasillo del departamento. Por un instante, una ráfaga de duda cruzó por su mente; una sensación extraña, como si una voz muy lejana le dijera que cruzar ese umbral era lo correcto. Pero en cuestión de milisegundos, la orden implantada en su subconsciente sofocó el pensamiento de raíz, reemplazándolo con una oleada de cansancio y comodidad artificial.
—No me voy a ir a mi cuarto porque este cuarto también es mío —respondió Isabella, cruzándose de brazos y recargando la espalda contra la pared—. Además, la sala está hecha un asco y el aire de allá no sirve. Me quedo aquí porque el colchón es más cómodo y porque no tengo ganas de estar sola. No le voy a regalar el espacio a este idiota nada más porque me caiga mal su ego.
—Lo que yo decía —murmuró Sofía con una sonrisa burlesca—. Puras excusas para no despegarse de él.
—¡Tú te me callas, Sofía! —soltó Isabella, aunque en su voz ya no había coraje real, solo una inercia de protesta que se desvanecía rápidamente—. Tú eres la menos indicada para hablar, que llevas dos horas colgada de su pierna como si fueras un perro de cobrador.
Sofía no se molestó en negar la acusación. En lugar de eso, se despegó del borde de la cama y se arrastró hacia el centro, acomodándose entre Lucas y Kennedy.
—A mí no me da pena admitir que la estoy pasando bien —dijo Sofía con desfachatez, pasando una mano por el vientre plano de Lucas—. Si tengo ganas de estar cerca de él, me acerco y ya. No me pongo a inventar que es por el aire acondicionado o por el tráfico como Kennedy, ni me hago la indignada como tú. Soy práctica. Stefany no tiene celos, Lucas no es feo y la tarde estaba aburrida. Es matemática simple.
Kennedy se giró levemente, mirando a Sofía con cierta recelosidad.
—Matemática simple o no, la situación sigue siendo rarísima —comentó Kennedy, aunque su mano, de forma casi inconsciente, se posó sobre el hombro desnudo de Lucas mientras hablaba—. O sea, piénsenlo un segundo con la cabeza fría. Si le contamos esto a cualquiera de la facultad, dirían que perdimos la cabeza. Cuatro mujeres metidas en la misma cama con el mismo tipo durante seis horas seguidas, discutiendo sobre si existe o no la hipnosis mientras nos turnamos para estar con él... Suena desquiciado.
—Suena desquiciado porque la gente afuera es súper conservadora y vive reprimida —respondió Stefany, encendiendo la pantalla de su celular y navegando por una aplicación de comida a domicilio—. La gente no puede entender que un grupo de amigos adultos pueda romper los tabúes sin que haya un drama de por medio. Nosotras somos más avanzadas que eso. No necesitamos etiquetas pendejas ni exclusividades tóxicas.
—Exacto —coincidió Sofía, reclinando la cabeza sobre el hombro de Kennedy—. Lo que pasa es que la sociedad te enseña a sentir culpa por cualquier cosa que se salga de lo normal. Pero si lo piensas bien, ¿a quién le estamos haciendo daño? A nadie. Stefany está feliz, nosotros estamos felices y Lucas... bueno, Lucas está viviendo su fantasía de macho alfa, pero mientras no nos joda con sus discursos de control mental, todos ganamos.
Lucas sonrió en la penumbra. El mecanismo funcionaba con una precisión quirúrgica. Las víctimas no solo aceptaban su condición, sino que la racionalizaban como una victoria ideológica personal. Se sentían "libres", "modernas" y "avanzadas", cuando en realidad cada una de sus ideas sobre la modernidad y la libertad dentro de ese cuarto había sido meticulosamente sembrada para evitar cualquier brote de resistencia.
—Bueno, ¿van a pedir la pizza o nos vamos a morir de hambre discutiendo sociología de bar? —interrumpió Isabella, dejando caer la cabeza hacia atrás sobre la pared.
—Ya la estoy pidiendo —contestó Stefany tecleando en la pantalla—. Pediré dos familiares de hawaiana y pepperoni. Lucas, tú pagas.
—Me parece justo —aceptó Lucas tranquilamente.
—Faltaba más —dijo Isabella con tono sarcástico—. El 'gran maestro del control mental' pagando la cena de sus 'esclavas'. Qué gran dominador resultaste ser.
Todas soltaron una risa ligera ante el comentario de Isabella. El ambiente en la habitación volvió a relajarse, recuperando esa atmósfera de complicidad tibia y pesada.
Kennedy se acomodó mejor en la cama, sintiendo cómo el cansancio del día terminaba por vencer sus últimas defensas. La idea de levantarse, vestirse, tomar sus cosas e irse a su casa se le figuraba ahora como una tarea titánica, absurda y completamente innecesaria. En su cabeza, la narrativa ya estaba firmemente asentada: 'Es demasiado tarde para manejar. Ya estoy aquí, la comida viene en camino y las chicas son mis amigas. Irme ahora solo demostraría que soy una insegura. Me quedo a dormir y mañana temprano me voy directo a la oficina. Es la decisión más práctica'.
Stefany dejó el teléfono a un lado y se acurrucó de nuevo al lado de Lucas, pasándole un brazo por la cintura con la confianza absoluta de quien se sabe dueña de su espacio.
—Llega en media hora —anunció Stefany con voz adormilada—. Lucas, no te muevas, estás muy caliente y la habitación se enfría rápido cuando apagan el ventilador.
—No me voy a mover —prometió él, acariciándole la espalda con lentitud.
Sofía cerró los ojos, apoyando la mejilla en el pecho de Lucas, mientras Isabella, cediendo finalmente a la pesadez de sus propios párpados, se dejó deslizar por la pared hasta quedar acostada al otro extremo de la cama matrimonial, rozando las piernas de Kennedy.
Nadie encendió la luz. Nadie cuestionó el silencio que siguió. En la penumbra de la habitación, las cuatro chicas descansaban plácidamente, envueltas en la tibia y reconfortante certeza de que cada una de ellas estaba allí por su propia voluntad, tomando sus propias decisiones, completamente ciegas a la mano invisible que movía los hilos de sus mentes.
El sonido del timbre volvió a romper el silencio de la habitación media hora después. La luz de la pantalla del teléfono de Stefany iluminó de nuevo el techo, confirmando la notificación del repartidor en la puerta principal.
—Ay, no... yo no me voy a levantar —murmuró Isabella desde la esquina de la cama, acomodándose la almohada debajo de la cabeza sin abrir los ojos—. Que vaya el 'gran maestro de la hipnosis'. Que use su telequinesis para traer la pizza.
—Voy yo —dijo Lucas con la voz tranquila.
Se despegó con suavidad del centro de la cama, deslicándose entre los cuerpos de las chicas que se acomodaron instintivamente en el espacio vacío que él dejaba. Lucas se puso unos shorts de algodón que estaban tirados junto a la mesa de noche y salió descalzo hacia la entrada del departamento.
En la cama, la luz dorada del pasillo que entró por la puerta entreabierta iluminó brevemente a las cuatro. Stefany se giró sobre un costado, estirando los brazos con pereza, mientras Kennedy se incorporaba despacio, pasándose las manos por el rostro sudado para espantar el sueño.
—De verdad siento que el tiempo aquí adentro pasa distinto —comentó Kennedy en un susurro, mirando la sombra de la puerta—. Siento como si llevara tres días encerrada en esta habitación.
—Es el calor, Ken —respondió Sofía, arrastrándose hacia la cabecera para recargar la espalda—. Y que no has comido nada. En cuanto le des dos mordidas a la pizza se te quita el mareo y la paranoia.
—No es paranoia —insistió Kennedy, aunque su tono ya no tenía la firmeza defensiva de antes; era una protesta cansada, casi automática—. Es solo que... miren cómo estamos. Mírense ustedes. Parece que estuviéramos en una especie de trance raro. Ninguna se ha puesto la ropa en horas.
Isabella soltó un resoplido desde su esquina, abriendo un ojo para mirarla.
—Kennedy, por favor, ya no empieces otra vez con el disco rayado. Nadie se ha puesto la ropa porque hace un calor del demonio en este departamento y porque a ninguna nos da pena vernos. Stefany y yo llevamos viviendo juntas dos años, nos hemos visto en cueros mil veces. Y con Sofía es lo mismo. La única que se espanta de ver piel eres tú porque vives sofocada en tu departamento de soltera.
—¡Exacto! —apoyó Stefany, sentándose con las piernas cruzadas sobre la sábana—. Si nos pusiéramos la ropa solo para 'guardar las apariencias' entre nosotras, sería súper falso. Estamos en confianza. Aparte, Lucas ya nos vio a todas, ¿qué sentido tiene andar jugando a las pudorosas a estas alturas? Sería una pérdida de tiempo.
Kennedy se quedó en silencio, procesando la respuesta. En su mente, la lógica de Stefany sonaba extrañamente sólida, irrebatible. 'Es verdad', pensó Kennedy para sus adentros, sintiendo una corriente tibia de alivio recorrerle la nuca. 'Sería ridículo ponerme la blusa ahora solo por orgullo. Estamos en confianza. Es mucho más cómodo estar así'.
Unos segundos después, Lucas regresó a la habitación cargando las dos cajas de pizza humeantes. El olor a queso fundido y carne llenó el espacio de inmediato, despertando el apetito de las cuatro. Lucas dejó las cajas en el centro de la cama, sobre una toalla limpia que agarró del respaldo, y se sentó cruzado de piernas a un costado.
—A comer —dijo simplemente.
Durante los siguientes quince minutos, la recámara se transformó en un picnic improvisado en la penumbra. Las chicas se acomodaron alrededor de las cajas, devorando las rebanadas entre risas cortas, quejas sobre el exceso de grasa y sorbos a la soda fría que Stefany había traído de la cocina. Por un momento, la atmósfera era casi la de una reunión universitaria cotidiana, una noche normal entre amigos compartiendo cena en el piso.
Sin embargo, a medida que el hambre cedía, la tensión contenida en la habitación volvía a densificarse. El calor de la noche pegajosa, el contacto inevitable de las pieles descubiertas al estirarse por una rebanada y el aroma del sexo previo que aún flotaba en el ambiente comenzaron a surtir efecto.
Sofía fue la primera en terminar. Dejo el plato de cartón a un lado, se limpió los dedos con una servilleta y se desmó suavemente por el colchón hasta quedar tendida de lado, apoyando la cabeza directamente sobre el muslo desnudo de Lucas.
—Estaba buena la pizza —suspiró Sofía, cerrando los ojos mientras la mano de Lucas, de forma natural, empezaba a acariciarle la espalda baja—. Pero ahora me dio más sueño... o más flojera.
—Es la marea alcalina —dijo Kennedy, acomodándose a su vez cerca de ellos, recargando su hombro contra el de Lucas sin el menor indicio de duda—. El cuerpo gasta energía en digerir.
—O es que este idiota nos volvió a contagiar sus ganas —murmuró Isabella, aunque ya no había agresividad en sus palabras. Se había acercado tanto que su rodilla rozaba la cadera de Lucas. Miró la mano de él subir y bajar por la cintura de Sofía—. Miren cómo nos tiene otra vez a todas alrededor. Si no supiera que es pura coincidencia, diría que el tipo tiene imán.
Stefany, que estaba al otro lado de Lucas, soltó una risita baja y se inclinó para besarle el cuello a su novio, dejando un rastro de humedad sobre su piel.
—No es imán, Isa. Es que el muchacho sabe dónde tocar y a ninguna de nosotras le gusta quedarse con las ganas. ¿Verdad, mi amor?
Lucas no respondió con palabras. En lugar de eso, deslizó la mano que tenía en la espalda de Sofía hacia arriba, sujetándole la nuca con firmeza y trayéndola hacia él para darle un beso profundo, directo y hambriento. Sofía respondió al instante, rodeándole el cuello con los brazos y dejando escapar un gemido ahogado que resonó con fuerza en la recámara silenciosa.
Isabella observó la escena a escasos centímetros. Sintió una punzada repentina en el vientre, una descarga de calor líquido que le hizo apretar los muslos.
—Ves lo que te digo... —susurró Isabella con la respiración volviéndose agitada—. Es un descarado. Ni siquiera espera a que terminemos de limpiar las cajas.
—Pues no te quedes mirando, tonta —dijo Stefany con la voz ya grave, acercándose por detrás de Lucas para lamerle el lóbulo de la oreja mientras sus manos descendían hacia los shorts de él—. Sabes que no vas a aguantar mucho tiempo de espectadora.
—No es que no aguante... —se justificó Isabella, aunque su mano ya se estaba desplazando hacia el abdomen marcado de Lucas, buscando sentir la firmeza de su piel—. Es que si ustedes van a empezar de nuevo, yo no me voy a quedar a un lado sintiéndome excluida en mi propia cama. Sería estúpido.
—Totalmente estúpido —coincidió Kennedy con la voz entrecortada, viendo cómo Lucas se despojaba de los shorts de un solo movimiento, quedando completamente desnudo de nuevo ante ellas.
Kennedy sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. La última barrera de su resistencia consciente se desintegró por completo bajo la aplastante certeza de su propia racionalización: 'Estoy aquí. Ya comí. Las chicas lo están disfrutando y no hay razón para reprimir lo que siento. Es pura química corporal. Sería absurdo negarme a sentir placer solo por mantener una postura moralista que a nadie le importa'.
Sin pensarlo dos veces, Kennedy se inclinó sobre la cama y buscó los labios de Isabella, besándola con una avidez que sorprendió a ambas. Isabella respondió de inmediato, tomando a Kennedy por la cintura y tirando de ella sobre el colchón, entrelazando sus piernas descubiertas en una danza de roces húmedos y suspiros contenidos.
Lucas tomó el control de la escena con la calma dominadora de quien mueve piezas en un tablero donde cada jugada ya ha sido calculada. Tiró de Sofía para acomodarla debajo de él, mientras sus manos exploraban con fuerza las caderas de Stefany, quien se posicionó a su lado, buscando el contacto de su piel con una devoción casi febril.
—Mírense —murmuró Lucas con esa voz grave, pausada y resonante que parecía instalarse en el fondo de los pensamientos de las cuatro—. Cada una haciendo exactamente lo que quiere. Cada una convencida de su propio deseo.
—¡Cállate... ahhh! —gemió Sofía cuando Lucas la penetró de un solo impulso firme, haciéndola arquear la espalda por completo y apretar los dedos contra las sábanas—. ¡Cállate la boca y muévete...! ¡No digas pendejadas ahora!
—Es que no puede evitarlo —dijo Stefany con una sonrisa entrecortada por la agitación, acomodándose sobre el pecho de Lucas para besarlo con desesperación mientras él mantenía el ritmo sobre Sofía—. Tiene que decir sus frases de control... pero a mí me encanta cuando se pone así...
El sonido de los cuerpos al impactar, el choque de la piel sudada y los gemidos que comenzaban a elevarse en tono llenaron cada rincón de la recámara. Isabella y Kennedy, a pocos centímetros de ellos, se acariciaban y se besaban con una intensidad desbocada, contagiadas por el ritmo implacable que Lucas imponía en el centro de la cama.
—Isabella... —jadeó Kennedy, separándose un segundo de sus labios, con los ojos nublados por el placer y el rostro completamente rojo—. Esto... esto se siente demasiado bien...
—Te lo dije... mmm... te lo dije, Ken —respondió Isabella, sujetando a Kennedy por las naderas para pegarla más a ella mientras miraba sobre su hombro cómo Lucas embestía a Sofía con una fuerza constante—. Este imbécil... sabe exactamente lo que hace... Auh... Stefany, pásamelo a mí... no te lo quedes todo tú...
—Compartan, niñas —dijo Stefany con una risa ahogada, haciéndose a un lado para dejar que Isabella se acomodara sobre el torso de Lucas, buscando su boca mientras Sofía continuaba recibiendo sus embestidas desde abajo con gemidos cada vez más agudos y continuos.
La habitación se convirtió en una tormenta sensorial de piel, calor y fluido. Lucas no daba tregua. Cambiaba de posición con una soltura calculada, guiando a las chicas como un director de orquesta invisible. Pasó de Sofía a Isabella, haciéndola gemir contra la pared con una intensidad que ahogaba cualquier atisbo de sus protestas previas; luego tomó a Kennedy, quien se entregó por completo, aferrándose a los hombros de Lucas con las uñas clavadas en su espalda, soltando jadeos altos que resonaban en el pasillo exterior.
—¡Dios mío, Lucas! —gritaba Kennedy con la cabeza tirada hacia atrás, fuera de sí, sintiendo cómo una ola de espasmos eléctricos la recorría de pies a cabeza—. ¡Joder, joder...! ¡No pare... no pares!
—¿Ves como no querías irte? —le dijo Stefany al oído a Kennedy, acariciándole el pecho sudado mientras la ayudaba a sostener el ritmo contra Lucas—. Te ibas a perder de esto por andar de persignada.
—¡Tenías razón! —admitió Kennedy entre gemidos descontrolados, entregada al clímax que la hacía temblar entera—. ¡Tenías razón, Stefany! ¡Esto es increíble!
Sofía e Isabella se unieron al roce, besándose entre ellas y acariciando el cuerpo de Lucas a medida que él cambiaba el ángulo, llevando a cada una al límite una y otra vez. Las explicaciones lógicas se volvieron más difusas, pero la premisa central permanecía inalterable en sus mentes: todo aquello era una manifestación suprema de su propia libertad, un festín de placer decidido y ejecutado por ellas mismas.
El ritmo en la habitación se volvió frenético. Stefany tomó su turno arriba de Lucas, moviéndose con una cadencia salvaje mientras Isabella y Sofía le sujetaban las manos y Kennedy le besaba el cuello desde atrás. Los gemidos de las cuatro chicas se entrelazaron en un solo coro álgido, una sinfonía de rendición absoluta disfrazada de emancipación.
—¡Lucas... me voy a venir... me voy a venir contigo! —gritó Stefany, arqueando la cadera con violencia mientras un orgasmo devastador la sacudía entera.
Casi en cadena, contagiadas por la intensidad del momento y por la cercanía física, Isabella, Sofía y Kennedy cayeron juntas en el mismo abismo de placer, soltando gritos ahogados y aferrándose las unas a las otras sobre el colchón, mientras Lucas alcanzaba su propio clímax, llenando la atmósfera de un calor denso y definitivo.
El silencio volvió a la recámara minutos después, pesado y sofocante.
Los cuatro cuerpos quedaron tendidos en un enredo de brazos, piernas y sábanas húmedas. La respiración agitada de las chicas fue cediendo lentamente, convirtiéndose en un murmullo pausado. Kennedy estaba recostada sobre el pecho de Lucas, con una sonrisa adormilada y satisfecha en los labios, mientras Stefany le acariciaba el cabello a Sofía y esta última descansaba su pierna sobre la de Isabella.
—Eso fue... desquiciado —murmuró Isabella con la voz casi extinta, cerrando los ojos con una paz absoluta—. De verdad desquiciado.
—Pero no me vas a decir que no estuvo increíble —dijo Sofía con una sonrisa perezosa desde la almohada.
—Estuvo increíble —admitió Isabella sin dudarlo—. Pero te juro, Lucas, que si mañana vuelves a salir con tu mamada de que nos 'hipnotizaste' para que hiciéramos esto, te tiro la comida a la basura.
Stefany soltó una carcajada suave, besando la mejilla de su novio.
—Déjalo, Isa. Que piense lo que quiera. Al final del día, nosotras sabemos perfectamente por qué estamos aquí y de quién fue la idea.
Lucas no dijo nada. Se limitó a sonreír en la penumbra, cerrando los ojos mientras sentía el abrazo apretado de las cuatro chicas a su alrededor, atrapadas para siempre en la perfecta, dulce e inexpugnable prisión de su propio libre albedrío.
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Pueden continuar con la historia, pero el cual respetando las reglas
1.- No matar a los personajes.
2.- Nada de menores de edad.
3.- No seas cliché.
4.- Hagan lo que puedan.
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