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Chapter 102 by bla12 bla12

¿Qué pasa el próximo día?

Inauguración de muestra

La orden no llegó como un anuncio oficial en el acuario. Fue un susurro que le erizó el vello de la nuca mientras Magi fregaba con furia el suelo de un pasillo secundario, intentando que la lejía borrara el rastro de su propia piel. May se inclinó; su aliento, tan frío como el tanque de los pingüinos, rozó su oído.

—Valence inaugura su exposición esta noche. Fracturas. Solo irás tú. Te espero en la oficina a las ocho. Viste algo… apropiado.

La palabra "apropiado" vibró como un latigazo. No era una sugerencia, sino el preámbulo de una expectativa aterradora.

A las ocho en punto, Magi se detuvo ante el despacho de May. Llevaba su único vestido de noche: negro, corto, una reliquia de su vida universitaria que ahora le quedaba grande, colgando de sus hombros demacrados como una piel prestada. Se sentía ridícula, una niña disfrazada para una función macabra.

May abrió la puerta. Su mirada crítica recorrió cada centímetro de su figura.

—Adecuado —murmuró, con la frialdad de quien inventaría un inventario—. La simplicidad funciona. No distrae del producto.

De un perchero extrajo una chaqueta de smoking masculina, pesada y excesiva, y se la colocó sobre los hombros sin delicadeza.

—Para la profesionalidad. Vamos.

La galería era un cubo blanco y estéril, un quirófano de arte donde los focos creaban pozos de luz dramáticos. Y allí, en las paredes, estaban los trofeos. Las fotografías de Magi dominaban la sala central a un tamaño monumental y obsceno. Su cuerpo era un estudio de sombras: la máscara steampunk, el cuero mordiendo la carne, la red inmovilizadora. Pero lo que más dolía eran sus ojos tras las rendijas de metal: vacíos, resignados, terriblemente humanos en su derrota.

Valence se acercó, impecable, con una copa de champagne que brillaba como el oro.

—Magi. Perfecta. Serás mi asistente especial —sentenció, entregándole una tablet—. Aquí tienes la narrativa de cada pieza. Preséntalas. Sé… descriptiva.

La tablet pesaba como una losa. Mientras May se desvanecía entre la multitud, Magi comprendió su función: ella era la nota al pie de página de su propia humillación.

Los invitados eran una versión refinada de los clientes del bar. Coleccionistas y críticos que disecaban el dolor con vocabulario culto. Magi sentía cómo escaneaban la figura viva, pálida y temblorosa, para compararla con la imagen glorificada en la pared.

—Disculpe —una mujer con gafas de carey señaló la foto donde Magi forcejeaba por respirar—. ¿Podría explicarme la técnica de iluminación aquí?

Magi miró la pantalla. Sus dedos temblaron. La ficha decía: "Serie 'Aliento Controlado'. Luz cenital para acentuar la vulnerabilidad. La máscara crea un contraste entre la frialdad industrial y el calor orgánico de la sumisión".

—Es… luz cenital —articuló Magi. Su voz sonó quebrada—. Para acentuar la vulnerabilidad.

—Fascinante —murmuró la mujer—. Captura la agonía de la contención. Es una pieza de una potencia comercial increíble.

"Potencia comercial". La frase golpeó a Magi. Su pánico, su asfixia real de aquella tarde, tenía un precio de cinco cifras. No era solo arte; era un activo financiero.

Poco después, un hombre con barba señaló la serie de la pecera, donde el agua apenas cubría su desnudez.

—La distorsión acuática es brillante. ¿Es una metáfora de la memoria?

Magi leyó mecánicamente: "Simboliza la pérdida de la identidad y la fluidez de la moral bajo presión".

—Sí —mintió Magi, y por primera vez, algo hizo clic en su mente. Si su identidad estaba perdida, entonces este cuerpo en la pared ya no era suyo. Era un objeto que ella estaba ayudando a vender—. Simboliza… la fluidez de la moral.

Con cada interacción, el dolor visceral se transformaba en concepto. Al usar palabras como "textura", "simbología" y "estética", Magi empezó a distanciarse de la mujer de las fotos. Si podía hablar de su propio despiece emocional como si fuera una experta externa, quizá el dolor dejaría de quemar.

May la observaba desde lejos, sonriendo con una satisfacción absoluta. No solo la había quebrado; la había convertido en la comercial de su propia ruina.

Al final de la noche, cuando la sala quedó en silencio, Valence se acercó.

—Un trabajo impecable. Tu comprensión íntima del material le dio una autenticidad invaluable. Los coleccionistas están impresionados con el valor que aportaste a la obra.

No era un cumplido humano. Era el informe de un accionista.

—Sí —coincidió May, posando una mano fría en el hombro de Magi—. Supo representar el valor del producto. Vámonos.

En la camioneta, Magi miró por la ventana. Las palabras de la tablet —vulnerabilidad, sumisión, fractura— flotaban en el cristal. May no solo había vendido su cuerpo; le había robado el lenguaje para describirse a sí misma.

Sin embargo, en un rincón oscuro de su psique, Magi sintió un escalofrío de alivio enfermo. Si su sufrimiento tenía "valor", si era "arte" y "profesionalismo", entonces no era una tragedia estúpida. Era un trabajo. Y esa lógica retorcida, esa despersonalización estética, era la única balsa que le quedaba para no ahogarse en la realidad de lo que le habían hecho.

¿Qué pasa el próximo día?

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