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Chapter 4 by Locoloco
quien es la siguiente?
Hinata Hyuga
Eran las seis de la tarde. El sol comenzaba a descender, pintando el cielo de tonos naranjas y rosados. Naruto estaba en el claro de entrenamiento habitual, el mismo donde pasaba horas perfeccionando sus jutsus. Hoy, sin embargo, no había estado entrenando realmente. Había estado esperando.
Porque sabía que ella vendría.
Siempre venía.
La había notado desde la Academia. Siempre presente, siempre mirando. Sus ojos blancos y pálidos lo seguían a todas partes como dos lunas gemelas, llenas de una devoción que rozaba lo enfermizo. Se escondía detrás de los árboles cuando él entrenaba, se sonrojaba cuando él la saludaba, y tartamudeaba hasta el punto de la incoherencia cuando él se acercaba. Era la definición misma de una acosadora tímida.
Y era perfecta.
Desde el borde del claro, oculta tras el tronco de un gran roble, Hinata Hyuga lo observaba. Su cabello azul oscuro enmarcaba un rostro pálido y delicado. Llevaba su chaqueta gris habitual, los dedos retorciendo nerviosamente el borde de la tela. Sus ojos blancos, sin pupilas visibles, estaban fijos en la figura rubia que se movía con gracia felina en el centro del claro.
Está tan fuerte... pensó ella, sintiendo que el calor le subía a las mejillas. Sus movimientos son tan seguros... tan poderosos...
Llevaba años observándolo. Desde que eran niños, aun cuando era el paria de la aldea y ella la heredera tímida del clan Hyuga. Lo había visto caer, levantarse, luchar, llorar, sonreír. Lo había visto convertirse en el shinobi que era hoy. Y cada día, su amor por él crecía más y más, un fuego silencioso que consumía sus pensamientos.
Pero nunca había tenido el valor de confesarse. Nunca había sabido cómo acercarse. Así que se conformaba con esto: observarlo desde las sombras, atesorando cada momento robado.
Hoy, sin embargo, algo era diferente.
Naruto dejó de moverse. Se quedó quieto en el centro del claro, su pecho subiendo y bajando con la respiración. Y entonces, sin volverse, habló.
—Puedes salir, Hinata. Sé que estás ahí.
Ella sintió que el corazón se le detenía. ¿Cómo... cómo lo sabía? Su primer instinto fue salir corriendo, desaparecer, enterrarse en un agujero y morir de vergüenza. Pero sus pies no la obedecieron.
—Lo s-siento... —tartamudeó, dando un paso vacilante fuera del escondite—. No q-quería molestarte... yo solo...
—No me molestas —la interrumpió él, volviéndose lentamente para mirarla.
Sus ojos azules se encontraron con los blancos de ella, y Hinata sintió que las piernas se le debilitaban. La sonrisa de Naruto era diferente hoy. Más segura. Más... hambrienta.
—Siempre vienes a verme entrenar, ¿verdad? —continuó él, dando un paso hacia ella—. Desde la Academia. Siempre estás ahí. En los árboles, detrás de las rocas, en las esquinas. Siempre mirando.
Hinata sintió que se sonrojaba hasta la raíz del cabello. Las lágrimas de vergüenza comenzaron a acumularse en sus ojos.
—L-lo siento... sé que es extraño... sé que debería... —su voz se quebró—. No p-puedo evitarlo... eres tan... tan...
—¿Tan qué? —preguntó él, deteniéndose a solo unos pasos de ella.
—Tan i-increíble —susurró ella, sin atreverse a levantar la vista—. Eres lo más increíble que he visto nunca. Y no puedo dejar de mirarte. Lo siento... lo siento tanto...
Naruto sonrió, una sonrisa lenta y cálida. Extendió una mano y, con una suavidad que contrastaba con la brutalidad de sus encuentros con Sakura, levantó su barbilla, forzándola a mirarlo a los ojos.
—No tienes que disculparte, Hinata. Me gusta que me mires. Me gusta saber que estás ahí.
Ella parpadeó, confundida.
—¿Te... te gusta?
—Sí —dijo él, su pulgar acariciando suavemente su barbilla—. Me gusta que una chica tan hermosa como tú me dedique toda su atención. Me hace sentir... especial.
Hinata sintió que su cerebro se cortocircuitaba. ¿Hermosa? ¿Él piensa que soy hermosa? Las palabras se atascaron en su garganta, incapaces de formar una respuesta coherente.
—Pero —continuó Naruto, su voz volviéndose más seria—, me pregunto una cosa, Hinata. ¿Por qué solo miras? ¿Por qué nunca te acercas? ¿Por qué nunca me hablas?
—Yo... no sé... —tartamudeó ella—. Tengo miedo... miedo de arruinarlo... miedo de que te alejes...
—Nunca me alejaría de ti, Hinata —dijo él, y había una verdad en sus palabras que la hizo temblar—. Eres demasiado importante para mí.
Ella sintió que las lágrimas comenzaban a rodar por sus mejillas. Lágrimas de alivio, de felicidad, de una esperanza que había mantenido enterrada durante años.
—Naruto-kun... yo...
—Shhh —susurró él, secando sus lágrimas con el pulgar—. No digas nada. Solo... ven aquí.
Y la abrazó.
Fue un abrazo cálido, envolvente, que la hizo sentirse protegida por primera vez en su vida. Hinata se derritió contra él, enterrando su rostro en su pecho, inhalando su olor a sudor y jabón y algo más que era simplemente... él.
—Siempre has sido mía, Hinata —murmuró él contra su cabello—. Desde el principio. Solo que no lo sabías.
Ella levantó la vista, sus ojos blancos brillando con lágrimas y confusión.
—¿Tuya?
—Mía —confirmó él, y sus ojos azules tenían un brillo que ella no había visto antes—. Y quiero que dejes de esconderte. Quiero que estés conmigo. Quiero que seas mía de verdad.
Hinata sintió que el mundo se detenía. Las palabras de Naruto resonaron en su mente como un eco infinito. ¿Suya? ¿Él quería que fuera suya?
—¿C-cómo? —logró preguntar, su voz apenas un susurro.
Naruto sonrió, y esa sonrisa tenía algo de depredador, algo de dueño.
—Ven conmigo esta noche. A mi departamento. Y te enseñaré.
La luna se alzaba sobre Konoha cuando Hinata Hyuga cruzó el umbral del departamento de Naruto por primera vez.
Estaba nerviosa, más nerviosa de lo que había estado en toda su vida. Sus manos temblaban, su corazón latía tan fuerte que podía oírlo en sus oídos. Pero también había una determinación en su interior, una certeza de que este era el momento que había estado esperando durante años.
El departamento era pequeño y desordenado, pero acogedor. Había carteles de ramen en las paredes, ropa esparcida por el suelo, y un olor a incienso barato. En el centro, una colchoneta en el suelo servía como cama.
Y sobre esa colchoneta, sentado con las piernas cruzadas, estaba Naruto.
—Pasa —dijo él, indicando el espacio frente a él—. Arrodíllate.
Hinata obedeció, arrodillándose frente a él con la gracia entrenada de una kunoichi del clan Hyuga. Sus manos descansaban sobre sus muslos, sus ojos fijos en él, esperando.
—Sabes que te he observado, ¿verdad? —dijo Naruto, rompiendo el silencio—. No solo tú a mí. Yo también te he observado a ti.
Ella parpadeó, sorprendida.
—¿Tú... me has observado?
—Sí —dijo él, inclinándose hacia adelante—. He visto cómo te sonrojas cuando te saludo. He visto cómo tus dedos juegan cuando estás nerviosa. He visto cómo me miras cuando crees que no te estoy viendo. Y he visto algo más.
—¿Q-qué?
—Sumisión —dijo él, su voz baja y grave—. En tus ojos, en tu postura, en cada fibra de tu ser, hay una necesidad de entregarte. De pertenecer a alguien. De ser guiada.
Hinata sintió que se le secaba la boca. Las palabras de Naruto resonaban en lo más profundo de su ser, en un lugar que nunca había explorado.
—Y quiero ser yo quien te guíe —continuó él—. Quiero ser tu dueño, Hinata. Quiero que me pertenezcas, en cuerpo y alma. ¿Estás dispuesta a darme eso?
Ella tragó saliva. Su mente gritaba que esto era demasiado rápido, demasiado intenso. Pero su corazón... su corazón ya había tomado la decisión hace años.
—Sí —susurró, y su voz no tembló—. Sí, Naruto-kun. Soy tuya. Siempre lo he sido.
Naruto sonrió, y esa sonrisa era de triunfo.
—Entonces, Hinata, voy a enseñarte lo que significa ser mía. Pero primero... quítate la ropa.
Ella obedeció sin dudar.
Sus manos, aunque temblorosas, se movieron con determinación. Se desabrochó la chaqueta gris, dejándola caer a un lado. Luego su rejilla de protección interior, dejando al descubierto su sujetador blanco de encaje sencillo. Dudó un momento antes de desabrocharse el sujetador, pero las palabras de Naruto resonaron en su mente con una orden tacita que ella misma se impuso: Obedece.
El sujetador cayó. Sus pechos, pequeños pero firmes, quedaron expuestos. Sus pezones ya estaban endurecidos por el nerviosismo y la excitación.
—Las bragas también —ordenó él.
Ella se levantó ligeramente para deslizar sus bragas por sus caderas, dejándolas caer al suelo. Ahora estaba completamente desnuda frente a él, ****, expuesta.
Naruto la observó con una lentitud deliberada, sus ojos recorriendo cada centímetro de su piel pálida, sus curvas suaves, sus muslos ligeramente separados.
—Eres hermosa, Hinata —dijo, y su voz era sincera—. Más hermosa de lo que imaginaba.
Ella sintió que las lágrimas amenazaban con brotar de nuevo, pero las contuvo. No quería llorar. Quería ser fuerte para él.
—Ven aquí —dijo él, extendiendo una mano.
Ella se arrastró hacia él sobre sus rodillas, hasta que estuvo frente a él, su rostro a la altura de su entrepierna. Él llevaba unos pantalones holgados, pero incluso a través de la tela, podía ver su erección.
—¿Sabes lo que quiero que hagas, Hinata?
Ella negó con la cabeza, sus ojos blancos fijos en los de él.
—Quiero que me chupes. Quiero sentir tu lengua en mi polla. Quiero ver esos labios tuyos, que siempre tartamudean cuando me hablas, envueltos alrededor de mí.
Hinata sintió que su rostro ardía, pero asintió.
—S-sí, Naruto-kun.
Él se bajó los pantalones y los boxers, liberando su erección. Hinata contuvo el aliento. Era grande, más grande de lo que había imaginado. La punta brillaba ligeramente, y podía oler su aroma, masculino y almizclado.
—Abre la boca —ordenó él.
Ella obedeció, y él guio su cabeza hacia adelante, introduciendo el glande entre sus labios. Hinata sintió el sabor salado en su lengua, el peso de su miembro sobre su lengua. Comenzó a chupar instintivamente, moviendo la cabeza arriba y abajo con movimientos torpes pero entusiastas.
—Así —gimió Naruto, una mano yendo a su nuca—. Así, Hinata. Usa tu lengua. Envuélvelo.
Ella obedeció, su lengua rodeando el miembro, lamiendo la punta cada vez que subía. Los gemidos de él la animaban, la hacían querer hacerlo mejor, más rápido, más profundo.
—Mierda... —murmuró él, su respiración acelerándose—. Para ser tu primera vez, chupas increíble.
Hinata sintió una oleada de orgullo. Quería complacerlo. Quería ser la mejor.
Él la dejó continuar por varios minutos, colocando su mano en su nuca guiando el ritmo, hasta que sintió que estaba cerca.
—Para —dijo, apartándola suavemente—. No quiero terminar en tu boca. Quiero terminar dentro de ti.
La tumbó sobre la colchoneta, separando sus piernas. Su cuerpo cubrió el de ella, su polla rozando la entrada de su vagina, húmeda y lista.
—¿Eres mía, Hinata? —preguntó, mirándola a los ojos—. Una vez que lo hagamos, serás mía para siempre.
Ella asintió, lágrimas de felicidad rodando por sus mejillas.
—Sí, Naruto-kun. Soy tuya. Siempre.
Él sonrió, y empujó.
El dolor fue agudo, breve. Hinata lo sintió como un estallido blanco, pero antes de que pudiera quejarse, él se quedó quieto, dejándola adaptarse a su tamaño. Sus labios encontraron los suyos en un beso suave, casi tierno.
—Duele —susurró ella contra su boca.
—Lo sé —respondió él—. Pero pasará. Y luego será solo placer. Confía en mí.
Ella confió.
Y cuando él comenzó a moverse, lento al principio, luego más rápido, más profundo, Hinata sintió que se desvanecía en una niebla de sensaciones. Sus gemidos llenaban la habitación, mezclándose con los gruñidos de él, el sonido húmedo de sus cuerpos chocando.
—Naruto-kun... —gimió ella, aferrándose a su espalda—. Te quiero... te he querido siempre...
—Lo sé —dijo él, su voz ronca—. Y ahora eres mía. Para siempre.
El orgasmo la alcanzó como una ola, arqueando su espalda, un grito mudo escapando de sus labios. Naruto la siguió segundos después, enterrando su rostro en su cuello mientras se vaciaba dentro de ella.
Ambos quedaron allí, jadeando, sudorosos, entrelazados. Hinata sintió que las lágrimas rodaban de nuevo, pero esta vez eran de pura felicidad.
—Te quiero, Naruto-kun —susurró—. Te quiero tanto...
Él la besó en la frente, un gesto tierno que contrastaba con la brutalidad del acto.
—Y yo a ti, Hinata. Eres mía ahora. Y voy a cuidarte siempre.
Ella sonrió, enterrando su rostro en su pecho, sintiendo el latido de su corazón contra su mejilla.
No sabía lo que el futuro le deparaba. No sabía que había otras mujeres en su vida, que era parte de un plan más grande. Pero en ese momento, en los brazos de Naruto, Hinata Hyuga se sentía completa. Y eso era todo lo que importaba.
¿se entera del harem?
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El Descubrimiento de Naruto
el niño demonio que doma un harem
naruto niño descubre la pornografía de control mental, corrupción, male dom y harem, y crece que riendo vivir eso, por lo que después que sasuke deserta ve su oportunidad de formar un harem de mujeres ninfómanas sumisas y leales a el.
Updated on Jun 17, 2026
by Locoloco
Created on Jun 6, 2026
by Locoloco
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