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El Encuentro con la Peliroja
Seis meses habían pasado desde que Naruto y Jiraiya abandonaron el País de la Nieve. Seis meses de viajes interminables, de entrenamientos agotadores, de noches en posadas desconocidas y días en caminos polvorientos. Naruto había crecido desde que empezó este viaje, no solo en poder, sino en experiencia. Su dominio del chakra del Kyubi se había profundizado, aunque aún perdía el control en la segunda cola, y sus técnicas habían alcanzado niveles que ni siquiera él imaginaba posibles.
Pero también había crecido en otros aspectos. Cada vez que veía a una mujer hermosa en algún pueblo, su mente volaba hacia su harén en Konoha. Se preguntaba si Sakura ya tendría el cabello más largo, aun recordó como engaño a todas diciendo que a Sasuke le gustaban las mujeres de cabello largo, si Hinata habría desarrollado esos pechos que tanto prometían, si Ayame estaría usando los conjuntos sexuales que les había comprado.
Sin embargo, el destino tenía planes para él, uno que la verdad parecía un golpe de suerte.
Fue en una pequeña aldea en la frontera entre del País de la Hierba donde ocurrió. Jiraiya había ido a "investigar" las aguas termales locales, dejando a Naruto solo en una taberna. El joven Uzumaki estaba bebiendo un vaso de leche, aburrido, cuando la puerta se abrió y ella entró.
Naruto sintió que el tiempo se detenía.
La mujer que cruzó el umbral era alta y delgada, de tez pálida como la porcelana. Su cabello era de un rojo intenso, casi carmesí, cortado de manera asimétrica: corto y descuidado en el lado derecho, largo y liso en el izquierdo. Sus ojos, del mismo color que su cabello, usando anteojos, escaneaban la habitación con una mezcla de cansancio y determinación.
Pero lo que realmente llamó la atención de Naruto fue algo más. Algo en su chakra. Una vibración familiar, como un eco de su propio poder, algo que no entendía.
Ella se acercó a la barra y pidió un poco de jugo. Su voz era firme, pero había una nota de desesperación en ella.
—Estoy buscando a alguien —le dijo al tabernero—. Un ninja. Cabello oscuro, ojos negros, mirada fría. Se llama Sasuke Uchiha.
El tabernero negó con la cabeza, pero Naruto se irguió, la verdad se preguntó que hizo, porque una chica lo estaba buscando.
—¿Buscas a Sasuke? —preguntó, acercándose.
Ella se giró, sus ojos carmesí encontrándose con los azules de él. Por un momento, hubo un destello de reconocimiento, aunque ninguno sabía por qué.
—Sí —respondió ella, cautelosa—. ¿Lo conoces?
—Soy Naruto Uzumaki —dijo él, extendiendo su mano—. Y sí, conozco a Sasuke. Soy su compañero de equipo. Bueno, solía serlo.
Ella tomó su mano, estrechándola con fuerza.
—Soy Karin —dijo—. Karin Uzumaki.
El mundo se detuvo para el rubio.
—¿Uzumaki? —repitió Naruto, incrédulo—. ¿Como yo?
—Sí —respondió ella, una sonrisa amarga en sus labios—. Somos del mismo clan al parecer. Aunque yo crecí en Kusa. Y ahora... ya no tengo aldea.
Naruto la miró, evaluando sus palabras. Una Uzumaki. Una mujer de su propio clan, del que aparentemente él era miembro. Y además, una fanática de Sasuke.
Perfecto.
—Siéntate —dijo él, señalando una mesa—. Hablemos.
Horas después, Naruto había aprendido mucho sobre Karin. Era una kunoichi de Kusa, especializada en sensores y técnicas de sanación. Había dejado su aldea para buscar a Sasuke, a quien había conocido brevemente durante los Exámenes Chunin, donde él le salvo la vida de un oso, por lo que esta se había obsesionado.
—Es tan fuerte —decía Karin, con los ojos brillando—. Tan frío. Tan perfecto. Necesito encontrarlo.
Naruto mantuvo una sonrisa amable, pero por dentro, ya estaba planeando.
—Yo también lo busco —mintió—. Tengo una promesa que cumplir con una amiga. Podríamos viajar juntos.
Karin lo miró, sorprendida.
—¿En serio? ¿Viajarías conmigo?
—Claro —dijo Naruto, encogiéndose de hombros—. Además, eres una Uzumaki. Eso nos hace familia, de alguna manera.
Karin sonrió, una sonrisa genuina que iluminó su rostro.
—Gracias, Naruto. No sabes cuánto significa esto para mí.
Naruto sonrió por dentro. No sabía lo que le esperaba.
Esa noche, mientras Jiraiya roncaba en la habitación contigua, Naruto yacía despierto, pensando en Karin. Era hermosa, con un cuerpo delgado pero con potencial. Su cabello rojo era fascinante, y su personalidad, aunque un poco intensa, tenía potencial.
Pero lo más importante era su apellido. Uzumaki. Ella era de su clan, recién descubierto. Y eso la hacía especial.
—Te voy a conquistar, Karin —susurró en la oscuridad—. Y cuando lo haga, serás mía.
Mientras tanto, en Konoha, Sakura yacía en su cama, sus manos moviéndose entre sus piernas.
Había sido un día largo. Misiones, entrenamiento, y luego la cena con sus padres, que cada vez discutían más, justo como Mebuki quería para que se separaran y ser totalmente de Naruto. Pero ahora, a solas en su habitación, podía dejar volar su imaginación.
Cerró los ojos y se visualizó en el departamento de Naruto. Pero no estaba sola.
Ino estaba arrodillada frente a ella, con un collar azul claro alrededor de su cuello. Su cabello rubio caía hasta la cintura, y sus ojos azules miraban a Sakura con devoción.
—¿Qué deseas, Sakura-sama? —preguntó Ino, su voz sumisa.
—Quiero que nos sirvas —respondió Sakura, en su fantasía—. Quiero que me lamas.
Ino obedeció, su lengua encontrando el sexo de Sakura, lamiendo con una habilidad que la hacía gemir.
Pero la fantasía no terminaba ahí.
Tsunade estaba arrodillada al lado de Ino, su cabello rubio totalmente suelto, un collar marrón alrededor de su cuello. Su cuerpo, maduro y voluptuoso, estaba desnudo, y sus pechos enormes se balanceaban con cada movimiento.
—Yo también quiero servir a Naruto-sama —dijo Tsunade, su voz ronca—. Déjame mostrarte lo que se.
Y Shizune, la asistente de Tsunade, estaba detrás de ambas, con un collar gris, su cabello oscuro largo suelto, sus ojos llenos de deseo.
—Todas somos putas de Naruto-sama —susurró Shizune—. Todas somos sumisas a Naruto-sama.
Sakura gimió en su cama, sus dedos moviéndose más rápido.
—Naruto-kun... —susurró—. Cuando vuelvas... te voy a mostrar... todo lo que he aprendido...
Se imaginó a las tres mujeres arrodilladas frente a una polla imaginaria, la polla de Naruto, lamiéndola, chupándola, adorándola. Y ella estaba al lado, observando, aprendiendo, deseando.
—Te amo, Naruto-sama —gimió, mientras el orgasmo la sacudía—. Te amo tanto...
Cuando terminó, yacía jadeante, su cuerpo cubierto de sudor. Miró al techo, una sonrisa en sus labios.
—Dos años más —murmuró—. Y luego, estarás aquí. Y te mostraré todo lo que te hemos extrañado.
Afuera, la luna brillaba sobre Konoha, testigo silencioso de sus deseos, mas no era la única, en cada zorrita de naruto estaba haciendo lo mismo, con distintas fantacias. El harén esperaba.
Y Naruto estaba en camino de expandirlo aún más.
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