¿Qué sigue?
La Rendición de la Pelirroja
Tres semanas habían pasado desde que Karin se unió al grupo de viaje de Naruto y Jiraiya. Tres días en los que el joven Uzumaki había trabajado silenciosamente, sembrando las semillas de la atracción y la confianza en la mente de la kunoichi pelirroja.
Habían compartido comidas, historias sobre sus respectivas infancias, y hasta algún que otro entrenamiento ligero. Karin había quedado impresionada por la fuerza de Naruto, por su carisma, por esa energía magnética que parecía irradiar de él. Y aunque en su mente aún rondaba la imagen de Sasuke, algo en Naruto comenzaba a despertar sensaciones que ella no esperaba.
Esa tarde, Jiraiya había anunciado que iba a "investigar" unas aguas termales cercanas, dejando a los dos jóvenes solos en la posada donde se hospedaban. La habitación era modesta, con dos futones separados por una mesa baja. Pero la tensión entre ellos era palpable.
—Hace calor, ¿no? —dijo Karin, abanicándose con la mano.
—Sí —respondió Naruto, observándola con una mirada que ella no supo interpretar—. Tal vez deberías quitarte algo de ropa.
Karin rió nerviosamente.
—¿Estás coqueteando conmigo, Naruto?
—Tal vez —respondió él, sonriendo—. ¿Te molesta?
Ella lo miró, sus ojos carmesí encontrándose con los azules de él. Por un momento, el fantasma de Sasuke apareció en su mente, pero fue parcialmente reemplazado por la imagen del joven rubio frente a ella.
—No —admitió—. No me molesta.
Naruto se levantó y caminó hacia ella, sus movimientos seguros y deliberados. Se arrodilló frente a ella, tomando su mano entre las suyas.
—Karin —dijo, su voz baja y grave—. Quiero mostrarte algo. Algo que cambiará tu forma de ver el mundo.
Ella tragó saliva, su corazón latiendo acelerado.
—¿Qué es?
—Algo que te encantara y una vez probado nunca lo querrás dejar —respondió él— El placer de rendirse. De dejar que alguien más tome el control.
Karin quiso hablar, quiso preguntar, pero las palabras no salieron. En lugar de eso, asintió lentamente.
Y entonces, Naruto actuó, uso una táctica que funciono una vez, suponiendo que esta vez seria más fácil.
En un instante, cuatro clones de sombra aparecieron alrededor de ellos, rodeando a Karin como lobos alrededor de su presa. Ella jadeó, sorprendida, pero no pensó en escapar.
—Confía en mí —susurró Naruto, su aliento cálido contra su oído— No te haré daño. Solo te mostraré placer.
Karin cerró los ojos y se dejó llevar.
El primer clon se colocó frente a ella, su polla erecta y lista. Tomó su cabeza suavemente pero con firmeza, guiándola hacia su miembro. Karin abrió la boca, aceptándolo, sintiendo cómo el glande rozaba su lengua y el paladar. El clon comenzó a moverse, marcando un ritmo constante, llenando su boca una y otra vez.
—Así es —dijo el clon, su voz idéntica a la de Naruto— Chúpame, Karin. Muéstrame lo bien que puedes servir.
Ella gimió alrededor de su polla, sus manos yendo instintivamente hacia su cuerpo, pero fueron interceptadas por otros dos clones. Uno tomó su mano derecha y la colocó alrededor de su miembro, mientras que el otro hacía lo mismo con su mano izquierda.
—Mueve tus manos —ordenaron ambos clones al unísono— Mastúrbanos. Haznos sentir bien.
Karin obedeció, sus manos moviéndose arriba y abajo sobre las pollas de los clones, mientras su boca seguía succionando la del primero. Era abrumador, sentir tantas sensaciones al mismo tiempo, pero su cuerpo respondía con una naturalidad que la sorprendía.
El tercer clon se colocó detrás de ella, separando sus nalgas y alineando su polla con su entrada anal. Karin sintió la presión, luego el deslizamiento, mientras el clon la penetraba profundamente.
—Eres tan apretada —gruñó el clon, comenzando a moverse—. Tan caliente. Tan perfecta.
Pero no acabo allí. El Naruto original, el verdadero, se colocó en posición, el original ocupó su lugar, pero esta vez, su polla se alineó con la vagina de Karin.
—¿Estás lista? —preguntó Naruto, su voz ronca de deseo.
—Shí —susurró ella, aunque apenas podía hablar debido a la polla en su boca—. Shí, Naguto. Hazwe tuha (si, si Naruto hazme tuya).
Él empujó.
El grito de Karin fue ahogado por la polla del clon en su boca. La sensación de ser penetrada por tantos lados al mismo tiempo era abrumadora, casi dolorosa, pero también increíblemente placentera. Su cuerpo se tensó, luego se relajó, aceptando cada invasión.
—Mira —dijo un Naruto, comenzando a moverse dentro de su ano—. Mira cómo te llenamos. Mira cómo te convertimos en nuestra puta.
Karin abrió los ojos, y a través de las lágrimas de placer, vio su reflejo en los ojos de Naruto. Vio a la mujer que se estaba convirtiendo: una sumisa, una esclava, una zorra.
Y le encantó.
La sesión duró horas. Los clones iban y venían, reemplazándose cuando se disipaban, pero nunca dejando a Karin sin atención. Su boca, su vagina, su ano, sus manos... cada parte de su cuerpo era utilizada para el placer de Naruto y sus clones.
En algún momento, perdió la noción del tiempo. Solo existía el placer mezclado con éxtasis, las voces de Naruto y sus clones alabándola, degradándola, poseyéndola.
—Eres mía —decía Naruto, mientras la penetraba analmente—. Mía, Karin. Repítelo.
—Soy tuya —gemía ella, entre succiones—. Tuya, Naruto. Solo tuya.
—¿Y Sasuke? —preguntó uno de los clones, provocativamente.
Karin sintió un momento de lucidez. Sasuke. El nombre que había perseguido durante un tiempo. El hombre por el que había dejado su aldea.
Pero en ese momento, con la polla de Naruto llenando cada uno de sus agujeros, Sasuke no significaba nada, sabiendo ahora que ese hombre solo era una excusa para escapar.
—¿Sasuke? —repitió, su voz ronca—. ¿Quién es Sasuke?
Naruto sonrió, una sonrisa de triunfo.
—Exactamente —dijo, acelerando el ritmo—. Olvídalo. Olvídalo todo. Solo existo yo. Solo existimos nosotros.
Y Karin obedeció.
Cuando finalmente terminaron, Karin yacía en el centro del futón, su cuerpo marcado por la sesión. Moretones en sus caderas, marcas de mordidas en sus pechos, semen seco en su vientre y sus muslos. Su cabello rojo estaba despeinado, sus ojos vidriosos, su sonrisa de satisfacción.
Naruto yacía a su lado, acariciando su cabello.
—¿Cómo te sientes? —preguntó.
—Vacía —respondió ella, su voz apenas un susurro—. Pero llena al mismo tiempo. No tiene sentido.
—Lo tiene —dijo él—. Eres mía ahora, Karin. Y cuando digo mía, lo digo en serio.
Ella giró la cabeza para mirarlo, sus ojos carmesí brillando con devoción.
—Lo sé —dijo—. Y quiero ser tuya. Para siempre.
Naruto sonrió, besando su frente.
—Entonces, bienvenida al harén, Karin.
—¿Harén? —preguntó ella, confundida.
—Te explicaré más tarde —respondió él—. Por ahora, descansa. Mañana te pondré tu collar.
Karin asintió, acurrucándose contra su pecho.
—¿Collar? —murmuró, ya casi dormida.
—Sí —dijo Naruto—. Un collar que te marcará como mía. Como mi sumisa.
—Suena perfecto —susurró ella, cerrando los ojos.
Y mientras se dormía, Naruto sonrió en la oscuridad.
Otra sumisa. Otra mujer que había caído ante él.
Y lo mejor de todo: era una Uzumaki. De su propio clan.
El harén crecía, y Naruto se sentía más poderoso que nunca.
A la mañana siguiente, cuando Jiraiya regresó de sus "investigaciones", encontró a Naruto y Karin desayunando juntos, riendo y coqueteando como si fueran viejos amigos.
—Buenos días, Ero-sennin —dijo Naruto, con una sonrisa inocente.
—Buenos días —respondió Jiraiya, arqueando una ceja—. Parece que se llevan bien.
—Sí —dijo Karin, sonriendo—. Naruto es un gran compañero de viaje.
Jiraiya los miró, sospechando algo, pero no dijo nada.
—Bueno, tenemos un largo camino por delante —dijo, cambiando de tema—. Me han dicho que hay unas ruinas interesantes al norte. Podríamos echarles un vistazo.
—Suena bien —dijo Naruto, levantándose—. Vamos.
Mientras recogían sus pertenencias, Karin se acercó a Naruto y susurró:
—¿Cuándo me pondrás el collar?
—Esta noche —respondió él, en voz baja—. Cuando Jiraiya esté dormido.
Ella asintió, una sonrisa de anticipación en sus labios.
Y así, el viaje continuó.
Naruto había conquistado a otra mujer.
Y el harén seguía creciendo.
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