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Chapter 66 by bla12

¿Cómo va la sesión?

Despreciándose de los rastros del pasado

El aire del Set 3 era tan frío como el metal de los trípodes, pero Magi ya no lo sentía. O, mejor dicho, el frío ya no era una agresión, sino una confirmación de su existencia. Bajo las luces de tungsteno, los restos de la sábana egipcia parecían un disfraz ridículo que ya no necesitaba.

Elara observaba desde las sombras, evaluando la vibración del ambiente.

—Celia. Empieza tú. Quítate esa suciedad —ordenó Elara.

Celia reaccionó con un espasmo. Sus manos, temblorosas, se aferraron al nudo de la sábana sobre su pecho. Sus ojos recorrieron el set, deteniéndose en los técnicos, en los asistentes que ajustaban los reflectores y en la lente negra de Leo, que la acechaba como un animal hambriento.

—¿Aquí? ¿Delante de todos? —susurró Celia, con la voz quebrada.

—No hay "todos", Celia. Solo hay objetivos y sujetos —sentenció Elara—. Hazlo.

Con una lentitud agónica, Celia dejó caer la tela. Cada centímetro de piel que quedaba expuesto parecía dolerle. Se encogió, hundiendo los hombros y juntando las rodillas en un intento instintivo de cerrar su cuerpo al escrutinio ajeno. El pudor era en ella una quemadura viva; se cubría con las manos, ocultando su pecho y su sexo, mientras el rubor le subía por el cuello como una mancha de culpa.

—Suelta los brazos —ordenó Leo, impaciente—. Estás rompiendo la línea.

Celia obedeció a medias, dejando caer los brazos pero manteniendo los dedos crispados, como si buscara una vestidura invisible. Era una imagen de vulnerabilidad pura, una presa acorralada por la luz.

Entonces fue el turno de Magi.

Ella no esperó a que Elara hablara. Con un movimiento fluido y casi perezoso, deshizo el nudo de su hombro. No hubo vacilación, ni rastro de la resistencia que había mostrado días atrás. La sábana resbaló por su cuerpo, revelando la cadera que ya había sido expuesta en la calle, y luego todo lo demás.

Magi se quedó de pie en el centro del set, completamente desnuda, con las piernas ligeramente abiertas y la espalda recta. No intentó cubrirse. Al contrario, echó los hombros hacia atrás, ofreciendo su cuerpo a las luces con una indiferencia que rozaba la insolencia.

—Mucho mejor —murmuró Elara, acercándose al círculo de luz—. Mirad la diferencia. Una se esconde de su propia piel; la otra la usa como un arma.

Magi giró la cabeza hacia Elara, una sonrisa gélida y mínima dibujándose en sus labios.

—El aire está fresco —dijo Magi, su voz clara y sin rastro de vergüenza—. Es mejor que el roce de esa sábana barata.

Leo comenzó a disparar. El click-clack de la cámara era frenético. Magi seguía sus instrucciones con una precisión técnica aterradora. "Gira", y ella mostraba la curva de su espalda con orgullo. "Inclínate", y ella exponía su desnudez frontal sin bajar la mirada ni una sola vez. Se movía con la soltura de quien se sabe observada y decide que el espectáculo es suyo, no de los espectadores.

Celia, a su lado, la miraba con horror y fascinación. No entendía cómo su hermana podía estar allí, bajo el escrutinio de diez pares de ojos, sin intentar protegerse.

—Magi... —susurró Celia, buscando un refugio que ya no existía.

—Mírala, Celia —ordenó Elara—. Aprende de ella. El pudor es un lastre. Es lo que te hace débil. Magi ha comprendido que una vez que te lo quitan todo, el mundo ya no tiene nada con qué amenazarte.

—Juntas —instruyó Leo—. Quiero el contraste.

Celia fue obligada a arrodillarse. Se hizo pequeña, una bola de carne pálida y temerosa que intentaba desaparecer en el suelo de linóleo. Magi se colocó detrás de ella, de pie. Para acentuar el desafío, Magi puso una mano sobre la nuca de su hermana y la otra sobre su propio muslo, dejando que la cámara capturara la totalidad de su confianza física.

Magi miró directamente a la lente. No había súplica en sus ojos, solo un vacío desafiante. Estaba desnuda, sucia por el viaje en metro, marcada por el esfuerzo, y sin embargo, se sentía más poderosa que nunca. Había descubierto que la desnudez total no era una pérdida, sino una exención: ya no tenía que fingir que le importaba la decencia de una sociedad que las había dejado caminar descalzas y rotas por la ciudad.

—Eso es —susurró Elara, satisfecha—. La virgen y la bestia. El miedo y el acero.

Mientras el obturador seguía devorando sus figuras, Magi bajó la vista hacia Celia. No sintió lástima por el temblor de su hermana, ni por cómo intentaba cerrar las piernas para ocultarse. Sintió una distancia infinita. Magi ya no habitaba el mismo mundo de sombras y vergüenzas que Celia. Ella había salido a la luz, y la luz, aunque cruda, ya no podía quemarla.

¿Qué pasa después de la sesión?

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