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Chapter 52 by bla12 bla12

¿Cómo termina el fin de semana?

Con una visita inesperada

El eco de su decreto aún vibraba en el aire estancado del apartamento cuando el silencio se hizo añicos. Magi seguía allí, de pie en medio de la sala, completamente desnuda, cuando unos golpes en la puerta reclamaron su atención.

Sonaron como ecos de un mundo perdido. Alegres, despreocupados. Magi supo quién era incluso antes de abrir. Celia, su hermana menor, era la única persona capaz de llamar con ese ritmo contagioso.

El pánico la sacó de su trance de aceptación. No podía abrir así. No podía dejar que nadie, y menos Celia, viera esa nueva "armadura" de piel expuesta que nadie fuera del estudio entendería. Se lanzó hacia el montón de ropa que había dejado en el suelo minutos antes. Con manos temblorosas, rescató la camiseta holgada y los pantalones viejos, cubriendo su cuerpo con movimientos torpes y urgentes, enterrando de nuevo la verdad bajo capas de algodón desgastado. Se subió los pantalones a trompicones, con el corazón martilleando contra las costillas, y se alisó la camiseta justo cuando los golpes volvían a sonar.

Al abrir, todavía con la respiración entrecortada por la prisa, se encontró con la sonrisa radiante de Celia, sus mejillas sonrojadas por el frío de la noche y una mochila de colores colgada al hombro. Olía a viento y a la colonia barata que siempre usaba.

—¡Magi! ¡Me escapé! —exclamó, abrazándola con una fuerza que a Magi le quitó el poco aire que había recuperado—. Las chicas y yo tenemos un finde libre, ¡y he venido directa a verte! ¡Tienes que contarme todo! ¡Un estudio de fotos! ¡Suena increíble!

Magi se quedó rígida, el cuerpo convertido en un bloque de hielo bajo la ropa arrugada que acababa de ponerse.

—Celia… no es buen momento —logró articular, pero su hermana ya se había colado, dejando a su paso un rastro de energía juvenil que manchaba la quietud lúgubre del apartamento.

—¿Qué? ¡Claro que sí! —Celia dejó caer la mochila en el sofá y miró alrededor con curiosidad—. Vaya, es… pequeño. Pero qué ordenado. ¡Cuéntame! ¿Son modelos famosos? ¿Has conocido a alguien importante?

—Es… un trabajo muy serio —tartamudeó Magi, cerrando la puerta como si pudiera encerrar el peligro que su hermana representaba—. Muy aburrido, en realidad. Nada glamuroso.

—¡Mentira! —Celia se rio, cogiendo un frutero vacío de la mesa—. Tienes esa mirada… esa mirada de quien vive algo intenso. ¡Y quiero saber qué! Además —añadió, con un brillo pícaro en los ojos—, me quedo con vos esta noche y mañana me llevas a conocer el estudio. ¡Le prometí a mamá que le enviaría fotos tuyas trabajando!

Fotos. La palabra golpeó a Magi en el estómago. Vio, con una claridad aterradora, el rostro de su madre contemplando una de las imágenes del Coleccionista. Un sudor frío le recorrió la espalda.

—No —dijo, y su voz sonó extrañamente áspera—. No puedes ir. No está permitido.

El rostro de Celia se ensombreció. —¿Por qué no? ¿Es un sitio raro? Magi, ¿estás en algún lío? —Su mirada se volvió inquisitiva, preocupada—. Porque no me gusta cómo estás. Estás pálida. Pareces… distante. Y tardaste mucho en abrir.

—Estoy bien —mintió Magi, desviando los ojos—. Solo me estaba vistiendo… estaba durmiendo una siesta. Y mañana es un día muy importante. No puedo tener distracciones.

—¡No seré una distracción! Seré tu hermana, que va a ver tu nuevo trabajo —insistió Celia, acercándose y tomándole las manos. Sus dedos estaban calientes, llenos de vida—. Por favor, Magi. Solo un vistazo. Quiero ver dónde pasas tus días. Quiero asegurarme de que estás bien. Si no me dejas ir, me voy a preocupar mucho más.

Magi miró las manos de su hermana entrelazadas con las suyas. Sintió la aspereza de la sudadera bajo sus yemas; esa ropa vieja era lo único que la separaba de la desnudez total que había abrazado minutos antes. Celia no se rendiría. Su insistencia nacía del cariño, de un amor simple y directo que ya no tenía cabida en la vida de Magi. Luchar contra ella solo avivaría sus sospechas. La seguiría, preguntaría, cavaría hasta encontrar la podredumbre.

Y entonces, una idea terrible y fría nació en la mente de Magi. Si no podía evitar que Celia viera el infierno, tal vez… tal vez esa fuera la manera de cortar el último lazo. De que Celia entendiera, de una vez por todas, que su hermana mayor ya no existía. De que la alejara para siempre, protegiéndola mediante el espanto.

—Está bien —cedió Magi, y su voz sonó plana, resignada—. Puedes quedarte. Y mañana… te llevaré al estudio.

Celia lanzó un grito de alegría y la abrazó de nuevo.

—¡Sabía que al final entraría en razón! ¡Va a ser genial!

Magi aceptó el abrazo, pero su cuerpo permaneció rígido. Esa noche, mientras Celia parloteaba sobre su vida universitaria, sobre amigos y planes futuros, Magi preparó una cena simple. Observaba a su hermana comer, reír, vivir. Era como ver una película de una vida que podría haber sido la suya.

Era su última cena con la hermana que había conocido. Mañana, después de que Celia viera el Studio Lumière, después de que viera a Elara, después de que captara aunque fuera una mínima parte de la verdad… ese vínculo se rompería para siempre.

Magi se acostó esa noche junto a Celia, que se durmió rápidamente, confiada. Magi no durmió. Escuchaba la respiración tranquila de su hermana y sabía que, al día siguiente, sería la cómplice de la destrucción de su propia inocencia, y de la última pieza de corazón que le quedaba. La había invitado a entrar en el laberinto, sabiendo que no habría salida para ninguna de las dos.

¿Qué hace Magi con Ceci?

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