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Chapter 6 by K45 K45

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Capitulo 6

Izuku caminó con paso firme hacia ese callejón que el tiempo parecía haber olvidado. El recuerdo estaba nítido en su mente: la lluvia fría, el miedo a los pandilleros y la figura imponente de la heroína número 5 descendiendo como un relámpago para salvarlo. Aquel día, ella no solo lo rescató, sino que reconoció el esfuerzo en su cuerpo agotado.

—Buen trabajo con el entrenamiento, mocoso. Sigue así y quizá algún día patees traseros como yo —le había dicho ella mientras masticaba las zanahorias que él le compró en agradecimiento.

Ahora, el aire en el callejón era distinto. **Mirko** estaba sentada sobre un contenedor de basura volcado, con una pierna cruzada sobre la otra, mordiendo una zanahoria con esa actitud salvaje y despreocupada que la caracterizaba. Sus orejas de conejo dieron un pequeño espasmo antes de que Izuku siquiera doblara la esquina.

—Vaya, vaya... pero si eres el chico de las zanahorias —dijo Mirko sin mirarlo, con una sonrisa ladeada—. Tu olor ha cambiado, mocoso. Ya no hueles a miedo y hierro oxidado.

Se giró y sus ojos rojos se abrieron un poco más al verlo bajo la luz tenue del callejón. Izuku ya no era el niño debilucho de la playa. Su postura era dominante, sus hombros anchos y su mirada... su mirada tenía algo que hizo que los instintos de supervivencia de la heroína vibraran.

—Mírate... estás en una forma física increíble. Te ves... hermoso, para qué mentir —soltó Mirko con una carcajada honesta, saltando del contenedor para quedar frente a él—. ¿Qué pasa? ¿Te metiste en problemas otra vez? Si necesitas que le rompa los dientes a algún idiota por ti, dímelo. Me vendría bien un poco de acción.

Izuku no sonrió. Se acercó un paso más, invadiendo su espacio personal, algo que nadie se atrevía a hacer con la mujer más peligrosa de Japón.

—No busco ayuda, Mirko —respondió Izuku con una voz que erizó el vello de la nuca de la heroína—. He venido porque quiero que seas mía.

Mirko se quedó congelada un segundo, procesando la audacia de sus palabras. Luego, soltó una carcajada ronca.

—¿Tuya? Tienes agallas, niño. Pero una coneja como yo no tiene dueño, yo soy la que...

No pudo terminar. Izuku se quitó la capucha, dejando que sus ojos brillaran con un verde esmeralda tan intenso que pareció absorber toda la luz del callejón. Mirko, por puro instinto, intentó saltar hacia atrás para poner distancia, pero sus pies se sintieron como si estuvieran hechos de plomo.

—**Mírame** —ordenó Izuku.

Mirko luchó. Su voluntad era una de las más feroces del mundo de los héroes. Sus músculos se tensaron, sus dientes se apretaron hasta casi romperse y sus orejas se pegaron a su cabeza en una señal de agresión pura.

—¡No... vas a... ¡controlarme...! —gruñó ella, con una vena marcándose en su frente mientras intentaba lanzar una patada.

Pero el brillo verde no era un ataque físico; era una marea que inundaba su cerebro, transformando su instinto de "lucha o huida" en algo mucho más oscuro y primitivo. El salvajismo de Mirko, esa necesidad de ser la alfa, empezó a retorcerse bajo la voluntad de Izuku. Ella no estaba cayendo ante un enemigo, estaba siendo "reclamada" por alguien que su instinto ahora reconocía como superior.

Sus rodillas flaquearon. La zanahoria cayó de su mano y rodó por el suelo sucio. Sus ojos rojos empezaron a perder su fuego combativo, siendo reemplazados por el resplandor esmeralda que ahora dominaba su mente.

—Eso es... lucha un poco más, Mirko —susurró Izuku, acercándose a su oído—. Me gusta que seas difícil.

—Maes... tro... —soltó ella en un jadeo final. El muro de su voluntad se derrumbó por completo. La heroína más indomable de la sociedad cayó de rodillas, con las manos apoyadas en el suelo, jadeando mientras su cuerpo temblaba por la descarga de sumisión que acababa de recibir—. Soya... Tuya. Haz conmigo lo que quieras... pero no me dejes ir.

Izuku sonrió, pasando su mano por las largas orejas blancas de la coneja, quien se estremeció y frotó su mejilla contra la pierna de su nuevo dueño, completamente entregada.

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