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Chapter 4
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K45
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Capitulo 4
Katsuki levantó la vista en cuanto escuchó los pasos de Izuku. Al ver al peliverde acercarse con esa nueva planta imponente y esa seguridad que emanaba en cada pisada —un cambio sutil pero notable que el instinto de Bakugo detectó al instante—, soltó un bufido y se despegó de la barandilla de metal.
—¡Ya te estabas tardando, Deku! —exclamó Katsuki, chocando su puño contra el hombro de Izuku a modo de saludo, con su habitual energía ruda pero sin rastro de malicia—. Te mandé el maldito mensaje hace una hora. ¿Qué estabas haciendo? ¿Acaso la tía Rumi te puso otra de sus rutinas de locos para celebrar que entramos a la UA?
Izuku sonrió, devolviendo el saludo con firmeza. Sentir la familiaridad de Katsuki en esta realidad le confirmaba lo sólida que era la influencia de su madre en sus vidas.
—Algo así, Kacchan. Ya sabes cómo es ella cuando se emociona —respondió Izuku, manteniendo una voz calmada y madura—. Y sí, ya llegó la carta. Estamos oficialmente dentro de la sección de héroes.
—¡Ja! ¡Como si hubiera alguna duda! —Katsuki sonrió con arrogancia, mostrando los dientes—. Después de todos esos años aguantando las patadas y los entrenamientos de la tía Mirko, habría sido una vergüenza que no barriéramos en el examen práctico. Mi vieja me estuvo jodiendo toda la mañana diciendo que seguro tú habías sacado mejor puntaje que yo.
—Mi mamá me pidió que le diera un saludo a la tía Mitsuki, por cierto —comentó Izuku, recordando el recado—. Dijo que tienen que salir por unos tragos pronto.
—Tch, esas dos viejas locas cuando se juntan solo causan problemas —refunfuñó Katsuki, aunque en el fondo respetaba profundamente la amistad de sus madres—. Pero bien por la tía Rumi. Mañana mismo le llevo el recado a mi jefa.
Katsuki comenzó a caminar por el sendero del parque e Izuku lo siguió. Mientras avanzaban, Bakugo no pudo evitar mirar de reojo a su mejor amigo. Notaba a Izuku diferente; su postura era más dominante, sus hombros estaban más relajados y había un aura de autoridad en él que nunca antes le había visto, ni siquiera bajo la estricta crianza de la heroína conejo.
—Oye, Deku... —soltó Katsuki, deteniéndose cerca de las canchas donde solían correr de niños—. Te noto raro. Como si trajeras algo entre manos. ¿Pasó algo hoy en tu casa?
Izuku lo miró fijamente, con esos ojos verdes que ahora reflejaban el poder absoluto del Modo Control. Una sonrisa sutil se dibujó en sus labios al pensar en lo que había dejado atrás en su hogar: a su hermosa novia Momo, a las sumisas Mika y Kyoka, y a la mismísima heroína Mirko completamente rendida a sus pies, esperando su regreso en la habitación de arriba.
—Solo estoy asimilando las cosas, Kacchan —respondió Izuku con un tono misterioso pero sumamente seguro—. Digamos que el orden en mi casa finalmente se acomodó como debía ser. Y estoy listo para lo que venga en la UA.
Izuku soltó una risa ligera, una que denotaba una confianza y una madurez que Katsuki nunca antes le había visto. Se detuvo y apoyó la espalda contra el tronco de un gran árbol del parque, cruzándose de brazos mientras miraba a su amigo con una tranquilidad absoluta.
—Fue mejor de lo que te imaginas, Kacchan —respondió Izuku, manteniendo un tono de voz bajo pero firme, que de inmediato captó toda la atención de Bakugo—. Y tienes razón en lo que dijiste antes. Toda esa fachada de chica de la alta sociedad, refinada y distante con el resto del mundo... desaparece por completo cuando la puerta de mi habitación se cierra. Conmigo no hay posturas. Ella sabe exactamente quién manda y disfruta entregándome el control.
Katsuki abrió un poco los ojos, sorprendido por la crudeza y la seguridad con la que Deku hablaba de su intimidad. Esperaba que el peliverde se sonrojara, que tartamudeara o que intentara cambiar de tema como el nerd tímido que solía ser en algunos aspectos de su infancia, pero este Izuku frente a él hablaba como un hombre que sabía perfectamente el poder que ejercía sobre las mujeres a su alrededor.
—¡Vaya... maldito Deku! —soltó Katsuki, soltando una ráfaga corta de pequeñas explosiones nerviosas de sus palmas antes de meter las manos en los bolsillos—. Te tenías bien guardado ese maldito orgullo. Ya decía yo que pasar tanto tiempo bajo el techo de la tía Rumi te tenía que contagiar algo de su actitud salvaje. Ella siempre dice que en esta vida hay que dominar o ser dominado.
Izuku asintió lentamente, ampliando su sutil sonrisa. Las palabras de Katsuki eran irónicamente perfectas. Si Bakugo supiera que esa misma filosofía de "dominar o ser dominado" había llevado a la mismísima heroína Mirko a rendirse por completo ante él esa misma mañana en el gimnasio, probablemente le estallaría la cabeza.
—La casa entera está bajo un nuevo régimen, Kacchan —añadió Izuku, empujándose del árbol para volver a caminar—. Momo, las sirvientas... todos han aceptado su lugar. Digamos que logré establecer el orden absoluto antes de que entremos a la UA. Así podré concentrarme al cien por ciento en las clases.
—Tch, más te vale no descuidar tus entrenamientos por andar de rey en tu castillo —refunfuñó Katsuki, caminando a su lado, aunque en sus ojos se notaba un profundo respeto por la evolución de su amigo—. La tía Rumi me partirá la madre a mí también si dejamos que bajes tu nivel. Mañana mismo iré a tu casa para que entrenemos los tres, como en los viejos tiempos. Necesito ver si esa nueva confianza que traes te sirve de algo contra mis explosiones.
Izuku sintió un destello de anticipación en su pecho. La idea de tener a Katsuki en su casa mañana, con Rumi operando bajo su sumisión oculta y Momo controlando los hilos desde las sombras, prometía llevar la dinámica de su Modo Control a un nivel completamente nuevo.
—Allí estaré esperándote, Kacchan —respondió Izuku, deteniéndose justo en la salida del parque—. Pero prepárate, porque las cosas en mi casa ya no son como antes. El ritmo lo pongo yo ahora.
Katsuki soltó un bufido, mostrando una sonrisa retadora que encendía chispas en sus ojos.
—¡Eso ya lo veremos, maldito Deku! No creas que por haber domado a la princesita de los Yaoyorozu te vas a poner por encima de mí. ¡Mañana te voy a volar esa maldita sonrisa de la cara! —exclamó Bakugo, dándose la vuelta con un ademán arrogante y despidiéndose con la mano alzada mientras se alejaba por la acera de regreso a su hogar.
Izuku se quedó observándolo unos segundos hasta que la silueta de su amigo se perdió entre la gente. La brisa de la tarde golpeó su rostro, y con ella, el recordatorio de las cuatro mujeres que aguardaban su regreso. La conversación con Katsuki solo había servido para confirmar la absoluta solidez del mundo que el Modo Control había edificado a su alrededor.
El peliverde emprendió el camino de vuelta a la residencia. Al cruzar la gran puerta de entrada, el silencio sepulcral y el aroma a incienso y madera limpia lo recibieron de inmediato. No tuvo que dar más de dos pasos antes de que Mika y Kyoka aparecieran en el vestíbulo principal, arrodillándose sincronizadamente sobre el suelo pulido para recibirlo.
—Bienvenido a casa, amo Izuku —dijeron ambas sirvientas en un murmullo devoto.
—Su habitación ya está perfectamente dispuesta, tal como lo ordenó —añadió Mika, levantando la mirada con los ojos cargados de una sumisión expectante—. Las amas Momo y Rumi se encuentran arriba, esperando su llegada para dar inicio a la tarde.
Izuku asintió con un gesto sobrio, desabrochando los primeros botones de su camisa mientras avanzaba hacia las escaleras, dejando que las dos jóvenes sirvientas lo siguieran de cerca a sus espaldas, listas para complacer la menor de sus exigencias.
Izuku subió los escalones de madera noble con una parsimonia imponente, escuchando el suave y rítmico rozar de los pies descalzos de Mika y Kyoka detrás de él. Cada paso que daba hacia el piso superior reforzaba la certeza de que el control sobre su entorno era absoluto e irrevocable.
Al llegar al umbral de su habitación, la puerta doble ya se encontraba entreabierta. El ambiente en el interior era cálido, impregnado con el aroma de los aceites que las sirvientas habían esparcido para relajar el espacio.
Sentada en el borde de la espaciosa cama, Momo lucía una bata de satén que revelaba la línea de sus hombros y la curva de sus piernas, manteniendo esa postura de elegancia aristocrática que, ante la sola presencia de Izuku, se suavizaba en una mirada de pura entrega. A unos pasos, de pie cerca de la ventana, Rumi permanecía con los brazos cruzados bajo el pecho, vistiendo una cómoda playera holgada que dejaba al descubierto sus torneadas y fuertes piernas. Sus largas orejas de conejo se crisparon hacia adelante en cuanto la silueta del peliverde recortó la entrada.
—Has vuelto, mi amor —dijo Momo, poniéndose en pie con un movimiento fluido y caminando hacia él para tomar su chaqueta con delicadeza—. ¿Cómo estuvo la charla con Katsuki?
—Cumplió su propósito —respondió Izuku, permitiendo que Momo lo atendiera mientras Mika y Kyoka se acomodaban de rodillas a los lados de la puerta, listas como sombras obedientes—. Mañana vendrá a entrenar. Le di tu recado para la tía Mitsuki, mamá.
Rumi soltó un bufido suave, intentando mantener una pizca de ese orgullo indomable que la caracterizaba como heroína, aunque la forma en que sus ojos rojos seguían cada movimiento de Izuku la delataba por completo.
—Ese mocoso explosivo... Más le vale venir preparado —comentó Rumi, dando un paso al frente y dejando que la rigidez de su postura se disolviera ante la mirada fija de su hijo—. Aunque dudo que entienda el tipo de... 'régimen' que manejamos ahora en esta casa.
Momo sonrió con malicia, entregándole la chaqueta a Kyoka para que la colgara, mientras ella misma comenzaba a desabotonar los primeros botones de la camisa de Izuku, rozando su pecho con la punta de los dedos.
—Mañana nos encargaremos de mantener las apariencias frente a las visitas, si es lo que el amo desea —susurró Momo, alzando la vista hacia Izuku con devoción—. Pero esta tarde es exclusivamente nuestra. Todo está dispuesto tal como lo ordenaste.
Izuku colocó una mano en la nuca de Momo, atrayéndola para un beso firme que dictaba el inicio de las próximas horas, mientras con la otra mano le hacía una seña a Rumi para que se acercara a la cama. La heroína número cinco, sintiendo el peso de la autoridad de su hijo, tragó saliva y acató la orden sin dudar, entregándose una vez más al inevitable magnetismo que gobernaba su nuevo mundo.
El beso con Momo se prolongó, volviéndose más profundo y demandante a medida que la joven aristócrata se entregaba por completo al agarre de Izuku. Ella dejó escapar un suave gemido entre sus labios, aferrándose a los hombros del peliverde mientras sentía cómo la última pizca de su habitual compostura se disolvía por completo bajo el mandato de su novio.
Rumi se acercó a la cama con pasos lentos, el corazón latiéndole con fuerza en el pecho. Al ver la devoción con la que Momo se rendía ante Izuku, la heroína conejo sintió que un calor conocido volvía a encenderse en su vientre. Se sentó en el colchón, levantando la mirada hacia su hijo con una mezcla de anticipación salvaje y sumisión absoluta. Las marcas del gimnasio ya no le importaban; ahora solo quería volver a sentir esa abrumadora virilidad que la había quebrado por la mañana.
—No nos hagas esperar, cachorro... —susurró Rumi, con la voz notablemente ronca y las orejas caídas a los lados de su rostro—. Dijiste que la tarde te pertenecía, así que dinos qué quieres que hagamos.
Izuku rompió el beso con Momo, dejando un hilo de saliva que unía sus labios por un segundo, y miró a las cuatro mujeres presentes. Mika y Kyoka permanecían de rodillas junto a la puerta, con las respiraciones contenidas y los ojos fijos en el suelo, esperando la señal para integrarse al juego.
—Momo, Rumi, quítense las batas —ordenó Izuku con una voz gélida y dominante que resonó en las paredes de la habitación—. Mika, Kyoka, acérquense y ocúpense de mi ropa.
—Sí, amo Izuku —respondieron las dos sirvientas al unísono, avanzando a gatas con total sumisión hacia el peliverde.
Momo sonrió con una mirada ardiente y, sin apartar los ojos de Izuku, deslizó los nudos de su bata de satén, dejándola caer al suelo para revelar su espectacular y maduro cuerpo desnudo. Rumi, por su parte, se despojó de la playera holgada con un movimiento rápido, exponiendo sus imponentes pechos y sus abdominales marcados, jadeando sutilmente ante la mirada posesiva de su hijo.
Kyoka comenzó a desabrochar el cinturón de Izuku con manos hábiles pero temblorosas por la excitación, mientras Mika retiraba la camisa de sus hombros, besando la piel del torso del peliverde a medida que la descubría. El ambiente de la habitación se volvió denso, cargado del aroma a aceites esenciales y de la inminente tormenta de lujuria que estaba por desatarse bajo el mandato absoluto del nuevo dueño de la casa.
Con la ropa de Izuku finalmente retirada por las manos devotas de Mika y Kyoka, su imponente presencia física quedó al descubierto, dominando el centro de la habitación. El miembro del peliverde ya se encontraba completamente rígido, respondiendo al denso ambiente de sumisión y al aroma de las cuatro mujeres que aguardaban sus órdenes.
Momo no esperó un segundo más. Se posicionó de rodillas sobre el colchón, gateando hacia él con una sonrisa lasciva y atrapando la punta del miembro de Izuku con sus labios, comenzando a darle una felación profunda y experta que hizo que el peliverde soltara un suspiro de satisfacción.
Rumi, observando la escena desde la cama, sintió que la humedad entre sus muslos se intensificaba. Se colocó en cuatro puntos justo detrás de Momo, arqueando la espalda de manera exagerada y ofreciendo sus firmes y redondeados glúteos hacia su hijo. Sus orejas de conejo daban pequeños espasmos de pura anticipación.
—Izuku... tómame otra vez... —suplicó Rumi, echando la cabeza hacia atrás para mirarlo con ojos cargados de lujuria—. Hazme tuya antes de que esa mocosa te deje seco...
Izuku, respondiendo al ruego de su madre, apartó suavemente a Momo por el cabello. Sujetó las caderas de Rumi con un agarre de hierro, alineando su miembro con la estrecha e impregnada intimidad de la heroína. Con un solo empuje firme y decidido, se hundió por completo en ella.
—¡¡Ahhh... Dios, Izuku!! —gritó Rumi, aferrándose a las sábanas con fuerza mientras sus paredes vaginales se contraían salvajemente alrededor del grueso miembro de su hijo, recibiendo el impacto con un deleite primitivo.
Momo se acomodó de inmediato a un costado, sujetando uno de los grandes pechos de Rumi para masajearlo, mientras Kyoka y Mika se subían a la cama por los lados. Mika comenzó a besar el cuello y la espalda de Izuku para mantenerlo estimulado, mientras Kyoka guiaba sus propias manos hacia los muslos de Momo, uniendo a todo el harén en un vaivén caótico y perfecto.
El ritmo de las estocadas de Izuku se volvió salvaje, llenando la habitación con el eco de los cuerpos chocando y los gemidos desbocados de la heroína número cinco, quien se entregaba por completo al placer de ser sometida en cuerpo y mente por el nuevo amo absoluto de la casa.
El vaivén en la habitación se volvió completamente frenético. La resistencia sobrehumana de Rumi, lejos de ser un impedimento, le permitía a Izuku descargar toda su energía sin necesidad de contenerse. Cada estocada profunda hacía que la cama de madera crujiera y que la heroína Mirko soltara gemidos rasgados, perdiendo por completo la compostura que tanto la caracterizaba ante el público.
—¡Eso es... dale más duro, cachorro! ¡Rómperme por dentro! —deliraba Rumi, con la mirada completamente perdida y la respiración entrecortada, clavando los dedos en el colchón con tanta fuerza que las sábanas amenazaban con rasgarse.
Momo, posicionada al frente, aprovechó la cercanía para unir sus labios con los de Rumi, acallando sus gritos en un beso profundo y cargado de fluidos, compartiendo el éxtasis que la madre de su novio estaba experimentando. Mientras tanto, las manos de Momo bajaban para acariciar los muslos de Izuku, siguiendo el compás de sus brutales arremetidas.
A los costados, Mika y Kyoka no se quedaban atrás. Kyoka se inclinó sobre el abdomen de Izuku, lamiendo el sudor que corría por su piel y dejando marcas de besos en sus costados, mientras Mika utilizaba sus manos expertas para masajear los glúteos de Rumi, maximizando la sensibilidad de la heroína y provocando que sus espasmos internos se volvieran aún más erráticos y apretados alrededor del miembro del peliverde.
Sabiendo que el clímax estaba cerca, Izuku sujetó a Rumi por la cintura con un agarre que dejaría marcas rojas y aceleró el ritmo hasta el límite. El sonido de la carne chocando y los jadeos colectivos inundaron por completo el espacio.
—¡Izuku! ¡Me voy... me vengo otra vez contigo! —gritó Rumi en un último destello de lucidez antes de que su cuerpo se tensara por completo.
Izuku dio tres estocadas finales con una fuerza demoledora, hundiéndose hasta la base. Con un rugido grave, liberó una monumental descarga de semen caliente en lo más profundo de las entrañas de su madre. Rumi soltó un alarido ahogado, colapsando hacia adelante sobre las almohadas mientras su intimidad devoraba y succionaba cada gota del espeso fluido de su hijo.
Izuku se dejó caer lentamente sobre la espalda de Rumi, jadeando de forma pesada, sintiendo el calor acumulado de los cuerpos y el sudor que los unía a todos en la cama. Momo, Mika y Kyoka se acomodaron de inmediato a su alrededor, entrelazando sus extremidades con las del peliverde, exhaustas pero con una devoción inquebrantable grabada en sus rostros, disfrutando del silencio posterior a la tormenta en una tarde donde el dominio de Izuku se había consolidado de manera definitiva.
El silencio que siguió a la tormenta de pasión fue denso, casi palpable, roto únicamente por el sonido sincronizado de las respiraciones que buscaban recuperar el ritmo. El olor a sexo, sudor y aceites esenciales flotaba en el aire de la habitación, sellando el ambiente con una atmósfera de absoluta posesión.
Izuku permaneció unos momentos recostado sobre la espalda de Rumi, sintiendo el constante y acelerado latido del corazón de la heroína bajo su pecho. Cuando finalmente se retiró, un hilo espeso de su simiente escurrió por los muslos de su madre, un recordatorio físico e imborrable del dominio que acababa de ejercer. Rumi soltó un suspiro trémulo, girándose lentamente sobre el colchón para quedar boca arriba. Tenía las mejillas encendidas, los ojos entornados y las orejas de conejo completamente caídas sobre las almohadas, sin una sola pizca de la fuerza salvaje que mostraba ante el mundo exterior; en la cama de su hijo, era solo una mujer conquistada.
Momo, con la melena azabache alborotada y la piel brillando por el sudor, se deslizó de inmediato hacia el costado de Izuku. Apoyó la cabeza en su pecho, delineando con sus dedos los músculos del abdomen del peliverde con una devoción absoluta.
—Estuviste increíble, mi amo... —susurró Momo, con una voz perezosa y cargada de una sumisión que habría escandalizado a cualquiera de la alta sociedad—. Ver cómo controlas a Rumi de esa manera... solo me hace amarte más.
Mika y Kyoka, que se habían mantenido acurrucadas a los pies de la cama respetando el espacio de sus superiores, se movieron con pasos sutiles. Kyoka, con las mejillas aún rojas, estiró los brazos para limpiar con delicadeza las gotas de sudor de la frente de Izuku con una pequeña toalla que había tomado de la mesita de noche, mientras Mika bajaba de la cama con total naturalidad para buscar agua fresca para su dueño.
—Toma, cachorro... —la voz de Rumi interrumpió el murmullo, sonando ronca, casi un quejido dócil mientras estiraba un brazo para acariciar la mejilla de Izuku—. No dejes que estas mocosas te mimen tanto... Tienes que descansar bien. Mañana viene el hijo de Mitsuki y no quiero que des una mala impresión en el gimnasio por mi culpa.
Izuku atrapó la mano de su madre en el aire, apretándola con firmeza, lo que hizo que Rumi soltara un leve suspiro de sumisión. El peliverde miró al techo de su habitación, disfrutando de la sumisión colectiva de su hogar. Sabía que al día siguiente, cuando Katsuki cruzara esa puerta, el escenario tendría que ser perfecto: la fachada de la familia de héroes ideal ante los ojos de los Bakugo, mientras que, bajo las sombras, el Modo Control seguiría dictando cada respiración de las mujeres de la casa.
El sol comenzó a ocultarse en el horizonte, tiñendo la habitación de tonos anaranjados y rojizos a través de la ventana. Mika regresó a la cama con una bandeja que contenía copas de agua cristalina y toallas húmedas aromatizadas. Con movimientos ensayados y sumisos, comenzó a limpiar el cuerpo de Izuku, mientras Kyoka hacía lo mismo con Momo y Rumi, encargándose de remover con total delicadeza los restos del clímax compartido.
Momo se incorporó lentamente, estirando su maduro y escultural cuerpo con una sonrisa de plena satisfacción. Miró a Rumi, quien seguía recostada, disfrutando de la languidez que solo las embestidas de su hijo lograban provocarle.
—Será mejor que empecemos a planificar la estrategia para mañana, mi amor —sugirió Momo, acomodando unos mechones de su cabello oscuro detrás de la oreja mientras miraba a Izuku—. Katsuki es muy perceptivo. Si ve a Rumi demasiado dócil o a las sirvientas demasiado atentas contigo, podría empezar a hacer preguntas molestas.
Rumi, al escuchar el nombre del hijo de su mejor amiga, se sentó en la cama, permitiendo que Kyoka terminara de limpiar sus muslos. Sus orejas de conejo se enderezaron un poco, recuperando una pizca de su mentalidad táctica.
—La mocosa tiene razón, cachorro —admitió Rumi, con la voz un poco más firme pero manteniendo ese brillo de adoración en sus ojos rojos—. Conozco a ese chico desde que pañales. Es un salvaje, pero tiene el instinto de un depredador para notar los cambios en el ambiente. Frente a él, volveré a ser la mentora estricta y ruda de siempre. Te gritaré en el gimnasio y te exigiré el doble, justo como Mitsuki esperaría que lo haga.
Izuku, que ahora permanecía sentado en el centro de la cama como un monarca en su trono, asintió con una seriedad madura que infundió respeto inmediato en las cuatro mujeres.
—Me parece bien —sentenció el peliverde—. Mañana mantendremos la fachada habitual. Momo mantendrá su distancia educada, las sirvientas actuarán como empleadas ordinarias y tú, mamá, serás la heroína Mirko indomable de cara al exterior. Pero en cuanto Katsuki cruce esa puerta de salida... todo volverá al orden que yo he dictado.
—Sí, amo Izuku —respondieron Mika y Kyoka al unísono, inclinando las cabezas desde el suelo.
Momo e Izuku compartieron una mirada de complicidad. La mesa estaba puesta. Katsuki vendría mañana buscando medir sus fuerzas contra su mejor amigo en el gimnasio, sin tener la más mínima idea de que entraría a un territorio completamente dominado por la voluntad absoluta del peliverde.
Al día siguiente, el timbre de la gran residencia resonó puntualmente. Al abrirse la puerta, Katsuki no venía solo; venía acompañado de su madre, Mitsuki Bakugo. Ella había decidido acompañarlo no solo para revivir los viejos tiempos y ver a los muchachos entrenar en el gimnasio como cuando eran niños, sino también para ponerse al día y platicar a solas con Rumi, su mejor amiga, con quien no había tenido la oportunidad de hablar tranquilamente en un buen tiempo.
El grupo se trasladó de inmediato al gimnasio privado de la casa. Las apariencias se mantuvieron a la perfección tal como Izuku lo había ordenado: Momo permanecía a un lado con una postura educada y formal, mientras Mika y Kyoka se limitaban a servir agua con la discreción de unas sirvientas ordinarias. Rumi, vistiendo su ropa de gimnasio, adoptó de inmediato su papel de la heroína Mirko, estricta, ruda y ruidosa frente a sus invitados.
—¡Muy bien, par de mocosos! —exclamó Rumi, cruzándose de brazos con fingida dureza—. Menos charla y más acción. ¡Al cuadrilátero de una vez!
Katsuki no esperó dos veces. Saltó al centro del área de combate, haciendo estallar pequeñas explosiones en sus palmas con una sonrisa retadora. Izuku se posicionó frente a él, manteniendo una calma imponente. El combate amistoso comenzó con rapidez; Katsuki se lanzó al ataque usando su Don con agilidad, lanzando ráfagas de calor y propulsándose para conectar golpes, pero se dio cuenta de algo: Izuku esquivaba y bloqueaba usando únicamente su fuerza física pura, sin activar su energía habitual.
—¡Oye, maldito Deku! —le gritó Katsuki, lanzando un derechazo cargado de chispas—. ¡¿Qué demonios te pasa?! ¡Usa tu maldito Don, no me subestimes!
Izuku retrocedió un paso, evaluando la situación. En su mente, cruzó la idea de activar el **Modo Control** para someter la situación, pero un frío análisis en su cabeza le advirtió que el desgaste de energía en este momento exacto con tanta gente presente podría llevarlo al punto del desmayo. Descartando esa opción por seguridad, Izuku decidió activar el **Modo Aleatorio** de su quirk para reescribir las variables del entorno en ese mismo instante.
Una imperceptible distorsión mental ocurrió en un pestañeo.
Izuku bajó los puños, deteniendo el combate por un segundo mientras la realidad se acomodaba a su alrededor. De inmediato, miró hacia donde estaban las mujeres de su casa: Momo, Rumi, Mika y Kyoka permanecían exactamente igual, manteniendo la sumisión absoluta del Modo Control intacta en sus mentes y cuerpos. Sin embargo, al girar la vista hacia el área de descanso, los cambios del Modo Aleatorio se hicieron evidentes en la conversación de las visitas.
Mitsuki estaba sentada junto a Rumi, pero su semblante ya no era el de siempre. Con una mezcla de indignación y despecho, le contaba a su mejor amiga el motivo real de su visita.
—No te lo vas a creer, Rumi... pero Masaru me fue infiel. ¡Y con un hombre! —soltó Mitsuki, apretando los puños—. En cuanto lo descubrí, le pedí el maldito divorcio. No quiero saber nada más de él.
Rumi la escuchaba con atención, asintiendo con su acostumbrada actitud protectora. De pronto, la conversación entre ambas bajó a un tono de susurros que Izuku, gracias a sus agudizados sentidos, logró captar vagamente. Mitsuki desvió la mirada por un instante hacia el centro del gimnasio, fijando sus ojos directamente en la entrepierna del peliverde, que se remarcaba bajo el pantalón deportivo.
—Vaya... tu hijo ya está grande, Rumi... muy grande —susurró Mitsuki para sí misma, sintiendo un súbito calor entre sus piernas que humedeció su ropa interior ante la imponente estampa de Izuku.
Izuku apartó la mirada de los murmullos de las adultas y se concentró en la persona con la que estaba peleando antes... pero su cerebro experimentó un breve cortocircuito. Frente a él ya no estaba Katsuki. Quien sostenía la postura de combate, jadeando y con una sonrisa desafiante, era **Mina**.
El Modo Aleatorio había reemplazado por completo la existencia de Katsuki por la de una chica. Izuku la observó con detenimiento: su piel completamente rosada y sus facciones eran un rasgo único y llamativo. El peliverde no pudo evitar pensar en lo sumamente diferente que Mina era de su madre, Mitsuki. *Bueno... madre e hija no se parecen físicamente en nada, pero aun así son familia de sangre en esta línea*, razonó Izuku en sus adentros, aceptando la nueva configuración de la realidad.
Para romper la tensión del gimnasio, Rumi habló en voz alta hacia donde estaba su amiga, retomando un tono más normal.
—¡Ja! ¡Eso me recuerda a los viejos tiempos cuando estas dos entrenaban juntas de niñas en este mismo suelo! —comentó Rumi con una carcajada, señalando a Izuku y a Mina.
Mitsuki soltó una risa picante, dejando de lado su amargura por el divorcio para mirar con burla a su hija.
—¡Es verdad! ¿Te acuerdas, Rumi? Cada vez que Mina regresaba a la casa después de terminar las rutinas contigo, llegaba con la cara completamente roja y toda tímida por haber estado viendo el gran cuerpo de Izuku durante horas —reveló Mitsuki sin ningún tipo de filtro.
Al escuchar las palabras de su madre frente a todos, la piel rosada de Mina pareció encenderse en un tono carmesí brillante de la pura vergüenza. Bajó los puños por completo y cubrió su rostro con las manos, totalmente apenada.
—¡¡Mamá!! ¡¿Por qué demonios tienes que decir esas cosas enfrente de él?! ¡Cállate de una vez! —chilló Mina, completamente avergonzada mientras Momo y las sirvientas observaban la escena desde un costado, con una fría y posesiva calma.
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Izuku con quirk bla bla bla Realidad bla bla bla / Izuku with quirk blah blah blah Reality blah blah blah
Updated on Jun 9, 2026
Created on Jun 9, 2026
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