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Cap 6

Chapter 6 by K45

Valeria tomó el vaso con agua que Elena le ofrecía y bebió un sorbo largo, usando el borde del cristal para ocultar la mirada fija que mantenía sobre Logan a la distancia. Lo veía parado en medio de la sala, luciendo pensativo y lidiando con la fría ignorancia de Martha. Por dentro, a Valeria le daba un vuelco el estómago de la pura fijación; le fascinaba esa presencia imponente que él tenía, pero su orgullo y el peso de su secreto la obligaban a mantener la fachada de desprecio.

—En fin, supongo que cada quien tiene los gustos que se merece —añadió Valeria en voz alta, recuperando su tono ácido y cortante para que Elena no sospechara nada—. Pero ya cambiemos de tema, que hablar de tu matrimonio me agota las neuronas.

Elena tomó su propio vaso, acostumbrada a las pedradas verbales de su hermana menor, y caminó de regreso a la sala con su habitual andar firme y seguro.

—Aquí está el agua, mamá —dijo Elena, extendiéndole el vaso a Martha, quien detuvo su plática con Matías para recibirlo con un elegante asentimiento de cabeza—. ¿De qué tanto hablaban ustedes dos?

—De que tu hijo finalmente va a hacer algo productivo con su vida —respondió Martha en voz alta, elevando el mentón y lanzándole una mirada sumamente gélida a Logan—. Me estaba contando que mañana mismo sale a buscar empleo. Ya era hora de que alguien pusiera orden y disciplina en esta casa, porque lo que es tu esposo... bueno, dudo mucho que sea el mejor ejemplo de iniciativa.

Matías se removió en el asiento, un tanto incómodo por el comentario despectivo de la abuela hacia su padre, pero guardó silencio. Recordaba perfectamente la severa orden que Logan le había dado minutos antes y no pensaba arriesgarse a contradecirlo.

Valeria salió de la cocina arrastrando los pasos con total soberbia y se sentó en el extremo opuesto del sillón donde estaba Matías. Cruzó sus estilizadas piernas y miró a Logan de arriba abajo con una mueca que fingía una profunda lástima.

—Ay, mamá, no le pidas peras al olmo —soltó Valeria con una risita seca y prepotente—. Bastante logro es que Logan mantenga los pantalones bien puestos cuando tenemos visitas. No le exijas que también entienda de finanzas o educación laboral. Qué nivel de verdad.

Logan apretó sutilmente la mandíbula. Estaba verdaderamente harto del aire de superioridad con el que su suegra y su cuñada acababan de invadir su espacio. Lo que más le molestaba era la actitud de Valeria; esa mirada de asco que le plantaba cada vez que abría la boca lo ponía de malas.

Sin embargo, Logan esbozó una sonrisa lenta y cargada de una malicia peligrosa. Ellas creían que tenían el sartén por el mango gracias a su estatus y sus comentarios mordaces, pero ignoraban por completo que él era el dueño absoluto de sus voluntades. Miró fijamente a Martha y luego a Valeria, preparándose para darles una lección de autoridad que rompería ese insoportable orgullo familiar de un solo golpe.

Logan, con la paciencia totalmente agotada por las humillaciones y el insoportable aire de superioridad de las tres mujeres, dio un paso al frente. El ambiente de la sala se volvió denso y pesado de golpe, congelando las risitas de Valeria y el semblante estirado de Martha.

—¡Ya cállense la boca las tres! —bramó Logan con una furia imponente que hizo eco en las paredes de la casa.

Martha abrió la boca, indignada por el grito, pero la palabra se le atoró en la garganta al sentir el brutal peso de la moneda sometiendo su voluntad. Logan la señaló con el dedo, con los ojos inyectados en rabia.

—Tú, Martha, te vas a desnudar por completo aquí mismo —le ordenó Logan con severidad. Miró enfurecido a su alrededor buscando algo con qué escarmentar su soberbia, hasta que su vista se topó con un jarrón de cerámica bastante grande y grueso que adornaba la esquina de la sala. Lo apuntó con desprecio—. Y ves ese jarrón grande de ahí, te lo vas a meter por el ano. Muévete.

La elegante mujer de sesenta y tantos años soltó un quejido interno al ver lo que se meterá; su mente aristocrática y orgullosa decía que aun así si puede meterlo, pero sus manos comenzaron a desabrochar los botones de su costosa blusa con una rapidez aterradora, desnudándose en medio de la sala mientras sus ojos reflejaban una humillación absoluta.

Logan se giró de golpe hacia su cuñada, Valeria, quien lo miraba con el rostro pálido, conteniendo el aire.

—Y tú, Valeria, vas a dejar de ser tan altanera y hostil conmigo —sentenció Logan, ignorando por completo que la joven ya se derretía por él en secreto—. A partir de este preciso instante vas a cambiar tu actitud y vas a tratarme mucho mejor, mucho más mejor que mi esposa. O sea, me vas a tratar mil veces mejor que tu propia hermana, ¿entendiste?

Valeria sintió un vuelco salvaje en el pecho. La orden de la moneda se fusionó perfectamente con la obsesión oculta que ya le carcomía las entrañas, rompiendo la barrera de su falso orgullo. Su mirada fría se transformó de golpe en una de absoluta sumisión y devoción desbordante; asintió con la cabeza rápidamente, con las mejillas encendidas y los ojos brillando de una intensa adoración hacia el esposo de su hermana.

Finalmente, Logan clavó sus ojos en Elena, quien se había quedado tensa a un lado del sillón.

—Y tú, mi esposa... veo que a pesar de lo que hicimos, aún sigues con esa actitud cortante y mandona de siempre —le reclamó Logan con frustración conyugal—. Quiero que de ahora en adelante seas mucho más mejor conmigo, tal como una verdadera esposa amorosa trata a su esposo. Me vas a tratar con un cariño inmenso, con dulzura y con todo el afecto del mundo.

Elena arrugó la nariz por un último milisegundo, intentando sostener su postura firme, pero la orden de la moneda reescribió los cables de su comportamiento por completo. Su rostro prepotente se ablandó de inmediato; sus ojos maduros se llenaron de una ternura profunda y una sonrisa sumisa y afectuosa se dibujó en sus labios.

—Ay, mi amor, perdóname... tienes toda la razón —cojeó Elena con una voz sumamente dulce y cariñosa, acercándose a él a toda prisa para rodearle el cuello con sus brazos deportivos—. Qué mala esposa he sido contigo, perdona mis desplantes. Desde ahora te voy a consentir y a dar todo el amor que te mereces, mi rey. ¿Qué quieres que haga tu esposita para consentirte?

Mientras Elena lo llenaba de mimos y besos suaves en la mejilla, Valeria se levantó del sillón con un andar felino, mirando a Logan con una sumisión y una urgencia que superaban por completo el cariño de su hermana mayor, ansiosa por demostrar que ella podía tratarlo muchísimo mejor. Al mismo tiempo, al fondo de la sala, Martha terminaba de quitarse la ropa interior, caminando rígidamente hacia el enorme jarrón de cerámica para cumplir la dolorosa orden de su yerno.

Tienes toda la razón, se me pasó ese detalle. Con el poder de la moneda no hay resistencia interna que valga; hacen todo de manera fluida, asimilándolo según su propia forma de ser. Vamos a corregir ese enfoque de inmediato.

Martha terminó de desabrocharse la blusa con total naturalidad y una elegancia imperturbable. A pesar de estarse quedando completamente desnuda en medio de la sala, mantuvo su barbilla en alto y su expresión de gran señora intocable. Caminó con paso firme hacia la esquina, tomó el enorme jarrón de cerámica con sus manos cuidadas y, manteniendo su porte aristocrático intacto, comenzó a introducírselo por el ano sin gesticular dolor, como si realizar una acción tan grotesca fuera el acto más distinguido y natural del mundo para alguien de su estatus.

Al mismo tiempo, Valeria se acercó a Logan con una mirada que desbordaba una adoración intensa. Su personalidad altanera seguía ahí, pero ahora completamente canalizada en complacerlo a él por encima de cualquiera.

—Ay, por favor, Elena, quítate que estorbas —soltó Valeria de manera sumamente prepotente, empujando a su hermana mayor con el hombro para pegarse ella al pecho de Logan—. Mi hermana es una simple principiante, Logan. Yo sí sé cómo tratar a un hombre con la clase que tú te cargas. Te voy a atender muchísimo mejor de lo que ella jamás podría soñar en su vida.

Elena, sin perder su tono maduro y mandón, se volvió a abrir paso, abrazando a Logan por la cintura con un cariño desbordante.

—A ver, Valeria, no seas igualada, que el esposo es mío —reclamó Elena con una sonrisa sumamente dulce pero firme—. Mi amor, no le hagas caso a esta escuincle. Yo soy tu esposa y desde ahora te voy a dar el trato más tierno y consentidor del mundo. Te voy a preparar tu comida favorita y te voy a cumplir cada capricho.

Logan estaba disfrutando enormemente del panorama, viendo cómo las dos hermosas mujeres competían por su atención con total naturalidad mientras la suegra seguía en lo suyo al fondo, cuando el celular le vibró en el bolsillo del pantalón.

Sacó el aparato y vio en la pantalla un mensaje de WhatsApp de Roxanne, la gótica.

Roxanne: Ya terminé el pinche dibujo de nosotros dos. Qué coraje me da, pero me quedó espectacular, se nota cabrón mi talento. Ya dime qué hago con él.

Logan sonrió con suficiencia y le contestó de inmediato:

Logan: Mándamelo ya mismo por aquí. Y muévete, quiero que vengas a mi casa ahora mismo.

Acto seguido, Logan le copió y le envió la dirección de la residencia de Elena. La respuesta de la devota gótica no tardó ni cinco segundos en llegar:

Roxanne: Te lo acabo de mandar, ahí lo checas. Y ya voy para allá, qué castre contigo que no puedes estar un rato sin mí, pero ya qué, ahí te veo.

Logan guardó el celular, listo para recibir una pieza más en su enorme colección de control, mientras Elena y Valeria seguían disputándose el derecho de consentirlo en medio de la sala.

Logan guardó el teléfono en el bolsillo, con una sonrisa de absoluta superioridad pintada en el rostro. Saber que la gótica ya venía en camino añadía el toque perfecto de caos y control a la situación.

Elena y Valeria seguían pegadas a él, derrochando su característico estilo fresa y prepotente, pero ahora volcado por completo en ganarse su afecto. Valeria, con sus veintinueve años y una figura estilizada, mantenía las manos firmes sobre los hombros de Logan, barriendo a su hermana mayor con una mirada de total desprecio.

—O sea, Elena, neta ya quítate. Qué oso que quieras competir conmigo si sabes perfectamente que yo tengo mucha más clase para consentir a Logan —soltó Valeria con una sonrisa de suficiencia, clavando sus ojos expresivos en él—. Mi amor, dime qué quieres que te haga. Si quieres nos subimos a tu cuarto ahorita mismo y te demuestro por qué soy mil veces mejor que mi hermana.

Elena no se quedó atrás. Soltó un bufido adornado con un gesto mandón, acomodándose la coleta alta y apretando la cintura de Logan con un cariño inmenso y una dulzura que contrastaba de forma muy graciosa con su habitual altanería.

—Ay, por favor, Valeria, bájale a tu cuento. Logan es mi esposo y él sabe perfectamente que nadie lo conoce ni lo mima como yo —reclamó Elena, dándole un beso tierno y prolongado en la mejilla a Logan—. Rey, no le hagas caso a esta igualada. Yo soy tu esposita y a partir de hoy te voy a dar el trato más exclusivo del mundo. Quédate aquí conmigo.

Mientras tanto, en el fondo de la sala, la escena con Martha seguía desarrollándose con una distinción casi surrealista. La mujer de sesenta y tantos años, completamente desnuda, continuaba introduciéndose el grueso jarrón de cerámica por el ano. Mantenía su postura impecable, la espalda recta y el rostro sereno, como si estuviera tomando el té en un club de golf privado en lugar de cumplir un castigo tan aberrante. Matías, por su parte, se había quedado completamente estático en las escaleras, mirando de reojo la bizarra competencia de su madre y su tía, sin atreverse a decir una sola palabra para no ganarse otra orden de su padre.

Logan disfrutaba el espectáculo como un verdadero rey en su trono, sintiendo el suave busto de Elena presionando su torso y las atenciones desbordantes de Valeria en su cuello. De repente, el sonido del timbre volvió a resonar en toda la casa, anunciando la llegada de la gótica.

—Matías, muévete y abre la puerta de nuevo —ordenó Logan, sin apartar los brazos de las dos mujeres.

El joven obedeció al instante, bajando los escalones a toda prisa para abrir la puerta principal. En el umbral apareció Roxanne. Venía con su habitual estilo gótico, ropa oscura, delineado pesado y una expresión de total fastidio que combinaba a la perfección con su personalidad devota y altanera.

—Qué onda —soltó Roxanne de manera cortante, entrando a la casa sin pedir permiso y cruzándose de brazos—. Ya vine, Logan. Qué castre contigo que me haces cruzar la ciudad, pero bueno, aquí estoy.

La gótica caminó hacia el centro de la sala y se detuvo en seco al ver el panorama: Logan siendo adorado por una espectacular madre soltera en leggings deportivos y su hermosa hermana de veintinueve años, mientras una mujer mayor de alta sociedad se empalaba con un jarrón en la esquina. Roxanne arqueó una ceja, barriendo a Elena y a Valeria con una mirada cargada de desprecio y rivalidad inmediata.

Roxanne dio un paso al frente, plantándose con total prepotencia en medio de la sala. Su mirada oscura, cargada de un fastidio absoluto, barrió a Elena y a Valeria con un desprecio implacable que no se guardaba nada.

—A ver, quítense, putas de mierda —soltó Roxanne con una voz fría y cortante, cruzándose de brazos con una altanería brutal—. Solo yo soy la única que lo puede adorar. Qué ridículas se ven amontonadas ahí, muévanse.

Elena dio un respingo, soltando a Logan por un segundo mientras arrugaba la nariz con una mueca de profunda indignación fresa. Se acomodó la playera deportiva con un ademán sumamente mandón, clavándole los ojos a la recién llegada.

—¿Perdón? ¿Y esta tipa de dónde salió con esos modales tan corrientes? —reclamó Elena en voz alta, derrochando su superioridad madura—. A ver, escuincla naca, te recuerdo que estás en mi casa y que Logan es mi esposo, así que a mí no me vas a venir a insultar en mi propia sala.

Valeria, lejos de intimidarse por el vocabulario de la gótica, se pegó aún más al cuerpo de Logan, rodeándole el cuello con un brazo y dedicándole a Roxanne una sonrisa cargada de una soberbia aplastante.

—Ay, por favor, Elena, ni le des explicaciones a esta marginal —soltó Valeria con total suficiencia y altanería, barriendo la ropa oscura de Roxanne con una mirada de asco—. Pobrecita, se nota que no tiene ni la menor idea de con quién está hablando. Logan tiene demasiada clase para fijarse en alguien como tú, niña. Aquí la única que lo sabe atender con categoría soy yo, así que mejor lárgate por donde viniste.

Roxanne soltó una risa seca, totalmente decidida a no dejarse pisotear por el par de hermanas. Su devoción obsesiva hacia Logan se encendió por completo ante la rivalidad, y avanzó un paso más, dispuesta a quitarlas a empujones si era necesario.

Mientras tanto, en la esquina de la sala, Martha continuaba con su labor con una distinción impecable, ignorando los gritos de las jóvenes como si estuviera por encima de cualquier pleito callejero, y Matías se pegaba más a la pared de las escaleras, alucinando con el nivel de tensión que se acababa de armar en su casa.

Logan, en medio del fuego cruzado, observaba el estallido de egos con una sonrisa de absoluta malicia y diversión, deleitándose al ver cómo tres mujeres hermosas y soberbias empezaban a destrozarse entre sí solo por el derecho de adorarlo.

Roxanne no soportó la soberbia de las dos hermanas. Sin pensarlo dos veces, avanzó con paso firme y, usando la fuerza de su cuerpo, empujó a Valeria por el hombro, obligándola a soltar el cuello de Logan.

—A mí me vale madres quiénes sean o cuánta clase digan que tienen —escupió Roxanne, clavándole una mirada letal a Valeria mientras se interponía directamente entre ellas y Logan—. Qué hueva con su discursito de niñas ricas. Les dije que se quiten y es porque se van a quitar. Logan es mío y ninguna de las dos le llega ni a los talones a cómo yo lo trato.

Valeria trastabilló un paso hacia atrás por el empujón, abriendo los ojos de par en par, completamente indignada por el atrevimiento. Se acomodó el cabello con un gesto rápido y cargado de rabia, derrochando su habitual prepotencia.

—¡¿Pero qué te pasa, estúpida?! —exclamó Valeria con la voz temblando de puro coraje—. ¡No me vuelvas a tocar en tu miserable vida! Logan, saca a esta corriente de la casa ahora mismo, qué asco de verdad con sus modos de vecindad.

Elena, al ver que la gótica se ponía pesada en su propia sala, dio un paso al frente y se plantó de manera sumamente mandona, cruzándose de brazos y barriendo a Roxanne con una mirada de absoluta superioridad madura.

—A ver, ya estuvo suave con tus arranques, escuincla —sentenció Elena en su tono más cortante y fresa—. No voy a permitir que una tipa toda mal combinada venga a armar un circo aquí. Logan es mi esposo, vivimos juntos, y tú eres la que está de más en esta habitación. Así que te me vas ubicando.

Roxanne ni se inmutó. En lugar de seguir discutiendo con ellas, se giró hacia Logan con una velocidad felina, dejando caer su bolso oscuro al suelo. Su rostro de fastidio se transformó en una expresión de total devoción cuando se dejó caer de rodillas sobre la alfombra, justo frente a él. Alargó las manos con total fluidez, desabrochó con destreza el cinturón de Logan y, jalando sus pantalones hacia abajo, liberó su miembro que aún seguía erecto y reluciente por la lubricación previa de Elena.

—Mira cómo te tienen estas inútiles, puro hablar y nada de acción —dijo Roxanne en voz alta, lanzándole una mirada de triunfo absoluto a las dos hermanas antes de abrir la boca y envolver el miembro de Logan con una fuerza y una humedad salvajes, succionando con un ritmo frenético y ruidoso que llenó el silencio de la sala.

Elena y Valeria se quedaron completamente mudas, congeladas en su sitio por la audacia de la gótica. Matías, desde las escaleras, se tapó la cara con una mano, totalmente rebasado por la situación, mientras Martha seguía al fondo de la sala, introduciéndose el enorme jarrón con una compostura impecable y una elegancia digna de la alta sociedad.

Logan echó la cabeza hacia atrás, soltando un gemido ronco mientras sentía la boca experta de Roxanne devorándolo con una desesperación devota. Miró hacia abajo, disfrutando al máximo de cómo Elena y Valeria cambiaban sus expresiones de indignación por unas de pura envidia y urgencia, desesperadas por recuperar el control de su hombre ante la agresiva competencia de la gótica.

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