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Cap 5

Chapter 5 by K45

Logan iba caminando por la banqueta, sumido en sus pensamientos de grandeza y planeando su siguiente movimiento, cuando el rugido de un motor y el chillido estridente de unas llantas lo hicieron saltar hacia atrás por puro instinto. Una enorme camioneta negra de modelo reciente acababa de pasar rozándole las piernas, deteniéndose en seco un par de metros más adelante tras haberse saltado el alto.

La adrenalina le subió a la cabeza de golpe. Lleno de rabia, Logan apretó los puños y caminó a paso veloz hacia la ventana del conductor de la camioneta, dispuesto a armar un escándalo.

—¡Oye! ¡¿Qué chingados te pasa?! —gritó Logan, golpeando el cofre del vehículo con fuerza—. ¡Casi me matas, imbécil! ¡Fíjate por dónde manejas!

La puerta de la camioneta se abrió de golpe. Logan dio un paso atrás, esperando a algún sujeto pesado listo para pelear, pero de la cabina bajó una mujer de unos 38 años que lo dejó sin aliento. Llevaba unos leggings deportivos amoldados a la perfección, unos tenis de marca y una playera ajustada que dejaba ver un abdomen plano y una figura espectacular. Tenía el cabello recogido en una coleta alta, rasgos maduros pero sumamente atractivos y una mirada llena de una tremenda arrogancia, altanería y prepotencia.

—¡A ver, bájale a tu pinche tono, escuincle baboso! —le gritó la mujer de inmediato, azotando la puerta de la camioneta y cruzándose de brazos con una postura de absoluta superioridad—. El que venía distraído eras tú. Qué hueva con la gente muerta de hambre que no se fija al cruzar. ¿Acaso no sabes quién soy?

Logan, a pesar de quedarse impactado por el tremendo y sexy cuerpo que la mujer se cargaba gracias al evidente ejercicio, sintió que el enojo no se le pasaba. Aprovechando el poder absoluto de la moneda, dio un paso al frente, la miró fijamente a los ojos con frialdad y le lanzó una orden directa, cortante y con una voz que detonaba una autoridad pesada.

—Cállate la boca y responde exactamente a lo que te voy a preguntar —sentenció Logan, clavándole la mirada.

La mujer abrió la boca para soltar otro insulto, pero su mandíbula se trabó. Sus ojos reflejaron un destello de profunda frustración y rabia contenida al sentir cómo su propia lengua desobedecía sus órdenes. Mantuvo su postura prepotente y sus cejas juntas en un gesto de total desprecio, pero terminó respondiendo de manera fluida y sumisa.

—Ay, qué pinche castre... me llamo Elena —soltó ella con voz cortante y un tono plano de fastidio—. ¿Contento?

—¿Tienes familia? —preguntó Logan, escaneando sus curvas con malicia.

—Sí, tengo un hijo de 18 años, soy madre soltera. Qué metiche eres, de verdad —respondió Elena, rodando los ojos con una fuerza increíble y bufando con impaciencia.

—¿Vas al gym?

—Obvio que voy al gym, idiota, ¿qué no me estás viendo el cuerpo? —reclamó Elena con orgullo herido y altanería adolescente a pesar de su edad—. Tres horas diarias. Ya dime qué quieres de mí, qué hueva estar perdiendo mi tiempo contigo aquí en la calle.

Logan sonrió con una malicia pura y descarada. El enojo por el casi atropello se transformó en una retorcida idea de control absoluto. Dio otro paso, quedando a centímetros de ella, obligándola a sostenerle la mirada.

—Olvídate por completo de que eres madre soltera —le ordenó Logan con un tono severo y contundente—. A partir de este preciso segundo, pon en tu cabeza que yo, y solo YO, soy tu esposo.

Elena se quedó completamente congelada. Sus pupilas se dilataron mientras el deseo de la moneda reescribía de golpe cada uno de sus recuerdos, su estado civil y su psicología. Su mente se llenó de una realidad distorsionada donde Logan siempre había sido el dueño de su casa y de su vida.

A pesar del brutal cambio mental, su personalidad altanera, fresa y mandona no desapareció en lo absoluto. Elena soltó un bufido monumental de frustración, se llevó las manos a las caderas y miró a Logan con una mirada llena de un reproche conyugal tremendo.

—Ay, no mames, Logan... ¿es en serio? Qué pinche coraje me das —le soltó Elena en voz alta, quejándose con total amargura—. O sea, ¿me haces frenar la camioneta a mitad de la calle solo para recordarme que estamos casados? Qué naco de verdad. Ya sé perfectamente que eres mi esposo, qué hueva me da mi vida contigo. Súbete ya a la camioneta antes de que nos vea alguien conocido y me dé un buen de oso que me vean contigo en la vía pública. Muévete.

Logan soltó una carcajada llena de suficiencia y rodeó la camioneta para subirse al asiento del copiloto, mientras Elena, bufando y murmurando maldiciones entre dientes, se subía al lugar del conductor. Azotó la puerta con total fastidio, acomodándose en el asiento de piel y acomodando el espejo retrovisor con un movimiento brusco de sus manos cuidadas.

—De verdad, Logan, qué maldito estrés contigo —soltó Elena, encendiendo el motor con un rugido potente mientras lo miraba de reojo con esos ojos maduros llenos de una prepotencia increíble—. Mira nada más cómo vienes vestido, qué oso. Y para colmo me haces pasar este coraje a mitad de la calle. Qué hueva de matrimonio, en serio.

Logan se recargó cómodamente en el asiento, disfrutando del aire acondicionado y del olor a carro nuevo. Miró de reojo las piernas de Elena, que se marcaban de manera espectacular bajo los leggings deportivos mientras presionaba los pedales.

—Cállate y maneja a nuestra casa —ordenó Logan con total tranquilidad, estirando una mano para apretarle un muslo con firmeza.

Elena dio un respingo, arrugando la nariz con una mueca de profundo desprecio y altanería, pero su cuerpo no opuso la menor resistencia. Al contrario, acomodó su pierna para darle mejor acceso a la mano de Logan, manteniendo el pie firme en el acelerador.

—Ay, ya vas a empezar con tus urgencias de naco, Logan. Quita la mano que me desconcentras —reclamó Elena en voz alta, rodando los ojos con fastidio extremo—. Aparte, te recuerdo que tu hijo está en la casa. Sí, nuestro hijo de 18 años, que por cierto salió igualito de flojo y castroso que tú. Debe estar tirado en el sillón jugando videojuegos. Qué combinación de verdad, Dios me libre.

La camioneta avanzó a toda velocidad por las calles de la ciudad hasta llegar a una zona residencial de buen nivel. Elena estacionó el vehículo frente a una casa grande y moderna, apagando el motor con impaciencia.

—Ya llegamos, ya bájate —dijo ella, tomando su bolsa de marca con total desgano—. A ver qué inventas para comer porque yo vengo muerta del gimnasio y no pienso mover un solo dedo por ti hoy, Logan. Qué flojera me das.

Logan sonrió con malicia, bajándose de la camioneta. Saber que ahora tenía a una mujer madura de cuerpo espectacular totalmente convencida de ser su esposa, y a un "hijo" de su misma edad esperándolo adentro, abría un abanico de posibilidades perfectas para seguir jugando con el mundo a su antojo.

Logan abrió la puerta principal de la residencia con total confianza. Al entrar, el diseño minimalista de la sala quedó a la vista, y tal como Elena había mencionado, en el sillón principal estaba un joven de 18 años, concentrado en la pantalla de la televisión con un control de consola entre las manos.

Al escuchar los pasos, el muchacho desvió la vista un segundo. Al ver a Logan, juntó las cejas con una expresión de profundo fastidio y altanería, una réplica exacta de los gestos de su madre.

—Ah, ya regresaron —soltó el joven con un tono de voz cortante y desinteresado, regresando de inmediato su atención al juego—. Pensé que se iban a tardar más. Oye, pa, me urge que me deposites para comprar unas cosas del juego, no te cotices.

Elena entró detrás de Logan, azotando su bolsa sobre la barra de la cocina. Se pasó una mano por su coleta alta y miró a su hijo con los brazos cruzados, manteniendo esa postura de superioridad que la caracterizaba.

—A ver, tú no le estés pidiendo nada a tu padre en cuanto entra por la puerta —reclamó Elena en voz alta, de manera sumamente mandona—. Bastante tengo ya con aguantar sus detalles en la calle como para que tú también empieces con tus exigencias de siempre.

Logan observó la escena con una sonrisa de absoluta suficiencia. Miró al muchacho, consciente de la enorme ventaja y autoridad que su posición de padre ficticio le otorgaba, y luego regresó la vista a las marcadas curvas de Elena, quien caminaba por la cocina buscando un vaso de agua, haciendo que sus leggings deportivos se tensaran con cada paso.

—Ustedes dos se van a callar ahora mismo —ordenó Logan, plantándose en medio de la sala con una voz pesada que congeló el ambiente.

El joven detuvo los dedos sobre el control y Elena dejó el vaso sobre la barra a mitad de camino. Los dos lo miraron con los ojos entreabiertos, molestos por la interrupción pero totalmente incapaces de desobedecer el peso de la orden.

—Elena, ven aquí conmigo a la sala y quítate la playera —dictó Logan con total frialdad—. Y tú —añadió apuntando al muchacho—, quédate ahí sentado viendo la pantalla sin voltear para acá atrás hasta que yo te lo autorice.

—Ay, de verdad que eres un corriente de lo peor, Logan —protestó Elena en voz alta, tronando la boca con desprecio y amargura—. No puedes ver que vengo del gimnasio porque luego luego te pones en ese plan tan predecible. Qué oso con tus arranques en la sala.

A pesar de sus mordaces palabras, el cuerpo de Elena reaccionó de forma inmediata y sumisa. Cruzó los brazos sobre su vientre plano, sujetó el borde de su playera deportiva y se la deslizó hacia arriba con un movimiento fluido, dejando al descubierto su abdomen marcado y un ajustado top que apenas contenía su firme busto. Caminó directo hacia Logan con paso firme, mientras su hijo, bufando con fastidio y maldiciendo entre dientes por el mandato de su padre, se quedaba rígido mirando fijamente la televisión sin atreverse a girar la cabeza ni un solo centímetro.

Logan miró a Elena, que estaba de pie frente a él en el top deportivo, con los brazos cruzados y esa mirada de altanería que parecía no querer ceder del todo a pesar de su sumisión física. Luego dirigió su mirada fría hacia el muchacho, que permanecía rígido de espaldas en el sillón.

—Ustedes dos escúchenme muy bien —sentenció Logan con una voz imponente que resonó en toda la sala—. Vas a dejar de tratarme así, Elena. Soy tu esposo y tú eres mi esposa, así que me vas a empezar a mostrar el respeto que me corresponde.

Elena arrugó la nariz y soltó un bufido resentido, clavándole esos ojos maduros.

—Ay, por favor, Logan. Llevamos años casados y ahora te pones digno con el respeto. Qué ridículo eres, de verdad —reclamó de inmediato, con su tono fresa y mandón a todo lo que daba.

Sin embargo, a nivel psicológico, el deseo de la moneda se incrustó más profundo en su cerebro. Sus hombros se relajaron sutilmente y su postura se volvió un poco más atenta, aceptando por completo la autoridad conyugal de Logan a regañadientes.

Logan se giró un poco hacia el sillón.

—Y tú, mi hijo, vas a dejar de ser así de flojo. A partir de mañana vas a empezar a ayudar aquí en la casa y te vas a buscar un trabajo. El cincuenta por ciento de lo que ganes en ese empleo será para tus padres, y lo demás te lo quedas tú. ¿Quedó claro?

El muchacho soltó una risa seca de pura incredulidad, apretando el control de la consola con rabia contenida mientras mantenía la vista fija en la televisión, tal como se lo habían ordenado.

—No manches, pa, qué manchado eres, neta —protestó el joven, con la voz llena de un berrinche adolescente—. O sea, ¿quieres que trabaje y encima te dé la mitad de mi dinero? Qué oso con tus reglas de la nada. Me vas a dejar sin nada para salir.

A pesar del tremendo coraje que reflejaban sus palabras, el mandato quedó grabado a fuego en su voluntad. El muchacho asintió con la cabeza de mala gana, sabiendo internamente que mañana mismo saldría a buscar empleo y que entregaría cada centavo exigido sin poder evitarlo.

Elena, viendo cómo Logan ponía orden con esa actitud tan dominante, soltó un suspiro pesado y se acomodó la coleta alta, barriéndolo con la mirada de arriba abajo. Su cuerpo, pegajoso por el sudor del gimnasio, parecía responder al magnetismo de la autoridad de su "esposo".

—Bueno, ya les pusiste tus condiciones a todo el mundo, gran jefe —soltó Elena de manera cortante, dando un paso hacia él y plantándole su pronunciado busto casi en el pecho—. ¿Ya vas a dejar de dar discursos o qué? Porque si me hiciste quitarme la playera en medio de la sala sólo para regañarnos, de verdad qué desperdicio contigo, Logan. Muévete y dime qué más quieres que haga tu esposa.

Logan sonrió con total satisfacción. Desabrochó sus pantalones una vez más y dejó que cayeran al suelo, liberando su miembro erecto en medio de la sala. Miró a Elena con una superioridad aplastante.

—Ponte de rodillas, Elena, y empieza a mamarme el pene —le ordenó Logan con voz ronca—. Y mientras lo haces, quiero que me cuentes detalladamente cómo nos conocimos, cómo fue nuestra vida de novios y cómo estuvo nuestra boda.

Elena arrugó la nariz y soltó una risa seca y altanera.

—Ay, Logan, qué urgido estás de verdad, no cambias. Y encima te pones nostálgico, qué oso contigo —reclamó en voz alta.

Pero sus acciones fueron inmediatas. Se deslizó con total fluidez hasta el piso, quedando de rodillas frente a su entrepierna. Clavó sus ojos maduros y delineados en los de él con una mirada de fingida molestia y, abriendo la boca, envolvió su miembro con una destreza húmeda y caliente. Tras dar las primeras succiones con un ritmo firme, se separó apenas unos centímetros para cumplir con el resto del mandato, hablando con su tono fresa pero completamente hilado a los falsos recuerdos que la moneda había creado en su mente.

—Nos conocimos en el gimnasio al que voy, obviamente —dijo Elena, volviendo a lamer la punta antes de seguir—. Tú estabas de metiche intentando usar una máquina que no sabías ni cómo funcionaba y casi te rompes el cuello. Qué oso pasé contigo ese día. De novios estuvimos saliendo dos años; me llevabas a restaurantes caros porque según tú tenías mucha clase, aunque siempre terminabas pidiendo cosas nacas. Y nuestra boda... ay, no me recuerdes, qué estrés. Fue en un jardín en…, llovió un montón, se me arruinó el peinado y tú te pusiste una borrachera terrible con tus amigos. Qué coraje me dio, pero aun así el sexo fue bueno.

Mientras Elena regresaba a succionarlo con fuerza, Logan sentía el placer recorrerle el cuerpo, pero una duda genuina le cruzó la mente sobre los alcances del pasado alterado. Miró hacia el sillón, donde el muchacho seguía rígido.

—Oigan, una pregunta... ¿Ustedes conocen a mis hermanastras, a Chloe y a Megan, y a mi madrastra Vanessa? —preguntó Logan.

Elena interrumpió la succión un segundo, limpiándose la comisura de los labios con el dorso de la mano y rodando los ojos.

—Obvio que las conocemos, Logan, qué pregunta tan más tonta. Son insoportables tus hermanastras, se la pasan criticando mi ropa cada que vienen. De hecho, yo hasta conocí a mi difunto suegro —soltó ella con total naturalidad, antes de volver a meterse el miembro a la boca.

Logan se quedó completamente sorprendido en su lugar. No se esperaba que la realidad alterada por la moneda hubiera tejido lazos tan profundos, involucrando incluso a personas que ya no estaban.

El hijo de Elena, que seguía de espaldas mirando fijamente la televisión sin voltear, intervino en la conversación con su tono de voz cortante.

—Sí, pa, el abuelo era genial con los autos —dijo el joven, a quien llamaremos Matías—. ¿Ya se te olvidó? El viejo me enseñaba de motores cuando era niño. Tenía un taller buenísimo y sabía arreglar lo que fuera, desde camionetas viejas hasta Vochos clásicos. Era un maestro para la restauración. A mí me encantaba ir a verlo. Qué mal plan que ya no esté.

La sorpresa de Logan fue aún mayor al escuchar a Matías hablar con tanta naturalidad y lujo de detalles sobre el pasado de un hombre al que él mismo apenas conocía por menciones. La moneda no solo controlaba el presente de las mujeres que deseaba, sino que reescribía la historia familiar entera, encajándolo a él a la perfección como el eje central de sus vidas, con recuerdos, suegros difuntos y anécdotas de autos incluidas.

Logan asimiló la información en silencio, maravillado por el alcance del poder de la moneda. La reescritura de la realidad era perfecta: no solo le había dado una esposa madura con un cuerpo escultural y un hijo de dieciocho años que ahora estaba obligado a buscar trabajo, sino que la historia se había entrelazado con la de Chloe, Sofía y el resto de su entorno de una forma absurdamente natural.

Mientras tanto, en el suelo de la sala, Elena continuaba con su labor. A pesar de sus quejas iniciales, sus labios se ceñían con una presión húmeda y constante alrededor de su miembro, subiendo y bajando la cabeza con un ritmo que hacía que a Logan se le tensaran las piernas. Sus ojos maduros lo miraban desde abajo con esa mezcla de devoción mágica y altanería conyugal que hacía la experiencia sumamente adictiva.

Logan le dio un par de palmadas suaves en la mejilla a Elena, indicándole que se detuviera. Ella se separó lentamente, soltando un leve suspiro y limpiándose los labios con un gesto arrogante.

—A ver, Matías —ordenó Logan, mirando hacia el sillón—. Ya puedes voltear. Levántate de ahí, ve a la cocina y sírvenos dos vasos de agua bien fría a tu madre y a mí. Muévete.

—Ay, no mames, pa, neta te pasas —rezongó Matías en voz alta, soltando el control sobre el sillón con un golpe seco—. Justo cuando ya iba a ganar la partida. Qué castre de verdad con tus mandados.

A pesar del tremendo berrinche, las piernas de Matías obedecieron al instante. Se puso de pie de golpe, caminó hacia la barra de la cocina arrastrando los tenis y comenzó a sacar los vasos y el hielo, murmurando maldiciones entre dientes pero cumpliendo la orden al pie de la letra.

Logan regresó la vista a Elena, que seguía de rodillas sobre la alfombra, con el busto subiendo y bajando por la respiración y los leggings deportivos amoldados a sus caderas.

—Y tú, mi amor —le dijo Logan con una sonrisa maliciosa, acentuando la palabra "esposo"—, te vas a dar la vuelta ahora mismo. Apóyate contra el sillón. Vamos a ver si el ejercicio del gimnasio realmente sirvió de algo.

Elena rodó los ojos con una fuerza increíble y soltó una risa seca, llena de desprecio hacia el atrevimiento de Logan.

—De verdad, Logan, eres insaciable, qué oso con tu falta de clase —reclamó en voz alta, acomodándose la coleta alta con prepotencia—. Pero bueno, ya qué, eres mi esposo y me toca aguantarte tus detalles en la sala. Dale ya, antes de que tu hijo regrese con el agua y sea más incómodo.

Sin perder un segundo, Elena se giró sobre la alfombra, se apoyó firmemente con las manos en el cojín del sillón y elevó las caderas con una flexibilidad envidiable. Con movimientos rápidos y decididos, se bajó los leggings deportivos junto con su ropa interior de encaje, dejando su espectacular y firme retaguardia completamente expuesta bajo la tenue luz de la sala.

Logan se posicionó detrás de ella, admirando las curvas maduras de su "esposa", listo para tomar el control absoluto de su nueva vida familiar.

Logan asimiló los detalles de la conversación mientras se acomodaba detrás de Elena. La modificación de la realidad era tan precisa que tanto su esposa como Matías recordaban perfectamente a Vanessa, a sus hermanastras Megan y Chloe, e incluso a la amiga de esta, Sofía.

Matías regresó de la cocina sosteniendo dos vasos de agua con hielos. Al ver la escena en medio de la sala, el joven simplemente desvió la mirada con un gesto de fastidio adolescente, dejando los vasos sobre la mesa de centro con un golpe seco.

—Ahí está su agua —soltó Matías de manera cortante, cruzándose de brazos—. Qué situación tan incómoda, en serio. Me voy a mi cuarto antes de que se pongan más intensos. Mañana mismo salgo a buscar ese maldito empleo que me pediste, pa.

—Perfecto. Retírate —le indicó Logan con tono firme.

Matías caminó a paso veloz hacia las escaleras, subiendo los escalones de dos en dos y azotando la puerta de su habitación en el segundo piso.

Logan regresó toda su atención a Elena, quien permanecía apoyada contra el sillón, exhibiendo su espectacular retaguardia. Sosteniéndola firmemente por las caderas, Logan se alineó y se hundió de un solo golpe en su estrechez húmeda y caliente.

Elena soltó un jadeo sonoro que reverberó en las paredes de la sala. Sus manos se aferraron con fuerza a los cojines y su espalda se arqueó por completo, acentuando la imponente silueta de sus curvas maduras.

—¡Ah!... Vaya que entraste con prisa, Logan —reclamó Elena entre dientes, intentando mantener su característico tono altanero y de superioridad a pesar de que la respiración ya se le estaba cortando—. Llevamos años casados y sigues siendo igual de bruto cuando te lo propones.

Logan ignoró el reclamo y comenzó a embestir con un ritmo potente y constante. El impacto de los cuerpos resonaba en el silencio de la casa. Los leggings deportivos colgaban de las rodillas de Elena, y su firme busto se sacudía al compás de cada estocada. A pesar de su actitud mandona y prepotente, el cuerpo de la mujer respondía con una sumisión total al estímulo físico, contrayéndose con fuerza alrededor de él y entregándole un placer absoluto.

La combinación era sumamente adictiva para Logan. Tenía a una mujer de cuerpo escultural totalmente convencida de ser su legítima esposa, dándole la vida que él quería mientras mantenía esa personalidad ácida y dominante que tanto la caracterizaba.

Sintiendo que el clímax estaba cerca, Logan la tomó de la coleta alta para obligarla a inclinar la cabeza hacia atrás, devorándole la boca en un beso profundo y dominante, mientras aceleraba el ritmo de las embestidas en medio de la sala.

Logan aceleró el ritmo de las estocadas, sintiendo que estaba a punto de terminar, cuando el timbre de la casa resonó con fuerza, seguido por un par de golpes firmes en la puerta principal.

Elena soltó un jadeo de sorpresa y tensó los músculos de la espalda, intentando girar un poco la cabeza con un gesto de total frustración conyugal.

—¡Ay, no puede ser! ¡¿Quién viene a interrumpir justo ahora?! —exclamó ella con su tono cortante, mientras sus manos seguían firmes sobre el sillón—. Logan, quítate ya, qué situación tan impresentable si alguien nos ve así en la sala.

Logan se separó lentamente, soltando un suspiro de fastidio por la interrupción. Con total tranquilidad, se subió los pantalones y miró hacia las escaleras.

—¡Matías! —gritó Logan con una voz potente que retumbó en todo el segundo piso—. ¡Baja de inmediato y abre la puerta!

A los pocos segundos, la puerta del cuarto de Matías se abrió y el joven bajó las escaleras a paso veloz, murmurando quejas entre dientes por haber sido perturbado de nuevo. Cruzó la sala sin mirar a sus padres y abrió la puerta principal de golpe.

Al ver quién estaba del otro lado, el semblante altanero del muchacho cambió por completo a uno de sorpresa.

—¿Abuela? ¿Qué hacen aquí? Qué sorpresa que vengan de visita —soltó Matías con naturalidad.

Por el umbral de la puerta entró una mujer mayor, de aproximadamente sesenta y tantos años, pero con una elegancia y una conservación física espectaculares; se notaba de inmediato de dónde había heredado Elena su buena genética. Junto a ella, entró otra mujer igual de hermosa, notablemente más joven, vistiendo ropa casual de marca que acentuaba una figura estilizada y atractiva.

Logan, que se estaba terminando de abrochar el cinturón mientras Elena se subía los leggings deportivos a toda prisa con una mirada de profundo descontento, se acercó a su "esposa" y le preguntó en voz baja:

—Oye, ¿quiénes son ellas exactamente?

Elena se acomodó el top y la coleta alta con un ademán lleno de superioridad, barriendo a Logan con la mirada antes de responderle en un susurro cortante.

—Ay, Logan, de veras que a veces parece que se te borra el cassette, qué mal estás. Pues quién más va a ser; es mi madre y mi hermana menor, que tiene veintinueve años. Te recuerdo que en mi familia nada más somos nosotras dos y mi mamá. Mi padre se fue de la casa mucho antes de que mi hermana naciera, así que yo soy la hermana mayor y la que tuvo que lidiar con todo.

La hermana menor y la madre avanzaron hacia el centro de la sala. La mujer de veintinueve años clavó sus ojos expresivos en Logan y luego en Elena, notando el ligero desorden en la ropa de ambos. Cruzó los brazos con una postura idéntica a la de su hermana mayor, derrochando la misma actitud altanera y prepotente de la familia.

—Vaya, veo que llegamos en un momento bastante inapropiado —soltó la hermana menor con una sonrisa de total ironía y suficiencia—. Hola, Logan. Veo que sigues teniendo los mismos modales corrientes de siempre, organizando tus asuntos en medio de la sala. Qué recepción tan más pintoresca nos acabas de dar.

Logan mantuvo la compostura ante el comentario, dibujando una sonrisa de absoluta suficiencia mientras se terminaba de acomodar la ropa.

—Buenas tardes —dijo Logan con un tono tranquilo pero imponente, extendiendo la mano hacia ellas—. Qué sorpresa tenerlas por aquí.

La madre, a quien llamaremos Martha, ignoró por completo el saludo de mano de Logan y simplemente le dio una mirada de arriba abajo llena de desdén. La hermana menor, cuyo nombre era Valeria, simplemente arqueó una ceja con una indiferencia aplastante.

—Ay, por favor, Logan, ahórrate la cortesía —soltó Martha con voz altiva, acomodándose un collar elegante—. Que seas el esposo de mi hija no significa que tengamos que fingir que nos agradas. Sigues siendo igual de ordinario que el primer día.

—Exacto, un saludo no va a cambiar las cosas —secundó Valeria, cruzándose de brazos con una postura soberbia—. Nosotras siempre te vamos a tratar con la misma indiferencia, no te equivoques.

Elena, que ya se había terminado de arreglar la playera y la coleta, intervino de inmediato con su habitual tono mandón para romper la tensión.

—Bueno, ya dejen sus comentarios para después. Pásense a la sala y siéntense, por favor —ordenó Elena, dándose la vuelta—. Voy a la cocina a preparar algo de tomar, porque con este calor y los corajes que me hace pasar Logan, ya me dio sed.

—Yo voy contigo, necesito contarte algo —dijo Valeria, siguiendo los pasos de su hermana mayor hacia la barra de la cocina.

Mientras tanto, en la sala, Martha se sentó con total elegancia en el sillón individual y llamó a su nieto con un gesto de la mano, comenzando a platicar con Matías sobre sus planes y los detalles familiares, dejando a Logan a un lado como si fuera invisible.

En la cocina, Valeria se recargó contra la barra mientras Elena abría el refrigerador. Valeria miró de reojo hacia la sala, asegurándose de que Logan no estuviera demasiado cerca, y soltó un suspiro lleno de reproche.

—Neta, Elena, yo nunca, pero nunca voy a entender cómo carajos te casaste con ese hombre —murmuró Valeria en voz baja, cruzándose de brazos—. Es tan diferente a nosotras, tan carente de la clase que tenemos en esta familia. No sé qué le viste.

Elena soltó una risa seca, sirviendo un par de vasos con agua.

—Ay, Valeria, a veces yo también me lo pregunto, qué matrimonio el mío de verdad. Pero ya qué, es mi esposo.

Lo que ni Elena ni el propio Logan se esperaban en absoluto, era el retorcido secreto que se escondía detrás de la altanería de la hermana menor. Mientras Valeria criticaba duramente a Logan en voz alta, por dentro sus pensamientos eran completamente opuestos. La moneda había plantado una semilla profunda en su psicología: Valeria guardaba un amor secreto, intenso y obsesivo por el esposo de su hermana. Cada vez que lo trataba mal o mostraba indiferencia, era solo una máscara para ocultar las enormes ganas que tenía de quitárselo a Elena y tenerlo para ella sola.

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