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Capítulo 8: La soberbia del poder y la lección de Michelle

Chapter 8 by K45

Tras dejar la casa de Katheryne con la certeza de que la estudiante más brillante del pueblo había quedado completamente doblegada a su lógica, Tyler caminó a paso tranquilo por las calles centrales. La noche empezaba a caer con una brisa fresca que le rozaba las piernas. Vestía sus leggins negros de tela elástica, la blusa rosada de manga corta, el top deportivo debajo y las sandalias de su madre. La Swap Note descansaba bien resguardada en el bolsillo lateral de la blusa.

A unos pasos de la plaza principal se erigía el edificio del Ayuntamiento, una construcción de estilo colonial con arcos altos y luces amarillas que iluminaban la fachada. Era una zona transitada por funcionarios, empleados de gobierno y ciudadanos que salían de hacer trámites.

Tyler iba cruzando cerca de la entrada lateral del inmueble cuando, de manera repentina, una mujer salió a toda prisa doblando la esquina sin fijarse. La mujer venía mirando su teléfono móvil y sosteniendo torpemente un plato desechable con un panqué recién comprado. El choque fue inevitable.

El hombro de la mujer impactó contra el torso de Tyler. El plato voló por los aires y el panqué cayó directamente al suelo, aplastándose contra el concreto sucio de la banqueta.

—¡Fíjate por dónde caminas, imbécil! —chillo la mujer de inmediato, alzando la voz con un tono chillón, arrogante y despectivo, sin haber mirado siquiera a quién tenía enfrente.

Tyler dio un paso atrás, manteniendo el equilibrio sobre sus sandalias. Miró el panqué aplastado y luego a la mujer. Tenía aproximadamente veintiséis años, vestía un traje sastre impecable de falda ajustada y saco azul marino, con tacones altos y el cabello peinado en un moño estricto. Tenía el rostro tenso, cargado de una soberbia burocrática clásica de quien se cree intocable por trabajar en las oficinas del gobierno local.

A pesar de que el choque había sido cien por ciento culpa de ella por venir distraída con el celular, Tyler mantuvo la compostura inicial. Su intención no era buscar problemas absurdos.

—Disculpa, venías mirando el teléfono y no te vi doblar la esquina —dijo Tyler con tono tranquilo, acomodándose la manga de la blusa rosada—. Pero no te preocupes, si quieres te compro otro panqué en la cafetería de aquí a la vuelta.

La mujer soltó una risa seca, cargada de desprecio, mientras lo miraba de arriba abajo con asco evidente. Se fijó en la blusa rosada, en los leggins negros y en la postura relajada de Tyler.

—¿Comprarme otro? ¡Por favor! ¿Con qué dinero me vas a comprar algo tú, muchachito ridículo? —escupió la secretaria, alzando la mano con ademán altanero—. ¡Mírate cómo andas vestido! Eres un vagabundo vulgar que camina dando lástima por la calle. ¡Apártate de mi vista antes de que le pida a los policías del Ayuntamiento que te metan a una celda por andar molestando a la gente de trabajo!

Varias personas que pasaban por la banqueta se detuvieron a observar la escena. La secretaria se arregló el saco con un gesto de autosuficiencia, le dio un pisotón de tacón al panqué aplastado y dio media vuelta para entrar al edificio con la barbilla en alto, convencida de haber humillado a un desconocido.

Tyler se quedó parado a mitad de la banqueta. Su rostro no mostró enojo descontrolado, sino una frialdad matemática.

El orgullo desmedido de esa mujer había cruzado una línea. No solo había rechazado una disculpa educada y un gesto amable tras haber cometido la falta ella misma, sino que había intentado pisotearlo públicamente apelando a su autoridad burocrática.

Tyler metió la mano en el bolsillo lateral de su blusa rosada y tocó la pasta rígida de la Swap Note.

—Vamos a ver qué tan orgullosa y altanera te sientes dentro de un momento... —murmuró Tyler para sí mismo, con una sonrisa helada dibujándose en sus labios.

Siguió a la mujer a una distancia prudente, entrando al vestíbulo del Ayuntamiento. La vio subir por las escaleras hacia la zona de oficinas administrativas y meterse a un despacho privado con una placa de acrílico en la puerta que decía: Atención Ciudadana y Secretaría de Gobierno.

Tyler se posicionó en un pasillo tranquilo, cerca de una columna de cantera, sacó el cuaderno de pasta negra y la pluma. Abrió la libreta en una hoja limpia.

Iba a aplicar el mismo proceso que usó con su hermana Leah, con Sherly y con Katheryne: intercambiar Vida, habitar su cuerpo, procesar sus recuerdos y su identidad, pero esta vez le añadiría un castigo público letal para destruirla en su propio terreno. Usaría la voz de esa secretaria estúpida para montar un espectáculo humillante frente a todos sus compañeros de trabajo, gritando a los cuatro vientos su desesperación por el miembro de Tyler, destruyendo su reputación y su orgullo de golpe antes de regresar a su cuerpo.

Escribió en la libreta con trazo firme:

Tyler / Michelle

Vida / Vida

Al trazar la última letra, el pasillo del Ayuntamiento se disolvió en un fogonazo de oscuridad absoluta.

El vacío duró un suspiro. Cuando la vista de Tyler se aclaró, no estaba apoyado en la columna de cantera del pasillo. Estaba sentado detrás de un escritorio de madera caoba pulida, dentro de una oficina privada iluminada por lámparas blancas de oficina.

Se miró las manos. Eran manos femeninas, de uñas largas pintadas de rojo borgoña, sosteniendo un bolígrafo de marca cara. Llevaba puesto el saco azul marino del traje sastre, ajustado sobre un pecho de tamaño mediano pero firme. Abajo, la falda de tubo le ceñía las caderas con estrechez y sus pies estaban enfundados en los tacones altos.

En el gafete colgado de la solapa de su saco se leía claramente: Lic. Michelle Flores - Secretaria Ejecutiva.

—Conque te llamas Michelle... —dijo Tyler.

La voz que salió de su boca era la misma voz aguda, limpia y pulida que lo había insultado en la banqueta hace un momento.

En ese instante, la regla de la categoría Vida volcó la existencia entera de Michelle en su conciencia. Un torrente de datos y memorias se acomodó en el cerebro de Tyler: los años de Michelle queriendo escalar puestos en la política local, su desprecio secreto por los ciudadanos que iban a pedir apoyos, su vanidad obsesiva por verse impecable frente al Presidente Municipal, su estatus de mujer inalcanzable que no aceptaba invitaciones de nadie y su vida privada vacía y fría.

Tyler sonrió con la cara de Michelle. Era el objetivo perfecto para ser destruido desde adentro.

Se levantó de la silla ejecutiva. El crujido de la falda ajustada y el impacto de los tacones contra el suelo le dieron una sensación inmediata de la anatomía de la secretaria. Aunque Michelle era una mujer elegante y estirada, la intrusión forzada de la conciencia de Tyler en su sistema biológico desencadenó una respuesta fisiológica violenta.

Tyler se desabrochó los dos botones superiores del saco y se metió la mano por debajo de la blusa de seda, tocando su propio pecho por encima del sostén de encaje negro. El pezón de Michelle se endureció al instante bajo sus dedos.

Bajó la mano por su vientre plano y metió dos dedos por debajo de la falda de tubo, buscando la entrepierna. La ropa interior de encaje de Michelle estaba comenzando a humedecerse rápidamente. La mezcla del orgullo pisoteado y la estimulación forzada hicieron que la vagina de la secretaria comenzara a secretar un flujo espeso y caliente.

—Aah... qué fácil es romper a una mujer engreída... —jadeó Tyler usando la voz de Michelle, mientras se frotaba el clítoris por encima de la tela húmeda de sus bragas.

Se dio un par de caricias rápidas entre las piernas hasta sentir que el cuerpo de Michelle estaba al borde de la excitación descontrolada, con los muslos temblando dentro de la falda ajustada.

Ahora era el momento de ejecutar la lección.

Tyler —habitando el cuerpo de Michelle— caminó a pasos decididos hacia la puerta de la oficina. Le quitó el seguro, abrió la puerta de golpe y salió al gran pasillo central del área administrativa del Ayuntamiento.

A esa hora, el pasillo estaba lleno de gente: secretarias, jefes de departamento, regidores, abogados y ciudadanos haciendo fila para entregar documentos.

Michelle (Tyler) avanzó hasta el centro del pasillo, se paró sobre un escalón del descansillo principal para que todos la vieran, y con el rostro sonrojado por la excitación física y los ojos desorbitados, soltó un grito desgarrador que resonó en todo el edificio:

—¡¡TYLER ES MI TODO!! ¡¡NO PUEDO MÁS!! ¡¡MI CUERPO NO AGUANTA LAS GANAS DE TENER A TYLER DENTRO DE MÍ!! —bramó Michelle a todo pulmón, con una voz que hizo que el tiempo se detuviera en el Ayuntamiento.

El silencio fue instantáneo y aterrador. Docenas de empleados y ciudadanos se quedaron congelados en su sitio. Las carpetas cayeron de las manos de algunas secretarias, los abogados interrumpieron sus pláticas y todos los ojos se clavaron en la Licenciada Michelle, la mujer más estricta, seria y orgullosa de la administración pública.

Pero Tyler no se detuvo ahí. Usando el cuerpo de Michelle, se llevó ambas manos a la falda de tubo, se la levantó sin ningún pudor hasta la cintura frente a la multitud, dejando al descubierto sus piernas y sus bragas de encaje negro completamente empapadas en el centro.

—¡¡MÍRENME!! ¡¡ESTOY CHORREANDO POR TYLER!! ¡¡MI VAGINA ESTÁ HIRVIENDO POR SU PENE Y NO ME IMPORTA MI TRABAJO NI NADA!! ¡¡NECESITO QUE TYLER ME HAGA SU PERRA AHORA MISMO!! —gritó Michelle de nuevo, llevándose la mano entre las piernas y frotándose con descaro frente a más de cincuenta personas que la miraban con la boca abierta y los teléfonos celulares saliendo de los bolsillos para grabar.

Los murmullos y el escándalo estallaron en el pasillo. Varios compañeros de oficina salieron corriendo de sus despachos, mirando la escena con horror e incredulidad.

En medio del colapso de la reputación de la secretaria, la marea de placer provocada por la autoestimulación pública alcanzó su punto máximo. El primer orgasmo en la vida pública de Michelle convulsionó su cuerpo.

—¡¡AAAAHHH!! ¡¡TYLER!! —chilló Michelle, arqueando la espalda frente a todos mientras sus piernas con tacones fallaban y caía de rodillas sobre el piso de mármol del descansillo, liberando un flujo espeso que manchó la tela de su falda levantada.

Aún jadeando en el suelo, con la saliva goteando de sus labios y los empleados rodeándola en un círculo de conmoción absoluta, Tyler estiró la mano hacia el bolsillo interno del saco de Michelle, donde la Swap Note había aparecido pacíficamente.

Tomó la libreta, la abrió en la hoja de registros y vio la entrada reciente:

Tyler / Michelle - Vida / Vida

Sonrió con el rostro despeinado de la secretaria humillada. La lección estaba dada. Michelle nunca más volvería a mirar a nadie por encima del hombro. Su orgullo de funcionaria había quedado pulverizado para siempre, y en su mente la figura de Tyler se había grabado como la única fuerza capaz de dominarla.

Agarró la pluma y escribió justo debajo:

Michelle / Tyler

Vida / Vida

Cerró la libreta de golpe.

La oscuridad se tragó el vestíbulo del Ayuntamiento. El olor a piso limpiado, las voces horrorizadas de los empleados y la rigidez del traje sastre de Michelle se disolvieron en un instante.

Al abrir los ojos, Tyler estaba de pie exactamente apoyado contra la columna de cantera en el pasillo cercano a las escaleras. Llevaba puestos sus leggins negros, la blusa rosada, el top deportivo y las sandalias de su madre. La Swap Note descansaba en el bolsillo lateral de la blusa.

Entre sus piernas, su miembro masculino estaba rígido y latiendo con violencia por la adrenalina del espectáculo que acababa de montar.

Tyler se acomodó la blusa rosada y caminó tranquilamente hacia el pasillo central para presenciar el resultado.

El caos en el Ayuntamiento era monumental. En el centro del descansillo de mármol, Michelle estaba tendida de rodillas, con el traje sastre desordenado, la falda ligeramente arrugada y el cabello deshecho. Estaba rodeada por el Jefe de Personal, dos regidores y varias compañeras que intentaban cubrirla con una bata mientras le hablaban con desesperación.

—¡Licenciada Michelle! ¡Por favor, reaccione! ¿Qué le pasó? ¡Llamen a una ambulancia! —gritaba el Jefe de Personal con el rostro pálido.

Michelle, sin embargo, no escuchaba a nadie. La reescritura de la libreta operaba en su cerebro al mil por ciento: la secretaria sentía una humillación devastadora mezclada con una necesidad enfermiza, violenta e incontrolable por el muchacho que había insultado en la banqueta.

En ese momento, Michelle levantó la cabeza y, entre la multitud de empleados que la rodeaban, divisó a Tyler parado cerca de las escaleras, luciendo su blusa rosada y leggins negros.

Al verlo, los ojos de la secretaria se llenaron de lágrimas de pura desesperación. Empujó a las compañeras que intentaban sostenerla y se arrastró sobre sus rodillas por el piso de mármol en dirección a Tyler, sin importarle que todo el personal del Ayuntamiento la estuviera viendo.

—¡Tyler! ¡Tyler, por favor! —suplicó Michelle con la voz rota por el llanto, llegando a los pies de Tyler y abrazándose a sus sandalias de madre—. ¡Perdóname! ¡Fui una estúpida! ¡Fui una zorra arrogante! ¡Por favor, no me dejes así! ¡Mi cuerpo no aguanta más! ¡Lévame a donde quieras pero hazme tuya!

Los empleados del Ayuntamiento se quedaron petrificados. El Jefe de Personal abrió la boca sin poder pronunciar una sola palabra al ver a la secretaria más estricta del gobierno arrastrándose a los pies de un joven vestido con ropa femenina.

Tyler la miró desde arriba con una frialdad absoluta. Le dio un leve toque con la punta de su sandalia en el hombro, desligándose de su agarre.

—Te dije que te iba a comprar otro panqué, pero preferiste insultarme —dijo Tyler en un tono seco que resonó en el pasillo silencioso—. Ahora aprende a vivir con las consecuencias de tu boca.

Michelle rompió en un llanto convulso, pegando la frente contra el mármol frío, mientras la humedad de su entrepierna continuaba manchando la falda del traje sastre.

Tyler se dio media vuelta, acomodó el cuello de su blusa rosada y caminó hacia la salida del Ayuntamiento con paso firme y elegante. Dejaba atrás un edificio en ruinas de escándalo, una secretaria destruida por su propio orgullo y la confirmación rotunda de que nadie, sin importar su puesto o su arrogancia, podía desafiar al dueño indiscutible de la realidad.

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