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Capítulo 2

Chapter 2 by K45

Naruto corría a través de los tejados de Konoha con el corazón martilleándole el pecho como un tambor de guerra. La brisa fresca del atardecer le daba de lleno en la cara, pero no era suficiente para disipar el calor abrasador que aún sentía en la piel tras su encuentro con Tsunade. El olor a sake, perfume de jazmín y sudor íntimo de la Hokage parecía impregnado en su chaqueta naranja, un recordatorio constante y aplastante de que su voz ya no era una simple herramienta de comunicación, sino una fuerza destructiva capaz de deformar la historia misma.

"No voy a decir ni una sola palabra", se juró Naruto a sí mismo, apretando los dientes con tanta fuerza que le dolía la mandíbula. "Ni un saludo, ni un halago, ni un chiste. Si abro la boca, voy a terminar acostándome con toda la población femenina de la aldea antes de que caiga la noche."

—Buena suerte con eso, mocoso —resonó la voz perezosa de Kurama dentro de su mente. El Nueve Colas estaba cómodamente echado sobre sus patas dentro del espacio mental, observando todo a través de los ojos de Naruto como si estuviera viendo un espectáculo de entretenimiento de primera categoría—. Tu problema no es solo lo que dices, sino que no sabes cerrar la boca cuando te entra el pánico. Eres un desastre ambulante con poder divino.

"¡Cállate, Kurama! ¡Tú no estás ayudando!" respondió Naruto en sus pensamientos, saltando sobre una chimenea de ladrillo para ganar altura. "Hinata es diferente. Ella me quiere de verdad. Ella estuvo enamorada de mí desde que éramos niños, en la línea temporal original, sin que yo tuviera esta maldición en la lengua. Ella es mi punto de referencia, mi ancla. Si llego con ella sin decir nada estúpido, estaré a salvo."

El complejo del clan Hyūga se erigía en el sector oriental de la aldea, rodeado por altos muros de piedra blanca y frondosos árboles de cerezo que comenzaban a soltar sus pétalos bajo la luz dorada del crepúsculo. Era un lugar imponente, silencioso y lleno de una disciplina milenaria que siempre había intimidado un poco al rubio. Pero en ese momento, para Naruto, ese terreno amurallado representaba su único santuario de cordura.

Naruto aterrizó en una rama alta fuera del perímetro, utilizando el follaje para ocultar su presencia. Activó un rastreo básico de chakra y no tardó en ubicar la firma suave, cálida y familiar de Hinata. Estaba en el dojo de entrenamiento privado del fondo, lejos de las miradas de los ancianos del clan.

Sin pensarlo dos veces, el rubio se dejó caer suavemente al otro lado del muro, amortiguando su caída con chakra en la planta de sus pies. Se deslizó entre los pasillos de madera pulida y las linternas de piedra hasta llegar al borde del jardín de entrenamiento.

Y allí estaba ella.

A sus dieciocho años, Hinata Hyūga había florecido de una manera que cortaba la respiración. Su largo cabello azul oscuro caía en ondas suaves casi hasta la cintura, y su uniforme de entrenamiento —un chaleco ligero ajustado sobre una malla fina— resaltaba las curvas maduras y femeninas de su cuerpo. En ese instante, se encontraba ejecutando la danza de los Ochenta Trigramas: Sesenta y Cuatro Palmas, moviéndose con una precisión mortal pero hermosa entre los pétalos que flotaban en el aire. Cada golpe de sus palmas emitía una ráfaga de viento limpio que hacía resonar las campanas de viento del pabellón.

Naruto se quedó paralizado al borde del pasillo, apoyado contra una columna de madera. Por primera vez desde que regresó del futuro podrido de Boruto, sintió una paz genuina. Esto no era una ilusión creada por su palabra. Esta era Hinata. La chica tímida que se desmayaba cuando él le sonreía, la que había entrenado hasta romperse los huesos para no quedarse atrás, la que lo amaba sin pedir nada a cambio.

Al sentir una presencia, Hinata detuvo su movimiento en seco. Sus pestañas oscuras revolotearon y sus ojos perlados se fijaron directamente en la figura del rubio.

—¿N-Naruto-kun...? —murmuró ella, llevando ambas manos a su pecho mientras un rubor carmesí encendía sus mejillas al instante.

Naruto no dijo nada. Simplemente sonrió de manera cálida y sincera, dando un par de pasos hacia adelante dentro del jardín.

—¡Naruto-kun! ¡Realmente eres tú! —exclamó Hinata, dando un paso impulsivo hacia él, aunque se detuvo a medio camino por la timidez. Sus dedos se entrelazaron nerviosamente frente a su vientre—. Yo... escuché que habías regresado a la aldea esta tarde con Jiraiya-sama... Me alegra tanto ver que estás a salvo... que estás bien...

Naruto mantuvo las manos firmemente metidas en los bolsillos de sus pantalones. Se recordó a sí mismo la regla de oro: mantener el diálogo al mínimo absoluto.

—Hola, Hinata —dijo él con voz suave, limpia de cualquier exageración o metáfora peligrosa—. Me da mucho gusto verte.

Hinata sintió que el corazón le daba un vuelco de pura felicidad. La calidez en la mirada de Naruto era tan real, tan profunda, que hizo que todas sus inseguridades de los últimos tres años se disiparan en un segundo.

—Tú... tú te ves muy bien, Naruto-kun —susurró ella, bajando la mirada un instante con una sonrisa dulce—. Has crecido mucho... te has vuelto muy alto y fuerte.

—Tú también te has vuelto increíblemente fuerte, Hinata —respondió Naruto, acercándose hasta quedar a poco más de un metro de distancia. La fragancia a lavanda y jabón neutro que emanaba de la piel de la Hyūga era mil veces más reconfortante que el intenso aroma de la oficina de Tsunade—. Vi tu entrenamiento recién. Tus palmas son mucho más rápidas que antes.

Las mejillas de Hinata se encendieron aún más, pero esta vez no dio un paso atrás. Alzó los ojos para mirarlo directamente a los ojos azules.

—He estado entrenando duro todos los días... porque quería estar lista para cuando volvieras —confesó ella con la voz temblando ligeramente por la emoción acumulada—. Quería... quería ser capaz de caminar a tu lado, Naruto-kun. No detrás de ti... sino a tu lado.

Naruto sintió una punzada de emoción en el pecho. La sinceridad de Hinata era un bálsamo. Quería abrazarla, quería decirle que ella siempre había sido suficiente, que no necesitaba demostrarle nada. Pero entonces, la culpa lo golpeó como un balde de agua helada al recordar lo que acababa de hacer en la oficina de la Hokage con Tsunade.

La contradicción en su mente lo volvió torpe. Necesitaba reafirmar que Hinata era la única chica que le importaba de verdad, la que no estaba condicionada por ningún truco de la realidad. Quería dejar claro que ella era la número uno, la mujer que merecía estar a su lado sin importar qué pasara en el futuro.

Y ahí fue donde su cerebro cometió el error garrafal de intentar buscar las palabras "perfectas".

—Hinata... de verdad eres increíble —empezó Naruto, sintiendo la necesidad de ser cariñoso, pero olvidando por completo la maldición que llevaba en la garganta—. La verdad es que eres la única chica en toda esta aldea que tiene un amor puro por mí. Una mujer tan perfecta, tan dedicada y tan hermosa como tú merece ser la esposa principal de mi vida, la reina indiscutible de mi hogar. De hecho, contigo a mi lado como la dama de honor, no me importaría tener que lidiar con cualquier otra mujer que intente interponerse, porque tú siempre serás la dueña de mi corazón y de mi casa.

Un chasquido seco y resonante, como el choque de dos cristales gigantescos, retumbó en la estructura del universo.

En el fondo de la mente de Naruto, Kurama se cubrió la cara con las dos patas delanteras y se dejó caer de espaldas en el agua con un chapoteo masivo.

—¡Maldita sea tu alma, mocoso! ¡Te dije que no hablaras! ¡Le acabas de dar un título nobiliario y acabas de institucionalizar la poligamia en su cerebro!

—¡¿QUÉ?! ¡No! ¡Solo le dije que era mi esposa principal! ¡Que la quería a ella! chilló Naruto internamente en pánico total.

—¡Dijiste 'ESPOSA PRINCIPAL' y dijiste 'CUALQUIER OTRA MUJER QUE INTENTE INTERPONERSE'! ¡Acabas de crear la estructura de un harén en la mente de la kunoichi más celosa y tradicional de la aldea!

La reacción de Hinata no fue desmayarse, ni sonrojarse de vergüenza.

Sus ojos perlados se dilataron. Una ráfaga de viento pareció sacudir su largo cabello azul mientras la Verdad Absoluta reescribía de forma retroactiva sus recuerdos, su percepción y su lugar en el mundo. Para Hinata, no hubo confusión. La idea de que Naruto estaba destinado a ser un hombre de gran estatus —un futuro Hokage que naturalmente tendría múltiples consortes debido a su poder y linaje Uzumaki— se convirtió en una verdad histórica indiscutible. Y ella, como la primera en amarlo, había recibido el puesto de más alto honor: la Matriarca.

El sonrojo de Hinata se transformó en una expresión de calma majestuosa, posesiva y profundamente madura. Dio un paso firme hacia adelante, reduciendo la distancia entre ambos a cero.

—Naruto-kun... —dijo ella. Su voz ya no era la de la niña tímida que tartamudeaba; era una voz suave, aterciopelada, pero cargada de una autoridad femenina e inquebrantable—. Acepto mi lugar.

—¿E-eh? —Naruto dio un paso atrás, pero Hinata fue más rápida. Le tomó las manos con una firmeza sorprendente, entrelazando sus dedos con los de él.

—Sé muy bien la responsabilidad que conlleva ser la esposa principal del próximo líder de la aldea —continuó Hinata, mirándolo con un brillo intenso en sus ojos perlados—. Entiendo que un hombre de tu calibre, con un chakra tan vasto y un destino tan grande, atraerá a otras mujeres. Es natural. Pero me alegra profundamente que me des mi lugar como la Primera Dama del clan Uzumaki. Yo me encargaré de gestionar el hogar, de mantener el orden entre las demás concubinas y de asegurarme de que recibas todo el descanso y el placer que mereces cuando regreses de tus misiones.

—¡Hinata, espera! ¡No, no, no! —gritó Naruto en pánico, intentando soltarse suavemente sin lastimarla—. ¡No hay concubinas! ¡No hay otras mujeres! ¡Solo decía que te quiero a ti!

—No tienes por qué ser modesto, mi señor —dijo Hinata con una sonrisa extrañamente calculadora y seductora, inclinándose hacia adelante para apoyar su pecho firme contra el torso de Naruto—. Sé que la Quinta Hokage ya ha reclamado su tiempo contigo esta tarde. Puedo oler su perfume y su chakra en tu chaqueta.

A Naruto se le congeló la sangre en las venas. Sostuvo la respiración, sintiendo que el suelo se abría bajo sus pies.

—¿T-Tsunade...? —balbuceó el rubio, pálido como un fantasma.

—Es comprensible —dijo Hinata sin un solo rastro de enfado, aunque sus dedos apretaron los de Naruto con un toque de posesividad absoluta—. Tsunade-sama es una mujer de gran poder y belleza. Como la primera dama, apruebo que ella sea una de tus consortes de alto rango. Sin embargo... la noche de tu regreso me pertenece a mí. La primera noche en la casa del clan siempre le corresponde a la esposa principal.

Antes de que Naruto pudiera procesar la locura de la situación, Hinata levantó la mano derecha y realizó un sello de mano único. Una barrera de chakra silenciadora de los Hyūga se desplegó alrededor del jardín privado, aislando el pabellón de cualquier mirada o sonido exterior.

Luego, con una elegancia felina, Hinata llevó sus manos al cierre de su chaleco de entrenamiento y lo desabrochó lentamente.

—Hinata... ¿qué estás haciendo? —preguntó Naruto, tragando saliva ruidosamente mientras sus ojos se desviaban involuntariamente hacia la piel blanca y tersa que comenzaba a revelarse.

—Cumpliendo con mi deber y mi deseo, Naruto-kun —respondió ella. Su chaleco cayó sobre la hierba del jardín, dejando al descubierto una blusa de malla transparente que apenas lograba contener el volumen de sus pechos erguidos, coronados por aureolas oscuras que se marcaban con firmeza bajo la tela fina—. Llevo tres años esperando para entregarte mi cuerpo y mi alma. Ahora que has formalizado nuestro compromiso frente a los cielos, no hay razón para esperar un segundo más.

Hinata se acercó a él, rodeó el cuello de Naruto con sus brazos suaves y se empinó sobre sus tobillos para juntar sus labios con los de él.

A diferencia del beso salvaje y dominante de Tsunade, el beso de Hinata comenzó de manera dulce, profunda y llena de una devoción que hizo temblar las rodillas de Naruto. Pero a medida que la Verdad Absoluta afianzaba su posición como la esposa principal, la timidez de Hinata se disolvió por completo. Su lengua se deslizó entre los labios de Naruto con una timidez inicial que rápidamente se transformó en una exploración hambrienta y posesiva, saboreándolo con una pasión contenida durante años.

—Mmmh... Naruto-kun... —gimió Hinata en la boca del chico, apretándose contra su cuerpo sin dejar un solo milímetro de espacio entre ambos.

Naruto intentó mantener la cordura, pero el contraste entre la dulzura de Hinata y la intensidad erótica de su toque destruyó las pocas defensas mentales que le quedaban. Sus manos, de forma instintiva, bajaron hasta la cintura de la chica, sintiendo la curva suave de sus caderas y la firmeza de sus muslos.

Hinata soltó un suspiro ahogado de placer al sentir el contacto de las manos de Naruto. Rompió el beso solo un segundo, con los ojos entreabiertos y la respiración agitada, la mirada fija en los labios del rubio.

—Lévame adentro, mi señor... —susurró Hinata, tomándolo de la mano y guiándolo hacia el interior del pabellón del dojo, donde un futón de seda blanca estaba desplegado sobre el suelo de madera pulida—. Demuéstrame que la esposa principal es la que más amas.

Naruto fue arrastrado al interior de la habitación. La barrera de chakra aislaba el mundo exterior, creando un santuario privado donde solo existían el calor corporal y el aroma a lavanda. Hinata se arrodilló sobre el futón y comenzó a desabrocharse la malla superior, dejando caer la prenda para revelar sus pechos grandes, firmes y carnosos, que rebotaron libremente en el aire del atardecer.

La vista hizo que a Naruto se le secara la garganta por completo. La piel de Hinata era como la porcelana más fina, impecable y suave, con los pezones erguidos por la excitación y el aire fresco de la noche que comenzaba a caer.

—Naruto-kun... no te quedes ahí parado —arrulló Hinata, estirando sus brazos hacia él mientras se quitaba los pantalones de combate y la ropa interior con un movimiento fluido de sus caderas, quedando completamente desnuda sobre la seda—. Ven conmigo... hazme tuya.

Naruto se quitó la chaqueta y la camiseta de un solo tirón, dejando al descubierto su torso marcado. Se arrodilló frente a ella sobre el futón. Hinata no esperó un segundo más: se abalanzó sobre él, rodeando la cintura de Naruto con sus piernas suaves y curvadas, guiando el miembro ya rígido del chico directamente hacia su femineidad empapada y caliente.

—Ah... Naruto-kun... se siente tan cálido... —jadeó Hinata cuando la punta del chico rozó su entrada.

—Hinata... estás segura de esto...? —alcanzó a preguntar Naruto, sosteniéndola por la espalda.

—Nunca he estado más segura de nada en mi vida —respondió ella con una mirada de amor absoluto y deseo desenfrenado—. Soy tuya... para siempre.

Hinata se bajó lentamente sobre él, permitiendo que la longitud completa de Naruto se enterrara en su estrechez pura.

—¡AAAAH! —un gemido agudo y lleno de placer se le escapó a la Hyūga, apoyando la cabeza en el hombro de Naruto mientras sus paredes internas se apretaban rítmicamente alrededor del miembro del rubio, ahogándolo en un calor abrasador.

Naruto apretó los dientes, sintiendo la presión increíble de la chica. Comenzó a mover las caderas desde abajo, estableciendo un ritmo lento pero profundo que hacía que Hinata se estremeciera de la cabeza a los pies con cada estocada.

—¡Sí! ¡Así, Naruto-kun! —gimió Hinata sin ningún rastro de vergüenza, enterrando las uñas en la espalda del chico mientras acompañaba los movimientos con sus propias caderas—. ¡Reclama a tu esposa! ¡Lléname con todo tu amor!

El sonido de la carne chocando contra la carne y los gemidos apasionados de Hinata resonaban dentro de la habitación cerrada. Naruto la tomó por los muslos, levantándola ligeramente para embestir con más fuerza y velocidad. Cada golpe alcanzaba lo más profundo de la kunoichi, sacándole suspiros y sollozos de puro éxtasis.

—¡Te amo, Hinata! —exclamó Naruto, incapaz de contener sus verdaderos sentimientos mientras la pasión lo dominaba por completo.

—¡Y yo te amo a ti, mi señor! ¡Hazme tuya una y otra vez! —respondió ella, inclinándose para besarlo apasionadamente mientras sus cuerpos rebotaban en una danza salvaje y romántica sobre la seda.

El ritmo se volvió cada vez más frenético. Hinata activó por puro instinto una leve corriente de chakra en sus músculos internos, apretando el miembro de Naruto con una fuerza deliciosa que aceleró la llegada del clímax para ambos.

—¡Hinata! ¡Voy a... voy a llegar! —advirtió Naruto, sosteniéndola con fuerza por la cintura.

—¡Lléname, Naruto-kun! ¡Llena a tu primera esposa! ¡Dame todo tu chakra! —gritó Hinata, alcanzando un orgasmo aplastante que hizo que todo su cuerpo se arqueara de manera espectacular, temblando convulsivamente en sus brazos.

Naruto se sepultó una última vez dentro de ella, liberando una potente y espesa carga de semen directamente en lo más profundo del vientre de la chica. Hinata gimió contra su oído, apretándolo contra su pecho mientras sentía las pulsaciones calientes del chico inundándola por completo.

Los dos quedaron tendidos sobre el futón, abrazados y sudorosos, respirando con dificultad mientras el silencio volvía a apoderarse de la habitación.

Minutos después, Hinata reposaba su cabeza sobre el pecho desnudo de Naruto, trazando círculos suaves con los dedos sobre su abdomen mientras una sonrisa de absoluta plenitud adornaba sus labios.

—Fue maravilloso, Naruto-kun... —susurró ella, besándole el mentón de manera cariñosa—. Mañana hablaré con el consejo del clan para organizar las estancias de nuestra nueva residencia. Tenemos que asegurarnos de que el espacio sea lo suficientemente grande para cuando las demás consortes se unan al hogar.

Naruto cerró los ojos, soltando un largo suspiro de resignación mientras sentía el peso de su nueva realidad.

—Te lo dije, mocoso —comentó Kurama desde la oscuridad de su mente, riéndose bajito—. No solo no arreglaste nada, sino que acabas de nombrar a la líder de tu futuro harén. Esta chica va a organizar a las demás como si fuera un escuadrón Shinobi.

"Estoy perdido..." pensó Naruto, abrazando a Hinata por los hombros mientras miraba el techo del dojo. "Mañana por la mañana... no voy a hablar con nadie. Me voy a poner una cinta en la boca."

Pero en el fondo de su corazón, mientras sentía el calor de la chica a su lado, sabía que la tormenta de la Verdad apenas estaba comenzando en Konoha.

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