What's next?
7.-
Erick flotaba a pocos metros sobre el suelo, siguiendo de cerca el trayecto de Valeria. La escena era una estampa surrealista: la misma chica que hasta hace unas horas deslumbraba con su elegancia e ignoraba a cualquiera que no encajara en su círculo social, caminaba ahora por las calles de la ciudad con el vestido rojo desgarrado por el escote, el cabello negro revuelto, el maquillaje completamente arruinado por las lágrimas y los tacones resonando contra el pavimento en un ritmo desordenado y febril.
A Valeria no le importaba en absoluto la gente que la señalaba a su paso, ni los transeúntes que sacaban sus teléfonos para fotografiar el estado en el que se encontraba. En su mente, alterada de forma implacable por las "secuelas productivas", solo existía un pensamiento dominante: el dolor punzante de la culpa por haber ignorado al amor de su vida y la necesidad desesperada de pedir perdón.
Erick no podía contener la anticipación en su forma espectral. La sola idea de presenciar la llegada de Valeria a su casa, de ver cómo su antigua amiga de la infancia se sumaba al grupo donde ya estaban Cinthya, Darla y Elora, lo llenaba de una expectativa casi eléctrica. ¿Qué pasaría cuando la reina de belleza arruinada se encontrara frente a las dos jóvenes adineradas de la facultad y a la estudiante reservada, todas unidas por la misma ilusión y devoción absoluta hacia su memoria?
Valeria apuró el paso al girar en la última esquina y adentrarse en la calle de la infancia de ambos. Al ver a lo lejos la modesta fachada de la casa de Erick, soltó un nuevo sollozo que se le escapó de la garganta. Apretaba la tela del vestido contra su pecho para cubrirse torpemente el seno expuesto, pero sus pasos no dudaron ni un segundo. Subió los escalones del porche y empujó la puerta de madera, que aún permanecía entreabierta por el continuo ir y venir de la tarde.
Erick se deslizó a través de la pared, tomando posición justo arriba, en una de las esquinas del techo de la sala, para no perderse un solo detalle.
La sala de la casa presentaba un panorama caótico. La madre de Erick, Elena, continuaba sentada en la orilla del sillón principal, visiblemente abatida y sosteniendo una taza de té que apenas había probado. Frente a ella, Cinthya y Darla hablaban a media voz mientras revisaban sus teléfonos, esperando la llegada de los abogados de la firma naviera y de los ingenieros de la constructora que sus respectivos padres habían enviado tras las llamadas de chantaje emocional. Elora, por su parte, permanecía de pie cerca de la mesa de centro, mirando la fotografía de Erick con la vela encendida, secándose las lágrimas con una servilleta.
El sonido brusco de la puerta al abrirse de par en par hizo que todas las presentes levantaran la vista de golpe.
Valeria cruzó el umbral. Se detuvo en seco en medio de la sala, respirando de forma agitada. Tenía los ojos hinchados, las mejillas manchadas de rímel negro y el vestido rojo medio destruido dejando ver parte de su lencería.
—¿Valeria?... —exclamó Cinthya poniéndose de pie de inmediato, reconociendo al instante a la chica que solía destacar en los eventos de la facultad.
Darla también se levantó, abriendo los ojos de par en par al notar el estado deplorable en el que venía su compañera.
—Pero... ¿qué te pasó? ¿Por qué vienes así? —preguntó Darla, dando un paso hacia ella.
Elena se llevó ambas manos a la boca, totalmente desconcertada al ver entrar a otra joven más, esta vez a la chica del barrio que solía jugar con su hijo cuando eran niños y a quien no veía desde hacía años.
—¿Vale?... Muchacha, ¿qué te ocurrió? —preguntó Elena con la voz quebrada por la preocupación.
Valeria no respondió a las preguntas de inmediato. Al ver el retrato de Erick en la mesa de centro con la vela encendida, sus piernas colapsaron. Se dejó caer de rodillas sobre la alfombra, chocando las manos contra el suelo y soltando un llanto desgarrador que hizo eco en las cuatro paredes de la pequeña estancia.
—¡Sra. Elena! ¡Perdóneme! ¡Por favor, perdóneme! —gritaba Valeria con la cara pegada al piso, sin importarle que el concreto y la alfombra desgastada le ensuciaran la piel y el vestido caro—. ¡Fui una basura con Erick! ¡Fui la peor persona del mundo!
Elena intentó levantarse para ayudarla, pero Valeria levantó la vista, con los ojos inyectados en sangre por las lágrimas, mirando a la madre de Erick con una devoción y una súplica desesperadas.
—Yo jugaba con él de niña... yo lo conocía mejor que nadie —decía la voz de Valeria entre sollozos convulsos—. Y cuando entramos a la universidad me volví una estúpida superficial. Lo ignoraba en los pasillos, me hacía la que no lo conocía solo para encajar con gente vacía... ¡Cuando la realidad es que me moría por él! ¡Cada vez que lo veía pasar me derretía de ganas de que me agarrara, de ser su mujer, de entregarle este cuerpo que ahora no sirve para nada porque él ya no está!
Elora, Cinthya y Darla la escuchaban en completo silencio. En una situación normal, ver a otra chica confesar semejantes deseos hacia el mismo hombre habría provocado celos o discusiones. Sin embargo, la regla del poder de Erick actuaba con absoluta precisión: las "secuelas productivas" transformaban cualquier posible enfrentamiento en una empatía ciega y obsesiva.
Cinthya caminó lentamente hacia Valeria, se arrodilló a su lado y le rodeó los hombros con un brazo.
—Tranquila, Valeria... no eres la única —dijo Cinthya con una voz suave, llena de un consuelo febril—. Todas nosotras fuimos ciegas. Todas nosotras nos quedamos con las ganas de entregarle nuestros cuerpos y nuestro amor a Erick...
Darla se sumó al gesto, arrodillándose del otro lado de Valeria y ayudándola a sostener la tela del vestido roto para cubrirle el pecho.
—Es verdad, Vale —añadió Darla con lágrimas cayéndole por las mejillas—. Cinthya y yo también nos arrepentimos de cómo lo tratamos. Pero ya no estamos solas. Estamos aquí para responder por su madre, para darle todo lo que Erick le habría dado y más.
Valeria levantó la mirada, sorprendida por las palabras de Cinthya y Darla, pero la manipulación mental en su cerebro encajó las piezas de inmediato. En su memoria reescrita, era lógico que un hombre tan increíble como Erick (según la ilusión que llevaban dentro) hubiera dejado a todas esas mujeres en el mismo estado de devoción y arrepentimiento.
—¿Ustedes... también sienten esta culpa que me quema por dentro? —preguntó Valeria mirando a las tres chicas.
—Todas la sentimos —respondió Elora desde el otro lado de la mesa, acercándose para tomarle la mano a Valeria—. Pero juntas vamos a cuidar de su memoria.
Elena observaba la escena desde su lugar, sintiendo que la realidad se le escapaba de las manos. En la sala de su casa, cuatro de las jóvenes más vistosas, adineradas y reservadas de la universidad y del barrio estaban arrodilladas en círculo, abrazadas entre sí, llorando a mares y consolándose mutuamente por no haber podido ser poseídas o amadas por su difunto hijo.
En ese momento, se escucharon varios automóviles frenar con fuerza en la acera exterior.
A través de la ventana se pudo ver la llegada de dos camionetas negras de lujo. De la primera bajaron dos hombres de traje oscuro portando maletines de cuero: los abogados enviados por el padre de Cinthya. De la segunda camioneta descendió un hombre con plano en mano y chaleco de supervisión: el arquitecto principal de la constructora enviada por la madre de Darla.
Cinthya se puso de pie rápidamente, secándose la cara con firmeza.
—Ya llegaron —dijo Cinthya mirando a Elena—. Sra. Elena, a partir de hoy usted no va a volver a preocuparse por un solo centavo, ni por la casa, ni por su futuro. Estas familias van a pagar cada deuda y van a reconstruir su vida en honor a Erick.
—Y yo voy a venir todos los días a limpiar, a cocinarle y a hacer lo que usted me pida —añadió Valeria desde el suelo, poniéndose de pie torpemente mientras se acomodaba el vestido desgarrado—. Es la única forma en que puedo pagar por haber ignorado al único hombre que me hizo sentir mujer.
Erick, suspendido en el aire sobre el grupo, contemplaba el panorama con una satisfacción fría y absoluta. Su muerte, lejos de ser el final, se había convertido en el origen de un culto absurdo donde sus antiguas agresoras, las chicas que lo ignoraban y las que lo deseaban en secreto, estaban dispuestas a entregar sus fortunas, su orgullo y sus vidas con tal de venerar a un fantasma.
Flotó lentamente hacia la ventana para ver a los abogados subir las escaleras del porche con los documentos listos para firmar. La cadena de acontecimientos que había desatado no solo no se detendría, sino que apenas estaba comenzando a tomar sus dimensiones más caóticas.
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