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Chapter 4 by K45

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Capítulo 4: Las siervas del amanecer

El sudor y los fluidos de la noche anterior se habían secado sobre la piel de Mateo, dejando una capa fría que lo obligó a salir lentamente de la profundidad del sueño. Abrió los ojos y pestañeó un par de veces, adaptándose a la luz del sol que se filtraba con timidez a través de las cortinas pesadas de su habitación.

Se giró en la cama esperando sentir el calor de los cuerpos de su madre y sus hermanas, pero solo encontró sábanas revueltas y el eco del desenfreno de las horas pasadas. Estaba solo. El cuarto guardaba un silencio absoluto, casi sepulcral.

Mateo se incorporó despacio, estirando los brazos y soltando un leve quejido. Para su sorpresa, el dolor en las costillas y la inflamación de la mandíbula que le habían dejado los golpes de la noche anterior habían disminuido drásticamente; los vendajes limpios y los ungüentos que ellas le habían aplicado con tanta devoción habían hecho su trabajo. Pasó la mano por debajo de la almohada de inmediato, buscando con los dedos hasta que tocó las aristas frías del dado negro mate. Sonrió con suficiencia, lo sacó y lo guardó con cuidado en el cajón de su mesa de noche, asegurándolo bajo llave. El nivel 6 seguía activo, inmutable y permanente.

Sin molestarse en buscar ropa, Mateo se puso de pie por completo. Caminó desnudo hacia la puerta, giró el seguro con un chasquido que rompió el silencio del pasillo y salió de su habitación.

El suelo de madera del pasillo se sentía fresco bajo sus pies descalzos. Mateo avanzó con una seguridad absoluta, sin el más mínimo pudor, disfrutando de la libertad total que ahora poseía dentro de su propio hogar. Al acercarse a las escaleras, comenzó a percibir el aroma a café recién hecho, mantequilla y pan tostado que subía desde la cocina, mezclado con el murmullo apagado de unas voces dóciles.

Comenzó a bajar los peldaños uno a uno, manteniendo la vista fija en la planta baja. Lo que vio al terminar de bajar la escalera confirmó que el orden moral de la casa se había disuelto para siempre.

En la sala y el comedor, la rutina matutina de la familia se desarrollaba con una normalidad pasmosa, pero bajo las condiciones estrictas del santuario. Tal como Mateo lo había dictado antes de que la noche cayera, las cinco mujeres de su familia se encontraban completamente desnudas, moviéndose por el espacio sin una sola prenda de ropa encima, adaptadas por completo a su nueva realidad.

Su madre, Elena, estaba de pie junto a la barra de la cocina, sirviendo el café en unas tazas. Su cuerpo maduro se movía con una calma perfecta, ajena a cualquier tipo de vergüenza. A su lado, Sofía acomodaba los platos en la mesa del comedor, con su silueta esbelta completamente expuesta bajo la luz del día que entraba por las ventanas, cuyas cortinas permanecían firmemente cerradas para aislar el interior del mundo exterior.

En la sala, Valeria y Natalia limpiaban los muebles con paños sacudidores, inclinándose de manera dócil, lo que dejaba a la vista de Mateo sus glúteos firmes y torneados en cada movimiento. Camila estaba sentada en la alfombra, doblando algunas sábanas limpias con una parsimonia mística. Ninguna de las cinco llevaba una sola pizca de timidez en el rostro; en sus mentes, reescritas de forma autónoma por el éxito crítico del dado, estar desnudas ante la presencia de su dueño y servirle desde el amanecer era el estado natural de las cosas.

En cuanto el sonido de los pasos de Mateo resonó en el piso de la planta baja, las cinco mujeres detuvieron sus actividades al unísono y giraron la cabeza hacia él. Las miradas del nivel 6 se encendieron de inmediato, desbordantes de una adoración, una sumisión y una culpa remanente que las obligaba a complacerlo en lo que fuera necesario.

Elena dejó la jarra de café en la barra y avanzó hacia él con paso dócil, con las manos juntas al frente de su vientre desnudo.

—Buenos días, mi cielo —murmuró Elena con una sonrisa mansa y maternal—. Qué bueno que ya despertaste. Te preparé el desayuno exactamente como te gusta. ¿Cómo te sientes de tus heridas? Dinos si te duele algo para atenderte de inmediato.

Camila y Natalia se levantaron de la alfombra y del sofá de inmediato, caminando hacia él sin el menor pudor, deteniéndose a unos centímetros de su cuerpo desnudo, listas para recibir las órdenes de la mañana en su nuevo imperio doméstico.

Elena dio un paso al frente y se arrodilló con total naturalidad ante el cuerpo desnudo de su hijo, pasando sus manos maduras por los muslos de Mateo para verificar que la inflamación de los golpes de la noche anterior hubiera cedido por completo. Al sentir el tacto dócil de su madre, el miembro de Mateo comenzó a erguirse con rapidez, poniéndose rígido y venoso bajo la luz de la mañana.

—Estás mucho mejor, mi cielo —susurró Elena, alzando la vista con una devoción absoluta—. Déjanos dejarte listo para que vayas a la universidad con el cuerpo completamente relajado.

Camila y Natalia se unieron al instante, arrodillándose a los lados de su madre sobre el suelo de la sala. Con una sincronía perfecta dictada por la iniciativa propia del nivel 6, las tres mujeres se apiñaron frente a la entrepierna de Mateo. Elena tomó la base firmemente con su mano, guiando la punta húmeda directamente hacia la boca de Camila, quien abrió los labios con desesperación dócil para succionar la longitud venosa por completo. Natalia, por su parte, comenzó a lamerle los testículos con movimientos largos y húmedos, mientras Valeria y Sofía se acercaban por detrás de Mateo para masajearle los hombros y el cuello, aliviando cualquier tensión física remanente.

El sonido húmedo de la succión y los gemidos ahogados de sus hermanas llenaron la planta baja de la casa durante varios minutos, hasta que Mateo, conteniendo el clímax para no desgastarse antes de salir, les ordenó detenerse.

—Suficiente —dijo Mateo, apartándose suavemente con un chasquido húmedo—. Tengo que ir a la universidad. Valeria, Camila, ustedes me van a acompañar en el coche. Las demás se quedan aquí manteniendo la casa exactamente como la dejé.

—Sí, Mateo —respondieron todas en un coro sumiso.

Mateo subió a vestirse rápidamente con ropa ligera, guardando el dado negro en el bolsillo de su pantalón. Al bajar, Valeria y Camila ya lo esperaban en la entrada de la cochera interna, llevando puestas únicamente unas gabardinas largas y holgadas que Mateo les había ordenado usar para ocultar su desnudez del mundo exterior.

El trayecto en el coche

Subieron al vehículo familiar dentro de la cochera cerrada antes de abrir el portón automático. Valeria se colocó al volante, manteniendo la gabardina completamente abierta sobre el asiento de piel, dejando expuesto su cuerpo torneado frente a los mandos del coche. Mateo se sentó en el asiento del copiloto y Camila se acomodó de inmediato en el espacio para los pies, justo entre las piernas de su hermano.

En cuanto Valeria sacó el coche a la calle y comenzó a conducir por la avenida en dirección al campus, el servicio carnal continuó de forma implacable dentro del habitáculo.

—Camila, abre mi pantalón —ordenó Mateo, mirando fijamente el tráfico matutino.

Camila desabrochó el cinturón y bajó el cierre con una destreza silenciosa, liberando el miembro viril de Mateo, que volvía a pulsar con fuerza. La chica de 19 años se acomodó entre sus rodillas, hundiéndose en la penumbra del tablero del coche, y comenzó a practicarle una felación profunda y constante. El sonido de su boca deslizándose por la longitud venosa acompañaba el ronroneo del motor, mientras Mateo apoyaba la mano derecha sobre el muslo desnudo de Valeria, acariciando su intimidad húmeda mientras ella maniobraba el volante con total calma, totalmente ajena al tabú de la situación.

—Vas muy bien, Valeria. No te distraigas —murmuró Mateo, disfrutando del calor de la boca de Camila en su entrepierna.

—Hago lo que sea por ti, hermano... lo sabes —respondió Valeria con la mirada fija en el camino y una sonrisa lasciva en los labios, apretando el acelerador con suavidad.

La llegada al campus

Un par de calles antes de llegar a la entrada principal de la universidad, Mateo le indicó a Valeria que se estacionara en una zona residencial tranquila y apartada, bajo la sombra de unos árboles corpulentos. Camila se incorporó limpiándose los labios con el dorso de la mano, con la mirada brillante por la sumisión del nivel 6.

Mateo se acomodó la ropa y bajó del coche solo, respirando el aire fresco de la mañana, sintiéndose el dueño absoluto de su realidad. Caminó los últimos metros hacia el campus con las manos en los bolsillos, rozando la superficie del dado negro.

Al cruzar los arcos de la entrada principal, se detuvo en seco al ver una escena en la explanada de la facultad de psicología.

Ahí, de pie junto a las jardineras, se encontraban las tres compañeras del equipo de la universidad con las que había iniciado el experimento días atrás. Al notar la presencia de Mateo, las tres chicas interrumpieron su plática de inmediato. Sus rostros, que antes reflejaban dudas o distracción, se iluminaron con una expresión idéntica a la que Mateo acababa de dejar en su casa: una devoción mística, ojos fijos llenos de un deseo sumiso y una postura corporal totalmente dócil y receptiva hacia él.

Mateo las observó de arriba abajo y sintió una descarga eléctrica recorrerle la columna. No hacía falta lanzar el dado de nuevo. Las tres estudiantes estaban operando bajo el influjo exacto del 6. El éxito crítico se había expandido de forma autónoma también en el campus, consolidando su control absoluto tanto dentro como fuera de su hogar.

Mateo se quedó quieto un instante en medio de la explanada, disfrutando del sutil hormigueo de poder que le recorría el cuerpo. El sol de la mañana iluminaba el campus, y a su alrededor el flujo de estudiantes continuaba con total normalidad: jóvenes cargando mochilas, riendo y apresurándose para llegar a sus aulas. Pero en ese rincón de las jardineras, el tiempo parecía haberse congelado bajo una frecuencia distinta.

Al notar su presencia, las tres chicas interrumpieron su plática de inmediato. Sus rostros se iluminaron con una expresión idéntica a la que Mateo acababa de dejar en su casa: una devoción mística, ojos fijos llenos de un deseo sumiso y una postura corporal totalmente dócil y receptiva hacia él. El éxito crítico permanente del nivel 6 se manifestaba en la universidad con una intensidad implacable. Ninguna de las tres tenía conciencia de la existencia del dado negro mate en el bolsillo de Mateo; para ellas, este magnetismo arrollador y la urgencia de complacerlo eran impulsos que brotaban orgánicamente de sus propias mentes.

Beatriz, la gótica culona, dio un paso al frente balanceando sus prominentes caderas, vestida con su habitual falda negra corta y medias de red. Su mirada, delineada de negro oscuro, ya no tenía rastro de su habitual frialdad despectiva; ahora desbordaba una sumisión ardiente.

—Mateo... qué bueno que llegaste —dijo Beatriz con una voz inusualmente suave y arrastrada, acercándose tanto que Mateo pudo sentir el calor de su respiración—. Estábamos esperándote para el proyecto... o para lo que tú quieras, mi amor.

A su lado, Akane, la nerd otaku, se acomodó los lentes con dedos temblorosos. Llevaba una falda tableada escolar y su blusa blanca, y el rubor en sus mejillas delataba la intensa oleada de lascivia y sumisión que la dominaba por completo al ver a su dueño.

—M-Mateo... solo puedo pensar en ti —murmuró Akane, bajando la mirada de forma sumisa, uniendo las puntas de sus dedos en un gesto totalmente dócil.

Vanessa, la exnovia de su amigo Zack, completaba el trío. Con sus jeans ajustados que resaltaban su figura estilizada y una blusa escotada, miraba a Mateo con unos ojos brillantes y obsesivos, habiendo borrado por completo de su mente cualquier lealtad hacia su pasado o hacia Zack. Su único propósito ahora era pertenecerle a Mateo.

—No nos dejes esperando, Mateo. Haz con nosotras lo que quieras —susurró Vanessa, estirando la mano de forma atrevida para rozar el brazo de su amo.

Mateo las barrió con una mirada fría, libidinosa y calculadora. El campus universitario, un lugar que antes le exigía cumplir con normas académicas, ahora se abría ante él como un segundo territorio de conquista carnal. Tenía a las mujeres de su casa completamente domesticadas, esperándolo desnudas detrás de las cortinas cerradas, y ahora a su equipo de la facultad listo para ejecutar cualquier capricho bajo el amparo de la impunidad absoluta.

—Vengan conmigo —ordenó Mateo en voz baja, dándoles la espalda y caminando con paso firme hacia el edificio de los laboratorios del sótano, un área aislada e ideal para lo que planeaba—. Vamos a buscar un cubículo vacío. Tenemos mucho de qué hablar sobre cómo van a servirme a partir de hoy.

—Sí, Mateo... lo que tú digas —respondieron las tres en un coro sumiso, apresurando el paso detrás de él, con los cuerpos ya encendidos en deseo y listas para cruzar cualquier límite moral dentro de las aulas.

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Mateo caminó con las tres chicas por el pasillo del sótano, arrastrándolas hacia la penumbra del cubículo vacío. Antes de entrar por completo, se detuvo y se giró hacia ellas con una mirada severa y distante.

—Escúchenme bien las tres —dijo Mateo en voz baja, con un tono cortante—. Van a seguir exactamente igual. No quiero que se me acerquen ni me hablen de esta manera cuando haya gente alrededor. En público van a actuar normal, como si nada hubiera pasado. No quiero levantar ninguna sospecha en la universidad. ¿Quedó claro?

—Sí, Mateo... como tú ordenes —respondió Beatriz, bajando la cabeza con sumisión, mientras Akane se acomodaba los lentes asintiendo tímidamente y Vanessa lo miraba con ojos de absoluta devoción, aceptando la restricción sin chistar.

Mateo las dejó en el cubículo y regresó a la explanada. Mientras caminaba, revisó su celular y vio un mensaje de su amigo Zack. Zack estaba destrozado por la reciente ruptura con Vanessa y le pedía ir a su casa para jugar videojuegos y despejar la mente. Mateo vio esto como la oportunidad perfecta para actuar como el amigo comprensivo y, al mismo tiempo, pavonearse internamente de tener a la ex de su amigo bajo su control absoluto.

Antes de enfilar hacia su casa con Zack, Mateo sacó su teléfono y envió un mensaje rápido al grupo de las cinco mujeres de su familia:

"Va un amigo para la casa. Compórtense normal, vístanse y actúen como siempre. Limpien y arreglen la planta baja de inmediato."

El regreso a casa

Mateo y Zack llegaron a la casa una media hora después. Al cruzar la puerta, la planta baja lucía impecable. Las cinco mujeres estaban perfectamente vestidas con su ropa habitual y actuaban con total naturalidad, saludando a Zack con amabilidad. Sin embargo, en cuanto Mateo pisó la sala, un frío sudor le recorrió la nuca al recordar un detalle crítico: se le había olvidado ordenarles que limpiaran su propia habitación. Su cuarto debía de ser un completo caos de sábanas deshechas, fluidos secos y el olor del maratón carnal de la noche anterior.

—Oye, Zack, espérame aquí abajo en la sala —dijo Mateo, tratando de disimular el pánico en su voz—. Voy a subir rápido a cambiarme de ropa. La verdad es que dejé un completo cuchitril allá arriba porque la otra vez me emborraché y dejé todo feo. No tardo nada.

Mateo se dio la vuelta y subió las escaleras corriendo, desesperado por meter todo bajo la cama y acomodar las cobijas antes de que a Zack le diera por subir. Iba tan de prisa y con la mente tan alterada que, al meter la mano en el bolsillo para buscar su teléfono, el dado negro mate se deslizó por la tela y salió despedido.

El cubo negro rebotó silenciosamente en el borde del escalón superior y cayó hacia atrás, directo a la planta baja.

Zack, que estaba parado cerca del inicio de la escalera, vio un objeto oscuro caer y estiró la mano por instinto. Alcanzó a tocar el dado con la punta de los dedos, pero no pudo agarrarlo. El dado golpeó el suelo de la sala, giró un par de veces sobre la alfombra y se detuvo mostrando un resplandeciente e inmutable 6.

El giro del destino

En ese preciso momento, Elena, la madre de Mateo, se acercaba a Zack desde la cocina cargando un vaso de agua fresca para el invitado. En el instante en que el dado se detuvo en el número 6, el hilo invisible del artefacto se enganchó de forma permanente en la mente de Elena, pero esta vez, vinculándola a la voluntad de la persona que acababa de tocarlo: Zack.

Zack, completamente ajeno a la magia del objeto, tomó el vaso de agua que Elena le extendía.

—Gracias, señora Elena —dijo Zack con una sonrisa triste.

Elena le sonrió de vuelta con una amabilidad mansa y se quedó parada junto a él. Zack, mirando la silueta madura y curvilínea de la madre de su amigo, y cargando con el despecho de que Vanessa lo hubiera dejado, suspiró y susurró para sí mismo en un hilo de voz casi imperceptible:

—Dios santo... la madre de Mateo es mil veces más sexy que Vanessa... cómo me gustaría agarrar esas tetas...

Elena escuchó el susurro a la perfección. Bajo el influjo del éxito crítico del nivel 6, su mente procesó el deseo de Zack como una orden absoluta e incuestionable. Sin una pizca de pudor o duda maternal, Elena dio un paso al frente, tomó las dos manos de Zack con firmeza y, ante la mirada atónita del chico, se las colocó directamente sobre sus pechos, apretándolas contra su carne.

Zack se quedó congelado, con el corazón acelerado y los ojos abiertos de par en par.

—¡¿Pero qué...?! Señora Elena, ¿qué pasó? ¿Qué está haciendo? —tartamudeó, completamente sorprendido, intentando asimilar el contacto.

Elena, con la mirada perdida en un trance de sumisión total hacia Zack, comenzó a hablar con una voz monótona pero fluida, revelándole el secreto mejor guardado de la casa.

—Solo respondo a tu deseo, Zack... —confesó Elena sin parpadear—. Al igual que mis hijas, estamos bajo un control absoluto. Mateo nos ha tenido teniendo sexo con él, nos ordenó desnudarnos y entregarnos a sus caprichos carnales en su cuarto... Toda la familia le pertenece.

A Zack se le cayó la mandíbula. El horror, la sorpresa y una oscura chispa de codicia se mezclaron en su mente al descubrir la monstruosidad que Mateo había estado haciendo con su propia madre y sus hermanas, usando el poder de ese extraño dado que acababa de rodar por las escaleras. Zack miró el cubo negro en el suelo y luego a Elena. El despecho por Vanessa se transformó de golpe en un deseo de venganza y poder.

Apretando los pechos de Elena con más fuerza, Zack asumió el rol de amo con una rapidez fría.

—Escúchame bien, Elena —le dijo Zack, mirándola fijamente a los ojos—. A partir de este momento, solo me obedecerás a mi. Vas a actuar exactamente igual que antes frente a Mateo. Vas a hacer todo lo que él te pida y no vas a levantar ninguna sospecha. No quiero que él sepa nada de esto. Pero sabes muy bien que, en el fondo, tú solo eres mía. Dame tu número de teléfono ahora mismo para marcarte cuando te quiera.

—Sí... mi dueño. Mi número es... —respondió Elena con total docilidad, dictándole los dígitos mientras Zack los guardaba rápidamente en su celular. Justo después, Zack se agachó y recogió el dado negro mate, escondiéndolo profundamente en su propio bolsillo. No pensaba devolvérselo a Mateo; ahora el poder era suyo.

La retirada

Unos minutos después, Mateo bajó las escaleras, un poco sudoroso tras haber tendido la cama a toda prisa y haber escondido los restos de la noche anterior. Traía los controles de la consola en las manos.

—Listo, Zack. Ya acomodé ese desastre. ¿Le damos al juego? —preguntó Mateo, forzando una sonrisa de sabelotodo.

Zack, que mantenía una mano metida en el bolsillo apretando el dado negro, miró a Mateo con una mezcla de desprecio contenido y nerviosismo.

—Oye, Mateo... la verdad es que me empecé a sentir muy mal de repente —dijo Zack, fingiendo una mueca de dolor en el estómago—. Me está doliendo mucho la panza y ando mareado. Creo que mejor me voy a ir a mi casa a descansar. Perdona por dejarte colgado con los juegos.

Mateo, un poco decepcionado pero confiado en su propia superioridad, asintió sin sospechar absolutamente nada.

—No te preocupes, hermano. Ve a descansar, ahí luego le damos.

Zack se despidió rápidamente, salió de la casa con paso apresurado y subió a su auto. El trayecto hacia su propio hogar fue una ráfaga de pensamientos oscuros y planes de dominación. Cuando finalmente cruzó la puerta de su casa, cerró con doble llave, se recostó contra la madera y sacó el dado negro mate del bolsillo, mirándolo con una sonrisa maliciosa. El juego había cambiado por completo.

Zack entró a su casa con el corazón latiendo a mil por hora, sintiendo el frío relieve del dado negro mate entre sus dedos. La revelación de lo que Mateo hacía en su hogar le había dejado la mente alterada, pero el peso del objeto en su bolsillo le recordaba que ahora la balanza del poder se había inclinado a su favor.

No tuvo mucho tiempo para procesar sus pensamientos. Al avanzar hacia la sala, escuchó el eco de unas risas femeninas y pasos que venían del pasillo principal. La puerta de la entrada se abrió de par en par, y por ella entró su propia madre, unida a sus dos mejores amigas de la cuadra. Venían regresando del parque tras una intensa rutina matutina de ejercicio.

Las tres mujeres vestían ropa de fitness sumamente ajustada. Su madre llevaba unos leggins de licra negros que moldeaban sus curvas maduras y un top deportivo que dejaba al descubierto su abdomen sudoroso. Sus dos amigas, mujeres de cuerpos voluptuosos y bien cuidados, vestían conjuntos similares en tonos grises y fosforescentes, con las telas completamente adheridas a sus figuras por el sudor del entrenamiento, resaltando sus pechos y glúteos de forma provocativa.

—Hola, Zack, no sabíamos que ya estabas aquí —dijo su madre, pasándose una toalla por el cuello para secarse el sudor, completamente ajena a la tormenta mental de su hijo—. Nosotras venimos muertas del gimnasio. Vamos a preparar algo de tomar.

Zack las barrió con la mirada de arriba abajo. El morbo y una repentina oleada de codicia lo golpearon con fuerza al ver la ropa deportiva ceñida a los cuerpos sudorosos de las tres mujeres. La idea de poseer el mismo control absoluto que Mateo tenía sobre su familia se volvió una obsesión instantánea.

Sin pensarlo dos veces, impulsado por la pura lascivia y el deseo de comprobar el alcance del artefacto, Zack sacó el dado negro del bolsillo. Con un movimiento rápido de la muñeca, lo lanzó sobre la mesa de centro de la sala.

El cubo negro rodó con un sonido seco sobre la madera, girando con velocidad mientras las tres mujeres detenían sus movimientos por instinto, clavando sus ojos en el objeto. El dado se detuvo por completo, mostrando una vez más el resplandeciente e inmutable 6.

El éxito crítico definitivo se asentó sobre la sala en un segundo.

La atmósfera cambió por completo, volviéndose densa y silenciosa. La mente de la madre de Zack y la de sus dos amigas fueron reescritas al instante de forma permanente y autónoma. Cualquier tabú, lazo de sangre o barrera moral se disolvió en sus cerebros, siendo reemplazados por una devoción absoluta, lasciva e incondicional hacia Zack, creyendo firmemente que ese deseo de someterse a él nacía de lo más profundo de sus propios seres.

Su madre dejó caer la toalla al suelo y dio un paso al frente, con los ojos fijos en Zack, desbordando una mirada cargada de una sumisión ardiente. Sus dos amigas se colocaron a sus flancos, respirando de manera agitada, con las posturas corporales totalmente dóciles y receptivas, listas para ejecutar cualquier capricho que su nuevo dueño decidiera dictar en ese mismo momento.

Zack contempló la escena con una mezcla de incredulidad y un absoluto subidón de poder. El dado no fallaba; el 6 resplandecía en la mesa de centro y el efecto secundario del éxito crítico definitivo se había encendido en el cerebro de las tres mujeres. A partir de ese milisegundo, sus mentes no solo buscarían obedecerlo, sino que su propia iniciativa autónoma estaría volcada las veinticuatro horas del día en generar el mayor beneficio, placer y comodidad para su amo, anticipándose a sus deseos sin que él tuviera que abrir la boca.

Su madre dio un paso más hacia él, con los leggins de licra negros crujiendo levemente por el movimiento. Su mirada, antes protectora y maternal, se había transformado en una de absoluta sumisión y lascivia dócil.

—Zack... mi amor, te ves muy tenso —murmuró su madre con voz suave, arrastrando las palabras con una devoción mística—. Viniste de la calle muy alterado. No te preocupes por nada, nosotras estamos aquí para encargarnos de ti y hacer que te olvides de todo el estrés del mundo.

Las dos amigas de su madre, captando la directiva de complacerlo al máximo por iniciativa propia, se movieron con una sincronía perfecta. La amiga de conjunto gris se deslizó por detrás de Zack, colocando sus manos suaves sobre sus hombros, comenzando a amasar sus músculos con firmeza, pegando intencionalmente sus pechos firmes y sudorosos contra la espalda del chico. La otra amiga, vestida con un top fosforescente, se arrodilló directamente en la alfombra frente a él, estirando las manos con total docilidad para comenzar a desabrocharle las agujetas de los tenis.

— Déjanos ponerte cómodo, Zack —susurró la amiga arrodillada, alzando la vista y acomodándose un mechón de cabello empapado de sudor detrás de la oreja—. Tu única tarea de ahora en adelante es sentarte, relajarte y dejar que tu cuerpo reciba todo el placer que se merece.

Zack dejó caer la cabeza hacia atrás, soltando un suspiro hondo mientras sentía las manos expertas de la amiga de su madre masajearle el cuello. El morbo de tener a las tres mujeres fitness, con sus prendas deportivas ceñidas y oliendo a sudor fresco, completamente rendidas a sus pies, le hizo perder el rastro de cualquier rastro de culpa. Su miembro comenzó a responder de inmediato dentro del pantalón, poniéndose rígido ante la mirada atenta de su madre, quien sonrió con una complacencia lasciva, feliz de ver que el bienestar de su amo comenzaba a materializarse.

—Quítense la ropa —ordenó Zack con voz ronca, tomando el control total de la situación—. Quiero verlas a las tres tal como vinieron al mundo, aquí mismo en la sala.

La orden fue recibida como el mayor de los honores. Las tres mujeres fitness comenzaron a despojarse de sus prendas deportivas con una velocidad dócil, ansiosas por demostrarle a Zack que sus cuerpos esculpidos por el ejercicio le pertenecían ahora de manera exclusiva y permanente.

Zack dio un paso atrás, acomodándose en el sofá principal de la sala mientras contemplaba cómo las prendas de licra y los tops deportivos caían al suelo en un montón sudoroso. Los cuerpos de las tres mujeres quedaron completamente al descubierto bajo la luz de la mañana.

Su madre se llamaba Martha, una mujer de curvas maduras y firmes. Sus dos amigas de entrenamiento eran Monica, la de conjunto gris, poseedora de unas caderas anchas y un busto prominente; y Claudia, la del top fosforescente, con un abdomen marcado y piernas atléticas. Las tres permanecían de pie en la alfombra, desnudas, respirando de manera agitada y mirándolo con ojos llenos de una lascivia sumisa y dócil.

El efecto del nivel 6 y su iniciativa autónoma se hicieron notar de inmediato. Martha, asumiendo su rol para el máximo beneficio de su amo, se adelantó.

—Zack, déjame ser la primera en darte la bienvenida a tu nuevo reino —murmuró Martha con voz suave y arrastrada.

—Ponte en cuatro sobre la alfombra, mamá. De perrito, dándome la espalda —ordenó Zack con un tono seco y autoritario.

Martha obedeció al instante. Apoyó las palmas de las manos y las rodillas sobre la suave tela de la alfombra, arqueando la columna de forma exagerada y elevando sus glúteos firmes y maduros directamente hacia Zack. Al abrir sus piernas, la intimidad de Martha quedó completamente expuesta a la vista de su hijo: una vulva rosada y carnosa, que ya goteaba un flujo transparente y brillante debido al trance erótico que dominaba su mente.

Zack se desabrochó el pantalón y liberó su miembro, que se encontraba completamente rígido, venoso y palpitante. Se arrodilló detrás de ella, contemplando de cerca la entrada húmeda de su madre. Antes de penetrarla, Zack estiró la mano derecha y abrió los labios menores de Martha con los dedos, masajeando su clítoris para lubricarla aún más, sacando un gemido ronco de su garganta. Con su mano izquierda, Zack comenzó a masturbarse a sí mismo, cubriendo su virilidad con el flujo de Martha.

Cuando vio que estaba lista, Zack sujetó a Martha firmemente de las caderas anchas, hundiéndole los dedos en la piel, y apuntó la punta de su miembro contra su entrada. Con un empuje rudo, continuo y profundo, la penetró de un solo golpe hasta la base.

—¡¡Ahhhh... Zack... sí, mi dueño!! —bramó Martha, enterrando el rostro en el suelo mientras su interior caliente y estrecho abrazaba la longitud de su hijo con una presión masiva.

Zack comenzó a embestirla con un ritmo salvaje y constante, provocando un eco ruidoso de carne contra carne que resonaba en toda la sala. Martha se sacudía con cada impacto, totalmente entregada a la dominación de su hijo, buscando la fricción con su propia pelvis.

Mientras Zack continuaba follar a Martha con fuerza, decidió que las demás no debían quedarse quietas. El beneficio para el amo tenía que ser total.

—Monica, ven aquí —mandó Zack, sin disminuir el ritmo de su bombeo—. Ponte de rodillas frente a mí.

Monica, la voluptuosa amiga de su madre, se arrastró por la alfombra hasta colocarse a un costado. Se acomodó de lado, elevando uno de sus muslos torneados para ofrecer su vulva, que ya estaba empapada por el morbo de la escena, directamente hacia el rostro de Zack.

Zack inclinó el torso hacia adelante, manteniendo el bombeo constante dentro de Martha, y comenzó a lamer la intimidad de Monica con fuerza. Pasó su lengua con movimientos húmedos y largos sobre sus labios vaginales, succionando su clítoris hinchado. Monica soltó un grito agudo, contorsionándose en el suelo y enredando sus dedos en el cabello de Zack para empujar su pelvis contra su boca. El sonido de la succión de Zack en Elena y el ruidoso vaivén de su miembro dentro de Martha crearon una atmósfera de lascivia absoluta en la sala.

Sabiendo que el clímax con su madre estaba cerca, Zack aumentó la velocidad de las embestidas en Martha. Tras diez golpes rápidos y profundos que hicieron jadear a la mujer madura, Zack se vació con fuerza dentro de ella, soltando un gruñido ronco mientras su eyaculación inundaba su fondo. Martha se contrajo en un espasmo dócil, atrapándolo mientras recibía la descarga.

Zack se retiró de Martha con un chasquido húmedo, dejando un hilo espeso de fluidos escurriendo por sus muslos. Su miembro seguía erecto y brillante, listo para la última mujer del grupo.

—Claudia, muévete al centro —ordenó Zack, jadeando levemente.

Claudia, la amiga atlética, se colocó bocarriba de inmediato. Elevó las piernas por iniciativa propia, flexionando las rodillas y empujándolas contra su propio pecho para dejar su entrada completamente libre y **** ante los ojos de Zack. Su vulva estaba latiendo en espasmos, totalmente dilatada.

Zack se posicionó entre sus muslos. Tomó su miembro venoso y, apoyando las manos con fuerza en la alfombra, se hundió en el interior apretado y caliente de Claudia de un solo empuje limpio.

—¡¡Dios, Zack, tómame toda!! —gritó Claudia, arqueando el torso mientras sus paredes vaginales apretaban la virilidad de Zack con una fuerza tremenda.

Zack comenzó a follarla con saña, dando golpes profundos que hacían que su busto se sacudiera violentamente. Monica y Martha, movidas por su devoción, se acercaron para besar y acariciar el cuerpo de Claudia, manteniéndola estimulada y firme en la posición. Zack aceleró el ritmo, entregándose por completo al maratón carnal en su propia casa, consolidando su nuevo imperio secreto con las tres mujeres fitness entregadas por completo a su placer.

Zack aumentó la potencia de sus embestidas en el interior de Claudia, marcando un ritmo frenético que hacía que los cuerpos chocaran ruidosamente sobre la alfombra de la sala. A su lado, Mónica la voluptuosa amiga de su madre y Martha no se quedaban atrás. Impulsadas por el efecto secundario del beneficio para su amo, ambas mujeres usaban sus manos y lenguas para acariciar el torso de Zack y besar los labios de Claudia, intensificando el éxtasis en el cuarto.

Zack sentía que el miembro le iba a estallar ante la presión de las paredes vaginales de Claudia. Sujetándola con saña de la cintura, dio diez golpes definitivos, rudos y profundos, hundiéndose hasta la base antes de soltar un gemido ronco y vaciarse por completo dentro de ella en una potente eyaculación. Claudia se sacudió en un orgasmo dócil, atrapando la virilidad de Zack mientras Martha y Mónica limpiaban el sudor de su frente con total devoción. El harén de Zack estaba consolidado, y en la mente de Elena, la madre de Mateo, el cambio de dueño era absoluto: el hilo del dado la había ligado a Zack para siempre, borrando cualquier lealtad hacia su hijo.

Mientras tanto, en la casa de Mateo...

Ajeno por completo al robo del dado y a la traición de su mejor amigo, Mateo disfrutaba de lo que él creía que era una posición de poder absoluto e inalterable. Tras la partida de Zack, el silencio había vuelto a reinar en su hogar, y con él, la oportunidad de reanudar el control carnal sobre las mujeres que, según su conocimiento, seguían bajo su yugo.

Mateo se encontraba en su habitación, sentado en el centro del colchón deshecho, completamente desnudo. A una orden suya a través de un silbido, las puertas de los cuartos contiguos se abrieron. Valeria, Camila, Natalia y Sofía entraron en fila india. Todas estaban desnudas, con los cuerpos brillando bajo la luz tenue, manteniendo esa postura dócil y lasciva que el nivel 6 les exigía.

Sin embargo, Mateo notó algo extraño en la formación: faltaba su madre.

—¿Dónde está Elena? —preguntó Mateo con un tono seco, frunciendo el ceño.

Sofía, dando un paso al frente por iniciativa propia para no hacer esperar a su amo, bajó la mirada de forma sumisa antes de responder.

—Mamá dijo que se sentía un poco mareada después de limpiar la planta baja, Mateo... —explicó Sofía con voz suave—. Se quedó abajo revisando unas cosas en la cocina, pero nos mandó a nosotras de inmediato. No queríamos que pasaras un solo segundo sin ser atendido.

Mateo restó importancia a la ausencia de su madre, atribuyéndolo al cansancio del control mental, sin imaginar que el corazón y la voluntad de Elena ahora le pertenecían a Zack. Mirando los cuatro cuerpos jóvenes y perfectos de sus hermanas que se apiñaban al borde de la cama, la lascivia volvió a encenderse en sus venas. Su miembro se puso rígido, venoso y palpitante de inmediato.

—Pónganse sobre la cama —ordenó Mateo, recostándose contra la cabecera—. Valeria, ponte de perrito en el centro. Camila, acuéstate bocarriba justo debajo de ella. Quiero que Valeria te deje caer todo su flujo en la cara mientras yo la tomo por detrás.

Las hermanas obedecieron al instante, moviéndose con una sincronía lasciva. Valeria apoyó las rodillas y las palmas en el colchón, arqueando la espalda por completo y elevando sus glúteos firmes hacia Mateo. Su vagina, completamente rosada y húmeda, quedó a la vista. Justo abajo, Camila se recostó, abriendo las piernas y mirando hacia arriba, lista para recibir el estímulo de su hermana mayor.

Mateo se posicionó detrás de Valeria. Sosteniéndola de las caderas con una fuerza ruda, introdujo dos dedos en su interior para esparcir su lubricación natural y, tras masturbarse un par de veces con la otra mano para cubrirse de flujos, apuntó su miembro y se hundió en ella de un solo golpe limpio.

—¡¡Ahhh... Mateo, hermano!! —gritó Valeria, enterrando las manos en las sábanas mientras su interior apretaba la virilidad de su dueño.

Mateo comenzó a follarla con un ritmo rítmico, potente y seco, haciendo que los cuerpos chocaran ruidosamente en la penumbra del cuarto. Mientras tanto, Natalia y Sofía se acomodaron a los lados de Mateo, lamiéndole los pezones y los muslos para mantener su excitación al límite. El maratón en la casa de Mateo continuaba de forma brutal, mientras el reloj avanzaba hacia un conflicto inevitable entre los dos poseedores del secreto del dado.

En la planta baja de la casa de Mateo, la atmósfera dócil había implantado originalmente en Elena se resquebrajó por completo. Mientras arriba sus hijas se entregaban al ritmo de Mateo, en el piso inferior, Elena sintió una sacudida interna. El verdadero influjo del 6 —el que Zack había activado al tocar el dado— terminó de asentarse en su sistema nervioso de manera definitiva.

Para Elena, el lazo mental que la unía a su hijo se disolvió como si nunca hubiera existido. La urgencia de subir a la habitación de Mateo desapareció, reemplazada por una nueva e inmutable prioridad: servir, proteger y pertenecer exclusivamente a Zack. Su mente, operando bajo el efecto secundario del beneficio autónomo para su nuevo amo, comenzó a trabajar a toda marcha de forma fría y calculadora.

"Tengo que mantener la fachada", pensó Elena, con los ojos fijos en la escalera. "Mateo no puede sospechar nada hasta que Zack decida qué hacer con él".

Con una calma pasmosa, Elena caminó hacia el espejo del recibidor. Se acomodó la blusa, se recogió el cabello y borró cualquier rastro de la agitación anterior. Se aseguró de que la planta baja luciera impecable y, adoptando la misma actitud mansa y servicial de siempre, comenzó a subir los escalones con lentitud, decidida a jugar el papel que Zack le había encomendado: actuar normal, obedecer las órdenes superficiales de su hijo, pero mantener sus verdaderas lealtades bajo llave.

Al llegar al pasillo del segundo piso, el eco ruidoso de la carne chocando contra la carne y los gemidos de Valeria se filtraban con claridad a través de la madera de la puerta de Mateo. Elena no sintió celos, ni asco, ni devoción; su mente estaba completamente blindada por el nuevo vínculo.

Empujó la puerta con suavidad y entró a la habitación.

Mateo, que estaba embestiendo con saña a Valeria por detrás mientras Natalia y Sofía le lamién el torso, interrumpió su ritmo al verla entrar. Se limpió el sudor de la frente y la miró con una ceja levantada, exigiendo una explicación con la mirada.

—Perdón por la tardanza, Mateo... —dijo Elena con una voz perfectamente modulada, imitando la sumisión que él esperaba—. Ya me siento mucho mejor del mareo. Vine en cuanto pude porque sé que necesitas que esté aquí.

Mateo sonrió con autosuficiencia, completamente ciego al cambio radical que había ocurrido en la mente de su madre. La soberbia de creerse el único dueño del dado negro lo hizo bajar la guardia por completo.

—Qué bueno que te recuperaste, mamá —dijo Mateo con voz ronca, retirándose de Valeria con un chasquido húmedo. Su miembro seguía completamente rígido, venoso y brillante por la mezcla de fluidos—. Pon a Valeria a un lado. Ahora te toca a ti. Ponte bocarriba en el borde de la cama, quiero que tus hijas te sostengan las piernas mientras te tomo.

—Como tú ordenes, Mateo —respondió Elena con una sonrisa dócil y vacía.

Elena se acercó al colchón y se despojó de su ropa con la misma naturalidad de antes, exponiendo su cuerpo maduro ante la mirada lasciva de su hijo. Se recostó en la orilla de la cama, permitiendo que Camila y Sofía le sujetaran las piernas y las empujaran hacia su torso, abriendo su intimidad por completo.

Mateo se posicionó entre sus muslos y, sujetándola de las caderas, se hundió en ella de un solo golpe profundo. Elena soltó un gemido fingido que encajaba a la perfección con el trance que Mateo creía controlar. Mientras recibía las embestidas rudes de su hijo, la mente de Elena permanecía fría, repitiendo en su interior las palabras de Zack y recordando el número de teléfono que guardaba como su posesión más sagrada. Estaba dispuesta a entregar su cuerpo a la simulación el tiempo que fuera necesario, sabiendo que, en el tablero oculto de esa casa, Mateo ya había perdido a su pieza principal.

Mateo continuó embistiendo con saña el cuerpo de Elena en el borde de la cama, completamente convencido de que mantenía el control absoluto de la situación. El sonido húmedo de la fricción y el vaivén constante llenaban la habitación, mientras Camila y Sofía sostenían las piernas de su madre con firmeza para facilitarle el acceso a su hermano menor. Valeria y Natalia observaban desde la cabecera, jadeando en la penumbra, asimilando el ritmo pesado y dominante que Mateo imponía.

El interior de Elena se sentía cálido y estrecho, respondiendo físicamente a los estímulos con la misma naturalidad anatómica de siempre, lo que cegaba por completo a Mateo ante cualquier sospecha. Sin embargo, detrás de la mirada mansa y los quejidos fingidos que Elena emitía para mantener la fachada, su mente operaba de forma fría y calculadora bajo el verdadero influjo del nivel 6 que Zack había reclamado.

Cada golpe profundo que recibía solo reforzaba su directiva oculta: soportar, actuar y proteger el secreto de su verdadero amo. Mientras su cuerpo se sacudía por el impacto del sexo, Elena memorizaba los ritmos de Mateo, analizando su desgaste físico y calculando cuánta energía le quedaba, información que sabía que le sería de enorme utilidad a Zack.

Mateo, sintiendo el clímax inminente tras el prolongado esfuerzo de la jornada, sujetó las caderas de su madre con una fuerza bruta, hundiéndole las uñas en la piel madura. Aceleró las embestidas con diez impactos secos, profundos y ruidosos que hicieron crujir la estructura de madera de la cama. Con un gemido ronco que escapó de su garganta, se clavó hasta el fondo y se vació por completo dentro de ella, liberando una densa descarga caliente. Elena arqueó la espalda por reflejo, soltando un suspiro ahogado que encajaba perfectamente con la sumisión que Mateo esperaba ver.

Mateo se retiró lentamente con un chasquido espeso, dejándose caer bocarriba en el centro del colchón, con el pecho subiendo y bajando de forma violenta debido al agotamiento extremo. El sudor le empapaba el cuerpo, mezclado con los fluidos de las mujeres que había tomado a lo largo del día.

—Eso fue... perfecto —jadeó Mateo, cerrando los ojos por el cansancio, con una sonrisa de absoluta superioridad pintada en el rostro—. Limpien todo esto... y descansen. Mañana seguimos.

—Sí, Mateo... descansa —respondieron las hermanas en un coro dócil, comenzando a moverse para buscar los paños húmedos.

Elena se incorporó despacio, mostrando una sonrisa mansa y vacía mientras se limpiaba los muslos con total naturalidad. Se vistió en silencio y, aprovechando que Mateo se quedaba profundamente dormido debido al cansancio del maratón carnal, bajó a la planta baja con paso firme y silencioso.

Una vez a solas en la penumbra de la cocina, Elena sacó su teléfono celular con las manos firmes. Marcó el número que Zack le había dado apenas unas horas antes y esperó a que la línea se enlazara, lista para reportarle a su único y verdadero dueño cada detalle de lo que ocurría en el santuario de Mateo, asegurando el beneficio y la ventaja absoluta para su nuevo amo.

El teléfono en la casa de Zack vibró sobre la mesa de centro, interrumpiendo el pesado silencio que había quedado tras el intenso encuentro con Martha, Mónica y Claudia. Las tres mujeres fitness se encontraban descansando desnudas a su alrededor, entrelazadas sobre la alfombra de la sala, con las respiraciones calmadas y las miradas fijas en su nuevo dueño, listas para reaccionar ante cualquier parpadeo de su parte.

Zack, que aún se recuperaba del subidón de adrenalina, estiró el brazo y tomó el aparato. Al ver la pantalla, una sonrisa maliciosa se dibujó en sus labios: era el número de Elena, la madre de Mateo.

Deslizó el dedo para contestar y se pegó el teléfono al oído, manteniendo la voz baja pero firme.

—Habla, Elena —ordenó Zack, saboreando el peso de su autoridad.

—Dueño... —la voz de Elena sonó al otro lado de la línea, baja, clara y carente del más mínimo titubeo moral—. Mateo acaba de quedarse profundamente dormido en su habitación. Está completamente agotado. Tuve que entregarle mi cuerpo y permitir que me tomara junto a mis hijas para mantener la simulación, tal como me lo pediste. No sospecha absolutamente nada; cree que el control sigue siendo suyo.

Zack apretó los puños, sintiendo una mezcla de desprecio hacia su amigo y una profunda satisfacción por la ventaja táctica que poseía.

—Excelente trabajo, Elena —respondió Zack, acariciando con la otra mano el muslo desnudo de Mónica, quien se inclinó de inmediato para besarle la rodilla en señal de sumisión autónoma—. Dime, ¿dónde guarda Mateo ese dado? ¿Tiene más de uno?

—Solo tiene ese dado negro mate, mi dueño —explicó Elena con frialdad analítica—. Lo guardaba bajo llave en el cajón de su mesa de noche, pero como se le cayó en la escalera y ahora lo tienes tú, él cree que simplemente lo dejó asegurado en su cuarto. No se ha dado cuenta de que sus bolsillos están vacíos. Mis hijas siguen bajo su control del nivel 6 porque él no ha vuelto a tirar, pero yo ya soy completamente tuya.

Zack soltó una risa ahogada. Mateo estaba operando a ciegas, creyéndose el rey de un tablero en el que ya le habían robado la pieza más importante y el artefacto central.

—Escucha con atención lo que vas a hacer ahora, Elena —dictó Zack, asumiendo por completo el control estratégico—. Vas a regresar a la cama con él y vas a actuar como la madre sumisa que él cree tener. Monitorea cada uno de sus movimientos. Si decide buscar el dado quiero que me lo informes de inmediato. Tú eres mis ojos y mis oídos en esa casa.

—Entendido, mi dueño. Haré exactamente lo que me pides para tu máximo beneficio —respondió Elena con una devoción mística—. Mañana por la mañana te daré un reporte completo antes de que él despierte.

La línea se cortó. Zack dejó el teléfono a un lado y sacó el dado negro mate de su bolsillo, mirándolo fijamente bajo la luz de la tarde. Tenía a su madre y a las amigas de esta completamente domesticadas en su propia sala, y ahora tenía una espía infiltrada en la cama de su peor enemigo. El imperio de Mateo apenas estaba comenzando, pero Zack ya estaba listo para derrumbarlo desde los cimientos y quedarse con todo.

Al día siguiente, los rayos del sol de la mañana entraron con fuerza por la ventana de la sala de Zack. El salón era un caos de ropa de fitness tirada, pero los cuerpos de Martha, Mónica y Claudia ya se movían con una energía dócil y eficiente. Por iniciativa propia y para el máximo beneficio de su amo, las tres mujeres fitness ya le habían preparado un desayuno cargado de proteínas y le daban masajes en las piernas mientras él descansaba en el sillón.

El ambiente de relajación se rompió en un segundo cuando el celular de Zack vibró con fuerza sobre la mesa. El nombre de Elena brillaba en la pantalla.

Zack le hizo una seña con la mano a Mónica para que guardara silencio, tomó el teléfono y contestó de inmediato.

—¿Qué pasó, Elena? Habla —dijo Zack con la voz ronca y el ceño fruncido.

—Dueño... —la voz de Elena al otro lado de la línea sonaba tensa, transmitiendo la información desde un rincón apartado de su casa—. Te llamo rápido porque acabo de escuchar algo crucial. Mateo se despertó como un loco buscando el dado por todo su cuarto, jurando que lo había dejado bajo llave. Al no encontrarlo, se desesperó, pero luego lo escuché hablar solo y presumir en voz alta. Dijo que no le importaba haberlo perdido, porque antes de que se le cayera ya había asegurado su control en la universidad.

Zack se incorporó en el sillón, apartando a Claudia de sus rodillas. Su atención era total.

—¿De qué estás hablando? ¿Qué hizo Mateo en la universidad? —exigió saber Zack, apretando el teléfono con fuerza.

—Escuché los nombres, dueño —continuó Elena con frialdad—. Mateo dijo que antes de perder el dado, ya había lanzado un éxito crítico del nivel 6 con sus compañeras de equipo en la facultad. Mencionó que las tenía completamente sumisas a sus pies y repitió sus nombres: una tal Beatriz, una oriental llamada Akane y una chica llamada Vanessa...

En cuanto el nombre de Vanessa salió de los labios de Elena, el cerebro de Zack sufrió un cortocircuito. La sangre se le subió a la cabeza en una oleada de furia ciega y destructiva. Las piezas del rompecabezas que lo habían mantenido deprimido y destrozado durante días encajaron con una violencia brutal en su mente.

—¡¿Vanessa?! —rugió Zack, poniéndose de pie de un salto, haciendo que Martha y Mónica dieran un paso atrás con mirada sumisa, asustadas por la ira de su amo.

Zack conocía a la perfección a todo el equipo de Mateo. Beatriz, la gótica culona cuya actitud arrogante siempre le había parecido un reto, y Akane, la nerd otaku de la que Mateo se burlaba a veces. Pero Vanessa... Vanessa era su exnovia. La mujer que hasta hace unos días le juraba amor eterno y que, de la noche a la mañana, lo había dejado con una frialdad inhumana, tratándolo como si fuera un completo desconocido.

"Ese maldito infeliz...", pensó Zack, con los ojos inyectados en sangre y la respiración completamente desbocada. "No lo hizo por un maldito cambio de opinión. Mateo usó ese maldito dado negro con mi novia. La convirtió en su perra con un 6 permanente".

Saber que su mejor amigo no solo se estaba follando a su propia madre y a sus hermanas, sino que había profanado y robado el amor de la mujer que él más quería utilizando magia negra, transformó el despecho de Zack en un odio asesino. El deseo de venganza se volvió una obsesión absoluta.

—Elena —dijo Zack, con una voz temblorosa por la rabia, pero manteniendo el tono de mando—. Escúchame bien. Monitorea a Mateo si va a salir hacia el campus hoy. No dejes que note que sabes algo. Yo me voy a encargar de esto hoy mismo. Vanessa va a regresar a mí, y Mateo va a pagar por cada una de las cosas que hizo.

—Entendido, mi dueño. Que la fuerza esté contigo —respondió Elena con total sumisión antes de colgar.

Zack guardó el teléfono y metió la mano en su bolsillo, sacando el dado negro mate. Lo apretó tanto que las aristas del cubo se le hundieron en la palma de la mano. Miró a Martha, a Mónica y a Claudia, quienes lo observaban desnudas desde la alfombra, esperando sus órdenes. Su mente ya no pensaba en el placer del harén fitness de su casa; ahora solo pensaba en irrumpir en el campus, encarar a Mateo y utilizar el poder del dado para arrebatarle a Beatriz, a Akane y, sobre todo, recuperar a Vanessa de las garras de su amigo.

Zack guardó el dado en el bolsillo, sintiendo una oleada de adrenalina pura al comprender que el objeto estaba modificado o cargado para dar siempre el éxito crítico. Miró a Ana, quien permanecía de pie junto a su banco con los ojos fijos en él, respirando de manera pausada y con una docilidad absoluta en su postura.

—Recoge tus cosas y ven conmigo, Ana —ordenó Zack en voz baja.

—Sí, Zack... lo que tú digas —respondió ella de inmediato, guardando sus útiles con movimientos rápidos y dóciles, lista para seguirlo a donde fuera.

Zack salió del salón con Ana pegada a su flanco. Mientras avanzaban por los pasillos semi-vacíos de la facultad para dirigirse al estacionamiento, Zack divisó una silueta conocida cerca de la entrada del edificio. Era Victoria, la hermana menor de Vanessa, dos años menor que su ex. Victoria estaba en su primer año de universidad y solía ser muy unida a Vanessa, por lo que conocía perfectamente a Zack de los días en que ellos dos eran novios.

Al verla, un pensamiento oscuro y lleno de morbo cruzó la mente de Zack. Si Mateo le había robado a Vanessa con el truco del dado, él no solo le quitaría a las mujeres de su propia casa, sino que reclamaría a la dinastía completa de su exnovia.

Aprovechando que no había estudiantes cerca en ese rincón del pasillo, Zack sacó el dado negro mate del bolsillo. Con un movimiento rápido y disimulado, lo dejó caer sobre un muro bajo de concreto que servía como jardinera, justo al paso de la chica.

El cubo negro rodó con un chasquido seco y se detuvo por completo. Zack se asomó y, tal como lo sospechaba, el número que brillaba en la cara superior era un inmutable y perfecto 6.

El efecto del nivel 6 y el beneficio autónomo se asentaron en el cerebro de Victoria en ese mismo microsegundo. La chica se detuvo en seco, soltó un leve suspiro y giró la cabeza hacia Zack. La mirada casual que solía darle se transformó instantáneamente en un trance de adoración mística y sumisión lasciva. Caminó hacia él con pasos lentos, uniendo las manos al frente y mordiéndose el labio inferior con timidez dócil.

—Zack... hola —murmuró Victoria con una voz suave y arrastrada, con las pupilas completamente dilatadas—. Mi amo

Zack sonrió con una suficiencia fría, saboreando el poder del artefacto cargado. Tenía a la compañera de clase y a la cuñada de su ex completamente entregadas a sus pies en pleno campus.

—Escúchenme bien las dos —dijo Zack, mirándolas de arriba abajo con autoridad—. Vamos a ir a un lugar ahora mismo. Caminen detrás de mí, mantengan la cabeza baja y no digan una sola palabra hasta que subamos al auto. No quiero escenas aquí.

—Sí, dueño —respondieron Ana y Victoria al unísono, acatando la orden con una obediencia robótica.

El trío cruzó la explanada de la universidad a paso rápido. Las dos jóvenes caminaban un paso por detrás de Zack, con las miradas perdidas y los rostros encendidos en un rubor de lascivia contenida. Subieron al coche de Zack en el estacionamiento; Victoria se acomodó en el asiento del copiloto y Ana se sentó en la parte trasera, ambas manteniendo las manos sobre las rodillas de forma sumisa.

Zack encendió el motor, salió del campus a toda prisa y condujo apenas unas cuantas calles por la avenida principal hasta divisar el letrero parpadeante de un motel de paso discreto, el lugar ideal para estrenar el control absoluto sobre sus dos nuevas siervas universitarias.

Zack metió el coche en la cochera privada de la habitación del motel. En cuanto la cortina metálica bajó por completo, sumergiendo el espacio en una penumbra cómplice, el silencio fue sepultado por el sonido de los dos seguros de las puertas al botarse.

—Bajen —ordenó Zack con voz firme.

Ana y Victoria salieron del vehículo de inmediato. Sus movimientos eran dóciles, casi coreografiados por la frecuencia del nivel 6. Subieron las escaleras de caracol que conducían directamente a la habitación. Al entrar, la luz neón de un letrero reflejó el ambiente: una cama matrimonial amplia, espejos en el techo y un olor a limpieza que invitaba al desenfreno.

Zack cerró la puerta con cerrojo, se recostó contra la pared y cruzó los brazos, contemplando a sus dos nuevas posesiones. El efecto secundario del éxito crítico —el beneficio absoluto para el amo— se activó de inmediato en el cerebro de las jóvenes.

Victoria, impulsada por el deseo autónomo de complacerlo y sabiendo el despecho que Zack cargaba por lo de su hermana Vanessa, dio un paso al frente. Sus ojos reflejaban una lascivia mística.

—Zack... déjame ayudarte a olvidar a mi hermana. Ella no supo apreciarte, pero yo estoy aquí para ser tuya en todo lo que desees —susurró Victoria, comenzando a desabrocharse los botones de su blusa escolar con dedos temblorosos por la excitación.

Ana, la compañera de clase habitualmente reservada, no se quedó atrás. Con una sumisión absoluta, se arrodilló en la alfombra frente a Zack. Sin que él tuviera que pedírselo, comenzó a desabrocharle el cinturón y a bajarle el cierre del pantalón, liberando su miembro viril, que ya se encontraba completamente rígido, venoso y palpitante bajo la luz neón.

—Victoria, ponte de perrito en el borde de la cama, dándome la espalda —mandó Zack con un tono rudo y dominante.

Victoria obedeció al instante. Se subió al colchón, apoyó las rodillas y las palmas de las manos, arqueando la espalda de forma pronunciada para elevar sus glúteos firmes directamente hacia él. Al ser dos años menor que Vanessa, su cuerpo era más esbelto pero perfectamente torneado. Al abrir las piernas, su intimidad rosada y completamente empapada en flujos transparentes quedó expuesta a la vista de Zack.

Zack se colocó detrás de ella. Antes de penetrarla, abrió sus labios menores con los dedos, masajeando su clítoris con fuerza mientras usaba la otra mano para cubrir su miembro con la propia lubricación de la chica. Cuando estuvo listo, la sujetó firmemente de las caderas, hundiéndole los dedos en la piel, y se introdujo de un solo golpe limpio hasta la base.

—¡¡Ahhhh... Zack... sí, mi dueño!! —gritó Victoria, enterrando el rostro en las almohadas mientras su interior estrecho apretaba la longitud de Zack con una fuerza masiva.

Zack comenzó a embestirla con un ritmo salvaje, rítmico y seco. El sonido de la carne chocando contra la carne resonaba en toda la habitación del motel. Victoria se sacudía con cada impacto, totalmente entregada a la dominación del exnovio de su hermana.

Mientras follaba a Victoria con saña, Zack miró hacia abajo. Ana seguía de rodillas a un lado de la cama, observando la escena con los ojos abiertos, el rostro encendido en rubor y la boca entreabierta, goteando saliva por el deseo sumiso.

—Ana, no te quedes ahí. Ven y pon tu boca aquí —ordenó Zack, sin disminuir la velocidad de su bombeo en Victoria.

Ana se arrastró de inmediato. Se acomodó de lado y comenzó a lamer la base del miembro de Zack y sus testículos con movimientos largos y húmedos, subiendo a veces para besar los labios de Victoria, manteniendo a ambas chicas en un trance de lascivia compartida.

Sabiendo que el clímax estaba cerca debido a la estrechez del interior de Victoria, Zack aumentó la potencia de sus impactos. Tras diez embestidas profundas y rudas que hicieron gemir a la hermana de su ex sin control, Zack se clavó al fondo y se vació por completo dentro de ella, liberando una densa descarga caliente. Victoria se contrajo en un espasmo dócil, recibiendo todo su semen.

Zack se retiró con un chasquido espeso, dejando un hilo de fluidos escurriendo por los muslos de Victoria. Su miembro seguía semi-erecto, y su mirada se posó de inmediato en Ana, quien ya se acostaba bocarriba en el centro de la cama por iniciativa propia, abriendo las piernas y sujetando sus propias rodillas contra el pecho para ofrecerle su vulva completamente dilatada y lista para ser reclamada. El contraataque de Zack contra el imperio de Mateo seguía avanzando sin frenos.

Zack no la hizo esperar. Impulsado por la adrenalina y el poder absoluto que le otorgaba el dado cargado, se posicionó entre los muslos abiertos de Ana. La chica mantenía las piernas flexionadas contra su pecho por iniciativa propia, exponiendo su vulva rosada y húmeda, latiendo en sintonía con la luz neón del cuarto.

Con un empuje firme y rudo, Zack se hundió por completo en el interior de su compañera de clase.

—¡¡Ahhh... Zack!! —exclamó Ana, arqueando la espalda mientras sus manos buscaban los hombros de él para aferrarse, apretando sus paredes vaginales alrededor de su miembro con una fuerza sorprendente para su menudo cuerpo.

Zack comenzó a follarla con un ritmo seco y constante, haciendo que el colchón crujiera rítmicamente. Victoria, recuperándose apenas de su propio orgasmo, se movió gateando por la cama con la mirada perdida por el nivel 6; por iniciativa propia y buscando el máximo beneficio de su amo, se colocó cerca del rostro de Ana para besarla en la boca, entrelazando sus lenguas para aumentar el éxtasis en la habitación.

El eco de los cuerpos chocando y los gemidos de las dos universitarias llenaron el cubículo del motel durante varios minutos. Zack, sintiendo que el control de la situación era total y absoluto, aceleró las embestidas, dando diez golpes profundos y potentes que hicieron que Ana estallara en un espasmo dócil. Justo en ese clímax, Zack se retiró y se vació sobre el abdomen de la chica, dejando una densa marca de su dominio.

El plan se pone en marcha

Media hora después, el ambiente en la habitación del motel se había calmado, pero la sumisión de las chicas seguía intacta. Las dos se encontraban de pie, desnudas y perfectas, usando paños húmedos para limpiar el cuerpo de Zack con total devoción, sin que él tuviera que mover un solo dedo.

Zack se sentó en el borde de la cama, observando el dado negro mate que descansaba sobre la mesa de noche. Su mente, lejos de estar relajada por el sexo, trabajaba a toda marcha en su venganza contra Mateo.

—Escúchenme bien las dos —dijo Zack con voz fría y calculadora.

Ana y Victoria detuvieron sus movimientos al instante, prestando una atención mística a sus palabras.

—Van a regresar al campus y van a actuar como si nada de esto hubiera pasado. Victoria, no quiero que tu hermana Vanessa note el menor cambio en ti. Ana, tú seguirás siendo la misma chica reservada en el salón. Pero van a estar atentas. Quiero que vigilen a Mateo y al trío de la universidad: Beatriz, Akane y Vanessa. Cualquier cosa extraña que vean, me la informan.

—Sí, dueño —respondieron ambas con un coro sumiso, agachando la cabeza.

—Y una cosa más, Victoria —añadió Zack, con una sonrisa oscura—. Consígueme el número de teléfono de tu hermana Vanessa. Lo quiero ahora mismo.

—Por supuesto, Zack... aquí lo tienes —respondió Victoria de inmediato, caminando hacia su mochila para dictarle los dígitos sin la menor duda o lealtad familiar hacia su hermana.

Zack guardó el número en sus contactos. El tablero estaba completamente listo. Tenía a la madre de Mateo controlada en su propia casa, a su harén fitness esperándolo, y ahora a dos espías en la universidad. Era hora de empezar a mover las piezas para arrebatarle a Vanessa, Beatriz y Akane al confiado de Mateo, utilizando el dado que siempre daba seis.

Zack subió a su auto con la mente fija en el número de Vanessa y el plan de venganza que estaba tejiendo. Arrancó el motor a toda prisa, dejando a Ana y a Victoria un par de calles adelante para que regresaran al campus por su cuenta, cumpliendo la orden de actuar con total normalidad. El subidón de adrenalina era tan grande que Zack metió la mano al bolsillo por inercia, sin percatarse de que, al cambiarse de ropa a toda prisa sobre la cama del motel, el dado negro mate se había deslizado de la tela, quedándose olvidado sobre la superficie de la mesa de noche.

Minutos después de que la habitación quedara vacía, la puerta se abrió con el sonido de una tarjeta magnética. Entró Jaime, un joven nerd de anteojos gruesos, cabello desordenado y el uniforme del motel, cargando un carrito con sábanas limpias y productos de desinfección.

Jaime comenzó a sacudir las sábanas revueltas, respirando el aroma a sexo que aún flotaba en el aire cargado de neón. Sentía una envidia profunda, un rencor sordo hacia ese tipo que había escuchado salir minutos antes. Durante la última hora, mientras limpiaba el pasillo, Jaime había tenido que escuchar los gemidos sin control y los gritos dóciles de las dos universitarias repitiendo el nombre de "Zack" una y otra vez.

—Maldito suertudo... —masculló Jaime para sí mismo, limpiando con fastidio—. Dos mujeres hermosas para él solo en una mañana, y uno aquí ganando el salario mínimo. Qué injusta es la vida.

Mientras pasaba un trapo por el mueble de la televisión, sus ojos se toparon con un objeto extraño. Sobre la madera oscura descansaba el dado negro mate. Jaime lo tomó entre sus dedos, extrañado por su textura suave y el peso inusual que tenía para ser un simple cubo de plástico. Lo giró un par de veces, observando los números grabados.

—Vaya... te follas a dos mujeres perfectas y encima olvidas tus cosas —dijo Jaime con una sonrisa amarga, guardándose el dado directamente en el bolsillo de su pantalón de trabajo—. Por lo menos me quedo con esto. Se ve bastante chido y tiene un diseño raro. Considerémoslo mi propina.

Terminó de arreglar el cuarto a toda prisa, tendió la cama y salió con su carrito para continuar con su tediosa rutina en las siguientes habitaciones del pasillo.

El regreso de Zack

No habían pasado ni veinte minutos cuando Zack, ya a mitad de camino hacia su casa, metió la mano al bolsillo con la intención de acariciar las aristas del dado. Al sentir el hueco vacío en la tela, el pánico lo congeló. Frenó el auto de golpe, revisó debajo de los asientos, en la guantera y en cada rincón de su ropa. Nada. Lo había dejado en el motel.

Con el corazón latiéndole en la garganta, Zack dio la vuelta en U y pisó el acelerador a fondo, regresando a la cochera de la habitación a toda velocidad. Subió las escaleras corriendo y comenzó a golpear la puerta con desesperación.

Jaime, que se encontraba en la habitación contigua cambiando las toallas, escuchó el escándalo y salió al pasillo con una expresión de total inocencia.

—Disculpa, amigo, ¿se te ofrece algo? —preguntó Jaime, acomodándose los lentes.

Zack lo barrió con la mirada, reconociéndolo de inmediato como el encargado de la limpieza. Estaba pálido y sudoroso.

—Oye... acabo de dejar esta habitación hace un momento —dijo Zack, tratando de mantener la calma pero con la voz temblando—. Olvidé un objeto en la mesa de noche. Es un dado negro, de color mate. ¿Lo viste cuando entraste a limpiar? Es de vida o muerte.

Jaime, sintiendo el peso del dado escondido en su propio bolsillo, mantuvo la cara completamente seria. Sabía perfectamente quién era el tipo frente a él por los gritos de las chicas, y la envidia reprimida lo hizo disfrutar el momento de retener el objeto.

—No, amigo, qué raro —mintió Jaime sin parpadear—. Yo acabo de terminar de desinfectar todo ese cuarto y no encontré nada sobre los muebles. La mesa estaba limpia. Pero no te preocupes, si al sacudir las cobijas más tarde o al vaciar los botes de basura encuentro algo, lo dejaré de inmediato en la oficina de objetos perdidos de la administración. Puedes darte una vuelta mañana a preguntar.

Zack apretó los dientes, mirando a Jaime con desconfianza, pero no tenía forma de registrar al empleado ni de exigirle nada sin levantar sospechas sobre la naturaleza del objeto. Desesperado y con una profunda preocupación reflejada en el rostro, Zack dio media vuelta.

—Maldita sea... —susurró Zack, bajando las escaleras con las manos en la cabeza.

Se subió a su coche y se marchó con la mente hecha un caos. Había perdido el artefacto que le aseguraba el éxito crítico permanente. Ahora estaba en una posición ****: tenía a la madre de Mateo, a su propia madre y a las dos universitarias bajo el influjo del 6, pero ya no tenía el arma para seguir expandiendo su territorio ni para someter a Vanessa directamente. El tablero se había vuelto a romper, y el dado negro mate ahora descansaba en el bolsillo de un nerd resentido que no tenía idea del poder absoluto que acababa de heredar.

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