Chrono Hypnosis: Turning Loyal Wives into Unfaithful Sluts

Chrono Hypnosis: Turning Loyal Wives into Unfaithful Sluts

A Pathetic Loser's Quest for , Power, and Total Corruption

Chapter 1 by cursedmadafakingwriter cursedmadafakingwriter

Quizás fue porque se masturbó muy rápido o porque ya llevaba una cuenta de treinta y cinco pajas seguidas. El hecho es que había pasado toda la noche viendo pornografía de mujeres casadas, y que justo cuando iba a eyacular su corrida número treinta y seis, cayó desmayado.

Gordo, granoso, cabello ralo, alto pero encorvado, apestoso a cebollas y con un aliento de basurero; todas esas características pertenecían a Alex Bonet, quien acababa de despertar por la interrupción de su hermano mayor.

—¡Dios mío, Alex!

Hermanastro.

El tipo era un cabrón atractivo; tal vez mucho para su propio bien. Y aunque no hacía nada en contra de Alex que fuera tema de conversación en las cenas, era notable la tirria que le tenía.

—Déjame en paz —murmuró Alex con sueño.

El despertador estaba sobre la mesita de noche a un costado de la cama, averiado. No emitía la alarma cuando debía hacerlo, pero la hora que mostraba era correcta. Diez y media de la mañana. Un par de horas más y ya podía considerarse medio día. Y mientras tanto, Alex yacía sobre el colchón, desnudo y con unas costras blanquecinas sobre su abdomen y vello púbico.

—Mamá dice que ya levantes el culo, pendejo —dijo el invasor, y viendo que Alex volvía a cerrar los ojos, se aproximó hacia él y le robó la almohada debajo de su cabeza.

El gordo se quejó, pero no pasó de un gemido tenue. Simplemente se tapó un poco los genitales con las sábanas, y dijo:

—Estoy seguro que lo de “pendejo” lo agregaste tú.

La casa estaba habitada por tres personas: el estúpido de su “hermano”, él y su madrastra. Su padre había muerto en un choque automovilístico una década atrás, y desde entonces ella lo había cuidado. Por aquellos tiempos Alex contaba con quince años. Ahora gozaba de una adultez plena. Veintidós veranos y lo único que hacía era masturbarse con porno de milfs infieles. No sabía de dónde había salido tal fetiche, pero él jamás había experimentado algo parecido. Y eso es, por supuesto, en la parte de la infidelidad, pues del lado de las milfs, su madre era una figura con la que más de una vez llegó al orgasmo.

Solo que ella casi no lo estimaba, al igual que su hijo biológico. Elena no lo odiaba, mas sí lo veía como una carga. Un peso muerto que no estaba inscrito en ninguna universidad, y que se rehusaba a conseguir trabajo por motivos que ella desconocía.

Alex deseaba ser actor porno. Poseía una cuenta de cumtributes donde se deslechaba cada noche encima de una tablet con imágenes de actrices tetonas o versiones eróticas de dibujos animados. Se grababa y subía su mierda sin filtro bajo el seudónimo de “Goon Slayer” en varias redes sociales, y hasta cobraba por eyacular.

Pero como todo buen perdedor adicto al porno, su PayPal estaba en cero.

—Mira, solo levántate. —dijo su hermanastro—. Ya mi ma y yo desayunamos. Faltas tú, así que sal de la cama, traga algo y limpia los jodidos platos.

Daniel Bonet no era tan distinto a su madre. Quizás la única diferencia entre ambos era que él sí decía lo que pensaba, mientras que ella nada más se limitaba a expresar su enojo con el rostro. Ya sea arrugando el puente de la nariz o frunciendo el ceño. O simplemente lanzando una mirada carente de amor maternal.

Alex todavía recordaba cuando Elena le hablaba con cariño, antes de la muerte de su padre, dado que su adopción fue más por un compromiso de honor que por amor verdadero. Ella no podía echar a la calle a un adolescente, y menos a alguien con el título de “hijastro”. Y aunque ahora nada podía evitar que lo desahuciara, no lo hacía por mera pena.

Elena lo miraba y pensaba: “Este pobre tonto no va a sobrevivir ni una semana como vagabundo”. Así que solo esperaba de él que hiciera los quehaceres del hogar. Y si ni eso Alex era capaz de hacer…

—Dame cinco minutos y bajo.

Daniel le lanzó la almohada en la cara. Lo miró con hastío, pero reservó el veneno para otra ocasión.

—Bien, ponte algo decente —dijo, y salió del cuarto.

Alex aún permanecía acostado. Se irguió un poco al ver su televisión proyectando un carrusel de paisajes botánicos. Si por accidente hubiera aplastado un botón del control con su culo, el vídeo de la noche anterior se habría reproducido. Se arropó bien con la sábana y se aproximó hacia la puerta para cerrarla. Luego, con el mando ya en la mano, oprimió el botón de “O.K”. El volumen ya estaba bajo, por lo que no se inmutó al observar a la mujer negra siendo taladrada por el ano.

Apagó la tele.

También prefería la paz si era posible.

Se vistió con lo más limpio que tenía en su armario y salió al pasillo. Confió con que el suavizante sería suficiente para ocultar su mal olor. Alex ostentaba el dormitorio más chico, y dentro, también tenía todo muy pequeño; irónico para un hombre con verga de burro. Su televisor android de treinta y dos pulgadas, su cama de plaza y media, su diminuto armario de plástico. Nada más su ropa (y pito) era tan grande como él.

Veinticuatro centímetros.

Pero de nada servía su longitud con una mujer como Elena… o con cualquier mujer en general, pues no es algo que se lleve como corona.

Bajó las escaleras y vio a su mamá guardando cosas en un bolso. Ya iba de salida al trabajo. Era policía. La jefa de la comisaría local para ser exactos.

—Ya era hora, Alex —dijo.

Ella lo miró de forma fugaz. El gordo estaba parado al pie de la escalera.

—Ma.

Elena llevaba un peinado corto. Era más práctico para una dama de su profesión, dado que así no tenía que molestarse por que hayan mechones rebeldes. Su cabello negro lucía un corte de duendecillo.

—Te dejé unas tostadas y un vaso de jugo en la nevera —dijo, poniéndose un poco de perfume en el cuello—. Quiero la casa limpia cuando regrese, ya sabes.

Alex la veía y no podía evitar compararla con la actriz porno Kailani Kai. El color de su piel era acaramelado como la de aquel mujerón. Sus tetas eran descomunales, así como su culo, muy firme para alguien de cuarenta y nueve años. Y su abdomen estaba marcado.

—Sí, ma, ya sabes que sí —dijo él.

—Eso espero. —Elena caminó por la sala de estar y agarró unas llaves que estaban encima de la mesita frente al televisor gigante—. Tu hermano pronto se va al gimnasio, así que también debes llevarlo.

—Desearía que él pudiera manejar —se quejó Alex.

Elena se le quedó mirando con los ojos entrecerrados y con el ceño fruncido de tanta irritación acumulada.

—Y yo desearía otras cosas de ti, pero ya ves que no hay resultados.

Alex prefirió restarle importancia a sus palabras. Su vista estaba fija en los senos de su madre postiza, algo que ella, en su poca ingenuidad, calificó de simple observación inocente.

—¿Otra vez me manché el uniforme de café? —preguntó la policía restregándose el busto con un pañuelo desechable que al instante sacó de su bolso—. Cómo sea, ya me voy. Estoy tarde.

Alex iba a abrir la boca, cuando escuchó a su hermano hablar a sus espaldas.

—Sí, Majin Buu. A ti te tocaba hacer el desayuno, no mamá.

Elena reprochó a su hijo biológico con una mueca de disgusto.

—Dani, no le hables así a tu hermano —dijo, aunque por su tono se distinguía un desinterés leve. Una vez más, su preocupación hacia Alex radicaba en las apariencias.

—Pero es que siempre es lo mismo. No hace una mierda —refunfuñó Daniel, apartando a su hermanastro de la escalera con un empujón—. Y creo haberlo dicho cientos de veces, él no es mi hermano.

El muchacho de veinticinco años llegó a un costado de su madre. Vestía un atuendo de karate con un cinturón negro, y en el hombro derecho llevaba una maleta negra de entrenamiento, que pronto dejó en el piso.

—Chao, mami —le dijo Daniel a Elena, y le besó la mejilla produciendo un sonido igual de obsceno que el mete y saca de una ramera enloquecida por las pingas negras en un vídeo de Blacked.

«Niño maricón de mamá», pensó Alex, pero por dentro se moría de la envidia. Ya quisiera él siquiera abrazar a Elena, poner la cara entre sus tetas y dormir sobre ellas a modo de consolación por su miserable rutina.

Y no obstante, Alex sonrió.

Daniel, en comparación física de su madre, era un enclenque. Un chico bonito de piel blanca, cabello avellana, cara femenina y cuerpo andrógino. Mientras que Elena medía un metro con ochenta y cinco, Daniel apenas alcanzaba el metro setenta. Alex sabía de sus inseguridades. Su cara de Justin Bieber era su mejor atractivo, pero su torso petite era un repelente de mujeres, y por eso se mataba yendo al gimnasio desde los dieciséis.

Y también vomitaba. Mucho.

Elena no lo sabía.

En fin, las únicas mujeres que acosaban a Daniel eran las fanáticas del pop coreano y las otakus, quienes por supuesto, lucían como versiones femeninas de Alex.

Elena le devolvió el beso en la frente, y le dijo:

—Chao, mi vida.

Alex puso los ojos en blanco.

Elena abrazó un poco a Daniel, y ya con el bolso y las llaves de su auto, salió de la casa. El gordo contempló aquella carne de culo menearse con el caminar. Y es que ahí iba la alguacil del pueblo, moviendo la cola como una pava en sus pantalones oscuros, dispuesta a acabar con la criminalidad de las calles.

O a perrear con un pandillero negro. Alex pensó que esa sería una buena trama para una peli porno. Y lo sabía porque no podía contar las pajas que se hizo viendo videos de policías rectas sucumbiendo al poder de un criminal bien dotado.

—¡Alex! —gritó Daniel a sus oídos.

Eso lo sacó de onda.

El karateca agarró al gordo del cuello y lo condujo contra una pared. Alex no sabía cómo es que su hermanastro se le había acercado con tanta facilidad, pero concluyó casi al instante que la culpa residía en sus incestuosas fantasías.

—Lárgate a comer y llévame al cabrón gimnasio —le dijo Daniel a pocos centímetros de su rostro, y lo soltó.

Alex se quedó apachurrado en el lugar.

«Que pesado es este cabrón. Apuesto a que la debe tener chiquita y por eso siempre anda irritado».

Afortunadamente, Daniel era tan ingenuo que no asociaba la mirada embobada de Alex con el culo de Elena. En su cabeza podía caber que aquel gordo seboso fuera un terror para las chicas, pero no para la única mujer de la casa. La mujer que lo cuidó, que lo alimentó y que le dio un techo para que no se quedara en las calles, pues no habían abuelos paternos que pudieran acogerlo, y peor tíos.

El padre de Alex había crecido en un orfanato.

—Ya voy —murmuró el gordo.

—Sí, más te vale.

Daniel tenía razones suficientes para odiar a su hermanastro. No hay nada que ya no se haya dicho de Alex, salvo que una vez fue atrapado en una sesión de gooning por el mayor, y que de la sorpresa, soltó su lefa en el aire. Se había estado batiendo la pija en el baño, a plena mañana. Llevaba tres horas en la taza, y al karateca eso le jodía porque no había ni un plato lavado. Así que abrió la puerta del servicio y enseguida varios chorros de semen pararon en su cara.

Aquello, tres años atrás, fue la gota que derramó el vaso, y desde entonces Daniel no ha tenido piedad con él.

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