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comienzo de la caída
El camino hacia la reunión con el resto de la Familia Astrea se convertiría en un pretexto. Asmodeus guiaba a Kaguya y a Celty a través de los túneles húmedos, pero sus pasos eran lentos, deliberados, diseñando un ritmo que permitiera que la tensión se espesara como la niebla. La atmósfera en el sector estaba saturada de la energía de la Mazmorra, y la influencia del "Mal del Mundo" que ya habitaba en los cuerpos de las dos mujeres estaba alcanzando un punto crítico, para sus planes, no era como con Rosse que podía abrumarla con facilidad, además que aún no se recupera de haber corrompido a astrea, y usar el barro para salvarse del Juggernaut.
De repente, Asmodeus se detuvo y, con un movimiento fluido y dominante, las atrajo hacia sí. No hubo palabras de advertencia ni cortesía; simplemente las envolvió en su espacio personal, pegando sus cuerpos al suyo.
Kaguya, la maestra espadachín vestida con su elegante kimono, sintió que la respiración se le cortaba. Asmodeus deslizó sus manos bajo la tela, encontrando la piel cálida y sensible de sus senos. Comenzó a jugar con ellos, apretando y moldeando la carne que ya había crecido debido a la corrupción. Kaguya soltó un gemido ahogado, un sonido que nunca había emitido en su vida de disciplina y honor. Lo más inquietante para ella no fue el acto en sí, sino que, a pesar de que su mente le gritaba que esto era inapropiado, que era una traición a su castidad y a su familia, sus piernas no se movieron para alejarse. Al contrario, sus caderas se balancearon inconscientemente hacia él, buscando más contacto.
Así mismo Asmodeus no descuidó a Celty. Mientras sus manos trabajaban la piel de Kaguya, permitió que la elfa se pegara a su costado. Con una audacia depredadora, comenzó a acariciar los senos de Celty, apretándolos con una fuerza que rayaba en lo doloroso, pero que para ella se sentía como el único estímulo real en un mundo que se volvía borroso.
Cualquier elfo habría entrado en estado de shock. Los elfos eran famosos por ser los seres más mojigatos y puristas del mundo; para ellos, el contacto físico era sagrado y cualquier insinuación perversa era motivo de repulsión absoluta. Pero Celty ya no era una elfa común. El tatuaje del dragón en su brazo pulsaba en sincronía con el corazón de Asmodeus, y la gota de lodo negro en su piel estaban aniquilado sus inhibiciones y prejuicios.
Celty no solo no se quejó, sino que cerró los ojos con una expresión de éxtasis orgásmica. Mientras Asmodeus jugaba con sus pechos, ella se dejó llevar por la sensación, sintiendo una sumisión animal que la hacía sentirse completa. Lo más perturbador fue su reacción cuando Asmodeus decidió llevar la lascivia al siguiente nivel.
El monstruo giró su rostro hacia Kaguya y la capturó en un beso voraz y profundamente lascivo. No fue un beso de afecto, sino una invasión. Su lengua exploró la boca de la espadachín con una agresividad que buscaba reclamar cada rincón de su ser. Kaguya, la orgullosa guerrera, se derritió en los brazos de Asmodeus, sus manos apretando la ropa del hombre mientras sus gemidos se perdían en el beso.
En ese instante, Celty observaba la escena. En cualquier otra circunstancia, habría sentido asco, vergüenza, ira o indignación, pero bajo el efecto de la corrupción, ver a su amiga ser reclamada por el amo solo aumentó su propia excitación. Se quedó allí, pasivamente entregada, permitiendo que Asmodeus siguiera manipulando sus senos mientras besaba a Kaguya, disfrutando de la humillación implícita de ser la "segunda" en ese momento de pasión.
Mientras el acto continuaba, el "Mal del Mundo" reactivo la metamorfosis física. Ninguna de las dos lo notó debido al torbellino de placer, pero sus cuerpos estaban siendo reescritos.
Celty parecía ser la más afectada. Sus pechos comenzaron a expandirse visiblemente, creciendo en volumen y firmeza, empujando contra la tela de su ropa. Su atuendo, que originalmente era una prenda funcional que cubría hasta sus muslos con botas altas, comenzó a mutar. El color original desapareció, siendo reemplazado por un negro profundo y brillante, transformándose en un cuero exótico y ajustado que se resaltaba a sus curvas como una mujer totalmente sexy. El escote se abrió violentamente debido al crecimiento de sus senos, dejando al descubierto una cantidad generosa de piel, al menos para cualquier elfo, que ahora vibraba con la necesidad de ser tocada. La elfa se estaba convirtiendo en una visión de depravación, una súcubo en potencia cuya ropa ya no servía para solo cubrirla, sino para exhibirla.

Kaguya también experimentaba cambios, aunque más sutiles en lo exterior pero letales en lo interior. Sus colmillos comenzaron a crecer ligeramente, volviéndose afilados y depredadores, asomándose sobre sus labios mientras jadeaba. Sus ojos, que solían reflejar la calma de un lago, se tiñeron de un rojo intenso y brillante, la marca irrefutable de que su alma había sido manchada. El kimono, aunque seguía ahí, ya no representaba la castidad de una maestra espadachín, sino que se había convertido en el disfraz de una demonio que ansiaba ser desvestida.

Asmodeus se separó lentamente de los labios de Kaguya, dejando un hilo de saliva que conectaba a ambos, un símbolo visual de su nueva unión. Miró a las dos mujeres: una elfa convertida en una provocación de cuero negro y una humana con ojos de sangre y colmillos de bestia.
—Miren cómo tiemblan —susurró Asmodeus, su voz cargada de una satisfacción cruel—. Ni siquiera saben por qué ya no quieren luchar contra mí. Sus cuerpos ya saben quién es el dueño. Sus mentes pronto van a entender que la justicia es una mentira y que el único camino hacia la verdadera libertad es a través de la sumisión total a mis deseos.
Kaguya y Celty, exhaustas y con la mirada nublada por la lujuria, solo pudieron asentir. Ya no importaba encontrar al grupo; en ese momento, el único mundo que existía para ellas era el espacio entre los brazos de Asmodeus y el deseo ferviente de ser corrompidas por completo. La transformación hacia la súcubo estaba casi completa, y el hambre que sentían ahora era algo que ninguna batalla o honor podría saciar jamás.
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