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Chapter 30 by bla12 bla12

¿Qué pasa el próximo día?

Tiene que dar el informe de la misión

El sueño, si es que pudo llamarse así, fue una sucesión de imágenes fracturadas y sonidos disturbados: el estruendo de la música, el crujido de la cremallera, la risa de Adrián, la voz metálica de Costa dictando órdenes. Magi despertó con los nervios de punta, antes de que sonara la alarma, con el amanecer gris filtrándose por la ventana. Su cuerpo le dolía como si hubiera sido golpeado, aunque no tenía moretones visibles, solo la memoria de las manos ajenas y la presión del encaje.

Vistió el uniforme de entrenamiento estándar, uno holgado y gastado que le habían asignado temporalmente. La tela áspera le rozó la piel sensible, un recordatorio constante de la seda negra que había llevado—y abandonado— la noche anterior. Cada movimiento era un eco de los que había hecho en el escenario, pero ahora torpes y pesados, carentes de la desesperada energía que la había impulsado.

El camino hasta la academia fue un trance. Las calles le parecieron más ruidosas, las miradas de la gente más intensas, como si todos supieran lo que había hecho, lo que se había convertido. Al cruzar la puerta principal, sintió el peso de los muros como si de una prisión se tratara.

El despacho de Costa olía a café fuerte y a pulcritud implacable. La Suboficial estaba detrás de su escritorio, impecable como siempre, repasando un informe. Ni siquiera alzó la vista cuando Magi entró y se cuadró frente a ella.

—Cadete Rojas. Informe —dijo, sin preámbulos.

Magi respiró hondo. Relató los eventos de la noche con una voz monótona y plana, como si leyera un guion que no la concerniera. Mencionó los nombres que había oído, las insinuaciones sobre el lavado de dinero a través de arte, la mención de paraísos fiscales, la aparente impunidad de los dueños de Ébano. Omitió la sensación de las manos, el pánico, la vergüenza. Eso no era información relevante. Eso era solo el costo.

Costa escuchó en silencio, tomando notas breves. Cuando Magi terminó, dejó el bolígrafo sobre el escritorio y la miró por primera vez. Sus ojos, grises y fríos, la escudriñaron como si buscara fallos en un arma después de un disparo.

—Adecuado —dijo al final—. Información superficial pero un buen punto de entrada. El nombre de Adrián Soler es útil. Tiene conexiones en sectores clave. —Hizo una pausa, dejando que el elogio, mínimo y envenenado, flotara en el aire—. Necesitamos profundizar. Debe establecer contacto de nuevo.

Magi sintió un vacío en el estómago.

—Suboficial, él... me dio su número. Pero creo que intentar contactarlo tan pronto podría parecer... desesperado. Podría sospechar.

—No me interesan sus interpretaciones psicológicas, cadete —cortó Costa, su voz afilada—. Le interesa. Usted despertó su curiosidad. Eso es un activo. Y los activos se utilizan. —Abrió un cajón y sacó un teléfono móvil simple, de esos desechables—. Tome. Úselo para escribirle. Ahora.

Magi miró el teléfono como si fuera una serpiente.

—¿Ahora? ¿Qué... qué le digo?

—Algo que mantenga el interés. Algo coqueto. Agradézcale la noche. Diga que no puede dejar de pensar en... las oportunidades que mencionó. —Costa pronunció la última palabra con un deje de sarcasmo—. Usted es inteligente. Invente.

—No creo que sea una buena idea —insistió Magi, con la poca fuerza que le quedaba—. Podría arruinar lo que conseguimos. Deberíamos esperar, dejar que él...

—Cadete Rojas —la voz de Costa no alzó el volumen, pero cortó el aire como un cuchillo—. No le estoy pidiendo su opinión. Le estoy dando una orden. ¿Acaso anoche perdió también la capacidad de obedecer, además de la ropa?

La humillación fue tan brutal y precisa que Magi sintió que le quitaba el aire. Bajó la mirada, clavándola en el borde pulido del escritorio. Las imágenes de la noche anterior la asaltaron: las luces, las miradas, la sensación de vulnerabilidad total. Y ahora esto. Rendir los últimos vestigios de su voluntad, iniciar ella misma el próximo round de su propia explotación.

Costa deslizó el teléfono hacia ella.

—Ahora.

Con dedos entumecidos y torpes, Magi tomó el dispositivo. Era frío y ligero. Lo encendió. La pantalla azulada iluminó su rostro pálido. Buscó en su memoria el número que había memorizado instintivamente al ver la tarjeta, antes de romperla. Cada dígito que marcaba era una puerta que se cerraba para ella.

Costa observaba, inmóvil, como un halcón.

Magi respiró hondo, tratando de encontrar en algún rincón de su mente la voz de "Magda", la chica del vestido negro. Escribió un mensaje, borró la primera versión, demasiada fría. Escribió otra, demasiado desesperado. Finalmente, con el estómago revuelto, tecleó:

Hola Adrián, soy Magda. Anoche fue... intenso. No he podido dejar de pensar en algunas de las cosas que mencionaste. Sobre oportunidades. ¿Sigues interesado en hablar?

Lo leyó una vez. Le sonó a otra persona. A la persona en la que se estaba convirtiendo. Antes de que pudiera arrepentirse, antes de que su voluntad, debilitada, pero sutil presente, se revelara, apretó el botón de enviar.

El mensaje partió con un sonido digital que sonó definitivo.

Dejó el teléfono sobre el escritillo, como si le hubiera quemado los dedos.

Costa esbozó una sonrisa delgada, una expresión fugaz de pura satisfacción.

—Bien. Ahora, a esperar. —Cogió el teléfono—. Yo me quedaré con esto. Le informaré de cualquier respuesta. —Hizo una pausa—. Puede irse. Y cadete... bien hecho. Al final, parece que sí sirve para algo más que para romper uniformes.

Magi dio media vuelta y salió del despacho. Caminó por los pasillos con la vista baja, sintiendo el peso del mensaje enviado como una losa sobre sus hombros. No había ganado nada. Había perdido incluso el derecho a elegir cuándo y cómo ser humillada de nuevo. Le había escrito a Adrián. Había obedecido. Y en ese acto de sumisión final, sintió que la última resistencia dentro de ella se quebraba, dejando solo un frío y obediente vacío. La misión continuaba. Y ella era poco más que un instrumento, esperando la siguiente orden.

¿Adrián contesta el mensaje?

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