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Chapter 100 by bla12 bla12

¿Cómo termina?

Con recompensas y castigos

El último acorde de música murió, ahogado por el repentino estruendo de las luces blancas que barrieron la "Gruta de Neptuno". La magia perversa se esfumó, dejando al descubierto un local sucio y vacío. Para Magi, el shock de la luz fue físico, como si le arrancaran una capa de piel. Ya no era una estatua anónima, sino una mujer casi desnuda, dolorida y tremendamente visible sobre un pedestal.

May emergió de las sombras. Su mirada, lenta y metódica, escaneó a cada una de ellas, evaluando el estado de la mercancía después de la jornada. Sin una palabra, hizo un gesto con la cabeza, ordenándoles bajar.

El descenso fue una ceremonia de dolor. Piernas entumecidas cedieron, músculos espalda protestaron con crujidos sordos. Magi sintió cómo cada movimiento era una agresión a su cuerpo cansado. Se agrupó en el suelo frío con las otras cuatro, un rebaño desorientado y tembloroso, evitando mirarse, compartiendo solo el lenguaje mudo del sufrimiento.

Las condujo de vuelta a la despensa. Solo estaban ellas, sus trajes ridículos y la mirada impasible de May.

—Quítenselas —ordenó, su voz un cuchillo en el silencio.

Quitarse las máscaras fue como arrancarse una costra.

—Ahora, los trajes. Todo —ordenó May.

Una a una, las chicas se despojaron de sus elaborados y grotescos disfraces. El cuero, el látex y la gasa cayeron al suelo con un susurro que sonó a rendición. Lara, Cloe, Julia, Sofía y Magi quedaron completamente desnudas, revelando la geografía de la humillación: la piel sudorosa, las marcas rojas de las ataduras de los disfraces y el temblor incontrolable.

El aire frío golpeó los rostros sudorosos, marcados por las vendas de la máscara. Sofía tenía los ojos inyectados en sangre, habiendo llorado en silencio durante horas. Julia parecía haber envejecido décadas, su habitual desconexión reemplazada por un vacío profundo y aterrador.

May no sacó dinero. En su lugar, de su bolsillo extrajo cinco monedas pesadas de latón, idénticas a las que usaban los clientes para activarlas. Brillaban de forma obscena bajo la luz fluorescente.

—La noche tuvo distintos niveles de desempeño —comenzó, caminando lentamente frente a ellas—. Algunas superaron las expectativas. Otras... decepcionaron.

Se detuvo frente a Lara. Le tomó la mano, que yacía inerte sobre su muslo, y le colocó una moneda en la palma. Luego cerró los dedos de Lara alrededor de ella con sus propias manos, un gesto casi íntimo y grotesco.

—Eres el estándar de oro. La ilusión fue perfecta.

Hizo lo mismo con Julia, cuya mano no opuso la más mínima resistencia.

—Frialdad invaluable. Eres un espejo vacío en el que ellos se ven a sí mismos. Toma.

Le dio una moneda a Cloe, quien miró el metal con puro terror, como si fuera una araña venenosa.

—Aunque el miedo te delata, también excita. Aprendiste a usarlo. Toma.

Por último, se paró frente a Magi. Le colocó la fría y pesada moneda en la mano. El metal estaba caliente por el bolsillo de May.

—Controlaste hasta tu miedo. Lo moldeaste para ellos. Eso tiene valor. Toma.

Cuatro monedas repartidas. Cuatro manos que las sostenían con incredulidad, asco o un pavor silencioso.

Luego, May se volvió hacia Sofía. Sus manos vacías se aferraban a los flecos rotos de su corsé.

—Tú —dijo, y su voz perdió toda pretensión de neutralidad, volviéndose cortante—. Rompiste el hechizo. Emitiste un sonido. Te reconocieron. Introdujiste la realidad en la fantasía, y eso es el único pecado imperdonable aquí.

Sofía bajó la cabeza, un sollozo seco escapando de sus labios partidos.

—No mereces una moneda —declaró May, y la simpleza de la frase sonó como un latigazo—. Mereces un recordatorio.

De la misma bolsa de dónde sacó las monedas, extrajo un pequeño pincel y un frasco de pintura acrílica azul eléctrico, del que se usaba para las paredes del bar. Sin mediar palabra, agarró el brazo de Sofía con firmeza y, con el pincel, pintó una gruesa y torpe "X" azul en el interior de su muñeca, justo sobre las venas. La pintura brilló, húmeda y vulgar.

—Para que no lo olvides —dijo May, soltándola como si desechara un trapo sucio—. Y para que todas recordemos por qué las reglas no son una sugerencia.

Sofía miró la marca, su respiración entrecortada. Era una etiqueta de ganado. Una marca de la caída.

Nadie habló. El aire estaba cargado de horror y de una culpa cómplice. Magi miró la moneda en su mano. No era un pago. Era un símbolo. Una moneda de Judas por su silencio, por su sumisión, por haber vendido su humanidad a cambio de... nada. Y por haber permitido que Sofía fuera marcada mientras ellas eran "recompensadas".

Guardó la moneda. No por necesidad esta vez, sino como una evidencia de su propia caída.

Al subir a la camioneta, Sofía se sentó lejos de todas, frotando la marca azul en su muñeca, que no se borraba. Las otras miraron por las ventanas, hacia la noche que ya no parecía un escape, sino una extensión de la misma jaula.

May había sido brillante. No las había dividido con dinero, sino con el peso simbólico de una moneda y el estigma de una marca. Les había dado a cuatro un recordatorio mudo de su complicidad, y a una, una cicatriz visible de su fracaso. El viaje de regreso fue silencioso, cada una cargando con su propio tipo de condena, más pesada que cualquier fajo de billetes.

¿Como es la vuelta a casa?

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