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Chapter 101 by bla12 bla12

¿Como es la vuelta a casa?

Con humillación en la calle

La camioneta negra se deslizó por las calles desiertas del amanecer como un coche fúnebre. En su interior, el silencio era una losa. Las cinco chicas iban completamente desnudas, bolsas de huesos y carne exhausta, cada una hundida en su propia miseria. Sin ropa con qué cubrirse, se abrazaban a sus bolsos contra el pecho o el regazo, escudos patéticos que no ofrecían calor contra la frialdad de los asientos de cuero.

May no dijo una palabra durante el trayecto. El motor ronroneaba bajo, un zumbido hipnótico que parecía decir nunca termina, nunca termina, nunca termina.

La primera parada fue para Julia. May estacionó lejos de su edificio, en una calle lateral. Bajó la ventanilla. —Baja —ordenó, sin mirarla.

Julia obedeció mecánicamente. Se deslizó fuera del asiento, su piel pálida brillando en la oscuridad, y caminó hacia la sombra de su portal abrazando su bolso contra su vientre, sin volver la vista atrás. La camioneta arrancó antes de que llegara a la puerta.

Luego fue el turno de Cloe. May se detuvo en un semáforo en rojo, frente a un parque vacío. —Fuera —dijo.

Cloe salió tambaleándose, con el bolso colgado del hombro golpeando contra su cadera desnuda. El semáforo cambió a verde y la camioneta se alejó, dejándola sola y expuesta en la esquina, tratando de cubrirse inútilmente con la pequeña bolsa bajo la luz gris del alba.

A Sofía la dejó en la boca de un callejón a dos manzanas de su casa. La marca azul en su muñeca brillaba de forma obscena bajo la luz de un farol, imposible de ocultar ni con su bolso. —No llegues tarde mañana —fue la única despedida de May antes de cerrar la puerta de golpe.

Lara fue la siguiente. May estacionó justo frente a la puerta de su edificio, un gesto casi de favoritismo sádico. —Hasta mañana, Lara —dijo, con un tono que pretendía ser casual.

Ella asintió con la cabeza, una chica modelo obediente, y entró rápidamente al portal, apretando la correa de su bolso donde ahora descansaba la moneda de latón, a salvo en su interior.

Finalmente, solo quedó Magi. La camioneta rodeó su manzana y se detuvo en el mismo callejón trasero de siempre, lejos de miradas curiosas. May apagó el motor. El silencio de repente fue absoluto.

—No olvides lo de hoy —dijo May, sin mirarla, hablando al parabrisas—. El control que lograste. Eso es lo que vale. Lo demás es ruido.

El elogio le quemó el estómago peor que cualquier insulto. —Baja —añadió.

Magi abrió la pesada puerta y bajó. Sintió el aire frío de la madrugada sobre su piel desnuda, un shock brutal. Aferró su bolso contra su pecho, sintiendo el frío de las llaves y la moneda a través de la tela delgada. La camioneta se marchó de inmediato, dejándola sola.

Caminó las dos manzanas hasta su edificio con la sensación de que arrastraba los pies sobre asfalto de plomo. Al llegar al portal, rebuscó dentro de su bolso con dedos entumecidos para encontrar las llaves. La moneda de latón, suelta en el fondo, chocó contra el llavero con un tintineo metálico y ridículo.

Al cruzar la puerta de su apartamento, el silencio la golpeó. Se apoyó contra la puerta cerrada, deslizándose lentamente hasta el suelo. Allí, en la penumbra de su recibidor, soltó el bolso y se desmoronó.

No lloró. En su lugar, un sollozo seco, áspero, le desgarró la garganta. Un sonido de agotamiento absoluto.

Metió la mano en su bolso abierto y sacó la moneda de latón. La observó a la tenue luz que se filtraba por la ventana.

La arrojó contra la pared opuesta. La moneda rebotó con un clink metálico y rodó por el suelo, deteniéndose bajo la mesa.

Se levantó arrastrándose y se dirigió directamente al baño. Se metió en la ducha y abrió el grifo al máximo, dejando que el agua casi hirviendo la golpeara, intentando borrar la sensación del cuero, de la red, de las miradas, del metal de la máscara contra su rostro.

Pero el agua no podía lavar lo que había pasado.

Salió de la ducha y se envolvió en una toalla áspera. Al pasar frente al espejo, evitó mirar su reflejo.

Se dejó caer en la cama, desnuda bajo las sábanas. El silencio del apartamento era ahora ensordecedor. Afuera, la ciudad comenzaba a despertar.

May tenía razón. El control era lo único que importaba. Y ella estaba aprendiendo a controlar hasta su propio asco.

Cerró los ojos, apretándolos con fuerza. Pero detrás de los párpados solo veía la "X" azul brillante en la muñeca de Sofía, y la moneda esperando bajo la mesa.

¿Qué pasa el próximo día?

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