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Chapter 55 by bla12 bla12

¿Termino la sesión?

No todavía

La sesión no terminó con ese primer destello de pánico. Fue solo el comienzo. Elara, desde la penumbra, se convirtió en una coreógrafa de la incomodidad.

—La sorpresa inicial ha pasado —anunció, su voz un filo en el silencio—. Ahora, la timidez. Celia, cruza los brazos sobre el pecho. No para cubrirte, para sugerir vulnerabilidad. Mira al suelo, pero no con vergüenza, con… recato.

Celia obedeció, pero el gesto era torpe, forzado. Ya no reía. Su cuerpo, que minutos antes se movía con una confianza despreocupada, ahora estaba rígido. Los brazos cruzados apretaban el vestido contra su torso, acentuando su figura en lugar de ocultarla.

—No —corrigió Lilith, acercándose con su andar felino—. Así no. Pareces una adolescente enfadada. Relaja los hombros. Deja que los brazos se apoyen suavemente. Es una sugerencia, no una barrera.

Lilith la tocó. Ajustó la posición de sus codos con dedos expertos e impersonales. El contacto hizo que Celia se estremeciera visiblemente. Era la primera vez que alguien la manipulaba como un objeto. Un rubor subió por su cuello.

—Mejora —murmuró Leo, disparando otra ráfaga de fotos—. Captura la confusión. Es auténtica.

Elara sonrió. —Excelente. Ahora, rompamos ese recato. Celia, camina hacia la cámara. Lento. Con cada paso, imagina que el vestido se vuelve más ligero, casi ingrávido.

Celia avanzó. La falda corta se movía con ella, y con cada balanceo, la línea de sus muslos quedaba al descubierto. Ella intentaba sujetarla con las manos, pero un gesto seco de Elara la detuvo.

—La elegancia está en el movimiento natural, no en la contención. Deja que la tela baile.

El "baile" de la tela era una tortura. Celia sentía el aire en la piel de sus piernas, la mirada de Leo tras el objetivo, las sonrisas satisfechas de Elara y Lilith. Su respiración se aceleró.

—Y… alto. Ahora, la transición final —anunció Elara—. De la timidez a la entrega. Magi.

Magi, que había permanecido inmóvil en las sombras, sintió que todas las miradas se posaban sobre ella.

—Sí, tú —confirmó Elara—. Acércate a tu hermana. Colócate detrás de ella. Pon tus manos sobre sus brazos y guíalos suavemente hacia abajo. Ayúdala a… soltar sus defensas.

El mundo se redujo para Magi a esos pocos metros que la separaban de Celia. Cada paso fue una agonía. Al llegar detrás de ella, vio la nuca de su hermana, los pelillos rebeldes que se escapaban de su moño, la tensión en sus hombros. Celia temblaba levemente.

—Hazlo, Magi —susurró Elara, y la orden era una caricia venenosa.

Magi levantó las manos. Al tocarla, Celia se estremeció de nuevo, pero esta vez no fue por el contacto impersonal de Lilith. Fue por el contacto de su hermana. Se giró ligeramente, y Magi vio sus ojos: ya no había entusiasmo, solo un mudo ruego, una pregunta desesperada de "¿por qué?".

—No me mires a mí —ordenó Elara, su voz dura como el acero—. Mira a la cámara. Magi, cumple tu función.

Con un nudo en la garganta que le impedía respirar, Magi deslizó sus manos por los brazos de Celia. Sintió la piel de gallina bajo sus dedos. Con una suavidad que le desgarraba el alma, guio los brazos de su hermana hacia los costados, exponiendo completamente su torso delantero al objetivo de Leo. Fue un movimiento lento, deliberado, una traición filmada fotograma a fotograma.

Celia emitió un jadeo ahogado. Las lágrimas que había estado conteniendo comenzaron a resbalar silenciosamente por sus mejillas. Pero no cerró los ojos. Los mantuvo abiertos, clavados en la lente, mientras su cuerpo, ahora guiado por las manos de su propia hermana, se rendía.

—Perfecto —susurró Leo, disparando sin cesar—. La inocencia rota. La hermana como verdugo. Es… poesía visual.

El obturador sonaba una y otra vez. Click. Click. Click.

Magi mantenía sus manos sobre los brazos inertes de Celia, sintiendo cómo los sollozos silenciosos de su hermana reverberaban a través de su propio cuerpo. Era cómplice, celadora y víctima al mismo tiempo.

—Y… corte —declaró Elara al fin, tras una eternidad—. El primer corte está hecho. La piel ha sido perforada. —Se acercó a Celia, que permanecía temblorosa, y le levantó la barbilla con un dedo—. Las primeras lágrimas siempre son las más dulces. Bienvenida al arte, querida.

Celia no respondió. Solo buscó la mirada de Magi, una mirada cargada de un dolor tan profundo y una decepción tan absoluta que Magi supo que, aunque lograran escapar alguna vez, nada volvería a ser igual entre ellas. La sesión había terminado, pero la herida que había abierto en su relación nunca cerraría.

¿Qué piensa Cecilia después del bautizo?

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