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Chapter 2
by
traviezisha
Capitulo 1.
El Deseo que Nace en la Obscuridad
Mi nombre es Erika, y aunque aún respondo a un nombre masculino en algunos círculos, online prefiero los nombres más despectivos posibles; suelo ignorar a quienes me llaman “princesa” o “hermosa”, pero contestar de inmediato a quienes me dicen “puta”, “perra”, o mucho peores... Mido 1.60m, peso 55 kilos, y mis pechos son apenas una copa AA, un muy sutil (pero permanente) recuerdo de la terapia de reemplazo hormonal que tomé durante un par de años para feminizar mi cuerpo (pero terminé suspendiendo a causa de los altos costos).
Mi “orgullo” es mi remedo de pene (yo siempre le llamo mi clítoris pues la otra palabra me parece incorrecta), pequeño, y siempre encerrado en una jaula de castidad invertida, es un recordatorio constantemente de mi estatus, y mi sumisión; es una jaula especial, de metal, diseñada para mantenerlo no solo apretado, sino metido hacia dentro de mi cuerpo, invisible bajo mi ropa ajustada, mi secreto que me excita y me humilla al mismo tiempo.
Jamás he probado ninguna sustancia, me conozco y sé que soy muy susceptible a las adicciones, mi más grande es la humillación; y como cualquier adicción, siempre quiero más, y más…
Es a causa de esta adicción que comenzó este deseo, no recuerdo en qué momento, solo recuerdo que yo quería ser más humillada, degradada, sobajada hasta el punto en que ya no hubiera retorno. No me bastaba ya convertirme en mujer; necesitaba que el mundo me viera y me usara como menos, como un objeto, y no como un objeto cualquiera, sino como uno de los más bajos y despreciables… un urinal…
Pasaron semanas sin poder sacar este deseo de mi mente, que aunque lo platicaba todo el tiempo con el chico con el que salía, nunca se atrevió a hacerlo, al vernos él solo me cogía, pero siempre me dejaba sedienta de su miel dorada, me decidí entonces a actuar en busca de mi deseo: creé una cuenta de Facebook con el nombre más acorde a mi actual y poderosa obsesión: Erika Bebemiados.
Con un nombre que no podía ser más descriptivo, y bastantes publicaciones acordes, no me fue difícil encontrar gran cantidad de hombres dispuestos a "regalar" sus fluidos a sumisas que los deseaban tanto como yo. La mayoría sugería hacerme beber directo de la manguera, pero la idea de poder sobajarme incluso más me obsesionó: el no tener siquiera derecho a tocar, ni ver en persona sus mangueras, sino recibir mi regalo en botellas llenas, dejadas en la calle para yo tener que recogerlas, botellas desgastadas, llenas de orines, regaladas por extraños, que yo bebería gustosa para demostrar mi devoción.
Hablé con muchos hombres, pero de distintas ciudades a la mía, y aunque me excitaba mucho la disponibilidad para ayudarme a saciar esta sed, yo no quería solo hablarlo o imaginarlo, yo ya quería, anhelaba, deseaba demasiado experimentarlo… Por eso, cuando me escribió un hombre de verga deliciosa, y que resultó vivir en la misma ciudad que yo; aún cuando él intentaba llevar una conversación normal, preguntándome por mi edad u otras banalidades, yo atajé con la impaciencia de una adicta: "¿Me regalas una botella de orines?" Su respuesta fue inmediata: "Claro, puta. Te la comenzaré a llenar y te la dejaré por la noche en el parque xxxxxx." Esa frase azotó mi mente como un latigazo, encendió enormemente el fuego que ardía entre mis piernas, donde mi clítoris inútil palpitaba de emoción por la inminente bebida que me esperaba. Durante las siguientes horas, él no hizo más que taladrar mi ya nublada mente, enviándome fotos conforme la botella de litro y medio iba aumentando su contenido de un amarillo vibrante, así que cuando llegó la noche, yo ya no respondía a la razón, andaba en automático dejándome llevar por la excitación de una adicta que sabe que le espera poder saciar su adicción. Me puse entonces con un vestido negro muy corto, tan alto que una buena porción de mis nalgas quedaba visible sin mucho esfuerzo; tacones altos, y mi maquillaje pensado para pasar no como mujer, sino como una puta, con labios rojos que temblaban deseando sentir por fin ese elixir tan humillante... Y bajo el vestido, solo lencería diminuta: un tanga que apenas cubría mi jaula, y detrás solo cubría la línea entre mis glúteos, dejando mi piel expuesta al delicioso roce del helado aire nocturno.
Manejé en poco más de 20 minutos, un trayecto que usualmente toma más de media hora, con el corazón latiéndome fuerte, mi pequeño clítoris palpitando de emoción dentro de su prisión, imaginando que todo el que me veía lo sabía, que mi rostro no podía decir otra cosa que “me encantan los miados, y voy en camino a conseguir algunos”...
Llegué al parque, que para mi sorpresa, no estaba totalmente desierto, en otra situación, esto hubiera sido suficiente para hacerme volver mis pasos, escapar, arrepentirme, pero mi cabeza no estaba conectada a mi cuerpo en ese entonces, si alguien dictaba mis acciones en ese momento, era mi ano caliente, mojado y palpitante, que antes de darme cuenta, ya me tenía de pie, al lado de mi carro, lista para caminar en la noche hacia mi regalo abandonado, al avanzar sentía las miradas de algunos borrachos e indigentes, algunos mirándome con sorpresa, sin disimular la poca frecuencia con la que se aparece por ahí carne fresca, otros, indiferentes, como si este mingitorio humano no fuera siquiera tan interesante como para dedicarle más que una fugaz mirada, ambos modos, convirtiendo mi caminata en un desfile de vergüenza pública que no hizo más que encenderme más, si esto aún fuera posible. Acercándome al punto, pude ver la botella, imponente, expuesta, brillante, justo al pie del extremo más alejado de mí de una banca blanca, de metal, donde el brillo del alumbrado público al pasar a través de ella proyectaba al piso una iluminación ámbar que me hizo agua la boca, tanto la deseaba, que me costó unos pasos más notar que en el extremo más cercano a mi, se encontraba sentado un hombre alto, imponente, despreocupado; detuve un poco mi paso a la vez que él volteó un poco su mirada hacia mí, y yo, al notar una muy leve, pero perversa sonrisa, reanudé mi caminar, él no dejó de seguirme con la mirada, por lo que supuse que era el donador de la noche, nerviosa, pasé frente a él sin perder de vista ese litro y medio de placer líquido, y para no dejarle lugar a dudas, me empiné hacia delante a recogerla, sin agacharme, de manera que él tuviera una perfecta vista de mis nalgas prácticamente al desnudo. Una vez tuve la botella en mis manos, giré para regresar por mi camino, pero antes le presenté una sonrisa, y un “gracias” con los labios rojos, sin utilizar mi voz. Sin corresponder a la sonrisa, él me dijo "Bebe un poco aquí para ver que es real", lo hizo con una sonrisa sádica y una voz autoritaria que me dejó muy en claro que mi obediencia era el precio de su generosidad.
La excitación me poseyó por completo, si hay algo que me calienta más que realizar mis perversiones, es hacerlas mientras alguien me mira… Me acerqué y me arrodillé en la oscuridad frente a él, el suelo áspero no me importaba, mantuve mi mirada en la botella, que abrí muy lentamente para estirar lo más posible el placer del momento, la acerqué a mi boca y comencé a beber directamente de ella. El sabor salado, amargo, me invadió la boca como un oleaje agresivo, intenso, que arrastraba y destruía cualquier dignidad que aún me quedara; el sabor intenso abrazaba cada rincón de mi hocico, me encantaba… no por el sabor en sí de la orina, sino el sabor de la humillación, la degradación de beberla, como si ese trago fuera para mi una comunión con lo más bajo, un bautismo en aguas residuales que corrompía mi alma con una suciedad inlimpiable. Con gusto, lo tragué, jadeando, disfrutando, mientras él me grababa con su teléfono, capturando mi caída como un trofeo que en su momento no me importó con quien, o quienes compartiría. "Buena perrita", murmuró antes de irse, el recuerdo de su voz me sigue estremeciendo y excitando cada que lo recuerdo.
Ya en casa, sin recordar del trayecto de regreso más que el hecho de que mi copiloto era esa botella con 1.2 litros de orines recién adquiridos, ya sola en la penumbra de mi habitación, me coloqué a gatas, frente a mi celular, y me grabé bebiendo el resto de la bebida por el ano, metiendo la boca de la botella solo un poco y presionando la botella suavemente para introducir cada gota dentro de mí, sintiendo cómo el líquido me llenaba, me expandía, humillándome en soledad, como si mi cuerpo se convirtiera en un vaso que alguna vez fue sagrado, en uno ahora profanado, absorbiendo el desecho ajeno hasta que cada célula de mi ser absorbiera ese placer degradado. Ese fue tan solo el comienzo, se comenzaba a abrir una puerta hacia un abismo de deseos por cumplir, donde cada botella, cada gota, sería un peldaño más en mi escalera hacia la perdición absoluta…
Capítulo 2. Parte 1.
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Erika Bebemiados
Mi adicción
Sobre mi más reciente, y más fuerte obsesión...
Updated on Feb 23, 2026
by traviezisha
Created on Jan 9, 2026
by traviezisha
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