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Chapter 3
by
traviezisha
Capítulo 2. Parte 1.
El Hada de los Orines
Ese primer sorbo en el parque no fue solo un trago; fue el veneno que se filtró en mi alma, convirtiendo mi adicción en un monstruo insaciable que devoraría cualquier rastro de mi decencia, dejándome como un cascarón vacío ansioso de ser llenado cada noche con lo más vil. Pronto, el hábito se transformó en ritual, una danza perversa donde cada noche era una cacería, y yo, la presa voluntaria que ofrecía su boca, y su culo al altar de la degradación. Ya contactaba a varios hombres por semana a través de mi cuenta de Erika Bebemiados, coordinando puntos de entrega en la ciudad: jardineras o parques escondidos donde poder grabarme bebiéndome mi regalo por el ano, cajeros de bancos muy bien iluminados para poder fotografiarme en tanga recogiendo las botellas, o incluso cerca de bares donde el tránsito de la multitud agregaba un punto extra a mi humillación al hacerla más pública. Siempre insistía en botellas dejadas en la calle, no encuentros para beber directo de sus vergas (eso sería un honor que no merecía), sino regalos descartados como desechos, para que yo, como una perra callejera, tuviera que olfatear para encontrarlos y recogerlos, humillándome desde el acto mismo de la adquisición… O como un símil al hada de los dientes, pero que en lugar de recoger dientes, recoge deliciosos orines, y en lugar de dejar dinero, regala la evidencia en foto o video de ella disfrutando su bebida favorita, ya sea vía oral, o vía anal…
Durante el día, si me dejaban el regalo temprano, me vestía con faldas cortas y tops ajustados que realzaban mis pequeños pechos, marcando mis pezones como señales claras de mi lujuria; pero de noche… de noche me atrevía más, con lencería diminuta, casi invisible por tamaño, pero de colores llamativos, verde brillante, rosa mexicano, naranja, amarillo, así salía de noche, con no más que una micro tanga y brassier, exponiendo mi jaula y mis nalgas al viento frío, que me acariciaba toda mi piel, de forma tan agresiva que no me permitía olvidar lo expuesta que me encontraba.
Era demasiado común que muchos de aquellos hombres me quedaran mal, se arrepentían quizá después de haberse masturbado solo imaginando, o les era imposible encontrar un pretexto para escaparse de su esposa a dejar la botella, o quizá ni siquiera estaban en la ciudad realmente, y solo querían fantasear; por ello, yo solía quedar con tantos hombres como fuera posible, para que al menos uno de ellos no cancelara y me permitiera ser su receptáculo de orines…
Una noche quedó muy marcada en mi mente, de los hombres que había contactado, tres se mantenían en pie cuando ya prácticamente era la hora en que esta hada puta saldría a recolectar orines, uno de ellos, mencionaba haber llenado dos botellas durante el día… Y yo no iba a dejar ninguna botella abandonada esa noche.
La primera me la dejó un taxista en el estacionamiento de un Soriana; encontré la botella parada imponente, justo a un contenedor de basura, de plástico, con la etiqueta de Coca cola medio despegada, y el contenido de un amarillo intenso, su contenido aún tibio, orines recién ordeñados para mí; tengo la imagen de la botella muy grabada en mi mente, y aún me excito solamente por recordarla. No esperé: me arrodillé allí mismo, imaginando que el guardia en turno no estaba dormido, que miraba a través de las cámaras que tiene ese estacionamiento, como una putita de cabello rubio, y vistiendo no más que un tanga diminuto, acercaba a su boca, de rodillas, lentamente, una botella con quizá 400ml de un líquido amarillo intenso, miados olorosos e inconfundibles de los que bebí un primer sorbo, el sabor amargo invadió mi boca como una prueba clara de desprecio ajeno que me hizo gemir, procediendo a tragar no solo el resto del intenso líquido, sino la fuerte esencia de mi sumisión, una reiteración del bautismo en orina que corrompía mi interior con cada gota; lamí la boca de la botella de la forma más lasciva que pude imaginar, antes de llevarme el trofeo al coche, en busca de la siguiente.
El segundo donante era un estudiante universitario, rentaba una habitación al lado de una gran avenida, desde donde tenía a la vista de su ventana un puente peatonal, donde me iba a dejar la botella para verme desde la distancia; cuando le avisé que ya estaba a unos minutos, para que estuviera atento, me dijo exactamente cual era su ventana para que le diera un buen ángulo, pues me iba a grabar, excitada, acepté bajo la condición de que no compartiera el video con nadie; condición que de inmediato descartó asegurándome que lo iba a compartir con todos sus amigos, y en grupos de whatsapp y telegram, excitada todavía más, no lo pude resistir y me apresuré a llegar, sin condiciones... No hubo manera de estacionar el auto justo al pie del puente peatonal, quedó sobre la misma avenida pero a unos cien metros… Yo nunca había caminado tal distancia en tanga, me da seguridad estar cerca del auto por si es necesario escapar, pero esta vez no había manera, si quería esos orines de universitario tenía que atreverme, arriesgarme, y en realidad, esa vulnerabilidad me calentó aún más, le avisé y para que pudiera grabar también mi humillante caminata, nalgas al aire, con tal de beber más miados… No pasó ningún auto mientras llegaba al puente, pero ya arriba, pudiendo ver a la distancia, noté que habría varios testigos al volante, la botella estaba justo en el medio del puente, llena de quizá 800ml de una bebida espumosa de amarillo intenso, supuse que alguien la habría pateado por error, y cuando llegué a recogerla lo confirmé al sentir el frío del plástico, señal de que llevaba ya algún buen rato esperando por mí. Intenté colocarme de manera que tanto él desde la ventana, como los escasos autos que pasaban por debajo del puente tuvieran una muy buena vista de mis nalgas, y mi boca, la cual, abierta, anhelante, aguardaba mientras yo giraba la tapa poco a poco hasta que la terminé por quitar, el olor era intenso, como si el donador tomara la mínima cantidad de agua, pero, como no soy quien para decidir cuales orines entran en mí, y cuales no, rodeé la boca de la botella con la mía, la empiné, y traté de beber y tragar lo más rápido posible, debo admitir que fue el sabor más intenso, fuerte, y si, desagradable que he probado, no pude beber más que unos 200ml, pero sin hacer gestos, separé la botella de mi boca, sonriendo; coloqué mi celular en modo cámara frontal para grabarme, y me puse en cuatro patas, apuntando con mi culo hacia la ventana, y al mismo tiempo hacia los autos que venían en dirección al puente; si bien, mi boca que no perddía la intensidad de aquella amargura no podía beber más, yo tengo, por fortuna, otro agujerito por el que me encanta beber, así es que hice de lado mi tanga, ese diminuto y ridículo tanga, y me abrí las nalgas para permitir la entrada de la botella, que lentamente iba a utilizar como enema insertándola con cuidado en mi ano, para sentir el flujo entrar en mí como un invasor más que bienvenido, expandiendo mis entrañas en una inflación tan humillante que recalcaba mi transformación en un urinal humano, un pozo donde lo que ya no servía al hombre de verdad encontraba nuevo propósito en mi degradación. Terminé de grabarme, gimiendo suavemente mientras el pis me llenaba gota a gota, y una vez que no quedó más que un muy pequeño trago en el fondo, lo bebí por la boca, aceptando el sabor, sonriente, feliz, porque no lo bebo para mí, lo bebo para entretenimiento de ellos, y lo bebo como declaración abierta de lo poco que valgo, y de lo poco que merezco, ni siquiera agua potable, a menos que esta haya sido ingerida por un hombre, y otorgada a mi en mi amada versión amarilla. Mientras caminaba de regreso al auto, contoneando mis nalgas, asegurándome de no derramar ni una gota del más de medio litro de orines amarillos que traía en el ano, y salivando a causa del aún intenso sabor de mi boca, le envié el video como agradecimiento, un trofeo de mi obediencia que me excitaba más al saber que él no sólo lo vería, también lo compartiría, y yo no podía, ni quería hacer nada para impedirlo.
El hombre que me había llenado dos botellas fue más osado, yo ya conocía bien su sabor, pues no era ni la primera, ni la segunda vez que me permitía beber de él, pero si era la primera vez que me las dejaba en un lugar tan público, no me sorprendí, pues cada vez había ido subiendo poco a poco el nivel, y ahora, habiendo dejado las botellas al pie de una de las estatuas en la avenida Chapultepec, una avenida que tiene actividad 24/7, me dejó en claro que la idea era dejarme ser vista. Para no tener problemas, sobre mi lencería, me puse un vestido ajustado de animal print, corto para poder tapar mis nalgas, pero no tanto como para alcanzar a cubrir más que unos cuantos centímetros de mis piernas, con lo que sí exageré fueron los tacones, unos negros y de 15cm de tacón, para ayudarme a simular un poco las curvas de que carezco, con un poco de dificultad, pero bastante emoción, caminé entre la gente, sintiendo sus miradas (a veces disimuladas, a veces no tanto) como pequeños pinchazos que avivaban mi fuego anal. Llegué directo a ellas, sin dudar, sin voltear a ver quien me miraba, y las recogí, una de un litro, la otra de litro y medio, llenas hasta el tope con lo que a todas luces, y sin etiqueta que ocultara nada, eran orines; más aún, escrito en plumón negro, una leía “PARA LA MÁS PUTA DE GUADALAJARA”, y la otra “PARA ERIKA BEBEMIADOS”, planeando caminar velozmente de regreso al auto, sin voltear a ver a nadie, la excitación me traicionó. Me senté en un banco cercano para notar varios grupos de personas que me miraban, y mientras algunos desviaron la mirada al encontrarla con la mía, otros la mantenían, con rangos de emoción tan amplios, que decidí no analizarlos, si no cumplir con mi tarea, abrí la botella de litro y medio, la que tenía mi nombre, y casual, cual si fuera agua, o comercial de Coca Cola, bebí sorbos largos y profundos mientras aquellos testigos nocturnos me veían, algunos sonriendo, otros incrédulos, sorprendidos, convirtiendo el acto en una declaración público de mi adicción. Disfruté cada trago, que lavaba el sabor de la pasada orina con el de una más conocida, mientras me sentía cada vez más consciente de la presión que el otro medio litro en mi ano palpitaba deseando salir. Estuve bastantes minutos ahí, disfrutando de mi bebida en público, incluso hubo un chico que se acercó y se sentó en el mismo banco, y aunque me observaba, jamás se atrevió a cruzar palabra; y yo tampoco me atreví.
Ya en casa, y sin sacar el medio litro de la orina más amarga que he bebido, repetí el ritual para beber de forma anal con la última botella, mi jaula apretando dolorosamente contra mi clítoris palpitante, goteando un líquido transparente de placer, cada trago anal un recordatorio de que mi cuerpo ya no era mío, sino un urinal viviente para el placer de extraños. Esa noche, supe que no había límite; cada botella de orines era para mí un peldaño más profundo en el abismo, donde la humillación se volvía mi única bebida, mi único sustento.
Capítulo 2. Parte 2.
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Erika Bebemiados
Mi adicción
Sobre mi más reciente, y más fuerte obsesión...
Updated on Feb 23, 2026
by traviezisha
Created on Jan 9, 2026
by traviezisha
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