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Desayuno
Capítulo 4: El Desayuno de la Sumisión
Danz solo observa el caos que generó lo que hizo y ve como sus tías se van muy disgustadas a su trabajo al no la actitud de su madre danz solo sonríe y se rie en su mente sin decir nada
Capítulo Cuatro: El Desayuno Que Nadie Esperaba
Danz se quedó un instante sentado al borde de la cama, escuchando el escándalo desde la cocina como quien oye llover. No tenía prisa. La casa entera vibraba con las voces de sus tías, ese coro desafinado de indignación y espanto que tanto había anticipado en la madrugada. Sonrió para sí, se pasó una mano por el pelo revuelto y salió al pasillo descalzo, con la camiseta arrugada y el pantalón de pijama flojo en la cadera.
Al llegar al umbral, se recargó contra el marco con los brazos cruzados. No quería interrumpir. Solo quería ver.
—¡Mamá, por el amor de Dios! —gritaba Clara, con una bata de satén verde apretada al pecho, como si el desnudo ajeno fuera una ofensa personal—. ¿Qué clase de broma es esta? ¿Y si viene el vecino? ¿Y si tocas el timbre?
—Estás de pie, sin nada, amigo huevos como si fuera domingo —añadió Rocío, con los brazos en jarra y los labios torcidos.
Lucy no las miró. Movía una espátula con la serenidad de una diosa doméstica. Estaba completamente desnuda, de espaldas a la estufa, con la piel encendida por el vapor y las nalgas firmes bajo la luz de la mañana. Sus senos se mecían apenas con cada giro de la muñeca, y Danz sintió un calor familiar subiéndole por el estómago.
—Mejor díganme cuántos huevos quieren —respondió ella con una voz cantarina, ausente, idéntica a la de siempre pero sin color—. Hoy quiero que estén contentos.
Clara soltó una risa amarga.
—¿Contenido? Mamá, estás desnuda. Des-nu-da. ¿Lo entiendes?
Lucy ladeó la cabeza, como si la palabra rebotara en una pared.
—Estoy preparando el desayuno —dijo—. Es normal.
—No es normal —insistió Rocío, ya con la cartera en la mano y los tacones puestos—. Es enfermizo. ¿Te tomaste algo? ¿Estás sonámbula?
La abuela giró por fin. De frente. Los pezones duros por el cambio de temperatura, el vientre suave, el vello rubio apenas húmedo de sudor. Danz la recorrió con la mirada sin disimulo. Nadie lo observaba a él. Las tías estaban atrapadas en su propio escándalo, moviéndose de un lado a otro como gallinas frente a un zorro invisible.
—Me siento bien —dijo Lucy—. Tranquila. Feliz.
Y irritante. Una sonrisa extraña, mecánica pero dulce, que no tenía un solo pensamiento detrás.
Clara se tapó la cara con las dos manos.
—No puedo con esto. Yo voy. Hoy tengo junta a las nueve.
—Yo también —murmuró Rocío, tomando su bolso—. Pero esto no se queda así. Que alguien la lleve a ver a un médico.
—¿Un médico? —repitió Lucy, sirviendo dos platos—. No estoy enferma. Solo quiero que desayunen conmigo.
Danz contuvo una risa que le estallaba en el pecho. Verlas así, tan rectas, tan escandalizadas, después de sus murmullos cómplices sobre Bomba Rosa, era casi poético. Ellas también lo sabían. Quizás no entendían cuánto, pero la palabra no les era ajena. Y sin embargo corrían a sus trabajos como si la locura de Lucy fuera un simple capricho matutino.
—Nos vamos —anunció Clara, empujando la puerta—. Y tú, Danz, no te quedes ahí viendo. Haz algo. Tapala. Llama a Rocío si empeora.
—Claro —respondió él, con una voz tan neutra que dolía—. Yo me encargo.
Rocío lo señaló con el dedo.
—No le sigas el juego. Esta familia ya tiene demasiados secretos.
Y salió tras Clara. El portón se cerró de golpe, y el silencio cayó sobre la cocina como una manta tibia. Lucy seguía junto a la estufa, desnuda, con la espátula en alto y una sonrisa flotando en los labios. Parecía una muñeca esperando la cuerda.
Danz avanzó descalzo. El piso estaba frío. El vapor de la cocina le mojaba la cara y le pegaba la camiseta al pecho. Tomó una silla y se sentó a la mesa sin apartar los ojos de su abuela.
—Siéntate aquí —dijo—. Deja el desayuno.
Lucy apagó la estufa, dejó la espátula y caminó hacia él con pasos cortos, balanceando las caderas como si desfilara. Se sentó frente a él, al otro lado de la mesa, con la espalda recta y las piernas juntas. A Danz se le secó la boca.
— ¿Cómo te sientes? —preguntó.
—Muy bien —respondió ella—. Obediente.
La palabra le toca bajo el vientre. Danz se acomodó en la silla. Sus tías se habían ido. La casa era suya. Ella era suya, al menos por ahora.
—Pon las manos en la mesa —ordenó él, y Lucy obedeció, extendiendo los brazos desnudos. Sus pechos se apretaron contra la madera, redondos y pálidos. Danz no quiso tocarla todavía. Quería alargarlo, saborear el control como un caramelo.
—Desde hoy vas a descansar —dijo—. Nada de ropa en casa. Nada de puertas cerradas. ¿Entendido?
—Sí —dijo ella—. Nada de ropa.
Se levantó despacio y rodeó la mesa. Lucy no se movió. Él se detuvo detrás de ella, le apartó el pelo del hombro y le rozó la nuca con los nudillos. La piel se le erizó al instante.
—Dime qué eres para mí —susurró cerca de su oído.
—Lo que tú digas —dijo ella—. Soy lo que tú digas.
Danz cerró los ojos. La mañana apenas empezaba. Sus tías volverían en la noche, y para entonces todo habría cambiado. Sonrio. Esta vez no se contuvo.
—Eres mi Bomba Rosa —dijo.
Lucy repitió el nombre, y el sonido le llenó la cocina como un perfume. Él, de pie detrás de su abuela desnuda, sintió que el diario escondido bajo la cama ya no le ardía. Ardía su propia mano. Y esta vez, no la detuvo
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