¿Qué sigue?
sueños
Asmodeo sabía que atacar la base de la pirámide era eficiente, pero atacar la cima era devastador. Para que la Familia Astrea cayera por completo, no bastaba con seducir a las guerreras; Necesitaba que su faro, su guía y su corazón, la diosa Astrea, se convirtiera en el motor de su propia perdición.
La Mazmorra, su madre, le había grabado un odio visceral hacia las divinidades que descendieron al mundo inferior. Por ello, Asmodeus diseñó una trampa psicológica sofisticada. Utilizó su habilidad de Creación de Sueños, una red de hilos psíquicos que se entrelazaban con la mente de la diosa mientras ella dormía, creando una realidad alternativa tan vívida que el cerebro no podía distinguir la fantasía de la verdad.
Cada noche, mientras Astrea descansaba, Asmodeus la sumergía en un mundo espejismo.
En el sueño, Astrea se veía a sí misma luchando desesperadamente para salvar a la ciudad ya sus seguidores de una catástrofe indescriptible. Se sacrificó hasta el agotamiento, entregando cada gota de su esencia divina para proteger a los inocentes. Pero el giro fue cruel: aquellos a quienes salvaron, cegados por el miedo y la ingratitud, comenzaron a culparla por los daños colaterales. La llamaron débil, inútil y corrupta. El sueño culminó con una turba enfurecida exigiéndola ejecución, escupiendo sobre su vestido blanco y arrastrándola por el barro mientras gritaban que su "justicia" era una mentira.
Justo cuando la desesperación de la diosa llegó al punto de ruptura, apareció él. El Asmodeus del sueño no era un extraño, sino su único salvador. Él la rescató de las garras de la multitud, llevándola lejos de la civilización, hacia los confines de un mundo oscuro y hostil.
—Ellos no te merecen, mi señora —le susurraba el Asmodeus onírico mientras la abrazaba en una cueva fría—. Solo yo veo tu verdadera esencia. Solo yo te amo sin condiciones.
En este mundo paralelo, la supervivencia se convirtió en el único mandamiento. Para alimentar a su salvador y mantenerse vivos, la Astrea del sueño comenzó a hacer lo impensable. Primero fueron pequeños robos, luego estafas y finalmente asesinatos. La diosa de la justicia, empujada por la gratitud y la dependencia emocional hacia Asmodeus, comenzó a sentir que la moralidad era una cadena que solo traía dolor.
El punto de inflexión llegó en un bosque brumoso y húmedo. La tensión erótica que Asmodeus había cultivado en el sueño explotó. La diosa, ahora vestida con harapos y con la mirada nublada por una devoción obsesiva, se lanzó sobre él. No fue un acto de amor puro, sino una entrega desesperada y lujuriosa.
Bajo el dosel de los árboles, Asmodeus la tomó con una brutalidad que ella recibió con gemidos de éxtasis. Mientras sus cuerpos se fundían en un ritmo frenético y húmedo, la Astrea del sueño sentía cómo su divinidad se transformaba. Cada embestida del monstruo inyectaba una semilla de oscuridad en su alma. El placer era tan abrumador que eclipsaba cualquier rastro de culpa. En el clímax de aquel encuentro, mientras sus cuerpos sudaban y se entrelazaban en el musgo, la diosa sintió que el pecado era la única verdad real.
Justo después de alcanzar el orgasmo, una mujer perdida apareció en el claro del bosque. Era una inocente, asustada, que no representaba peligro alguno. Pero la Astrea del sueño, ahora dominada por una crueldad nacida del placer y la depravación, no sintió compasión. Miró a Asmodeus, quien le escuchó con malicia, instigándola.
Con una risa gélida y los ojos brillando con un matiz demoníaco, la diosa se levantó y, sin necesidad alguna, asesinó a la mujer con una frialdad aterradora, solo para demostrarle a Asmodeus que ya no quedaba nada de la "Justicia" en ella.
Cuando Astrea despertó en su habitación en Orario, el sudor frío empapaba sus sábanas y su corazón latía con una fuerza anormal. No recordaba el sueño con total claridad, pero sentía una atracción irresistible y perturbadora hacia el joven que la Familia Astrea había acogido. Sentía un hambre nueva, un deseo prohibido que la hacía mirar a sus propias aventureras no como hijas, sino como herramientas para satisfacer la voluntad de aquel joven.
Asmodeus, observándola desde la puerta con una sonrisa depredadora, sabía que el proceso había comenzado. La Diosa de la Justicia estaba empezando a pudrirse desde adentro, convirtiéndose lentamente en una Diosa Demonio, o en una deidad subordinada a la mazmorra una nueva bestia divina, una calamidad.
Ahora, el camino estaba libre. Si la propia diosa empezaba a validar los impulsos oscuros de Asmodeus, las aventureras caerían como dominós, entregándose al pecado bajo el consentimiento de su propia protectora. Orario no tenía idea de que el cáncer de la lujuria ya se había instalado en el corazón de su familia más noble.
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