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Chapter 8 by Locoloco

¿Al fin ira por Kurenai?

eso es obio

La mañana amaneció clara y fresca en Konoha. El sol se elevaba sobre los tejados, pintando las calles, mientras los pájaros cantaban en los árboles. Para la mayoría de los habitantes, era un día como cualquier otro.

Pero para Kurenai Yuhi, era el día de volver a casa.

La kunoichi de cabello oscuro cruzó las puertas de la aldea con paso firme. Había sido una misión agotadora: tres días de infiltración, combates nocturnos y persecuciones a través del País del Fuego. Su ropa estaba manchada de barro y sangre seca, sus músculos dolían por la falta de descanso adecuado.

Pero había cumplido. Como siempre.

Lo primero que hizo fue reportar en la Torre del Hokage, entregando los informes necesarios con la eficiencia de una jōnin experimentada. Luego, en lugar de ir directamente a su apartamento a dormir, sintió una necesidad repentina de ver a su alumna favorita.

Hinata Hyuga.

Había entrenado a Hinata desde que salió de la academia, y aunque la chica era tímida y reservada, Kurenai sentía un cariño especial por ella. Había visto su progreso, su dedicación, su corazón. Y después de días fuera, quería asegurarse de que estaba bien, sobre todo por la impresión desfavorable que tenia de su padre.

Caminó hacia el distrito Hyuga, pero antes de llegar, se encontró con Hinata en la calle principal. La joven llevaba una chaqueta ligera y parecía estar paseando sin rumbo fijo.

—¡Hinata! —la llamó Kurenai, levantando una mano.

Hinata se volvió, y una sonrisa iluminó su rostro al ver a su sensei.

—¡Kurenai-sensei! Has vuelto.

—Recién llegada —dijo Kurenai, alcanzándola—. Estaba buscándote. ¿Cómo has estado? ¿Ha pasado algo mientras no estaba?

Hinata dudó un instante, un destello de algo extraño cruzando sus ojos blancos. Pero desapareció tan rápido como llegó.

—Todo está bien, sensei —respondió, su voz suave—. De hecho... estaba pensando en ti. Debes estar cansada después de la misión. ¿Quieres tomar algo? Conozco un lugar tranquilo.

Kurenai parpadeó, sorprendida por la oferta. Hinata no solía ser tan proactiva.

—Claro —dijo, encogiéndose de hombros—. Un poco de té me vendría bien.

Hinata la guio a través de callejuelas secundarias, hasta llegar a un pequeño café que Kurenai no recordaba haber visto antes. Estaba apartado, tranquilo, con solo unas pocas mesas vacías.

—Espera aquí —dijo Hinata, señalando una mesa en la esquina—. Voy a pedir.

Kurenai asintió y se sentó, estirando sus piernas adoloridas. La brisa matutina era agradable, y por un momento, cerró los ojos, disfrutando de la paz.

No vio a Hinata sacar un pequeño frasco de su bolsillo y verter su contenido en una de las tazas de té.

El té estaba delicioso. Kurenai bebió con avidez, sin sospechar nada. Hinata observaba desde el otro lado de la mesa, sus manos ocultas bajo la mesa, retorciendo el borde de su chaqueta.

—Sensei —dijo Hinata, rompiendo el silencio—. ¿Te sientes bien?

—Sí, solo cansada —respondió Kurenai, frotándose los ojos—. Aunque... empiezo a sentir un poco de calor. Raro, ¿no? No debería hacer tanto calor hoy.

Hinata no respondió. Sus ojos blancos estaban fijos en su sensei, observando cómo sus mejillas comenzaban a sonrojarse, cómo su respiración se volvía ligeramente más rápida.

El afrodisíaco de Sakura estaba funcionando.

—Tal vez deberías descansar un poco —sugirió Hinata, su voz apenas un susurro—. Conozco un lugar cerca de aquí. Un departamento. Podrías recostarte un rato.

Kurenai la miró, sus ojos rojos ligeramente vidriosos.

—¿Hinata? ¿Estás... tramando algo?

—Solo quiero ayudarte, sensei —respondió Hinata, con una sonrisa que no delataba nada—. Confía en mí.

Kurenai dudó. Algo en su interior, en los rincones lógicos de su mente entrenada, le decía que esto era extraño. Pero el calor que crecía en su vientre, la humedad que comenzaba a formarse entre sus piernas, nublaba su juicio.

—Está bien —dijo finalmente, levantándose con piernas temblorosas—. Llévame.

El departamento de Naruto estaba en silencio cuando Hinata abrió la puerta. Kurenai entró detrás de ella, parpadeando para enfocar en la penumbra.

—¿Este es el lugar del que hablabas? —dijo, frunciendo el ceño—. Esto parece... el departamento de alguien.

—Lo es —dijo una voz masculina desde las sombras.

Kurenai se giró bruscamente, su mano yendo instintivamente a su cinturón de kunais. Pero antes de que pudiera reaccionar, una figura rubia emergió de la oscuridad.

Naruto Uzumaki.

—Naruto? —dijo ella, confundida—. ¿Qué estás...?

—Bienvenida, Kurenai-sensei —dijo él, con una sonrisa lenta y depredadora—. Te estaba esperando.

La puerta se cerró detrás de ella. Kurenai escuchó el clic de la cerradura, y sintió que el pánico comenzaba a crecer en su pecho.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó, su voz endureciéndose—. Hinata, explica esto ahora mismo.

Pero Hinata no respondió. En lugar de eso, se arrodilló junto a Naruto, inclinando la cabeza en sumisión.

—Perdóname, sensei —dijo en voz baja—. Pero esto es necesario.

—¿Necesario? —Kurenai dio un paso atrás, su cuerpo tensándose para la batalla—. ¿Qué demonios...?

Entonces sintió el calor.

No era el calor normal del afrodisíaco. Era una oleada de deseo tan intensa que la hizo tambalearse. Su visión se nubló por un momento, y sintió que la humedad entre sus piernas se convertía en un torrente.

—¿Qué... qué me has hecho? —jadeó, apoyándose contra la pared.

—Solo un pequeño empujón —dijo Naruto, acercándose lentamente—. Algo para ayudarte a relajarte. Para que puedas aceptar lo que está por venir.

—No te me acerques —gruñó ella, sacando un kunai con mano temblorosa—. No sé qué planes tienes, pero...

Naruto desapareció. Un instante después, sintió sus brazos rodeándola por detrás, su voz susurrando en su oído.

—Pero nada, Kurenai. Esta noche, vas a ser mía. Y no hay nada que puedas hacer para evitarlo.

El kunai cayó al suelo. El cuerpo de Kurenai, traicionado por el afrodisíaco, se negó a obedecer sus órdenes. En lugar de luchar, se derritió contra él, un gemido escapando de sus labios, normalmente ella habría usado un genjutsu para escapar, pero con la mente nublada eso ni siquiera paso por su cabeza.

—Eso es —murmuró Naruto, besando su cuello—. Déjate llevar. Confía en mí.

—Nunca... —jadeó ella, pero sus palabras carecían de convicción.

Naruto sonrió. Luego, con un gesto, realizo el kage bunshin no jutsu.

Puff.

Cuatro clones aparecieron a su alrededor, rodeándolos a ambos. Kurenai sintió que el pánico la invadía al verlos, pero también una oleada de excitación que la avergonzaba profundamente.

—¿Q-qué vas a hacer? —preguntó, su voz temblorosa.

—Voy a enseñarte lo que es el placer verdadero —respondió Naruto, mientras sus clones se acercaban—. Y cuando termine, serás mía. Para siempre.

La ropa de Kurenai fue desgarrada en cuestión de segundos. Los clones trabajaron en equipo, arrancando su chaqueta, su camiseta, su sujetador. Su falda cayó al suelo, seguida de sus bragas, que ya estaban empapadas.

Ella quedó desnuda, expuesta, temblorosa. Su piel pálida brillaba bajo la luz tenue, sus pechos firmes subiendo y bajando con su respiración agitada. Sus ojos rojos, vidriosos por el deseo inducido, recorrían a los seis Narutos que la rodeaban.

—Por favor... —susurró, sin saber si estaba suplicando que pararan o que continuaran.

Naruto original se colocó frente a ella, mientras los clones se posicionaban a su alrededor. Dos detrás de ella y uno a cada lado.

—Vamos a empezar despacio —dijo Naruto, acariciando su mejilla—. Quiero que sientas cada sensación. Cada toque. Cada embestida.

Uno de los clones se le movió el rosto para dejarla viendo el miembro al que serviría, su polla erecta rozando sus labios. Otro se colocó detrás, su miembro presionando contra su entrada anal. Los clones a los lados le levantaron sus manos, guiándolas a sus erecciones para que los masturbara.

Y Naruto original se colocó entre sus piernas, su polla rozando su vagina, aún virgen.

—¿Lista? —preguntó él.

Kurenai no respondió. Pero cuando él empujó, ella gritó.

El dolor fue agudo, breve. Sus paredes internas se abrieron recibiendo la polla de Naruto, y sintió el placer mezclarse con la lubricación de su excitación. Pero antes de que pudiera procesar el dolor, el clon frente a su rostro introdujo su polla en su boca, y el clon detrás de ella presionó contra su ano.

—Relájate —ordenó Naruto, su voz firme pero amable—. Respira. Déjate llevar.

Ella obedeció, tomando respiraciones profundas alrededor del miembro en su boca. Sintió cómo su cuerpo se adaptaba, cómo el dolor se transformaba en una presión extraña que bordeaba el placer.

Entonces comenzaron a moverse.

Los clones se movían en un ritmo perfectamente sincronizado. El clon frente a ella embestía su garganta, su lengua acariciando el glande cada vez que se retiraba. El clon detrás de ella penetraba su ano lentamente, expandiéndola, llenándola de una manera que nunca había experimentado. Los clones a sus lados deslizaban sus pollas entre sus manos, y ella, como si su cuerpo actuara por instinto, comenzó a masturbarlos.

Y Naruto original, dentro de su vagina, se movía con un ritmo constante y profundo, reclamando su virginidad con cada embestida.

Era demasiado. Demasiadas sensaciones, demasiado placer. Kurenai sintió que su mente se desvanecía, que su conciencia se diluía en un mar de estímulos. Los gemidos se atascaban en su garganta, ahogados por la polla en su boca. Las lágrimas rodaban por sus mejillas, mezclándose con el sudor y la saliva.

—Naruto... —logró gemir alrededor del miembro, su voz apenas un murmullo.

—Shhh —susurró él,—. Solo disfruta. Entrégate a esto.

Y ella lo hizo.

Su cuerpo se tensó, un orgasmo masivo sacudiéndola desde lo más profundo. Sintió cómo su vagina se contraía alrededor de Naruto, cómo su ano apretaba al clon detrás de ella, cómo su boca succionaba con más fuerza. Fue un orgasmo que parecía no terminar nunca, una explosión de placer que la dejó sin aliento, sin pensamiento, sin nada más que sensación.

Cuando finalmente terminó, su cuerpo colgó inerte entre los clones, jadeando, temblando. Pero Naruto no había terminado.

—Una más —dijo él, y los clones continuaron moviéndose.

El segundo orgasmo llegó más rápido, más intenso. Y luego un tercero. Y un cuarto. Kurenai perdió la cuenta, su mente sumergida en un estado de éxtasis continuo. En algún momento, sintió que los clones se corrían, llenando su boca, su ano, sus manos de semen caliente. Naruto original se corrió dentro de su vagina, llenándola con su semilla.

Cuando finalmente se detuvieron, Kurenai yacía en el suelo, inmóvil, su cuerpo marcado y agotado. Sus ojos rojos miraban al techo sin ver, su pecho subiendo y bajando con respiraciones superficiales.

Naruto se arrodilló a su lado, acariciando su cabello oscuro.

—¿Cómo te sientes? —preguntó suavemente.

Ella no respondió de inmediato. Pasaron varios segundos antes de que sus labios se movieran.

—Increíble... —susurró—. Pero... no ha terminado, ¿verdad?

Naruto sonrió, una sonrisa de satisfacción y anticipación.

—No —admitió—. Aún no te has roto del todo. Pero estás cerca. Lo sé.

Kurenai cerró los ojos, una sonrisa débil en sus labios.

—Eres un demonio, Naruto Uzumaki.

—Lo sé —respondió él, besando su frente—. Y pronto, serás mía. Completamente.

Ella no respondió. Pero tampoco lo negó.

Y mientras la noche caía sobre Konoha, Kurenai Yuhi, la orgullosa jōnin, la sensei experimentada, yacía desnuda y marcada en el suelo de un departamento, sabiendo que su resistencia se desvanecía.

¿Kurenai se rompe?

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