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Chapter 18 by bla12 bla12

¿Qué pasa después?

Vuelve a su casa con compañía no deseada

El aire frío del balcón era un bálsamo para los sentidos sobrecargados de Magi. Durante unos minutos preciosos, el latido de la música se convirtió en un zumbido lejano y la única luz fue el tenue resplandor anaranjado de las farolas callejeras. Se apoyó en la barandilla, dejando que el frío metal le enfriara las palmas de las manos sudorosas. El disfraz, ahora quieto, dejó de crujir, y por un instante, solo fue una prenda absurda, no un instrumento de tortura.

Pero la paz se rompió con el chirrido de la puerta del balcón.

—¡Ahí estás! —la voz de Valeria sonó alegre, pero con un deje de preocupación—. Pensé que te habías evaporado.

No venía sola. Tras ella, asomaron dos figuras disfrazadas. Uno era un vampiro de capa de terciopelo barato y colmillos de plástico que se le caían, cuyo interés por Valeria era evidente en la forma en que la seguía pegando. El otro era un "leñador", con una camisa de cuadros desabrochada mostrando un torso sudoroso y falsas hachas de plástico colgando del cinturón. Sus ojos, vidriosos por el ****, se posaron en Magi con una intensidad que la hizo retroceder instintivamente.

—Te presento a Leo y a Martín —dijo Valeria, señalando al vampiro y al leñador respectivamente—. Les dije que mi amiga la policía sexy se había perdido y vinieron a ayudar en la búsqueda.

Martín, el leñador, sonrió mostrando unos dientes muy blancos.

—Misión cumplida. La recompensa es que nos tomes un taxi juntas —dijo, su voz un poco pastosa. Su mirada recorrió a Magi de arriba abajo, deteniéndose en las medias de red y la minifalda de vinilo—. Qué disfraz más... efectivo, oficial.

Magi se sintió **** de nuevo. El espacio del balcón, antes un refugio, ahora se sentía pequeño y opresivo con los tres cuerpos apiñados.

—En realidad, Valeria, me... me quiero ir —logró decir, dirigiendo su mirada solo a su compañera, ignorando a los hombres—. Estoy muy cansada.

—¡Ya! ¡Pero si es temprano! —protestó el vampiro Leo, deslizando un brazo sobre los hombros de Valeria, quien lo aceptó con una risita.

—Sí, quédate un rato más —insistió Martín, dando un paso hacia Magi. El olor a **** y sudor que desprendía era abrumador—. Apenas te vi bailar.

—No bailo —murmuró Magi, cruzando los brazos con más fuerza sobre el estómago.

—Vamos, chicas, un taxi y nos vamos —dijo Valeria, cediendo al abrazo de Leo y con evidente deseo de seguir la noche con él—. Martín vive cerca de ti, Magi. Les caemos de paso.

La idea de compartir un taxi con ellos, especialmente con Martín, le provocó un escalofrío de rechazo. Pero la alternativa, quedarse sola en la fiesta o intentar encontrar un taxi por su cuenta a esas horas y con ese disfraz, era aún peor.

El viaje en el taxi fue una pesadilla de espacio reducido y comentarios incómodos. Magi se acurrucó contra la ventana, mirando la ciudad pasar, deseando ser invisible. Valeria y el vampiro iban en el asiento trasero, enredados en sus propios arrumacos, riendo y susurrando.

Martín, el leñador, se sentó a su lado en el asiento trasero ancho, pero se las arregló para invadir su espacio constantemente.

—Qué frío, ¿eh? —dijo, deslizando su pierna contra la de ella, que estaba desnuda bajo la minifalda—. Te estás helando, policía. —Su mano, grande y sudorosa, se posó sobre su muslo, en la piel expuesta entre el borde de la media de red y la minifalda.

Magi se encogió como si la hubiera electrocutado.

—Quita la mano —dijo, con una voz más temblorosa de lo que hubiera querido.

—Tranquila, solo te estoy calentando —respondió él, riendo, apretando un poco más antes de retirarla, solo para apoyarla en el respaldo, justo detrás de su cuello, fingiendo un estiramiento. Su brazo rozaba su hombro.

—Oye, Martín, déjala en paz —dijo Valeria desde el otro lado, pero su voz sonaba distraída, más interesada en los labios de su vampiro.

—Solo somos amigos viajando —replicó Martín, con una sonrisa que no llegaba a los ojos, que seguían fijos en el escote de Magi.

Cada curva que tomaba el taxi era una excusa para que se inclinara sobre ella. Cada bache, para que su mano "accidentalmente" rozara su cintura o su muslo. Sus comentarios eran constantes: "¿Siempre eres tan seria, oficial?", "Ese disfraz te queda increíble, de verdad", "Deberíamos repetir esto otro día, sin tantas multitudes".

Magi no respondía. Contenía la respiración, mirando fijamente por la ventana, contando las calles que faltaban para llegar a su departamento. Sentía náuseas. La atención no deseada, los toques invasivos, la sensación de estar atrapada en un espacio pequeño con alguien que no entendía la palabra "no"... era una versión diferente de la humillación de la academia, pero igual de opresiva. Aquí no había órdenes, sólo una presión social pegajosa y la amenaza latente de que las cosas escalaran.

Finalmente, el taxi se detuvo frente a su edificio. Magi abrió la puerta casi antes de que se detuviera por completo.

—¡Gracias por el viaje! —dijo a la nada, dirigiéndose a Valeria más que a nadie, y salió del coche como si escapara de una jaula.

—¡Espera! —gritó Martín, bajando también del taxi—. Te acompaño hasta la puerta. Un caballero nunca deja sola a una dama. —Su voz sonaba burlona.

—No hace falta —dijo Magi, firme por primera vez, caminando rápido hacia la entrada.

—Vamos, no seas así —insistió él, alcanzándola con unos pasos. Su mano volvió a posarse, esta vez en su cintura, pretendiendo guiarla—. Es tarde, hay peligro.

Magi se detuvo en seco y se giró, apartando su mano con un movimiento brusco.

—He dicho que no hace falta. Buenas noches.

La luz del vestíbulo iluminó su rostro, endurecido por el cansancio y la irritación. Martín pareció captar por fin la seriedad de su tono. Alzó las manos en un gesto de falsa rendición.

—Está bien, está bien. Oficial estricta. Como quieras. —Sonrió, pero era una sonrisa tensa—. Nos vemos en la próxima fiesta. —Le lanzó un último guiño antes de dar media vuelta y regresar al taxi, que arrancó con un rugido.

Magi se quedó temblando en la puerta, no por el frío, sino por la adrenalina y la rabia contenida. Introdujo la llave en la cerradura con dedos torpes, maldiciendo en voz baja el disfraz, la fiesta, a Valeria y sobre todo a sí misma por haber creído que por una noche podría escapar de la pesadilla. La máscara se había caído, revelando que la vulnerabilidad la seguía a todas partes, incluso bajo el disfraz más ridículo. Subió las escaleras a su departamento sintiendo que el vinilo no era lo único que le crujía; era su propia piel, convertida de nuevo en una herida expuesta.

¿Qué pasa la próxima semana?

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