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Chapter 4 by bla12 bla12

¿Qué pasa el primer día?

Uniforme

El entusiasmo de Magi por el nuevo trabajo era una burbuja frágil que el primer viento de realidad al cruzar la puerta del estudio se llevó consigo. Respiró hondo, recordándose a sí misma por qué necesitaba este empleo: la deuda de la universidad, el alquiler atrasado, la promesa que se había hecho de no volver a pedirle dinero a su madre. Pero al ver a Elara esperándola de pie, con los brazos cruzados, como si hubiera estado cronometrando su llegada, todas esas razones prácticas parecieron evaporarse, dejando solo un nudo de aprensión en su estómago.

—Bienvenida al primer día real —dijo Elara, sin preámbulos—. Ayer fue la entrevista. Hoy es el trabajo. Y el trabajo aquí tiene un código de vestimenta.

Su tono era tan pulido y afilado como el estudio mismo. Señaló un perchero donde colgaba un conjunto que hizo que a Magi se le encogiera el estómago: un pantalón de pitillo de un tejido negro ultrafino y una blusa blanca de popelín de algodón, de un corte impecable y aparentemente modesto.

Magi sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Esa ropa representaba todo de lo que siempre había huido. Sus jeans holgados y sudaderas desgastadas no eran solo preferencia, sino una armadura que la protegía de miradas que siempre parecían evaluarla, clasificarla, despedazarla. Aquella blusa y ese pantalón parecían diseñados para hacer exactamente lo contrario: exponerla.

—Es... muy ajustado —susurró, sintiendo cómo la ansiedad trepaba por su garganta. En su voz había un temor genuino, no de incomodidad física, sino de pérdida de identidad.

—Es eficiente —replicó Elara, como si la objeción de Magi fuera irrelevante—. La practicidad sobre la comodidad. El vestidor es allá. Cámbiate.

Dentro del vestidor, Magi luchó con el pantalón como si se estuviera poniendo la piel de otra persona. Cada centímetro de tela que subía por sus piernas sentía como una traición a sí misma. Al mirarse en el espejo, no vio a una profesional, sino a una impostora. La imagen reflejada era una versión incómoda y restringida de sí misma que le resultaba profundamente ajena. Se tocó la blusa, demasiado blanca, demasiado perfecta, y sintió una punzada de nostalgia por sus camisas de cuadritos, llenas de historias y comodidad.

Al salir, cada movimiento le recordaba la tirantez del pantalón, la forma en que la blusa se movía con ella, no como su ropa holgada que fluía y ocultaba. Se sentía como un animal fuera de su hábitat, **** y expuesta.

Elara la evaluó con una mirada que parecía ver a través de la tela, a través de la piel, hasta los mismísimos huesos de su inseguridad.

—Adecuado —comentó, aunque su tono decía todo lo contrario—. Pero el popelín es una tela traicionera. —Se acercó y pasó el dorso de los dedos por el brazo de la blusa—. Con el calor... se adhiere. Revela lo que hoy no muestra.

De un cajón, sacó un sujetador color carne. —Negro bajo blanco es un pecado de principiante. Esto es standard. Cámbialo.

Magi volvió al vestidor, las mejillas ardiendo. No era solo vergüenza; era la violación de cada pequeño espacio personal que le quedaba. Al ponerse el nuevo sujetador, sintió una desnudez abrumadora. Era como si le hubieran arrebatado la última capa de protección.

Al salir por segunda vez, se sintió ligeramente más ****, pero aún segura por la opacidad de la blusa. Buscó en los ojos de Elara algún atisbo de humanidad, algún reconocimiento de que esto era incómodo, difícil, humillante incluso. Pero solo encontró evaluación profesional.

Elara le tendió no una carpeta, sino un plumero.

—Tu primera tarea. Limpiar el estudio. Todo el equipo, cada superficie. Sin polvo. —Señaló con la barbilla—. Te observaré. La forma en que te agachas, la extensión de tu brazo, todo debe ser elegante. Eficiente.

Magi tomó el plumero con una mano que ya empezaba a sudar. Los primeros minutos fueron una tortura de autoconsciencia. Cada gesto le recordaba lo mucho que odiaba sentirse observada, evaluada, juzgada. El estudio estaba caldeado por los focos halógenos apagados, pero aún tibios. Pronto, una fina capa de sudor comenzó a formarse en su espalda y bajo el pecho.

Notó, con un escalofrío de pánico, que la blusa de algodón antes opaca, empezaba a oscurecerse ligeramente en algunas zonas, pegándose a su piel de una manera que su ropa holgada nunca lo hacía. Al estirar el brazo para limpiar un reflector alto, la tela se tensó sobre su espalda y se adhirió por completo, delatando la línea del sujetador.

Agacharse fue el colmo de la humillación. Al inclinarse, el esfuerzo hizo que sudara más. El algodón de la blusa, ahora húmedo, se volvió translúcido, revelando no solo la textura del sujetador, sino la sombra de su ombligo y la forma exacta de sus senos. Magi sintió cómo las lágrimas le picaban los ojos, no tanto por la exposición física, sino por la violación emocional que representaba. Esto era todo lo que siempre había evitado: ser vista, ser delineada, ser reducida a un cuerpo.

Elara observaba, inmóvil, desde un rincón, sin hacer ningún comentario. Su silencio era más elocuente que cualquier reproche. Magi comprendió entonces que la prueba no era de eficiencia, sino de resistencia. Resistencia a la vergüenza de sentirse gradualmente desnuda bajo una luz blanca y implacable, vestida con la ropa de otra persona, mientras su jefa la observaba sin pestañear, evaluando cuánto podía aguantar antes de quebrarse o quejarse.

Y en ese momento, Magi tomó una decisión silenciosa: aguantaría. No por sumisión, sino por necesidad. Porque detrás de cada movimiento incómodo estaba el fantasma de sus deudas, el rostro de su madre trabajando dobles turnos, la promesa de un futuro mejor. Esta humillación tenía un precio, y ella estaba dispuesta a pagarlo, por ahora.

¿Cómo va su primer día?

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