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Chapter 68 by bla12

¿Qué pasa antes de la entrega?

Tiempo de reflexión

La noche anterior a la operación se extendió ante Magi como una losa de horas interminables. En el silencio claustrofóbico de su apartamento, cada sonido —el zumbido de la nevera, el lejano claxon de un coche— era un martillazo en sus nervios. Pero no era el miedo de la cadete lo que sentía, sino la vibración eléctrica de una depredadora antes de la caza.

Sentada en el borde de su cama, observaba las dos realidades que se disputaban los restos de su identidad, representadas por los objetos sobre su mesilla.

A un lado, el teléfono rojo de Costa. Un artefacto que simbolizaba el deber, la ley y una institución que la había lanzado a los lobos sin pestañear. Representaba volver a ser un número, una herramienta gris bajo las órdenes de una mujer que solo veía en ella una infiltrada útil.

Al otro lado, el llavero de titanio de Adrián. Reluciente y pesado, prometiendo una jaula de oro y el acceso total al núcleo de un imperio. Detrás de esas llaves estaba la sombra de la isla Cerbero, una semana de intimidad absoluta con el monstruo que la había moldeado. Y para su horror, Magi no solo sentía miedo; sentía la atracción del abismo. Una parte de ella se preguntaba si en esa jaula de lujo, al menos, sería dueña de un poder real, aunque estuviera manchado de sangre.

—¿En qué te has convertido? —se preguntó, su voz sonando extrañamente firme en la oscuridad—. ¿En la reina de un psicópata o en el mártir de una oficina de policía?

Se levantó y caminó hacia el espejo. La persona que la observaba ya no era la cadete de mirada ingenua. Sus ojos eran más profundos, su postura más rígida debido a la marca del látigo que aún ardía en su muslo. Ese dolor era su brújula. Adrián le había dado una identidad a través del sufrimiento; Costa le pedía que la destruyera a cambio de una "normalidad" que ya le resultaba ajena.

Las imágenes se sucedían como ráfagas tácticas:

La mirada de Adrián cuando diera la señal. No temía su furia; temía el momento en que él viera que ella era capaz de superarlo en su propio juego de traiciones.

La voz de Costa. «Incompetente. Quebrantada». Magi apretó los puños. Si tenía éxito, no sería para que Costa se colgara una medalla, sino para demostrar que la cadete Rojas había muerto para dar paso a algo mucho más peligroso.

Lorenzo. Sus ojos llenos de lástima. Esa era la mayor ofensa. Él veía a una víctima que necesitaba rescate; ella veía a un aliado temporal al que también estaba dispuesta a sacrificar si el tablero lo exigía.

Un temblor recorrió sus manos, pero lo detuvo de inmediato, cerrando los dedos con fuerza. No era el momento para el pánico. El pánico era para los débiles, y ella ya no se permitía ese lujo.

Se desplomó de rodillas, pero no por debilidad, sino por el peso de la decisión final. Escondió el rostro en las manos, inhalando el aroma de la seda que aún parecía pegado a su piel. El vacío helado que sentía no era falta de propósito, era la claridad del punto de no retorno.

Sin importar el resultado en el muelle 7, la Magi que creía en el bien y el mal moriría allí. Solo quedaba una pregunta: ¿Quién recogería los pedazos? ¿La ley para convertirla en un fantasma resentido, o el ecosistema de Soler para convertirla en su heredera más letal?

Se puso de pie, tomó el teléfono rojo y el llavero de titanio, y los guardó en su bolso. No iba a elegir un bando todavía. Iba al muelle a ganar. Y en la oscuridad de su cuarto, Magda sonrió por primera vez. La guerra empezaba en unas horas, y ella era el arma más afilada en el arsenal de todos.

¿Qué decide hacer Magi?

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