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Chapter 46 by bla12 bla12

¿Qué pasa después?

Siguen las compras

El aire en la siguiente boutique era diferente. No olía a cuero nuevo o perfume amaderado, sino a polvo de seda y un leve aroma a jazmín. Era un silencio más íntimo, más denso. Aquí no había perchas abarrotadas. En su lugar, cajones de madera pulida y maniquíes de porcelana mostraban prendas diminutas y exquisitas como joyas en un escaparate. Era el templo de la lencería fina, y Lilith era su suma sacerdotisa.

—Aquí no compramos ropa —declaró Lilith, mientras una dependiente de movimientos felinos y sonrisa discreta se acercaba—. Aquí adquirimos segunda piel.

La dependiente, que se presentó como Claudine, miró a Magi con una evaluación profesional que la desvistió más completamente que si la hubiera desnudado con las manos.

—Para la señorita… —murmuró, sin apartar los ojos de Magi—. Algo que redefina la elegancia de la exposición. Algo que sugiera más de lo que muestra, mostrando todo.

Lilith asintió con aprobación. —Exactamente.

Claudine guio a Magi hacia un pedestal circular en el centro del probador, un espacio aún más privado y opresivo que el anterior. Las paredes estaban forradas de terciopelo granate.

—Quítate el abrigo —ordenó Lilith, con una suavidad que no admitía réplica.

Magi, con los dedos entumecidos, desató el cinturón y las presillas. La gruesa tela de lana cayó de sus hombros con un susurro, hundiéndose a sus pies. Se quedó de pie en el pedestal, completamente desnuda bajo la luz dorada y tenue que parecía diseñada para acariciar las curvas y esconder los defectos. Se sintió como una mercancía en el mostrador de una subasta.

Claudine no usó una cinta métrica. Sus manos, frías y expertas, fueron sus instrumentos. Midió el contorno de sus senos con una precisión de cirujano, sus dedos rozando los pezones sensibles hasta hacerlos endurecer de vergüenza, no de placer. Sus palmas abarcaron su cintura, sus pulgares se encontraron en su ombligo. Midió la curva de sus caderas, el largo de sus muslos, incluso la circunferencia de sus muñecas. Cada toque era impersonal, técnico, y por ello, infinitamente más violador que una caricia lasciva.

—Tiene una estructura ósea delicada—anotó mentalmente Claudine, dirigiéndose a Lilith como si Magi no estuviera allí—. Pero hay tensión en los hombros. Miedo. Eso rompe la línea.

—Se le pasará —replicó Lilith, observando el proceso con los brazos cruzados—. Trae la serie «Cage».

Claudine asintió y desapareció, regresando con varios conjuntos que colgaban de su brazo como telarañas preciosas.

El primero fue una prenda que efectivamente parecía una jaula. Finos hilos de seda negra entrelazados con delgadas cadenas de metal bañado en oro. No cubría; delineaba. Se ajustaba alrededor de los senos como una mano que los sostuviera sin tocarlos, y descendía en una «V» profunda que terminaba en un triángulo minimalista que apenas velaba el vello púbico. La espalda era una obra de arte de hilos y cadenas que se anudaban en una complicada lazada.

—«La Jaula Dorada» —presentó Claudine—. Para cuando la prisión debe ser evidente, pero exquisita.

Magi se la puso. El metal estaba frío sobre su piel caliente. Cada movimiento producía un suave tintineo, un sonido de cautiverio elegante.

—Demasiado obvio —dictaminó Lilith después de un examen frío—. Quiero algo más inteligente. Más perverso.

El segundo conjunto era de encaje color caramelo, del tono exacto de la piel de Magi. A distancia, parecía que estuviera desnuda. Solo de cerca se apreciaba el intrincado diseño de flores y hojas que la cubría como un velo tatuado. La ilusión era tan perfecta que resultaba perturbadora. Era la desnudez negada, la modestia convertida en trampa.

—«Mimicry» —susurró Claudine—. Juega con la percepción. ¿Está vestida o desnuda? La duda es el verdadero afrodisíaco.

Lilith sonrió, por fin. —Sí. Este captura la esencia. La ambigüedad es más poderosa que la obscenidad.

Pero no fue el elegido.

El tercer conjunto fue el que hizo que a Magi se le helara la sangre. Era un body de seda cruda, sin teñir, de un blanco roto casi translúcido. Era sencillo, incluso modesto en su diseño de espalda cerrada y tirantes finos. Pero estaba cortado de tal manera que se ajustaba a su cuerpo con una precisión escalofriante, como si hubiera sido hecho a medida para ella y solo para ella. No era una fantasía; era una afirmación.

—«The Blank Canvas» —anunció Claudine—. Para cuando la prenda no debe competir con el cuerpo. Porque el cuerpo es la verdadera obra de arte. Lo demás es solo marco.

Lilith se acercó. Su mirada recorrió a Magi de arriba abajo, y por primera vez, Magi no vio evaluación ni desprecio, sino algo parecido al respeto de un artista por su material perfecto.

—Este —dijo Lilith, con voz queda—. Este es el que queremos. En tres tallas. Para que siempre le quede perfecto, sin importar lo que le hagamos pasar.

La frase «lo que le hagamos pasar» resonó en el aire silencioso de la boutique, cargada de una promesa siniestra.

Magi se miró en el espejo. El body blanco, sencillo, era la prenda más humillante de todas. Porque no pretendía ser otra cosa que lo que era: la marca de propiedad definitiva. No era un disfraz de seductora, ni una armadura de femme fatale. Era el uniforme de la blank canvas, del lienzo en blanco que era. Y al ajustarse a su piel con una perfección aterradora, le decía, más claramente que cualquier palabra, que nunca más volvería a pertenecerse.

Claudine empaquetó los bodies con la ceremonia de quien guarda una reliquia. Lilith firmó un recibo con una cifra que hizo que a Magi le diera vueltas la cabeza.

Al salir a la calle, el body blanco bajo su ropa se sentía como una marca al rojo vivo sobre su piel. No era un regalo. Era una sentencia cosida en seda cruda. Y Magi supo, con una certeza que le partía el alma, que cada vez que se lo pusiera, estaría vistiendo su propia aniquilación.

Lilith apretó el mentón de Magi con dedos fríos.

—Mañana a las diez en el estudio. Quiero verte con el conjunto de red. Quiero ver si has aprendido a llevar tu nueva piel.

Antes de que Magi pudiera responder, Lilith se dio la vuelta y se perdió entre la multitud, dejándola sola en la acera con el peso de las bolsas y el peso aún mayor de un futuro que no había elegido. El regalo no era la ropa. El regalo era la jaula. Y Lilith acababa de darle la llave. La tienda de lencería, y su particular tortura, quedarían para el día siguiente.

¿Qué pasa en el estudio?

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