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Chapter 3 by cursedmadafakingwriter cursedmadafakingwriter

What's next?

Regina Vance

Alex poco sabía de sus vecinos. Se la pasaba siempre en casa cual hikikomori, así que no conocía ni como se llamaba aquella fémina que, al verlo en su propiedad, se tapó la boca con miedo.

—¡U-Usted…! ¿¡Cómo entró aquí!? —dijo ella.

No obstante, Alex sí que conocía de su vida familiar. Ella era una amada esposa, y madre de dos hijos. Quizás de cuarenta y tantos años, pues ambos de sus vástagos ya eran mayores de edad. Los jovenzuelos recién habían cumplido los dieciocho. Eran gemelos.

Y al parecer no estaban en casa.

—Vas a ser mi puta —murmuró Alex.

Vio su reloj.

「09:34」

Al volver la vista en la mujer, notó que su rostro ya no expresaba temor, sino un profundo desconcierto.

La madre de familia se llevó una mano al pecho, como queriendo ocultar del panorama aquellos senos pesados, y que a simple vista habían sido el producto de un buen trabajo en el quirófano. Un regalo para su menopausia.

¿Cómo no iba a lucir su buen cuerpo con un bikini rosa?

El viento le ondeó la cabellera rubia sin atar. La tela era tan fina, que al instante se marcaron sus pezones. Alex estaba peor. Necesitaba entrar en calor. Caminó a uno de los camastros alrededor de la piscina y se acostó como si fuera el dueño. No cabía dudas de que la hipnosis estaba funcionando.

—Ven acá —le dijo Alex a la mujer, moviendo su verga erecta con la mano—. Dime tu nombre.

Alex se sentía seguro. Por primera vez se sentía confiado frente a una persona del sexo femenino. Al principio pensó que nada funcionaría. Cuando murmuró lo de “ser una puta” a su vecina, lo hizo con suma inseguridad, temiendo que en lugar de obtener lo que quería, fuera directo a la cárcel por acoso.

La mujer caminó lento hacia él.

—Me llamo Regina Vance —dijo.

El mueble era largo, y Alex estaba acostado bien al fondo. Ella se detuvo al pie del camastro. Su tez era de un tono canela por el bronceado, y aunque no tenía abdominales visibles, la piel en su vientre no estaba fofa. Regina había madurado bien.

—Siéntate —ordenó Alex.

La mujer apoyó las nalgas en la parte donde debían estar los pies de Alex. El tipo estaba abierto de piernas, enseñando todo a la pobre ama de casa.

—Quiero que me chupes bien la pinga.

Ya tenía el celular grabando. Tomó en cuenta la primera advertencia del reloj. Si nada iba a quedar con precedentes en sus victimas, él mismo debía fabricar su salida. Y su único escape para que ella no lo reportara como acosador sexual era grabarla siendo “infiel”.

Regina se tumbó boca abajo a centímetros de su verga, y sin pensarlo dos veces, sacó la lengua en busca del tronco.

Alex la detuvo en seco.

—Empieza por las bolas, puta —dijo.

El celular grababa perfectamente la cara de Regina.

—S-Sí.

—Sí, amo. —Alex volvió a agarrar su pene por la base, y con él le dio un par de golpecitos a la mujer en la mejilla—. Soy tu amo, perra, y ya lo sabes.

—Sí, amo. Discúlpeme.

—¿Y por qué debería disculparte?

Le restregó la verga en los labios. Las pupilas de Regina estaban dilatadas, como si hubiera consumido algún tipo de droga, y respiraba lento; exhalaba con la boca y se aseguraba de inhalar el aroma almizclado de Alex.

—Porque soy una puta estúpida —contestó.

Bajó la boca a los testículos del gordo, y lamió enseguida su escroto peludo y maloliente.

—Sí, ya era hora de que una mujer probara mis pelotas.

Alex pasó la mano izquierda de arriba abajo en su falo. Aún no se había retirado el prepucio; quería que ella fuera quien hiciera ese trabajo. Mientras tanto, Regina continuaba dándole lengüetazos a sus bolas. Alex tan solo había murmurado algo como primera orden, y en un santiamén su deseo se cumplió.

Se enderezó un poco y dejó su pene en paz.

La derecha la usaba para grabar, así que de nuevo, con la zurda, agarró el cabello rubio de Regina. Consiguió un plano de retrato con el móvil. Los labios de su puta estaban húmedos y rosados; caía un hilo de saliva de su bemba, y había algunos vellos púbicos pegados a su cara.

—¿Te gusta lamer mis bolas? —preguntó Alex con una tembladera en las manos.

Tenía a Regina abrazando su enorme y gruesa pinga con el rostro.

—Sí, amo. —Sonrió ella embobada—. Me encanta sentir el sabor agrio de sus bolas en mi paladar.

—¿Y por qué? ¿Por qué te gusta?

—Porque las bolas del amo son adictivas, y porque solo soy una puta desesperada.

—Las putas desesperadas reciben sus premios —dijo Alex susurrando con lujuria—. ¿Quieres el tuyo? ¿Quieres mi verga en tu boca?

Regina suspiró profundo.

—Ya quiero saborear su leche, amo.

—¿Mi leche? —Se rio Alex—. ¿Qué dirían tus hijos o tu esposo si te vieran en este momento?

—No me importa lo que digan. Ahora solo vivo para mi amo, y para su gran verga de burro.

Alex estaba en el paraíso. Lo que siempre había soñado, lo que siempre había visto en páginas porno, literatura erótica y juegos para adultos; todo lo estaba viviendo. Con las comisuras de los labios en alto, dijo:

—Muy bien, zorra descerebrada. Comienza a mamar.

Regina lamió la pinga de Alex desde la base hasta llegar a la cima. Besó un par de veces el prepucio, y metió entonces su lengua adentro de la piel, haciendo movimientos circulares alrededor del glande.

No se quejó del sabor.

Tal y como estaba, no podía hacerlo, incluso con los restos de esmegma que antes, Alex, al querer masturbarse en su habitación, no pudo quitarse. Por lo que volvió a besar la punta, y de inmediato bajó el prepucio con los labios.

El gordo continuó grabando.

La cámara del móvil contemplaba como la rubia iba descendiendo todo lo que podía con respecto a su larga dureza. Regina estaba salivando. Caía baba de sus comisuras cada vez que intentaba bajar más la cabeza, y su reflejo nauseoso estaba activo. El glande de Alex golpeaba su úvula más de lo que podía resistir, de modo que las arcadas eran inevitables.

—Sí… sigue bajando —dijo Alex.

Pero en ese instante se le resbaló un poco el celular, y por accidente vio el contador del reloj.

「07:25」

«Puta madre, necesito follarla pero YA. Me he gastado casi tres minutos en un par de chupadas de pija… ¡No puede continuar de esta forma!».

—¡Okey, a la mierda! —Sacó a Regina de su verga sin mucho cuidado—. Hay que ir por el plato fuerte, colorada —le dijo, y se levantó como pudo.

La fémina entendió que era su turno de acostarse. Se pegó al espaldar, y sin que se lo digan, abrió las piernas. Alex masajeó su anaconda mientras tanto.

—Sácate las tetas que quiero que salgan bien en el vídeo.

Ella obedeció.

Se hizo a un lado los parches de tela rosada y dejó a la luz sus pezones, de un color crema, y muy brotados. No eran amplios, pero si apetitosos de chupar. Regina estrujó sus senos frente a la cámara; los batió un poco, denotando su pesadez, y escupió. Como la puta que era (ya no una madre de familia), se esparció la saliva por las areolas.

—¿Quién te pagó esas tetas, estúpida? —preguntó el gordo.

—Mi esposo, amo.

Alex sonrió. Se acercó a la intimidad de Regina con la pija bien tiesa. Aún yacía la tanga obstruyendo el camino del coito, y a pesar de que el tiempo escaseaba, el victimario optó por hacer un par de preguntas más. Apoyó su virilidad contra la prenda inferior, tanteando lo que había detrás.

—¿Quién vergas es tu esposo, ah?

La cara de la rubia era una locura. Ya no quedaba nada de esa mujer asqueada de antes. En cambio, miraba con suma atención al eje de su amo.

—Es el padre de mis hijos —contestó.

—Eso no te pregunté, retrasada.

Alex golpeó la protuberancia erecta detrás de la tela. La hendidura de Regina casi se transparentaba. Era la humedad lo que hacía más placentero el toque, y sobre todo, los roces bruscos que se producían entre ambos sexos.

—Lo siento, amo. De verdad, es que… Dios… solo quiero que ya la meta. Que me coja bien rico, amo.

—Y eso va a pasar, mujer —dijo Alex—, pero antes quiero saber más de tu marido. Dime quién es.

Regina notó que el teléfono filmaba hacia su cara.

—Es un cornudo —musitó, y pasó lentamente su tacto a la tanga—. Un pitochico. —Tanteó con cuidado su clítoris por encima de la prenda; tocaba su botoncito como si fuera un timbre—. Se mata trabajando y no sabe que lo que yo quiero es que alguien me meta una buena pinga en el chocho.

—A ver, enséñame ese chochito.

Regina se hizo a un lado la tanga.

Su vulva se hallaba mojada. Era la vagina de una mujer de cuarenta y tantos; tenía los labios hinchados y un poco colgados. Pero coronando la húmeda intimidad se encontraba su mayor punto débil, y que a leguas reflejaba el deseo de un toque abrumador. Ahí estaba su clítoris, alto y rosado, temblando, casi como todo en ella.

—Ni un pelo —dijo Alex.

—Me gusta tener la cuca bonita, amo.

«Y ahora es toda mía».

Alex sobó el glande en la entrada de Regina. No estaba dispuesto a esperar más, así que hundió la cabeza en las paredes de la infiel.

—Dios —jadeó Alex.

La rubia se estremeció en el camastro. Agarró los hombros del gordo, agitada, y susurró:

—Ay, amo…

El intruso había cavado en su chocho con apenas un par de centímetros, y el grosor de su verga era tanta, que incluso una vagina usada como la de Regina le apretaba igual que la de una virgen. O eso se imaginaba él.

Se introdujo más en la vagina pelada de Regina. De pronto hubo un límite. Su pija era muy grande, y no lograba entrar más allá de la mitad de su longitud. La rubia debía estar contrariada; dolida porque Alex había llegado más allá de lo aceptable. Pero no. Ella estaba feliz. No sufría ni nada por el estilo.

—No puede ser —murmuró Alex.

Mas no forzó su entrada. No podía dejar un daño irreversible. Al menos no uno físico. Aunque deseaba hacerlo.

Quería meter toda su verga en ella; poner la cabeza bulbosa en su útero como había visto más de una vez en historietas porno de internet, y provocarle un prolapso cervical luego de un orgasmo fuerte.

「03:35」

—¿Preparada para recibir la leche de tu amo? —preguntó.

Acercó la cara al busto de Regina y agarró una teta con fuerza para mamarla.

—¡Sí, sí, sí, sí!

La lengua de Alex se arremolinó en el pezón grueso de Regina. Se insertó en su coño con un azote de cadera profundo. Las piernas de la puta se encerraron en su cintura, y temblando, se mantuvo así; arqueando la espalda en éxtasis y luciendo una mirada desorbitada.

—¡D-D-Diosss! ¡Mi chu… chita! —gritó ella—. ¡Duele tan rico!

El gordo sonrió con sadismo y dijo:

—¡Manda un saludo a tus hijos, puta de mierda!

Regina, con los ojos vidriosos y la boca entreabierta, apenas podía mantener el ritmo de las embestidas. Su voz salió temblorosa, rota por el placer:

—¡H-Hola, mis amores! ¡Mami los ama muchísimo!

Alex soltó una risa baja y perversa, sin dejar de clavarla con fuerza. Sacó casi toda la pija y volvió a metérsela de golpe, haciendo que las tetas de Regina rebotaran violentamente.

—¿Ah, si? ¿Más que esta pinga?

Regina se quedó congelada un segundo, con la cara desencajada. Su coño apretaba la gruesa verga de Alex por instinto, pero su mente luchaba contra la pregunta.

—¿Q-Qué di… dijo? ¡No… no puedo contestar a eso!

Alex detuvo sus caderas de golpe, manteniendo solo el glande dentro de ella, torturándola. Se acercó de más, agarró su cabello rubio con fuerza y le tiró la cabeza hacia atrás.

—¡Entonces eres más perra de lo que pensé! ¿Tan difícil te es decir: «amo más a mis hijos que tú verga»?

Regina temblaba entera. Las lágrimas le corrían por las mejillas mientras su cuerpo seguía moviéndose levemente, buscando que él continuara follándola.

—¡Noooo! ¡Yo no…! ¡No quise decir eso! —gimió desesperada.

Alex volvió a embestirla con violencia, follándola más duro que antes.

—Dilo, puta. Dilo ahora mismo o te saco la verga y te dejo sufriendo como la perra en celo que eres.

Regina sollozó, pero su voz salió entrecortada por los gemidos:

—¡Amo… amo más su verga! ¡La amo más que a mis hijos! ¡Perdónenme, por favor… pero esta pinga me vuelve loca!

Alex gruñó satisfecho y aceleró el ritmo, follándola como un animal. El reloj seguía corriendo.

—Otra vez. Más fuerte. Quiero que se te escuche bien en el vídeo.

—¡Amo más la pinga del amo que a mis propios hijos! —gritó ella entre sollozos y gemidos—. ¡Soy una madre horrible! ¡Una puta infiel que prefiere que la partan con una verga enorme antes que estar con su familia!

Alex le apretó las tetas con fuerza, pellizcándole los pezones mientras la taladraba sin piedad.

—Dile a tu cornudo de marido que su chochito ya no le pertenece —dijo.

—¡Es suyo, amo! —chilló Regina—. ¡Mi coño es suyo! ¡Mi marido ya no me sirve! ¡Tiene la verga chiquita y no me hace sentir así! ¡Solo usted me llena!

Alex sintió que ya no aguantaba más. El reloj marcaba menos de dos minutos. Empujó con más fuerza, intentando meter todo lo que podía de su enorme polla dentro de ella.

—Voy a llenarte de leche, puta. Vas a llevarte mi corrida adentro mientras hablas con tu familia.

—¡Sí, amo! ¡Lléneme! ¡Quiero su semen caliente dentro de mí! ¡Quiero que me deje preñada y que mi marido críe a su hijo!

Eso fue demasiado. Alex soltó un gruñido animal y empujó hasta donde pudo, enterrándose profundamente. Su verga palpitó violentamente mientras descargaba chorros gruesos y calientes de semen dentro del útero de Regina. Ella se corrió al mismo tiempo, gritando como loca, con los ojos en blanco y el cuerpo convulsionando.

Durante varios segundos solo se escucharon los gemidos ahogados de ambos y el sonido de la verga aún moviéndose dentro del coño lleno de leche.

Alex sacó su polla lentamente, dejando que un río blanco espeso saliera del agujero dilatado de Regina. Apuntó la cámara bien cerca para captar el creampie.

—Muéstrale a la cámara cómo te dejé —ordenó.

Regina, todavía bajo los efectos, separó sus labios vaginales con los dedos, mostrando el semen espeso que chorreaba.

—Gracias por llenarme, amo…

「00:00」

El cuerpo de Regina se tensó de golpe. Su mirada cambió en menos de un segundo: de lujuria absoluta a puro horror y confusión. Intentó cerrar las piernas, pero Alex todavía estaba encima de ella.

—¿Qué… qué mierda…? —balbuceó, mirando al gordo desnudo—. ¡No! ¡Dios mío, no!

Y enseguida pegó un grito escalofriante.

Menos mal que a esa hora todo el mundo estaba en el trabajo o en las escuelas, estudiando.

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