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Chapter 60 by bla12

¿Qué pasa el fin de semana?

Reciben un mensaje

El fin de semana llegó como un respiro ambiguo. El sábado por la noche, un mensaje lacónico de Lilith llegó a los teléfonos de ambas hermanas: "Cena en mi lugar. 20:00. No se vistan... como monjas."

Magi había tomado la iniciativa con una determinación gélida. Conocía el código visual de Lilith: quería carne, pero envuelta en lujo. Rebuscó en su armario y lanzó un vestido de seda sobre la cama de Celia.

—Ponte esto —ordenó.

Celia se miró en el espejo, sintiéndose extraña. El vestido de verano era corto, de un tono verde esmeralda que resaltaba su piel, pero al ser de Magi, la caída era distinta. A Celia le quedaba un poco más largo, rozándole la mitad del muslo en lugar de terminar donde empezaba la cadera, pero el ajuste era traicionero: el diseño, pensado para el torso más fibroso de Magi, se tensaba en las curvas de Celia, obligando al escote a abrirse con una generosidad que la hacía sentirse peligrosamente expuesta. Magi, por su parte, lucía un vestido negro minimalista, tan corto que parecía apenas una intención, con un escote en la espalda que llegaba hasta la base de la columna. Sabía que esa era la moneda de cambio para entrar en el mundo de Lilith.

El apartamento de Lilith ocupaba el ático completo de un edificio modernista. Al abrir la pesada puerta de roble, una atmósfera densa y caldeada las envolvió. El aire olía a cuero encerado, a vino caro y a un perfume opiáceo y dulzón. No había ventanas visibles; las paredes estaban tapizadas de terciopelo granate y dorados desvaídos.

Lilith las recibió en un camisón de seda negra casi transparente. Sus ojos recorrieron a Celia con el interés de un coleccionista.

—Veo que han entendido el concepto —dijo, deteniéndose un segundo de más en el escote pronunciado de Celia—. Bienvenidas a mi santuario. Aquí las reglas del estudio… se diluyen.

La cena fue un ritual extraño. Comieron foie gras y bebieron un Burgoña tan añejo que sabía a tierra y a olvido. Celia, al principio tensa por la forma en que el vestido se le pegaba al cuerpo bajo la mirada de Lilith, se fue relajando con el ****. Su mirada comenzó a perderse entre los destellos de la cristalería. Magi, en cambio, apenas probó el vino. Observaba.

—Y ahora —anunció Lilith, levantándose con elegancia felina—, el tour completo incluye la pieza principal.

Las guio por un pasillo estrecho hasta una puerta que no tenía pomo, solo un panel táctil discreto. Lilith deslizó un dedo y la puerta se deslizó hacia un lado sin hacer ruido.

El aire que salió de la habitación era varios grados más fríos y olía a cuero nuevo, a metal pulido y a ozono, como después de una tormenta.

El "cuarto de juegos" no era un cuarto. Era un espacio amplio y circular, tan silencioso que el latido del propio corazón se volvía audible. Las paredes, el techo e incluso el suelo estaban forrados de un falso terciopelo negro tan denso que absorbía cada sonido, creando una cámara anecoica de lujo perverso.

El impacto fue físico. Celia dio un paso atrás instintivamente, el vaso de vino tambaleándose en su mano. Sus ojos, vidriosos por el ****, se abrieron con un pánico sobrio y repentino. Recorrieron la silla de montar ergonómica bañada en luz roja, la plataforma de observación con sus correas de sujeción bajo el ámbar, la jaula colgante de acero iluminada por el azul frío. Vio el banco de extensión, las argollas colgantes, el caballo de castigo, la vitrina con sus "herramientas". Y finalmente, su mirada se clavó en la pared de espejos velados, comprendiendo su función con un estremecimiento que le heló la sangre.

—No… —logró escupir, negando con la cabeza.

—Shhh —susurró Lilith, acercándose y tomándola del brazo con una firmeza disfrazada de caricia—. Es solo un lugar. Espacios y luces. Nada muerde… si no se lo permites. —Su mirada se encontró con la de Magi sobre el hombro de Celia, desafiándola.

Magi permaneció en el umbral, pero no hubo rastro de sorpresa en su rostro. Respiró hondo, acogiendo el olor a cuero, ozono y poder como el perfume de un viejo amante. Conocía perfectamente este lugar. Los recuerdos de su anterior visita la asaltaron de golpe: rememoró el terror paralizante que la había embargado la primera vez que cruzó esa misma puerta, el temblor de sus rodillas ante lo desconocido y lo prohibido. Y luego, el contraste brutal: el recuerdo vívido del disfrute oscuro, catártico y absoluto con el que había terminado esa noche. El miedo original había sido solo el precio de entrada hacia una liberación embriagadora. Su mirada se cruzó con la de Lilith; ya no era un desafío, sino una complicidad silenciosa. Esto era la verdad desnuda. Y Magi estaba de vuelta en casa.

—Vamos —dijo Lilith, guiando a una Celia paralizada de vuelta al salón—. Demasiado pronto para esa lección. Primero, más vino.

Las hizo sentarse en unos profundos sofás de terciopelo. Lilith sirvió más Burgoña, esta vez en copas más grandes. Celia bebió su trago de un sorbo, desesperada por ahogar el terror. Magi, por primera vez, bebió también. El ****, ahora, tenía un propósito: lubricar la aceptación.

Y hablaron. O más bien, Lilith habló y ellas bebieron. Habló de poder, de la belleza de tener el control absoluto sobre uno mismo y sobre los demás. De cómo en lugares como ese cuarto, uno podía dejar de ser humano para convertirse en una idea, en una fuerza. Sus palabras eran un veneno dorado, destilado a través de los años y el lujo, y goteaba en sus oídos, mezclándose con el vino.

Celia, intoxicada y aterrorizada, se hundió en el sofá. Sus párpados pesaban. Ya no temblaba, estaba adormilada, anestesiada. El miedo se fundía con una resaca inminente y una confusión absoluta.

Magi, sin embargo, se sentía más despierta que nunca. El **** no la entorpecía, afinaba sus sentidos. Miraba a Lilith, y ya no veía a una rival o una carcelera, sino a una mentora. Una guía hacia el siguiente círculo. Y cuando Lilith le tendió la botella para que ella misma sirviera, Magi lo hizo con mano firme. Su mirada sobre el cuero negro y los espejos velados ya no era de horror, sino de apropiación.

No se fueron. Se quedaron. Celia se durmió allí, vencida por el vino y el shock, enrollada en un rincón del sofá como una niña perdida. Magi y Lilith permanecieron despiertas en la penumbra, la botella vacía entre ellas, hablando en susurros sobre clientes, sobre sesiones privadas, sobre los límites que solo existen para ser cruzados. El "cuarto de juegos" ya no era una amenaza en la puerta de al lado. Era una promesa. Y Magi, esa noche, bajo la influencia del veneno dorado de Lilith, decidió que quería cruzar esa puerta. No como una víctima, sino como una sacerdotisa. La iniciación había comenzado.

¿Cómo sigue la noche?

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